Tacones, orgasmos y un funeral

¡Mis tres novelas eróticas juntas! Tacones en el armario, Galletitas para un funeral y Tus mujeres de mis orgasmos en el mismo libro. Tres historias llenas de amores y lujuria, en las que exploro temas polémicos como la infidelidad, el amor libre, el poliamor, las relaciones swinger, con personajes fuera de serie que divierten al tiempo que hacen temblar a las buenas conciencias y provoca deleite a los amantes de las aventuras de labios y piel… y de las sonrisas y carcajadas involuntarias.

Tacones en el armario es la historia de Ángela, quien le permite al lector vivir paso a paso con sus tacones de colores el proceso de la infidelidad, no como la víctima que hemos visto durante años, sino como una mujer que transforma el dolor en gozo y de paso obtiene venganza y mucho placer. Es la redención del sexo femenino llevada al extremo con mucho humor, erotismo e inteligencia.

Galletitas para un funeral es un homenaje a todas las formas femeninas de amar. En ella se explora cómo la percepción cambia la experiencia que acumulamos en los recuerdos, cómo una persona puede ser tantas personas, dependiendo del interlocutor.

Tus mujeres de mis orgasmos: La vida de algunas personas es como una película porno con cortes para dormir, comer y trabajar. En Tus mujeres de mis orgasmos, que es libro y experiencia en realidad aumentada, los protagonistas están juntos en un amor adúltero y delicioso; unidos por el placer, regidos por el deseo: la casualidad actuó a favor de su lascivia en común en una noche cualquiera para tomarse de las manos y de todos los espacios de piel disponibles en el cuerpo. Esta novela breve es un diario íntimo hacia las fantasías de Ella mientras Él le hace el amor con la lengua. Mónica Soto Icaza lee al oído la historia más intensa, explícita y erótica que ha escrito para continuar desafiando conceptos como el amor, la monogamia y la libertad.

Si quieres impreso tenerlo entre las manos, lo encuentras aquí:

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Jamás pretendí ser inmaculada

Doscientas páginas de poemas eróticos y fotografías en blanco y negro, Jamás pretendí ser inmaculada es mi más nuevo deleite literario.

Entré a la escuela, aprendí a escribir, me enamoré, me rompieron el corazón, rompí algunos corazones, llené los márgenes de mis cuadernos con historias, todo ello mientras se afianzaba mi fascinación por el hallazgo más importante de mi vida: los libros y las infinitas maravillas que se encuentran entre sus páginas.

Así llegaron mis XV años. Era 1995 y yo decidí que escribir sería mi ocupación principal. Luego llegaron mis 29. Era 2009 y yo decidí que enfrentaría la vida con el sexo abierto y dispuesto, que estar aquí era un regalo y yo no podía ser ingrata: debía celebrarla con cada partícula de mí, hacerle el amor a través de cuerpos ajenos en territorios políticamente correctos y también algunos clandestinos.

Jamás pretendí ser inmaculada. De niña me soñé aventurera, alguien que bien pudiera ser el personaje de un libro, y con eso en mente he creado las situaciones que configuran mis recuerdos. Aquella quinceañera que deseaba comerse al mundo sigue sazonándolo desde esta mujer de 41 con incontables recetas para la lujuria entre los dedos.

Si quieres tener este libro único y especial para mí entre las manos, lo encuentras aquí:

Tus mujeres de mis orgasmos

La vida de algunas personas es como una película porno con cortes para dormir, comer y trabajar.

En Tus mujeres de mis orgasmos, que es libro y experiencia en realidad aumentada, los protagonistas están juntos en un amor adúltero y delicioso; unidos por el placer, regidos por el deseo: la casualidad actuó a favor de su lascivia en común en una noche cualquiera para tomarse de las manos y de todos los espacios de piel disponibles en el cuerpo.

Esta novela breve es un diario íntimo hacia las fantasías de Ella mientras Él le hace el amor con la lengua.

Para este libro quise no nada más imaginar la historia más intensa, explícita y erótica que he escrito para continuar desafiando conceptos como el amor, la monogamia y la libertad, sino leerla al oído de los lectores, quienes por medio de un código QR podrán acceder a contenido exclusivo: el Video-libro, interpretado por mí, que lo pondrá al filo de las emociones más deliciosas.

Si deseas comprar el libro impreso está disponible aquí:

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Mujer esquirla #PorUnaVidaSexy

“Tu negocio no sirve para nada. Eres un fraude. Eres mala en la cama. Odio hasta tu peinado. No me gusta cómo eres con los niños. Eres un desastre en la vida. Eres una puta. Eres insuficiente, no te importa más que tu trabajo. Eres una loca. Eres tonta. Coges mal, no me gusta tu ritmo. Me molesta tu cara. Llévate todas tus cosas. No quiero ver ni una de esas mierdas aquí. Llévate nada más lo que tú te compraste. Después de años de matrimonio no te mereces nada por puta. Te voy a matar. Te voy a perseguir. Voy a hacer que vivas con miedo, con temor, con fracaso. Eres una perdedora. No haces nada bien. Solo sirves para gastar el dinero, para estirar la mano. No aportas nada. Eres mala para todos. Ni tu mamá cree en ti. Estás sola. La gente que amas siempre elige a otros. No eres suficiente, por eso no te eligen a ti. Eres problemática. No entiendes razones. Solo quieres hacer lo que se te da la gana. No puedes cumplir tus sueños. Tus metas no son importantes. Eres una mala mamá. Abandonas a tus hijos. Pierdes el tiempo. Vives en las nubes. Eres estúpida. Estás confundida. Tomas malas decisiones. No te vas a ir porque no puedes. Sin mí no eres nada. Sin mi ayuda te vas a morir de hambre. No tienes a dónde ir. No sabes ganar dinero. Con dos hijos nadie va a quererte. Tienes la nariz enorme. Ya ni siquiera conservas el buen cuerpo que tenías. Te vistes como prostituta. Escribes puras pendejadas. Nadie va a querer comprarte tus libros. Si te matara, te haría un favor…”

El hombre que amaba apretó el gatillo y yo me convertí en esquirlas de mujer. En fragmentos de ser humano con el único fin de sobrevivir el día. Porque en un país de machos a las mujeres libres hay que destruirlas. Hay que quebrarles la voluntad y las piernas; ensuciar su sexo y sus sueños. Porque a una mujer que goza del erotismo puedes maltratarla, convertirla en blanco de dedos índices purificados por la tibieza de vivir sin consecuencias.

Me convertí en una mujer débil. Una mujer fea. Una mujer triste. Una mujer sola. Metí la sonrisa en el sitio más seguro: las páginas de los libros, ese lugar en donde no había corazones rotos ni palabras equívocas, en donde podía ser libre a mis anchas. Ignoraba que cada tomo devorado configuraba en mí a una mujer rebelde. Una mujer idealista. Y poco a poco volví a ser una mujer con alas de papel y tinta, con tantas capas que alcanza a volar alto, y también con predisposición a caer desde esa altura. Soy una mujer que se ha raspado las rodillas. Una mujer que ha perdido todo para conservarse a ella. Una mujer que ha llorado a solas. Una mujer que ha dado la mano, aunque en el otro extremo no hubiera otra mano abierta. Soy una mujer puta. Una mujer ligera. Una mujer de libido desbordada. Una mujer de fotos atrevidas. Una mujer libre. Una mujer con suerte. Una mujer con el corazón de multifamiliar. Una mujer que quiere a más de un hombre y ama a uno. Una mujer que juega con sus hijos a escribir el mundo. Una mujer arrepentida. Una mujer rebosante de certezas. Una mujer de imaginación traviesa. Una mujer que ya no tiene miedo. Una mujer que ya no está triste. Una mujer multiacompañada. Una mujer joven. Una mujer guapa. Una mujer que sigue con la sonrisa metida en los libros. Una mujer metáfora. Una mujer personaje. Una mujer carcajada. Una mujer sarcasmo en la punta lengua. Una mujer energía de la naturaleza.

Soy una mujer hasta nunca. Una mujer hasta siempre. Una mujer en sus marcas, listos, fuera. Una mujer búnker. Una mujer meta. Una mujer hola. Una mujer adiós. Una mujer Yo.


*Este texto fue originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

Tacones en el armario

En la primavera de 2009 viví una de las épocas más tristes de mi vida: la infidelidad de quien creí el amor de mi vida. Decepcionada, triste y furiosa, me desperté una madrugada con optimismo descontextualizado y empecé a confeccionar una venganza literaria, con dosis precisas entre fantasías y recuerdos y el ánimo explícito de incomodar a aquellos hombres amantes de las mentiras. Porque sí: la literatura es mi manera de reparar las deficiencias del mundo con la ficción.

Tacones en el armario está escrito desde la furia, el descaro, con la desfachatez de quien sabe que no tiene nada que perder. Por eso es erótico, sarcástico, con toques de humor negro e ironía.

Desde que lo publiqué por primera vez, en el 2010, me ha provocado deleite y más deleite; se convirtió en mi libro más vendido, existen de él miles de ejemplares repartidos por los cinco continentes.

La obra, entonces, trascendió a mi propia vida, me enseñó que los momentos defectuosos son temporadas propicias para sembrar sorpresas.

Tacones en el armario es una de mis mejores aventuras, una plagada de risas, lágrimas, incendios y tacones de colores. 

He presentado esta novela más de 40 veces en diversas ciudades de la República Mexicana y en las Ferias de Libro más importantes del país, como Guadalajara, Palacio de Minería, Zócalo de la Ciudad de México, Estado de México, Orizaba, Ciudad Obregón y muchas más.

La portada original es de la pintora mexicana Rigel Herrera y la foto de portada de la edición desvergonzada es del fotógrafo Sinhué Villalobos.

Al final de la novela puedes encontrar los Manifiestos #porunavidasexy.

Si quieres leer un adelanto, lo encuentras aquí:

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¿Amar despacio?

No me gusta amar despacio,
prefiero ropa destrozada en el suelo
marcas de besos en el cuello
lenguas insolentes
dedos que conozcan el camino correcto.

Amo las caderas impulsivas
los deseos urgentes
la saliva que enloquece al torrente sanguíneo
las miradas que hacen cenizas los prejuicios.

Me encantan las palabras que humedecen
los pantalones marcados
las mordidas en las orejas que embriagan a los poros
y la imaginación.

Vamos a ponerle escenario a esta fantasía
y seamos nuestra propia ficción.

#poesíaMSI

Mónica Soto Icaza


La foto es de Érik Marvaz

* Este texto aparece en mi libro Jamás pretendí ser inmaculada.

Martes

Mis martes solicitan dueño:

busco a un compañero para practicar

la danza del vientre en su cadera.

Deberá ser un hombre que crea en la magia

para comprender a mis dedos

cuando se multipliquen por cinco.

Otro requisito es que sepa jugar al mudo

no me importa ser la primera, décima

o su mujer número 60,

quiero creer que mis caricias

son las mejores de su vida.

Mi hombre / compañero será halcón,

aroma de café tostado,

cama recién tendida

y silencio listo para tocar una primera nota.

Se reciben candidatos

los martes de nueve a una.

Los demás días de la semana

seré artífice de mis propias historias,

mi propio colibrí.

#poesíaMSI


Este poema aparece en mi libro Jamás pretendí ser inmaculada, más de 200 páginas de fotos y poesía. Lo encuentras aquí:

La foto es de Carlos Sain.

Historias de Clítoris 1

Hola, soy el clítoris de Mónica. Me llamo así, Clítoris, porque a ella no le gustan los nombres propios, patronímicos ni diminutivos que algunas personas usan a veces para referirse a los órganos sexuales propios o ajenos. Yo estoy de acuerdo con ella. Alguna vez un señor me dijo “Amiguita” y me costó mucho trabajo vibrar con su lengua. Aunque cada quien, ¿no?

Sé que cuando le preguntan a mi poseedora cuál es la parte favorita de su cuerpo y ella responde “los ojos” o “las piernas”, en realidad está pensando en mí. He sentido cómo me aprieta mientras contesta, como si quisiera disculparse conmigo por ser políticamente correcta. A mí no me interesa lo que responda; a fin de cuentas, cuando estamos a solas o al elegir a un acompañante, su comportamiento es lo menos políticamente correcto. Eso es lo importante.

Me conoció a los once. Era su segunda o tercera menstruación. Mientras lavaba mi casa y los terrenos circundantes se metió el dedo corazón de la mano derecha en la vagina para ver si así lograba que la sangre se terminara más rápido. Como le gustó la sensación decidió introducirlo más adentro… y entonces la palma de su mano invocó el deseo de saber qué más había en esa área al rozarse con mi glande. No le importó que se enfriara el agua: siguió tocándolo todo. Fue así como ahí, en una regadera del segundo piso de una casa de tres recámaras pintada de blanco con columpios en el jardín, Mónica tuvo uno de los más grandes hallazgos de su vida que, como buena materialización de asombro, siempre estuvo en ella misma.

Mónica y yo gozamos impunemente durante varios meses, hasta una fatídica mañana en la clase de Moral. La escuela religiosa en la que la inscribieron sus papás con las intenciones más puras: que los valores familiares fueran reforzados, se encargó de arruinar sus corridas correrías eróticas, porque ahí le dijeron que el onanismo era un pecado, y de los graves. Como ella no deseaba irse al infierno, así, sentada en un pupitre del segundo piso de un centro educativo de tres edificios de ladrillos expuestos y una pista de carreras, la suscrita volvió a enterrarme entre sus piernas durante más años que los que hoy le gusta admitir.

Pero como no hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla, ni lujuriosa que lo soporte, Mónica cumplió 18 años. Sí, tuvo algunos encuentros semieróticos con los seis novios que había tenido, pero ninguno de ellos alcanzó a tocarme; yo esperé paciente el momento porque algo de entretenimiento tuve cuando mi dueña, amante del ejercicio, haciendo abdominales en la clase de educación física tenía orgasmos que no contemplaba como pecados al no ser provocados directamente por ella. ¿Ya ves por qué me cae tan bien?

Decía entonces que mi propietaria cumplió 18. Sus papás le hicieron una fiesta para celebrar la mayoría de edad, con amigos, familia y sí, su sexto novio, quien dicho sea de paso estaba algo frustrado con las continuas negativas de Mónica para irse a la cama, o por lo menos agarrarle algo más que la mano. Se acabó la reunión, familia y amigos se despidieron, los padres se fueron a dormir. Ella le dijo que lo acompañaba a la puerta para despedirlo. Ya ahí, antes de abrirla, se dieron un abrazo en la oscuridad, un beso de película romántica francesa y con las manos metidas en los mutuos jeans reaparecí en escena para no volver a esconderme jamás.

Pero ya luego te contaré de cuando conocí en piel y humedad a otro como yo, porque de tanto hablar de mí a Mónica ya le dieron ganas de saludarme con las yemas de los dedos. Y quién soy yo para hacer caso omiso a esa propuesta imposible de rechazar.


  • Texto publicado originalmente en la revista Vértigo Político en julio de 2020.

Inmaculada o los placeres de la inocencia #LibrosQueMeGustan

Una de las novelas eróticas más poderosas que he leído, este #ViernesDeLectura recomiendo Inmaculada o los placeres de la inocencia, de Juan García Ponce.

Una de las clasificaciones posibles de la literatura erótica es la que se divide en: la escrita por personas calientes, con verdadera vocación y ejercicio de la lujuria en una exploración continua de los límites del sexo, y la que se escribe por moda, imitación o en el afán de vender libros. De cuál de ellas se trata lo percibe el lector en las reacciones que el libro provoca en la piel, en el nivel de excitación y ansias por el orgasmo.

Inmaculada o los placeres de la inocencia es de las primeras. Cuenta la historia de la niñez y la juventud de Inmaculada, un personaje muy peculiar que se deja llevar por el placer sin pensar en consecuencias o complicaciones y huye de quien pretende robarle la libertad. Está narrada, además, con el estilo coloquial y espectacular de Juan García Ponce, uno de mis escritores mexicanos favoritos.

Por ser una novela que provoca gustos culposos y nos recuerda las sensaciones lúbricas y emocionantes de la adolescencia y juventud, Inmaculada o los placeres de la inocencia es mi recomendación en #LibrosQueMeGustan

De letras, vida y lecturas…

Los libros siempre han estado ahí, a mi alcance. Primero de mi apatía, después de mi curiosidad, ahora de mi fascinación. Desde mis primeros recuerdos los libreros llenos de lomos con títulos sugerentes y grosores tan diversos como la humanidad son habitantes de los espacios donde respiro, como cómplices incondicionales de mis locuras.

Los primeros que recuerdo son El nuevo tesoro de la juventud, enciclopedia con 20 tomos gris con rojo que fueron fuente de todos mis trabajos de primaria y secundaria. También Mi primera enciclopedia, de Disney, que leí completa de niña; después de comer agarraba un tomo y me sentaba en la escalera de la entrada de la casa a leerlo de principio a fin; en ella aprendí sobre Beethoven y que no todos los pájaros negros con el pico alargado son cuervos, sino arrendajos.

Me acuerdo de Por quién doblan las campanas, de Hemingway, que me llamaba la atención porque el significado que existía en mi mente de la palabra doblar no tenía nada que ver con campanas, que por naturaleza son de materiales no maleables. De Las tentaciones de San Antonio, de Gustave Flaubert, que mi mamá me leía acostadas en la sala y yo imaginaba con los ojos cerrados. De Mujercitas, de Louisa May Alcott, que me hizo empezar a cuestionarme el papel de las mujeres en la sociedad, y a sospechar que mi historia se saldría de las rayas de los cuadernos. Tenía ocho años.

Otro libro que se fijó en mi memoria fue el de la portada con una niña de gesto irreverente tras las rejas, Motín en el reformatorio, de Jack Thomas, que nunca leí, pero cuyo nombre me resultaba confuso a los diez años; yo creía que la niña se llamaba Motín, lo cual me parecía raro, pero no improbable. De Un instante de optimismo, que era una compilación de fragmentos de la obra de varios autores, donde leí por primera vez a Benedetti, el Poema 20 de Neruda, partes del famoso Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, que años después leí completo, y otros más que me hicieron enamorarme de la poesía. Aunque no entendía bien a qué se refería Cortázar con el capítulo siete de Rayuela, no podía dejar de leer. Los libreros estaban llenos de universos, y entonces yo empecé a intuir que más allá de las repisas de madera de mi casa se encontraba un mundo entero de letras sobre papel. Y yo quería explorarlo entero.

Tenía 14 años. Vacaciones. La época no era económicamente propicia para salir de viaje: quienes vivimos en México ese verano de 1994 lo sabemos. Mis padres trabajaban, mis hermanas salían con amigos, yo me aburría sola en casa y lo natural fue ir hacia el librero para ver qué encontraba.

Había un lomo amarillo, ancho, que decía El corazón de piedra verde. No recordaba haberlo visto antes por ahí y el verde era mi color favorito, así que la elección fue sencilla. Lo tomé, le di la vuelta y empecé a leer la contraportada. Era una historia situada en México Tenochtitlan en la época de la Conquista, tema que me interesaba por mi predilección hacia lo prehispánico.

Fui a mi recámara, me recosté en la cama y mis ojos empezaron a recorrer las líneas de sus 827 páginas sin saber que conforme iba devorando los párrafos como alguien que no ha comido en días, también iba trazando las líneas de mi destino. A partir de esa novela escrita por Salvador de Madariaga y publicada por primera vez en 1942 para mí el mundo estrenó colores, sonidos, aromas, texturas y sabores. Desde entonces los libros jamás me han quitado el hambre.

Los libros te cambian la vida. Los libros reconfiguran las ideas. No imponen, invitan. No denotan, transigen. No sólo enseñan, sino que convocan a explorar. Cuando lees es inevitable que cambie la vida a tu alrededor.

No sé si hubiera sido buena abogada, una científica que transformara el rumbo del planeta o una empresaria que aportara miles de empleos a la sociedad, no me interesa: desde la mitad de la segunda década de mi existencia supe que la transitaría con los dedos manchados de tinta y los ojos inundados de letras. Ni un segundo he soñado con que sea de otra manera.

Si quieres leer mis libros, puedes conseguirlos aquí:

Erotismo cotidiano

Una pareja tomada de la mano detona fantasías en mi imaginación, puede ser para escribir una historia o simplemente para entretenerme en ratos de ocio. Al mirar a dos individuos con los brazos entrelazados y la lengua en sincero coloquio, mi cuerpo insinúa las sensaciones de yemas de los dedos a los costados de mi vientre –mi punto débil– y entonces despierta el deseo de posar las manos en el teclado o empuñar la pluma y trazarme en la página en blanco para recorrer mi inventario particular de sonrisas:

La voz de ese hombre. La obsesión por la humedad relativa de un explorador en los Andes. El sexo infinito de un extranjero. Las uñas pintadas de negro del amante del jardín de higueras. Las visitas a los museos del viajero con el beso furtivo en la punta de la apetencia.

Las erratas en las páginas de las enciclopedias. Los poemas que el de los dedos como extensión de cuerdas de guitarra dejó en pedazos en la puerta de casa. El cronómetro de cristal donde se reflejó el asombro de un hallazgo. La boca que me dijo con certeza que sabría besar.

Las cicatrices en las falanges por unas baquetas. Los días oscuros del poeta con la gloria y el infierno entre los vocablos. El miedo de uno, ese y el otro. Mi miedo. La imperfección para hablar, junto a la perfección para seducirnos. Las quinientas noches de Sabina. Los despertares con Bach. La nostalgia por la muerte de Joao Gilberto.

Así es cómo en mi piel nacen las historias que se recrean en los ojos de los lectores; cómo en mis labios sucede la génesis de los personajes que se convertirán en entrañables o incómodos de aquellos dispuestos a compartir conmigo un fragmento de su tiempo en forma de prosa o poesía: entre la realidad y la ficción de mi propia vida que trasmuta en recuerdos a conveniencia.

Entonces pienso en quién pudo haber sido la musa de Carlos Fuentes cuando tecleó estas líneas en su libro La muerte de Artemio Cruz: “Ese cuerpo no era de él: Regina le había dado otra posesión: lo había reclamado con cada caricia. No era de él. Era más de ella.” Esa precisión al elegir las palabras, el aleteo de mariposa que detona en las emociones no pueden ser solamente ficción: tuvo que experimentarlo para describir con tan dolorosa exactitud, tuvo que haber sido poseído por alguien que más tarde inmortalizó en Regina.

Mientras leía El hombre que fue jueves cuestioné, llegando casi al final de la novela, ¿en qué terreno de qué país y con qué nivel de silencio habrá estado Chesterton para escribir: “El amor de la vida lo invadía todo. Hasta se figuró que oía crecer la hierba”? ¿Quién, que haya visitado un campo de espigas un día de viento, puede evitar el estremecimiento de ese sonido apenas perceptible, pero de una fuerza arrebatadora?

O algo tan simple como lo que Alain de Botton convirtió en literatura en su magistral El placer del amor: “El teléfono se vuelve un instrumento de tortura en las demoníacas manos del ser amado que no llama”, que no necesita explicación para nosotros, integrantes de la sociedad occidental que han sido educados por el amor romántico, y además adictos irredentos a la tecnología.

Si yo te preguntara a qué huele el cuello de la mujer que amas o cómo describirías la textura de las gotas que se desprenden de la regadera cada mañana y te refresca de calores y pesadillas, la respuesta seguramente sería un poema.

Así es como el erotismo es amo y señor de la cotidianidad.


*Este texto fue publicado originalmente en mi columna Por una vida sexy de la revista Vértigo Político.

Conquistar con estilo

Bienquisto (de buena fama y generalmente estimado) lector,

Es bien sabido que en el juego del amor y la seducción la palabra es núcleo y espina dorsal; creadora de alacridad (alegría y presteza del ánimo para hacer algo) o andróminas (embustes, enredos). Por eso en esta ocasión es de mi apetencia compartir con usted este breve glosario de vocablos para fascinar con estilo y elocuencia a la persona blanco de sus diligencias erubescentes (que se pone rojo o que se sonroja).

Esta ineluctable (dicho de una cosa: contra lo cual no puede lucharse) historia de amor comienza en una de las horas más románticas de la noche: el conticinio, cuando todo está en silencio, la piel dispuesta a ser territorio para las yemas de los dedos y los ojos se convierten en naifes (diamante de calidad superior) fúlgidos (brillante, resplandeciente).

Los personajes son Ella y Él. La situación un sueño estuoso (caluroso, ardiente, como encendido o abrasado). No sabemos quién de los dos fantasea.

En un extremo de la banca de un parque está Ella: labios rusientes (que se pone rojo o candente con el fuego), epidermis ebúrnea (parecida al marfil), aladar (mechón de pelo que cae sobre una de las sienes) que cubre una mirada godible (alegre, placentera).

En la otra orilla de la misma banca está Él: jarifo (rozagante, vistoso, bien compuesto o adornado), cabello ubérrimo (muy abundante y fértil) y sonrisa leda (alegre, contenta, plácida).

Cada uno lee, atrapado en las páginas de su respectivo libro (o tal vez en las pantallas de sus teléfonos, pero esto es ficción y soy dueña de mis licencias poéticas).

Como si el árbol detrás de la banca hubiera sido sembrado justo en ese sitio para este preciso instante, el desprendimiento de una rama con su respectivo estruendo provoca que las pupilas de nuestros protagonistas converjan: Deliquio (éxtasis, arrobamiento), lampo (resplandor o brillo pronto y fugaz, como el del relámpago), amatividad (instinto del amor sexual); una certeza inefable (que no se puede explicar con palabras) del inicio de una mirífica (admirable, maravillosa) coincidencia.

El “hola” que obtiene respuesta indica un romance agible (factible o hacedero). Sus manos desean invocar a la decencia, pero la boca del uno y la lengua de la otra ignoran las formas y se dejan llevar por la salacidad (inclinación vehemente a la lascivia).

Ahí, parados sobre la tierra de este opimo (rico, fértil abundante) parque de ensueño sucede un liento (húmedo) beso que continúa en una habitación extraña inundada de sonidos gemebundos (que gime profundamente) y movimientos titilantes (agitarse con ligero temblor).

Minutos lautos (ricos, espléndidos, opulentos), en los que ellos luden (frotan, estregan, rozan algo con otra cosa) en una venusta (hermosa y agraciada) danza de mador (ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser verdadero sudor), digna de prosternarse (arrodillarse o inclinarse por respeto) y anotar en la bitácora coruscante (que brilla) de utopías a ras de alcoba.

El despertador interrumpe a quien sueña justo en el momento en que el sol dibuja el contorno de las montañas. El quillotro (amorío, enamoramiento) se ha esfumado, pero quedan en su cuerpo algunas escurrimbres (últimas gotas de un líquido que se ha quedado en una vasija) inolvidables.

*(Significados del Diccionario de la Real Academia Española).


Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

Sexo y libros

«¿Por qué escribes literatura erótica?» es la pregunta que más he escuchado. La respuesta es inminente: porque el sexo y los libros son lo que más me gusta en la vida. La justificación podría ser innecesaria, pero —en mi interior habita una exhibicionista— encuentro un deleite exquisito en contar mis intimidades.


Descubrí el sexo antes que los libros, por humanas razones. Me apasioné primero por los libros que por el sexo, por sociales razones. A los 14 años la voluptuosidad de las imágenes provocadas en mi mente por ese artefacto de tinta y papel encuadernado que tenía en las manos me hicieron adicta al deleite de leerlo todo, desde las etiquetas del champú en la regadera, hasta las dos enciclopedias de casa (pasando por carteles, folletos, boletos de estacionamiento, instructivos). Todo.


Llegaron mis 15 años. Primero de preparatoria. La profesora de literatura nos dejó leer Arráncame la vida de Ángeles Mastretta. Atrapada desde las primeras páginas, fueron unas cuantas palabras las que releí una y otra vez, intrigada: “Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa.” El resultado fue humedad inminente en mi entrepierna.


Las primeras veces son acontecimientos importantes en la vida de toda persona. Para mí esa lo fue. Descubrí que toda pieza literaria es erótica, no solamente porque contiene algún capítulo con contenido sexual propio de la cotidianidad, sino por la cantidad de sensaciones que viven en el cuerpo, como si al leer te convirtieras en uno de los personajes.


El siguiente libro que me erizó los vellos de la espalda fue Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig, que sin contener sexo de pronto me sorprendió con los puños cerrados y las uñas enterradas en las palmas de mis manos.

Espejo


Varios años después, ya adulta, tuve el hallazgo de un ejemplar que en la portada ilustra a cuatro personajes desnudos, entrelazados entre miembros viriles, lenguas y piernas: el Erotica Universalis de Gilles Néret, un compendio de imágenes sexuales que van desde el año 5000 a.C., hasta la década de los 70 del siglo XX. En él las escenas eróticas son un verdadero festín para el lector: algunas son tan alucinantes que provocan rubor en las mejillas.


Otro de los textos que me emociona hasta las lágrimas es La esposa joven, del italiano Alessandro Baricco. Uno de sus fragmentos memorables: “La Esposa joven se preguntó dónde había visto ya ese gesto y era tan nueva ante lo que estaba descubriendo que al final se acordó, y fue el dedo de su madre que buscaba en una caja de botones uno pequeño de madreperla que había guardado para los puños de la única camisa de su marido.” Erotismo puro.
Poseo una biblioteca personal de ejemplares, tanto físicos como electrónicos, que son mi espejo particular de pasiones y perversiones.

Algunos títulos que habitan en ella son: Historia de O, de Pauline Réage, regalo de un periodista amigo; Ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad, ganador del VIII premio La sonrisa vertical; uno de mis favoritos, que ha influido mucho el estilo de mis cuentos: La máquina de follar, de Charles Bukowski, y una cantidad más obscena que mi adorado Filosofía del tocador del Marqués de Sade, de volúmenes.


Cómo no amar el sexo y los libros, si ambos son origen y destino de la historia particular de cada uno de los mundos que interactúan al interior de nosotros. Si quien ha leído no percibe más de su humanidad en esas ficciones, que tire la primera piedra.


*Texto publicado originalmente en mi columna «Por una vida sexy» de la revista Vértigo Político en abril de 2018.

Defender la seducción

Cuando alguien me atrae no soy inofensiva. Una vez conocí a un señor que me gustó desde que lo vi, sentado en la mesa de un restaurante, esperándome.

Soy una coqueta confesa. Por eso en cuanto lo saludé supe que lo quería en mi cama. No por eso le expuse mis intenciones de inmediato o le acaricié la pierna “accidentalmente”, claro que no: tracé una estrategia para enamorarlo.

Tengo bien claro que el cuerpo ajeno es territorio tocable solo después de haber recibido autorización del poseedor. Si tomas de la mano a alguien que apenas conoces es romántico; si es la pierna o la cintura estás trasgrediendo su espacio personal. Ya de rozarle las nalgas ni robarle un beso hablamos. Aunque me moría de ganas.

Como el del erotismo y la pornografía, el límite entre seducción y acoso es muy difuso y se desdibuja fácil cuando entran en la ecuación el instinto, los impulsos, las hormonas trazando fuegos artificiales.

La comida transcurrió entre una plática con humor, inteligencia y muchas sonrisas, y sí, me dejó con deseo de más. Bien se sabe que en la seducción lo transparente y lo honesto es muy atractivo.

Pasaron las semanas. Seguíamos comunicándonos de vez en cuando, pero yo no veía claro. Tenía mil dudas: ¿le habré gustado? ¿Cómo me acerco para ser alguien agradable sin acosarlo? La literatura, como siempre, me dio el pretexto perfecto y le mandé un libro que acababa de publicar.

Le envié otro mensaje: “¿Ya recibiste mi libro?” Él respondió con un indiferente e impersonal: “Sí, gracias. Déjame ver en qué te podemos ayudar”.

Repensar

A pesar de haberle escrito en la portadilla una dedicatoria sexy, el hombre no parecía haberse dado cuenta de mis intenciones. Eso me llevó a hacer el último intento; si después de lo que iba a redactar no me hacía caso dejaría el asunto como un instante de deleite unidireccional y lo borraría del mapa.

Mi filosofía es: si una persona me dice “no”, entonces es “no”. Si le digo a alguien “no”, entonces es “no”; muchos de los problemas entre hombres y mujeres radican en que a veces queremos que nos adivinen el pensamiento, y eso provoca equívocos incómodos o réplicas aleatorias.

Mi mensaje decía: “¿Y quién te está pidiendo ayuda? Yo lo que quiero es volver a verte”. Su respuesta tardó menos de un minuto en llegar; nos pusimos de acuerdo y una semana después ya estábamos sentados de nuevo en otro restaurante, con él diciéndome que lo anotara en la lista de los hombres que querían hacerme el amor y conmigo sonrojada y caliente.

Al terminar de comer me ofreció ir a su casa. Las palabras que pronuncié fueron las culpables no solamente de que consiguiera mi objetivo de llevarlo a la cama, sino de que se quedara pensando en mí siete días más: “Sí voy a ir a tu casa, pero no vamos a tener sexo hoy, sino hasta la próxima vez”. Así fue. Una semana tras otra, hasta convertirnos en pareja y tejer a diario un “fueron felices para siempre” muy a nuestro estilo.

Transitamos por un momento emocionante de la historia; un tiempo de feminidad renovada y masculinidad que es necesario repensar. Hombres y mujeres necesitamos recordar que vivimos en la misma contaminada y poco pacífica esfera flotante en el universo y sentarnos a explorar nuevas formas de interacción.

Utilicemos la información disponible respecto a los temores y deseos de ambos sexos para unir y no para separar: la seducción y el erotismo son herramientas para la defensa y felicidad de nuestra condición de humanos. Por eso abogo por defenderlos desde la plenitud y la libertad.


*Esta columna fue la primera que publiqué en la revista Vértigo Político #PorUnaVidaSexy, hace justo dos años, en abril de 2019.

Con las piernas abiertas

«Las damas se sientan con las piernas cerradas», dicen manuales de buenas costumbres. Una mujer con las piernas abiertas es una amenaza para quienes tienen temor del cuerpo, de las sensaciones, de la libertad.

Las piernas abiertas suben escalones, dan zancadas, avanzan de prisa hacia las metas. Las piernas abiertas despiertan el sexo, lo que no quiere decir que por eso lo compartan con cualquiera.

Las piernas abiertas multiplican la vida, aminoran el miedo y devuelven el equilibrio que durante tantos años intercambiaron por castillos de arena.

Las piernas abiertas provocan deseo, permiten la entrada de corrientes de aire, impiden la irrupción de imposiciones absurdas. Sí, una mujer con las piernas abiertas tiene bien colocados los pies en la tierra.

Abre los ojos y observa cómo conquistan su lugar en el mundo.

Mónica Soto Icaza

Ligeros libertinajes sabáticos #LibrosQueMeGustan

Un libro erótico peso completo: sexy, sugerente, irónico, asombroso, divertido, este #ViernesDeLectura recomiendo Ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad.

Ganadores del VIII premio La sonrisa vertical, estos diez cuentos son un deleite para las fantasías sexuales y la imaginación. Sin caer en la pedantería intelectual y con un roce preciso con la vulgaridad, los relatos de Mercedes Abad son inteligentes, con frases encantadoras y humedecedoras, como «Jadea, amor mío, jadea telefónicamente tu deseo de mí», e historias que igual combinan la comida y el conflicto existencial, como Una mujer sorprendente y Ese autismo tuyo tan peligroso, mi favorito.

Si quieres pasar un fin de semana con una lectura ligera, pero inolvidable, entonces tienes que leer Ligeros libertinajes sabáticos, estoy segura de que se convertirá en una de tus aventuras erótico-literarias favoritas.

Tus mujeres de mis orgasmos

¡Tengo libro nuevo! Y está fuera de serie (por lo menos para mí), porque jamás había escrito algo tan libre, tan sexoso, tan quiebralímites.

Tus mujeres de mis orgasmos: La vida de algunas personas es como una película porno con cortes para dormir, comer y trabajar.

En Tus mujeres de mis orgasmos, que es libro y experiencia en realidad aumentada, los protagonistas están juntos en un amor adúltero y delicioso; unidos por el placer, regidos por el deseo: la casualidad actuó a favor de su lascivia en común en una noche cualquiera para tomarse de las manos y de todos los espacios de piel disponibles en el cuerpo.

Esta novela breve es un diario íntimo hacia las fantasías de Ella mientras Él le hace el amor con la lengua.

Para este libro quise no nada más imaginar la historia más intensa, explícita y erótica que he escrito para continuar desafiando conceptos como el amor, la monogamia y la libertad, sino leerla al oído de los lectores, quienes por medio de un código QR podrán acceder a contenido exclusivo: el Video-libro, interpretado por mí, que lo pondrá al filo de las emociones más deliciosas.

Próximamente estará disponible: el 15 de diciembre cumplo 41 años y ese día lo lanzaré de manera oficial, con toda la emoción, la alegría y las carcajadas por compartir.

Si quieres este libro impreso, lo puedes adquirir aquí:

Tus mujeres de mis orgasmos

Tus mujeres de mis orgasmos: La vida de algunas personas es como una película porno con cortes para dormir, comer y trabajar. En Tus mujeres de mis orgasmos, que es libro y experiencia en realidad aumentada, los protagonistas están juntos en un amor adúltero y delicioso; unidos por el placer, regidos por el deseo: la casualidad actuó a favor de su lascivia en común en una noche cualquiera para tomarse de las manos y de todos los espacios de piel disponibles en el cuerpo. Esta novela breve es un diario íntimo hacia las fantasías de Ella mientras Él le hace el amor con la lengua. Mónica Soto Icaza lee al oído la historia más intensa, explícita y erótica que ha escrito para continuar desafiando conceptos como el amor, la monogamia y la libertad.

190,00 MXN

O si lo prefieres electrónico para Kindle, lo encuentras aquí:

Tus mujeres de mis orgasmos eBook: https://www.amazon.com.mx/mujeres-orgasmos-M%C3%B3nica-Soto-Icaza-ebook/dp/B08PZB6BG1/Soto Icaza, Mónica: Amazon.com.mx: Tienda Kindle

De gustos culposos

Las escenas de sexo del Libro Vaquero. Ese fue mi primer gusto culposo. Curiosa de las diferentes manifestaciones periodísticas y literarias, de adolescente cayó una de esas historietas que publicaba editorial Novedades (ahora lo hace HEVI Editores) en mis manos. Con todo el morbo por leer algo no prohibido, pero sí ajeno a la esmerada educación que recibía, descubrí en esas páginas las historias más apasionadas, los diálogos más ingeniosos, las mujeres en topless más exuberantes: la combinación perfecta para que una niña de 14 años comenzara a coleccionarlos, porque por fortuna siempre había números atrasados en los puestos de periódicos.

Un día en reunión familiar se me escapó un “cabrón” frente a mis tíos, entre los cuales se encontraba Alfonso, quien siempre me había tenido en alta estima por mi inteligencia y mi corrección política. En cuanto mi lengua chocó con la parte interna de mis dientes frontales al terminar de hablar, vi cómo el tío abría los ojos como platillos voladores, me miró con decepción y pronunció: “te acabas de caer del pedestal donde te tenía”, a lo que yo respondí: “¿y yo qué culpa tengo de que tú me pusieras ahí?” Mi querido pariente ignoraba que en mi normalmente buen léxico de vez en cuando aparecen palabras altisonantes, las que hoy pronuncio libre de ataduras mentales.

Los gustos culposos surgen de los prejuicios, del miedo a hacer el ridículo, del sentimiento (o la fantasía) de orgullo que implica pertenecer a cierto grupo refinado, culto y educado de la sociedad; existen en función de qué tanta culpa experimentamos al disfrutar de algo que supuestamente no corresponde al lugar que ocupamos, a la imagen que los demás tienen de nosotros.

La culpa es una traición a nuestra autoimagen, a los ideales propios, a la expectativa de los otros, por eso hay que ignorar aquello que nos provoca ese gozo prohibido, como una negación a la verdadera naturaleza que nos habita. 

Sin embargo: está ahí. 

Por eso no le platico a nadie que me encantan los huevitos de chocolate; sí, esos blancos que venden en una bolsa amarilla en el supermercado o en máquinas expendedoras por un peso.

¿Cuántas veces te has sorprendido llevando el ritmo con el pie al escuchar una canción con música adictiva, pero letra ignominiosa; mirando de reojo un capítulo de los programas de televisión que hacen toda una farsa para emparejar personas, y te da coraje si tienes que irte antes de saber si Brayan eligirá a Débora y si Débora le dirá que sí; mirándole el escote pronunciado a una mujer o la entrepierna abultada a un hombre?

Todos somos, además, el gusto culposo de alguien; puede ser del ex, que encuentra irresistible arrancarle el vestido a la fémina perversa que le rompió el corazón, o cuando compañeros del pasado prefieren negarnos ante sus amigos por vergüenza a decir que siguen enamorados a pesar de haber enumerado en diversas ocasiones un detallado y amplio inventario de los defectos por los que nos dejaron (qué oso, ¿no?).

Porque sí, hay que admitirlo: todos disfrutamos de cosas y situaciones que avergonzarían a nuestras madres, hijos o incluso a nosotros mismos, como dejar escapar el chorro de orina en la regadera o masturbarse viendo el video de una orgía, pero a fin de cuentas es sano olvidarse de las convenciones sociales y el autocontrol en algunos momentos para gozar de los placeres de la vida, por más culposos que parezcan.

Por eso hoy quiero preguntarte: ¿qué deleite te abochorna compartir?

*****

Este texto fue publicado originalmente en mi columna Por una vida sexy en la revista Vértigo Político.

(Y sí, subir mis fotos en poses sugerentes para agitar a la concurrencia también es uno de mis gustos culposos…)

Las mujeres de más de 40

Las mujeres de más de 40 vivimos cada día realizando nuestros sueños de niñas. Tenemos pocos temores y muchos aprecios; sabemos emprender el vuelo, pero ponemos los pies en la tierra para estar con quienes amamos en los momentos y lugares precisos.

Las mujeres de más de 40 somos románticas, mas hemos aprendido a escuchar también a nuestro intelecto, lo que nos hace independientes cuando es necesario y solidarias si se trata de secar lágrimas y curar heridas.

Las mujeres de más de 40 además de esculturales cuerpos, hemos forjado esculturales almas; poseemos un brillo misterioso en la mirada, y con certeza digo que más de un secreto para quitarnos la tristeza.

Las mujeres de más de 40 conocemos los tiempos difíciles, sabemos resolver problemas con sutileza; nada es demasiado grande para nuestro ímpetu ni demasiado pequeño como para pasar desapercibido.

Las mujeres de más de 40 tenemos arrugas en la frente y varias canas en el cabello, con orgullo portamos nuestras cicatrices, sobre las que han sanado amores y nacido personas.

Las mujeres de más de 40 elegimos con cuidado los apegos, defendemos nuestra dignidad con humildad y soberbia, seducimos con elegancia y de nuestros dedos surge magia cuando compartimos humedades en la cama.

Las mujeres de más de 40 somos inocentes a voluntad, encontramos la respuesta correcta hasta a preguntas necias. A veces también somos malcriadas; nos regalamos placeres enormes disfrazados de mínimos detalles.

Las mujeres de más de 40 somos expertas en varios artes solo conocidos por nosotras, sentimos la adrenalina de la libertad y jamás dudaremos en lanzarnos descalzas a cualquier abismo, desnudas y con unas alas nuevas.

La era del ego

Sí. En las redes las fotos son para llamar la atención. Los escotes son para llamar la atención. Los minivestidos son para llamar la atención. Los ojos son para llamar la atención. La belleza es para llamar la atención. El chiste fácil o la agresión gratuita son para llamar la atención. Porque llamar la atención es lo que se hace en las redes sociales. 

Quien diga lo contrario y tenga una cuenta de Facebook, Instagram, TikTok, Twitter y otras, definitivamente practica la falsa modestia. Si no es para ganar seguidores, obtener “likes”, vender algún producto o servicio, que la gente se entere de la genialidad de tus pensamientos, ¿para qué querrías publicar contenido en un sitio virtual en donde tus brillantes ideas trasciendan tu cerebro con más alcance que el de tus conocidos y amigos?

Porque si admitimos que esta es la era del ego desbordado, en la que una cuenta con más de mil seguidores representa un triunfo ante la anonimidad, entonces podremos poner el ego en perspectiva y usarlo para algo más que satisfacción personal. Si dejamos de demonizar al otro, de ser insensibles ante quienes piensan diferente sólo porque nos protege una pantalla, entonces será posible pensar dos o tres o más veces antes de escribir un mensaje destructivo.

El parámetro para responder algo en las redes sociales debería ser la respuesta a la pregunta: ¿Pronunciarías estas mismas palabras mirando a los ojos al destinatario?

Así que sí, yo sí publico lo que publico para llamar la atención, por mis muy egoístas razones: difundir la literatura, el erotismo, mi trabajo poético, narrativo y periodístico o cualquier imagen o texto que considere valioso. Y sí, cuando soy agredida respondo pensando en que la otra persona también tiene que convivir consigo misma 24/7 y no requiere de mi negatividad, porque si está siendo violenta es porque algo no le permite sentirse feliz y plena y necesita desquitarse con una desconocida.

¿Qué opinas tú, que llegaste hasta aquí por la foto que ilustra este texto?

Si fue así, entonces aprovecho para darte las gracias por leerme además de mirarme, y por esta oportunidad de pensar juntos.

Brujas literarias #LibrosQueMeGustan

Existen libros sobre libros, libros sobre escritores, libros sobre la obra de los escritores, libros de conjuros… pero también existen conjuros en libros. Ese es el caso de Brujas literarias, un libro de Taisia Kitaiskaia y Katy Horan.

Brujas literarias es un aquelarre de papel y tinta en el que convergen 30 escritoras por medio de una pequeña reseña biográfica. De Norte a Sur del mundo, de Oeste a Este y una fusión de líneas temporales, en pocas páginas el lector encontrará los rasgos de personalidad y experiencia de las autoras seleccionadas, que van desde Emily Dickinson, hasta María Sabina; desde Safo, hasta Yumiko Kurahashi.

Si bien los capítulos son en extremo cortos y te dejan con ganas de más, este tomo es una excelente opción para quien desee conocer la obra de mujeres, quienes, no es secreto, habían sido menospreciadas como creadoras hasta hace poco tiempo. Al final de cada uno vienen algunas lecturas recomendadas de cada una para empezar a leerlas.

Por ser una obra que provoca curiosidad, Brujas literarias es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

Matinal

Dos dedos en mi vagina. Desperté. Su nariz rozaba la mía. Arqueé la espalda. Sonreí. Metió la lengua entre mis dientes. Mis pezones perforaron el vestido. Las bragas recibieron una ola súbita. Gemí. Dormía en la sala. La fiesta de anoche me dejó moribunda. Reviví del sueño para morir de nuevo. Para convertirme en géiser, en vencedora y trofeo. Los pies en punta. Satín en los muslos, las rodillas, los tobillos, el piso de madera. Fauces que bucean. El vestido trepa y se fuga. Palmas en las tetas. Saliva en el ombligo, en la línea de la vida. Entre los pechos. Areolas en pugna. Voz que rebota en las persianas. Vértice abierto, cadera oscilante. Remo en el agua. Ojos bien abiertos. Ascenso y descenso en gol pe te o. Palmas de las manos en respaldo. Rodillas en la piel del sillón. Ofrenda a la estatua que penetra un río subterráneo para clavar su bandera en territorio conquistado que conquista al conquistador.

Or
gas
mos
en
grito.

Adicción a las sustancias de tu cuerpo.

Autoconjuro de madrugada

Desde niña sé que soy una mujer rara. No soy políticamente correcta ni anarquista. Ni celosa ni partidaria del drama, pero no permito, bajo ninguna circunstancia, que las ofensas se queden en el silencio. Como soy demasiado equilibrada para ser artista, escribo mis desequilibrios y los comparto en poesía.

Ayer fui mala esposa, hoy soy una soltera corregida y aumentada. En ocasiones una mala madre y casi siempre la mejor que conozco. Sé que mi cara no es la más linda ni mi cuerpo el más escultural, pero son los únicos que tengo, y los amo con sus poros abiertos y estas piernas de muslos abundantes que han caminado conmigo casi la mitad del mundo.

Dicen que soy sensual y estoy de acuerdo: me gusta el sexo y lo hago sólo con quien se me da la gana y cuando quiero. He sido más generosa que egoísta, en ocasiones mucho más de lo que otros merecían. He tenido la cartera vacía y también llena, sé que esa precisa circunstancia depende nada más de mí.

Me gusta detenerme a mirar el cielo durante varios minutos al día, escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos, sonreír a extraños por curiosidad pura.

Confieso que me enamoro fácil, que me asombro fácil, que no me gustan las complicaciones y huyo de los problemas, por lo que es probable que jamás logre algo demasiado “importante” en la vida. Estoy tan segura que después de la muerte está la nada, que converso con mis muertos, aunque sean sordos. No comprendo a quienes no creen en Dios, pero no me peleo con nadie por lo que cree o deje de creer: seguramente ellos tampoco me comprenden a mí.

Como soy todo lo que tengo, valoro cada instante que comparto conmigo, y si al mismo tiempo coincido con familia y amigos, entonces la felicidad se multiplica.

Me llamo Mónica y me gusta la vida. Cuando yo muera, no habrá quien se lamente por mis sueños sin cumplir o mis días sin gozo, porque no existen: he vivido sin miedo, amado sin medida; he hecho el amor con magia y conjurado mi presente, que se convierte en un futuro lleno de luz.

Para escribir #porunavidasexy

Para escribir mis historias paso más tiempo frente a otras personas, en la calle u otras pieles, que frente al escritorio. Por eso escribo tanto a mano, porque me gusta la sorpresa de sentarme en la banca de un parque y trazar mundos en las páginas de mis cuadernos pendiente de los enamorados que se besan acurrucados en el pasto; de la faena del señor que vende jugos y fruta picada; de las carcajadas del niño que juega a la pelota con su madre; del hombre que ha adoptado la banca de ese mismo parque como hogar y barre las hojas, la basura y las pesadillas cada mañana.

Para escribir mis horas transcurren más frente a libros de otros, que frente a mis letras. Comparto la vida a veces con el caos, en ocasiones con la paz. Siempre con el amor. Me interesa más que mi legado sea un orgasmo en la imaginación de los desconocidos, que miles de páginas de mis «obras completas» en una biblioteca.

Porque la vida es para usarla mientras sea posible, para que al morir las palabras sean de gozo, de gratitud, de satisfacción. Para que cada nuevo amanecer sea esa nueva oportunidad de crear la obra que permanecerá el día de ya no despertar.

Porque así de fugaces e inmortales somos los seres humanos.