«Imágenes», Alejandra Hernández #autorainvitada #escrituracreativa

No me tocó estar en el exhibidor. Al principio lo deseaba, era el mejor sitio para ver todo el lugar, desde ahí se podían observar las hermosas botellas de perfumes o mujeres buscando el maquillaje que mejor les quedaba en la piel. Con un poco más de atención, y si tenías un lente gran angular, lograbas enfocar a los niños buscando la consola de moda: El Atari.

No llevaba mucho tiempo en la vitrina, estaba rodeada de cristales para que me pudieran ver. Me colocaron entre un modelo parecido a mí y una videocámara. Yo tenía el flash integrado y no esos bulbos que se iban quemando poco a poco cada que se tomaba una foto; me daba terror imaginar irlos viendo ennegrecer para que saliera bien la imagen. Yo aventaba una lucecita.

En mi caja habían incluido un rollo y una funda de regalo, eso era maravilloso porque seguramente me preferirían sobre otras cámaras. Faltaban algunos días para las fiestas de fin de año y cada vez nos visitaba más gente. Se apretujaban y hablaban casi gritando para pedir los artículos que serían los regalos de esas fiestas. Había niños y no tan niños pidiendo juegos, consolas, discos de vinilo o juguetes.

Me guardaron en la caja. Pasaron algunos días y yo seguía adentro, estaba ansiosa por ver a mi dueño. Unas manos pequeñas y algodonosas me sacaron del empaque, era una niña que abría los ojos llenos de emoción, daba grititos y unos brincos que agradecí que me agarrara bien porque no quería estrellarme en el suelo apenas estrenándome en el mundo..

Estábamos en una estancia llena de adornos rojos y dorados, había un gran árbol con esferas, figuritas de diferentes tamaños y colores, tenía una tira de luces que se apagaban y encendían de acuerdo con la melodía que tocaba. Había más personas en el lugar, todas se veían contentas, divertidas con copas o vasos en sus manos, abrían las demás cajas que estaban bajo el árbol. Los regalos tenían envolturas de diferentes colores, algunas con moños enormes. Había más obsequios para la pequeña, pero ella sólo me quería a mí. 

Lina me puso el rollo y empezó a tomar fotografías, me agarraba con sus dos manos y apretaba el botón para la foto del perro, de la mamá, del árbol, del papá y otra vez del perro, que no se quedaba quieto y teníamos que andarlo correteando. Me gustaba estar cerca de su cara;  que a través de mí ella pudiera ir viendo y captando lo que era tan importante como para ser fotografiado.

Se acabó dos rollos de 24, le pidió a su mamá que los llevara revelar. La espera se hizo eterna, estábamos ansiosas por ver las imágenes. Cuando entregaron el paquete lleno de fotos Lina se puso a observarlas, estaba emocionadísima, algunas estaban desenfocadas, otras tomadas demasiado cerca y solo aparecían ojos, en general todas se veían bien. Escogió las que más le gustaron y las pegó en la pared de su habitación. Poco a poco las paredes se fueron llenando de imágenes del mundo visto a través de sus ojos y de mi lente.

Las manos de Lina se volvieron más expertas en el manejo de mi mecanismo, las paredes de su habitación casi se llenaron por completo. Yo iba con Lina a todas partes después de que regresara de la escuela, siempre había algo que quería plasmar y agregar a su galería. Un nuevo camino, una rama de árbol que quedaba salida y que nos reducía el paso, un automóvil rojo.  

Dejó de tomarle fotos a su perro, ya no estaba. En las últimas imágenes noté que el animalito había cambiado mucho, su paso era más lento, le costaba trabajo encontrar el camino, Lina ya no corría detrás de él.

Las imágenes que tomábamos fueron diferentes, Lina me llevaba a lugares nuevos, ya no eran fotos de flores o pájaros, ya no eran sus padres o la bici en la que juntas nos íbamos al parque. Se tenía que esconder atrás de alguna barda o sacar la foto desde una ventana. No quería que le cayera alguna granada o que le fueran a disparar por equivocación a pesar de que llevaba un distintivo de prensa. Nos acompañaba un joven que la protegía, le decía si tenía que agacharse o le indicaba si debía sacar alguna foto de los rebeldes. También venía con nosotros una chica pecosita, Lina le sacó una foto porque dijo que en su cara se veían las constelaciones. Estuvo en nuestro grupo algún tiempo. La imagen que le había tomado se la envío a su mamá, en quien también se reflejaban Orión y Casiopea. Sería el último recuerdo de la hija que no regresaría.

Lina me cuidaba mucho, una vez quisieron arrebatarme de sus manos. Eran tres personas con miradas vacías, miradas de hielo. Tenían en sus manos armas con las que la amenazaron para que me entregara. Ella se mantuvo firme, no permitió que me llevaran. Sacó el rollo y se los entregó, con eso se quedaron más tranquilos y nos dejaron en paz. Cuando le contó la historia a Jorge, el muchacho que nos acompañaba, él se quedó en silencio, se veía preocupado. Le dijo que no podía estarme defendiendo y que podrían haberla lastimado. Ella no se movió. En secreto me dijo que nunca permitiría que nos separaran. Consiguió más rollos. Seguimos escondiéndonos para poder sacar imágenes. 

Esas fotos no terminaban en sus paredes.

Lina me limpió como otras veces, pasaba tela y líquido en mis lentes, eran mis momentos favoritos porque me hablaba, me contaba historias. Me agradeció el tiempo que pasamos juntas, el premio World Press Photo of the year que ganamos. Me colocó en un estante, desde ahí podía ver hacia la ventana y además estaba acompañada de sus libros favoritos. Me dijo que no quería perderme y que siempre sería especial para ella.

A través de la ventana podía ver el columpio que pusieron en un gran árbol para que Lina jugara, desde donde tomamos algunas imágenes porque quería ver cómo salían si se columpiaba rápido. Ahora permanecía vacío, moviéndose  con el viento. Lo mejor eran los días de lluvia, las gotitas rebotaban y hacían que el asiento cambiara de color. A veces se llenaba de hojas cuando el árbol decidía que había llegado el invierno. Los padres de Lina entraban muy pocas veces a su cuarto, pero los veía caminar cerca del árbol.  

Lina me visitaba sobre todo en fechas especiales, días de fiesta. La acompañaba Jorge, la sigue cuidando. Esta vez, Lina trajo a una niña que me recordó a ella cuando me sacó de la caja. Me presentó como la compañera de vida con quien había compartido infinidad de historias, viajes, peligros, alegrías,  imágenes. Me puso en las manos de la pequeña a quien llamó hija. La niña sonreía, me pusieron un rollo y las tres nos fuimos al jardín.

Alejandra Hernández


*Este es uno de los cuentos concebidos en la primera generación de mi Taller de escritura creativa. Fue publicado con autorización de la autora, a quien le agradezco profundamente.