What happens in Caracas… primera entrega. Una historia de amor y hallazgos #periodismonarrativo

A veces se quedan fragmentos del corazón por otros lares, cuando un viaje inocente desafía a tu experiencia para vivir y continuar con tu cotidianidad como si nada, pero resulta que no regresas a casa intacta. Eso me sucedió en Venezuela.

Cinco días, sólo cinco, pero a cada paso se me iban desprendiendo pedazos de piel sin darme cuenta. En cada esquina donde experimenté regocijo, incertidumbre o asombro se quedaron algunas partículas que durante años pertenecieron a mis ojos y hoy danzan al sur de un continente.

Mi llegada a horas extrañas para una turista sola

Desde que llegas al Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar sabes que es un país distinto: los espacios donde antes había anuncios comerciales, ahora están pintados de blanco, sólo en algunos hay propaganda del gobierno o invitaciones a conocer las atracciones naturales de su territorio.

No es una instalación que busque el lujo o la belleza, sino la funcionalidad; el duty free es de unas cuatro tiendas. En migración me preguntaron, como en todas partes, el motivo de mi visita y en dónde me alojaría, y al salir me sorprendió que solamente entregué mi formato de aduana y deslicé mi maleta por unos rayos X de los que nadie estaba mirando la pantalla. No me dirigieron la palabra más que para desearme los buenos días. Afuera encontré tiendas de regalos, cafeterías, una farmacia, todo cerrado porque llegué a la 1:30 de la madrugada. Salí de ahí como si llegara a casa.

Para llegar al hotel es necesario tener disponible el transporte de antemano, porque si no traes muchos billetes en efectivo, te quedas varado en el aeropuerto. Por fortuna a mí me esperaba Javier, un hombre amable y platicador. A pesar de que eran las dos de la madrugada hizo el camino, de una media hora por grandes avenidas rodeadas de vegetación abundante, muy agradable y plagado de datos curiosos del país, como las estaciones del año, que para una mexicana como yo podrían ser un verano eterno.

El recorrido hacia el hotel me mostró una ciudad vacía, no vi ni un automóvil ni una persona. Al llegar me encontré con una construcción muy bonita y muy nueva, completamente apagada: Waldorf Hotel Boutique. Me bajé del automóvil y toqué el vidrio de la puerta de herrería. Un policía abrió y con una sonrisa me dio el paso. En cuanto puse un pie en el lobby todas las luces se encendieron y hasta la música de fondo comenzó a sonar: a pesar de que unos segundos antes todos dormían, la vida que experimenté se me quedará grabada siempre en la memoria, fue una forma maravillosa de darme la bienvenida.

El hotel es precioso, de lujo moderado, pero elegante. Me habían comentado en México de la escasez de productos de higiene personal, y sí, el papel del baño era delgado, pero había shampoo y jabones, aunque no gel de baño ni crema corporal, como en otros lugares del mundo. Para mí la habitación a esa hora (casi las tres de la mañana) y después de toda una tarde y noche de vuelo era el paraíso, y la cama resultó algo parecido a la gloria.

El día uno y sus mil maravillas

De aquí en adelante voy a hablarte mucho de ti, de mí, de la gente alegre y optimista en medio de lo escaso; pero también de la inconforme y triste entre la abundancia. Te hablaré de cómo el hombre que me trajo de la mano se convirtió en hermano en unas cuantas horas y en amante otras tantas horas después.

Te contaré acerca del desayuno de la primera mañana, sin buffet y con poca fruta en los platos; del delicioso café con leche, de la carrera de bicicletas que había en ESPN 3 y me acompañó a probar por primera vez una omelette con arepitas.

Tendré que confesarte que en cuanto llegó quien se encargaría de mostrarme la ciudad, amigo de una amiga mía, con sus 1.96 metros de estatura y su sonrisa en esos labios suculentos, supe que el viaje podría tornarse todavía más interesante (ya me conoces y sabes de mi afición por los hombres).

Ese primer día fue un hallazgo de miradas, de sabores, de la textura de sus manos abiertas que tomaban las mías para cruzar la calle. En Caracas cruzar las calles es como un deporte de alto riesgo, los conductores no respetan la luz de los semáforos (los peatones tampoco), así que es necesario desarrollar cierta habilidad para no morir atropellado.

La escala inicial fue la Plaza de la Candelaria, una de las primeras de la ciudad, inaugurada en 1708, con su iglesia de fachada azul y su escultura de un caballo y su jinete, ejecutada por el artista Francisco Narváez. Me hubiera gustado sacar el teléfono para tomar algunas fotos, pero la recomendación de mi guía fue que mejor no lo hiciera, los smartphones son muy solicitados por los ladrones de todos los barrios, porque en Venezuela son caros y difíciles de conseguir.

También pasamos debajo del puente de las Fuerzas Armadas, donde desde hace más de 30 años reposan libros usados para compra, venta y trueque. Ahí se pueden encontrar ejemplares de todos los temas y múltiples épocas, convirtiéndose en un paraíso para una amante de los libros como yo.

Siempre me ha resultado fascinante estar en lugares nuevos. La Plaza El Venezolano no fue la excepción. Su primer antecedente es de 1595, con el establecimiento de los Dominicos en la Ciudad. Posee uno de los monumentos más característicos de la ciudad: de 47 metros de alto, es una imponente antena pintada de rojo y negro junto a la que en las tardes se congregan decenas de personas mayores a bailar y enamorarse.

En uno de los extremos, la esquina de San Jacinto, mi guapo guía y yo nos sentamos en Chocolate con Cariño, un local de comida y bebida donde probé por primera vez el cocuy, una bebida de agave, con un sabor bastante parecido al mezcal, pero que ellos mezclan de diversas maneras: ahí tomamos uno de maracuyá y otro de mojito.

También ahí él me habló del tipo de cambio Dólar-Bolívar, que para efectos prácticos es regido por la página no oficial dolartoday.com. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el tipo de cambio: así como puede ser de cien mil bolívares por dólar, también puede ser de tres millones cuatrocientos mil, como lo pagué yo. Si no conoces a alguien que te facilite el contacto con quien cambie dólares y te ayude a pagar, será muy difícil que puedas comprar algo. Eso provoca que sean tiempos difíciles para el turismo en el país.

Más tarde me encontré por primera vez con el ícono de los ojos de Hugo Chávez que durante los siguientes días aparecerían en mi camino por todos lados. En esa ocasión estaban en las escalinatas de El Calvario, un parque que existe desde 1883 y tiene en su parte alta un jardín francés desde donde tomé discretamente algunas fotografías de Caracas, sus edificios, montañas y sus nubes como de dibujos animados.

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Bajando de El Calvario probé una exquisita arepa de chicharrón con chicharronada, acompañadas de una bebida de papelón con limón. Ahí se me notó la poca experiencia para ese tipo de comida, y sobre todo, para comer de pie, porque terminé con la grasa en la ropa y varios pedazos de chicharrón en el suelo. El local estaba lleno de gente antojadiza como nosotros, comiendo y bebiendo a placer.

De ahí caminamos a la Plaza Bolívar de Caracas, donde se encuentra la Catedral Metropolitana de Santa Ana, una iglesia de estilo neoclásico construida a mediados del siglo XVII. En la plaza había un mitin chavista. Tiene al centro una escultura de Simón Bolívar sobre un caballo.

En otro de los extremos está el Teatro Principal, donde vi por primera vez una figura de cartón de Hugo Chávez de tamaño original. Entramos al Palacio Municipal a ver una exposición de pintura acerca de las raíces negras de la población venezolana.

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En Plaza de la Candelaria comimos cachapas, que son una especie de hot cake de maíz doblado sobre un pedazo de queso, y que comen con mantequilla. Ahí probé también por primera vez Maltín, que es malta venezolana en un envase de vidrio muy frío, y de la que tomé también incontables cantidades los siguientes días, porque en México no se consigue y es deliciosa.

La tarde nos llevó al teatro Teresa Carreño para sentarnos en “La Patana”, un bar y restaurante, y a su cocuy en diferentes presentaciones y varias cervezas; ahí sentados él y yo confesamos nuestro gusto mutuo por las bebidas alcohólicas, que nos mantendría, también, tomando cerveza y platicándonos la vida entera en los días por venir.

Ya con la lengua más suelta y la confianza peligrosamente propicia, caminamos al Parque Sucre Los Caobos, donde se desarrollaba la Feria de Libro de Caracas, con sus 65 editoriales públicas y privadas mostrando su oferta temática e ideológica. Compré por un millón y medio de bolívares en Editorial Trinchera el libro El chavismo salvaje, de Reinaldo Iturriza. El tema de la feria era Caracas Insurgente.

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Al oscurecer nos fuimos a la terraza del hotel a tomarnos otra cerveza y delicioso ron seco del que no recuerdo el nombre. Curiosamente ahí el mesero se portó amable hasta enterarse de que yo era huésped, porque antes había sido cordial, pero poco tolerante.

Nos despedimos en el lobby con la promesa de encontrarnos al siguiente día más temprano. Nos dimos un abrazo y un beso de buenas noches, y me fui a dormir.

(Aquí entre nos, esa fue la última noche que dormí sola, pero no se lo cuentes a nadie).

Continuará…

One Comment

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  1. Víctor Cuchí Espada 26 octubre, 2018 — 6:25 pm

    Muy interesante. Yo viví en Caracas de 1976 a 1982.

    Me gusta

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