“Santidades” #cuento #ficción

El tamaño del pueblo crecía conforme él cumplía años: a los tres estaba compuesto por la recámara de su mamá, el pasillo hacia el baño, la cocina y el antecomedor; a los cinco, por todo lo anterior más la pista de carreras de triciclos-garage con matorrales entre las juntas del adoquín, el camino a la escuela y el edificio donde tomaba clases y existían otros niños que desaparecían al sonar la campana; a los siete, lo que ya dije, más la ruta hacia el hospital a donde lo llevaron cuando se cayó de los patines y se rompió el codo del brazo derecho; a los diez, los territorios ya conocidos, más el velatorio de olor exagerado a flores y paredes impregnadas de sollozos; a los doce, la plaza del pueblo, con un quiosco al centro y la iglesia, tan bonita que al verla no pudo creer que no lo hubieran llevado a conocerla antes.

Escuchó las campanadas de la torre más alta, preguntó la hora a un vendedor de nieves (la regla de no hablar con desconocidos fue rota por primera vez en su vida), y pedaleó como poseso de vuelta a casa, deseando que su mamá todavía no estuviera de vuelta, se enojaría muchísimo si lo supiera vagando más allá de los caminos conocidos.

Fue accidental. Una hora antes, de regreso de la escuela, en vez de tomar la tercera cuadra a la izquierda para doblar la siguiente esquina en dirección a su casa, siguió su impulso de explorar nuevas posibilidades, y después de transitar algunas cuadras en zigzag, llegó al centro del pueblo, con su quiosco de mosaicos y su iglesia monumental, demasiado grande para la pintura descarapelada del Palacio Municipal y los grafitis en la barda del cementerio (no es que el niño del que hablamos supiera que el edificio destartalado era el Palacio Municipal ni la enorme barda el cementerio, pero lo escribo para orientar al lector de esta historia, por lo menos en el espacio, aunque no en tiempo, porque no sabemos en realidad cuándo está situada, si en la época actual, o hace cinco, 17 o 23 años).

Hablaba de los grafitis en la barda del cementerio y de los mosaicos del quiosco, pero lo verdaderamente importante es que al siguiente día el niño volvió a desviarse en zigzag en su regreso de la escuela y montado en su bicicleta llegó a la escalera de entrada de la iglesia.

Era un templo de cantera gris, con unas puertas de madera en apariencia pesadas, algo desgastadas por los orines de perro que levantan la pata para marcar territorios y fastidiar olfatos, y por el paso del tiempo. Al dar el primer paso llegó a su nariz el olor a madera vieja combinado con el aroma lavanda, cortesía de la señora de la limpieza, que pasaba una jerga muy mojada por las baldosas de mármol (tal vez el desgaste de la puerta también se debiera a la imprudencia de la señora que manipulaba el trapeador).

Levantó la vista de la jerga danzante. Le llamó más la atención un altarcito rodeado de pequeños focos redondos, que la gran cruz al frente de las cuatro filas de bancas. Caminó al recinto iluminado, los pies parados justo al borde del cambio de color del piso, aunque ese fuera un detalle que nuestro personaje no registró en la memoria que formaría el recuerdo de esa tarde.

Su mirada rebotó en unos ojos de canicas castañas y percibió en el corazón una patada como la que le dio su amigo Matías jugando fútbol la semana pasada, con la diferencia que este nuevo dolor resultaba dulce, bello como la zona muy gris del cielo cuando aparece el arcoíris después de una tormenta. Era la imagen de la niña más hermosa que había visto en su vida, con su corona de flores, las palmas de sus manos encontradas y su vestido rosa con blanco.

Se acercó al reclinatorio vacío frente a la niña, puso las rodillas en el cojín rojo y la saludó con timidez, como si ella pudiera escucharlo. “Hola, soy Pablo. ¿Tú cómo te llamas?”. Como respuesta recibió la mirada enojada de la señora que rezaba junto a él, que se puso el dedo índice en la boca. Se fijó mejor en el entorno de la figura, y leyó su nombre con letras hechas de flores ya un poco marchitas: “Me llamo Filomena. Santa Filomena”, escuchó como un secreto. Iba a empezar a platicar con ella, pero se acordó de su mamá. Miró hacia el antebrazo de la señora que rezaba junto a él y vio que su madre volvería en cinco minutos a casa, y si no lo encontraba le haría falta algo más que un milagro para no meterse en dificultades.

“Adiós, Filomena”. Ella pareció sonreírle con los ojos, como cuando las pupilas de alguien titilan unos segundos antes de ver hacia otro lado.

Regresó a casa un poco más tarde de la hora acostumbrada, pero como por fortuna la vecina de cubículo de mamá, Lupita, se cayó de los tacones cuando ya sólo quedaban ellas dos en la oficina, tuvo que llevarla al hospital.

Pablo cenó en silencio, lo que no representó un motivo de preocupación para su madre, porque esa noche no llegó a tiempo ni siquiera para acostarlo cuando al niño le ganó el sueño, después de varios minutos de imaginar la sonrisa de la hermosa santa de nombre raro.

Al siguiente día tuvo que dar dos giros de más para volver a encontrarse con Filomena. Entró a la iglesia intentando hacer el menor ruido posible. La misma señora de ayer estaba hincada sobre el Cristo negro, ¿se habrá ido a su casa en algún momento?

Miró al nuevo objetivo de su afecto. Estaba lejos de ella varios metros, pero casi alcanzaba a escuchar que lo llamaba. Pensó que le hubiera llevado un detalle de esos que les gustan a las mujeres, como unas flores, pero no se lo ocurrió antes.

Al llegar al reclinatorio notó que había un ramo nuevo y percibió otra sensación en la boca del estómago, pero esta vez fue como si alguien hubiera intentado inflar un globo en su panza sin lograrlo. No permitió que su mirada amorosa cambiara por la del reproche, tenía poco tiempo para platicar con ella, para observar su corona de flores alrededor de la cabeza y las flechas debajo, como para desperdiciarlo en peleas absurdas, sobre todo si no estaba seguro de que le había llevado las flores algún otro enamorado y sí una viejecita de pasado dudoso, pero presente angelical.

El siguiente día era sábado, la mañana en que Pedro se levantaba más temprano. Le gustaba subirse a la azotea de su casa para ver en el amanecer la línea del horizonte que se abre como una boca luminosa. Tenía meses haciéndolo, y le sorprendió que era la primera vez que se fijó en las torres de la enorme casa donde vivía Filomena, francamente difíciles de pasar desapercibidas.

Escuchó la música de fin de semana de su mamá. Bajó a desayunar. Sus tripas ya cantaban al unísono de las sinfonías que cantaba la pequeña bocina de sonido inverosímil que descansaba sobre la mesa de centro de la sala. Al verlo, su madre caminó hacia él con los brazos abiertos: en la mano derecha tenía una pala de cocina, y en la otra un plato de Spider Man con un par de hot cakes.

El desayuno fue bastante más silencioso de lo habitual, lo que extrañó a la progenitora de Pedro, acostumbrada a las constantes historias de su hijo acerca de los acontecimientos de la escuela. También el fin de semana fue peculiar para la familia de dos, porque Pedro se la pasó encerrado en su habitación rascándose la cabeza, como si en las partículas de sus fibras capilares se alojaran las respuestas a las preguntas más trascendentales del mundo.

Llegó el lunes, momento de ir a la escuela. Todo apuntaba a un primer día de la semana normal, y había sido así hasta las 10:35 de la mañana, hora en que a Pedro se le ocurrió pedirle a la maestra de Geografía para ir al baño.

Nuestro protagonista caminaba casi pegado a la pared del pasillo, el dedo índice trazando una línea en el polvo de los ladrillos rojos barnizados. Iba a abrir la puerta del baño, pero un sonido parecido al que a veces escuchaba surgir desde la recámara de su mamá por las madrugadas lo distrajo de su objetivo de relajar los esfínteres y encendió un nuevo foco de atención en su cerebro, decidido a encontrar el origen del rumor.

Avanzó, ahora con la oreja izquierda casi pegada a la pared. El volumen del murmullo aumentó súbitamente: entre las ramas del seto de aproximadamente un metro y medio que hacía las veces del remate del pasillo, Pedro vio a una niña de pelo negro, suelto, parada sobre la tierra; tenía la falda levantada, los calzones sobre uno de los calcetines.

En la parte de atrás había un niño sentado en el borde donde comenzaba el pasto del otro lado, con la cara casi metida entre las nalgas de ella. Con una mano le abría los labios vaginales. Con el dedo de la otra le acariciaba el clítoris (cabe mencionar, en este momento del relato, que en ese momento Pedro desconocía la nomenclatura de las partes íntimas del cuerpo mamífero, vetada por su madre por temor a despertar en él instintos que en realidad son imposibles de enterrar en el desentendimiento).

Ella gemía y cerraba los ojos de vez en cuando. Era evidente que le tocaba ser la vigía para evitar ser sorprendidos por otros adolescentes en ciernes o las autoridades escolares. Objetivo fracasado. Tenía la mirada perdida. De tanto en tanto le temblaban los muslos, no demasiado abundantes, pero sí lo suficiente como para poner en evidencia que el efecto de ese dedo ajeno en su anatomía le causaba un placer que deseaba perpetuar.

Pedro intentaba no respirar para que no lo fueran a cachar. Una parte de sí quería salir corriendo para no ver eso; su mamá le dijo miles de veces que si estaba en algún lugar en donde estuviera sucediendo algo que él no deseaba tener que recordar después, o no quería mirar porque sabía que era incorrecto, debía darse la vuelta y huir. Pero, ¡era tan difícil despegar los ojos del coño abierto de la niña!, que además escurría una sustancia transparente que parecía aceite de bebé y humedecía el dedo del niño.

A fin de cuentas terminó corriendo hacia el salón de nuevo sin pasar por el baño: de repente la cara de la niña se transformó en la de Filomena; el uniforme de playera blanca y falda verde de la niña, en el vestido rosa con blanco de la moradora del ala derecha de la iglesia del pueblo, y Pedro sintió cómo creció el bulto de su pantalón a la altura de la bragueta, algo que le había sucedido de vez en cuando al abrir los ojos alguna mañana.

Esa tarde decidió no ir a visitar a la niña. Sentía una vergüenza incontenible en el cuerpo, sobre todo de la cintura a los pies. Por fortuna su mamá llegó tarde de nuevo y no tuvo que explicarle el motivo de la hinchazón de sus ojos, extenuados de tantas lágrimas.

Martes. Pedro se aguantó todo el día las ganas de ir a hacer pipí, sobre todo porque en la mañana al levantarse, en su escala diaria al baño, cuando se agarró el pene para descargar la orina nocturna, no pudo evitar acariciárselo pensando en su compañera de escuela semidesnuda, claro, con la respectiva cara de Filomena.

Sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases. Afortunado porque las maestras no se dieron cuenta que Pedro no trazó ni una línea en los cuadernos.  Nuestro héroe fue hacia su bicicleta y la montó. Empezó a pedalear con prisa rumbo a la iglesia; tenía que pedirle perdón a su niña hermosa, confesarle su pecado, pero también su amor.

Se sentó en la banca justo enfrente de la niña que colonizó sus pensamientos hacía apenas unos días. No se atrevía a mirarla a los ojos, prefería perderse en los labios de porcelana, pintados del color rosa que se usa para no darle a las niñas imagen sexualizada ni confusa, aunque eso el niño tampoco tenía por qué saberlo, dada su edad y su escasa experiencia en el mundo adulto, limitado a su mamá y su maestra de la escuela, y ahora también a la señora que lo acompañaba en la iglesia, demasiado familiar como para ser apenas la tercera vez que coincidía con ella, pero él también ignoraba que son necesarias horas de coexistencia y demostraciones de bondad para generar confianza entre dos seres humanos.

Filomena. Hola. Soy otra vez yo. Sonrió tímido. Los labios de ella se quedaron tan inmóviles como su cuerpo de porcelana. Tenía buenas razones para estar enojada. Pedro entonces adivinó que los santos deben ser adivinos, y además, podían verlo todo, así que ir a confesarle sus pensamientos malos había sido inútil, porque ella ya los sabía. ¡Qué ingenuo! Y eso no era todo.

Pedro estaba seguro que Filomena no le sonreía porque también se daba cuenta que le miraba de manera tan penetrante los labios para no bajar los ojos hacia la falda del vestido. Lo único que el niño podía imaginar en ese momento era cómo sería su coño de porcelana.

De todas formas, la presencia de la señora, ahora amiga y cómplice, era su seguro contra imprudencias; mientras ella estuviera ahí él no podía llevar a cabo la ejecución de su fantasía, y como parecía que vivía en ese reclinatorio, era un área segura.

El sitio dejó de ser fianza ante su ímpetu justo tres minutos después. La mujer rezadora hizo la señal de la cruz, lo miró con justificada desconfianza, y se fue.

En cuando Pedró dejó de escuchar los tacones de su sin duda próxima enemiga, supo que su voluntad de mirar esa parte de la anatomía de Filomena era tan sólida como el morador de sus pantalones. Se puso de pie.

Caminó con cautela, volteando hacia atrás cada dos pasos. Estiró la mano hacia la imponente figura de la niña varias veces antes de poner sus dedos índice y pulgar en posición de pinza para cerrarlo en el encaje inmaculado del borde del vestido, que levantó despacio, con el corazón retumbando hasta la parte más alta del edificio de forma abovedada con frescos de escenas religiosas adornadas con pintura dorada.

Lo más que llegó a ver fueron tres segundos de unos calzones bombachos, que eran lo que le daba la consistencia amplia a la falda de la ropa de Filomena, antes de que una mano hiciera con los dedos índice y pulgar lo mismo que él con el encaje del vestido y lo arrastrara hacia la sacristía, donde Pedro se convirtió en el futuro adulto más fiel que ha existido sobre la faz de la tierra. Su época de explorador de vulvas había vivido su debut y despedida en la pubertad.


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Del desamor y otros libertinajes

En "Del desamor y otros libertinajes" Mónica Soto Icaza nos ofrece cuentos más irreverentes que nunca, con personajes que apuestan por cumplir sus fantasías sexuales rompiendo con las limitaciones impuestas por la sociedad, personajes que con sus acciones critican al machismo y visibilizan el placer femenino para celebrar el deleite que significa vivir. Los cuentos de Frank Morillo, quien publica un libro por primera vez, inician con una narración que recuerda al lector que la suerte está en los ojos de quien la mira, y continúan con relatos variopintos acerca de los vericuetos del sexo y otros detalles sobre la cotidianidad de una de las ciudades más paradisíacas e incomprendidas de América Latina: Caracas. Frank y Mónica. Mónica y Frank. Dos estilos. Dos países: Venezuela y México. Dos visiones del mundo. Contraste puro. En las páginas de este "Del desamor y otros libertinajes" encontrarás dos series de cuentos escritos en distintas latitudes, pero que convergen en temática; dos ideologías disímbolas que juntas hacen un canto a la hermandad y nos recuerdan que en cuestión de amores, desamores y sexo, los seres humanos somos universales.

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