Tacones escarlata. Quinta entrega

TACONES EN CAMAS AJENAS

1.

La siguiente semana fue agotadora y densa. Necesitaba encontrar la forma de poder salir de mi casa y regresar sin encontrarme con Dante. Por fortuna los vigilantes del edificio se aliaron conmigo y juntos desarrollamos un plan de acción. Bueno, en realidad lo único que hacían era avisarme si había salido o a qué hora llegó o si estuvo espiando mi puerta. 

¿Cómo era posible que debía cuidarme del hombre que hacía apenas unas semanas iba a ser mi esposo? No comprendía mil asuntos, pero de nada me servía hacerme preguntas sino tomar decisiones inteligentes. La primera, poner en renta mi departamento, con todo el dolor de mi corazón. Al principio me iría a vivir a casa de mis papás mientras se calmaba la situación, lo que me permitiría volver a ahorrar para un enganche y ya con las rentas poder empezar de nuevo.

2.

Mientras escribo estos párrafos batallo con la poca voluntad de mi mente para recordar. Es como si le hubiera echado a mi memoria encima toda la tierra del mundo. El trabajo de palear me está dejando exhausta. Intento mantener el hilo de la historia, pero de repente me acuerdo que no me he duchado y voy a la regadera. La abro. Me tardo el doble de tiempo de lo acostumbrado en limpiarme la noche aferrada a mi carne. Después vuelvo a sentarme frente a la computadora, pero me da sed y voy a la cocina. Ahí me sirvo un vaso de agua y mientras me lo tomo me doy cuenta que la planta de la ventana está algo seca, así que sirvo un segundo vaso y lo vierto en la maceta de ese aguacate que sembré hace unos meses y ahora necesita más tierra.

Vuelvo a ocupar la silla. Tecleo algunas palabras. Me doy cuenta que no he anotado en mi libreta las frases que tengo pendientes de pasar en limpio acerca del libro que estoy leyendo. Agarro el Kindle, abro las páginas y cuando intento escribirlas resulta que a mi pluma fuente se le acabó la tinta.

Me encamino al primer cajón del escritorio. La caja de cartuchos está vacía. Busco entre notas adhesivas, cajas de grapas y un montón de clips y aparece uno de los repuestos. Lo coloco en su sitio dentro de la pluma. Voy a tirar el plástico vacío en el bote de la basura del baño; resulta que el bote no tiene bolsa. Consigo otra. La pongo en el bote. Tiro el desperdicio.

Vuelvo a la mesa. El cursor de este documento parpadea, a la expectativa de lo que dirán mis dedos. Volteo hacia la libreta abierta y recuerdo la pluma fuente. Voy por ella. Al volver escribo el título del libro, o eso pretendo, porque la tinta no sale de la punta color dorado con plateado. Me levanto para meter el mecanismo de la pluma bajo el chorro de agua.

Cuando vuelvo a sentarme donde ahora también está el Kindle, la libreta y la pluma que gotea, me doy cuenta que dejé inconclusa la parte que más me duele de la historia y que tal vez la pluma fuente, la bolsa de basura, la planta de aguacate, la boca seca, son solo pretextos para no acordarme, para no nublar la felicidad de este día con esa noche inconveniente en la que me convertí en personaje de un drama. 

3. 

Ese jueves regresé de trabajar a las seis de la tarde; por primera vez en mucho tiempo llegué temprano; según información de los policías Dante no había dado señales de vida desde temprano y yo ya me estaba harta de vivir como secuestrada en mi propio territorio.

Entré. Me quité los zapatos. Avancé hacia el baño. Me lavé las manos. Caminé por el pasillo viendo mi teléfono. Fui a mi recámara. Me quité la ropa de trabajo. Quedé en calzones, como me gusta estar en casa. Me senté en el sillón individual de la sala. El teléfono todavía en las manos. Miraba los mensajes que no había podido ver en la jornada de trabajo. Reí con un meme de Karla. Sentí una presencia. La ignoré. Alguien me respiró en la oreja. Quise voltear veloz. El intruso fue más rápido. Me apretó el cuello con ambas manos. Te dije que si no eres mía no vas a ser de nadie, puta. Evalué la situación en un segundo, entre el miedo y la furia. Logré levantarme del sillón. Le puse una de las manos en la verga. La tenía erecta. Conforme más me apretaba el cuello, más lo acariciaba. Dije Dante, te amo. Aflojó un poco los dedos. Vi que funcionaba. No me lastimes, te amo. Soltó algo más la fuerza. No te creo. Volvió a presionar mi cuello. ¿Entonces por qué planeaba ir a pedirte perdón mañana en la mañana? Me soltó. Se paró frente a mí. Eres una mentirosa. Alzó el brazo. La mano muy abierta. Me abofeteó con fuerza. Caí de nuevo en el sillón. Te juro que no es mentira, Dante. Te amo. Me agarró de los antebrazos. Encajó los dedos en mi carne desnuda. Es verdad, mi amor. Perdóname. Eres el amor de mi vida. Me mordió uno de los pezones. Me tragué el grito. Me miró de nuevo. Asió mis brazos otra vez. Temí la furia de sus ojos. Segundos de silencio eternos. Reaccioné. Iba a arreglar este problema con la mejor estrategia posible dadas las circunstancias. Con sexo. Le agarré la nuca. Lo jalé hacia mí. Lo besé. Sentí repulsión. Sabía que debía continuar el beso para que mi argumento de que lo amaba fuera creíble. Sentía los labios congelados, desobedecían mi voluntad de besarlo. Respiré. Respiré más. Y más. Logré que mi boca obedeciera. Nos besamos mucho. Su lengua parecía hecha de espadas. Recorría mi boca sin consideración. Chupaba todo a su alcance. Me quitó los calzones. Se agachó y metió la lengua entre mis piernas. No se inmutó con lo seca que estaba. Le agarré el cabello. Le di un jalón. Lo besé de nuevo. Me cargó sobre los hombros. Caminó por el pasillo hacia mi recámara. Me aventó a la cama. Se trepó en mí. Acercó los ojos a los míos. La curva de su sonrisa se levantaba más de un lado, alcanzaba a verle apenas un filito de dientes. Se los lamí hasta que abrió la boca y pude meterle la lengua. Me chupó los pechos, hacía círculos de saliva alrededor de mis pezones. Temía que volviera a morderme. Levanté la cadera. Me restregué en su cuerpo. Me agarró de la cintura y me penetró tan profunda y rápidamente que lo sentí atravesarme hacia un lugar nuevo. Me dolió con placer culposo. La molestia disminuyó conforme salía y entraba. Y entraba y volvía a salir. Me cogía un hombre que no parecía Dante. Nunca me había hecho el amor de esa forma: era animal, instintivo. Si no hubiera sido en contra de mi voluntad habría sido maravilloso.

Eyaculó adentro de mí con un grito frenético. Se dejó caer. Me aplastaba el pecho, el vientre. Me ahogaba. Creí que ahí terminaría la pesadilla. Se incorporó. Quedé atrapada por sus rodillas. Estaba sentado sobre mí. Sonreí lo mejor que pude. Recibí el primer puñetazo. En una mejilla. El segundo en la nariz. Mis huesos crujieron. El tercero me cerró el ojo derecho. El cuarto en el mentón. El quinto en la frente. El sexto en la boca. Me quedé muda. Me quedé ciega de un ojo. El sabor de la sangre se deslizó por mi garganta. Intentaba tomar aire. Cerré los ojos. Pensé en mis papás. Invoqué a mis amores, mi lujuria. Empecé a cantar en mi mente. Dante podía tener dominado mi cuerpo, pero no le otorgaría mi mente ni mis emociones. Moon river, wider than a mile. I´m crossing you in style someday… Two drifters of to see the world. There´s such a lot of world to see. We´re after the same rainbow´s end. Waiting round the bend. My huckleberry friend. Moon river and meeeeeee.

4.

Abrí los ojos. O eso intenté. El derecho estaba completamente cerrado. Al moverme el dolor intenso en cada milímetro de mi cuerpo me recordó lo que había sucedido. Decidí no moverme hasta cerciorarme de que Dante ya se había marchado. 

Me quedé dormida. No sé cuánto tiempo pasó. Estuviera o no el loco en mi casa todavía, necesitaba levantarme. Me toqué la cara, sentí las costras de sangre. No podía respirar. Moví los ojos, no podía abrir el derecho, pero percibía el movimiento del globo ocular y una luz tenue que se transparentaba. Me dieron ganas de reír. Ni en mis peores pesadillas creí que algún día sería víctima de una paliza. 

Intenté doblarme. Tenía el abdomen adormecido. Entonces giré hacia el borde más cercano de la cama, el que daba a la puerta. Caí boca abajo. Deslicé la pierna, la trabé en la saliente del colchón. Despacio me fui arrastrando. Puse el pie en el suelo. Con el brazo me levanté. No pude contener el grito de dolor, pero ya estaba de pie.

Con dolor y esfuerzo recorrí cada una de las habitaciones de mi casa. Dante se había ido. Necesitaba llamar a alguien que me llevara a denunciarlo, así como estaba, con la sangre seca, los golpes. Me vi al espejo y noté restos de semen en mi cara, en mi cuello, en mis tetas. El asqueroso todavía se masturbó sobre mi cuerpo inconsciente y me llenó toda.

No lloré. No iba a darle el gusto de saberme rota. Busqué mi teléfono, Dante se lo llevó. Fui a mi escritorio y abrí la computadora. ¿A quién escribirle? ¿A quién podría pedirle ayuda sin ponerlo en peligro? 

No sé por qué lo elegí a él, pero le llamé a Fausto, mi exnovio casado ahora divorciado, como era abogado estaba segura que me podía ayudar, no quería buscar a alguien que sí se preocupara de verdad por mí. Lo menos que necesitaba eran miradas de compasión. Y además Fausto tenía la corpulencia y la fuerza suficientes para enfrentarse a golpes con Dante en caso necesario. Y además me lo debía por haberse portado así de mierda conmigo.

5.

La primera vez que me dejé tocar por un hombre que no era Dante, ya comprometida con él, algo en la morfología de mi cuerpo cambió, algo en mis emociones. Me costó trabajo tomar la decisión de decirle “sí” a quien me extendía la tarjeta magnética del cuarto de hotel, y todo el camino en el taxi hacia allí me pregunté si era lo correcto. Sin embargo, algo de mí gritaba que debía seguir el impulso.

Xavier era fantástico en el sexo, pero no pude disfrutarlo del todo porque era la primera vez que tenía un one night stand, el quinto hombre con el que me acostaba, la primera vez que no combinaba sexo con amor, y eso significaba una gran prueba a mis convicciones.

Me gustó volver a sentir miles de alas de mariposas golpeando el interior de mi vientre; saber que el pene es tan único como su dueño, recordar que había otras maneras de besar; en pocas palabras, renací, pero también conocí lo dolorosa que puede ser la culpa, lo terrible de saberme decepcionada de mí.

El segundo, Josh, llegó a lugares nuevos de mi interior, alcanzó hasta donde no había estado nadie, me volvió loca y me sacó de mi zona de confort.

El tercero fue el papá de Daniela, que me enseñó a trabajar mis espasmos, a fantasear para hacer más intensas las sensaciones. Era un señor 22 años mayor que yo sentía como a un igual por la pasión adolescente y la sonrisa de niño.

El cuarto, Ernesto, tenía una lengua prodigiosa que me mostró la cantidad de agua que podía salir expulsada de mi cuerpo. Aprendí de él también a tener clímax múltiples, y, sobre todo, a reconectarme con mi vida real a más velocidad; antes de él necesitaba tiempo para regresar sin esa delatora sonrisa idiota que provoca el exceso de endorfinas.

Ya para el quinto había aprendido a disfrutar sin culpa, a vivir el instante; fue un encuentro corto y fortuito. De él recuerdo una imagen en un espejo: sus manos morenas que contrastaban contra lo blanco de mis senos. También lo recuerdo porque fue la primera vez que el otro sentía más remordimientos que yo. También era casado. 

El sexto fue extraño, dejé volver a alguien del pasado, al primer novio que tuve y con el que duré tantos años. Me lo encontré por accidente y así, por accidente, de repente me vi comiendo en su casa y haciendo el amor sobre su cama. Él me hizo recordar las razones por las que no se debe volver con un amor antiguo. 

El séptimo confieso que fue mi víctima. Quise coger con él sólo por sumar un número más a mi récord de amantes. No me gustaba nada, pero a mi ego sí, y saber que se moría por mí fue suficiente para que yo misma propiciara ese encuentro. Recuerdo que la primera vez que me dijo que le gustaba nos visualicé desnudos y la sola imagen me causó repulsión, pero de repente ya estaba dejándome acariciar los senos, dejándome besar.

Con él aprendí cómo se sienten los hombres cuando cogen con una mujer por diversión y ella se enamora como si fuera el amor de su vida. Ahí confirmé que se puede tener sexo y no sentir más placer que el del cuerpo.

El octavo… ¿qué decir del octavo? Desde la primera vez que lo vi supe que sería suya, y suya me refiero no sólo al cuerpo, sino al alma, a los sentimientos, a mis pensamientos. Era 15 años mayor que yo, tal vez por eso desde el principio supo qué decirme, cómo tratarme, qué responder, cómo reaccionar. Hacer el amor con él me transportaba a otros mundos; teníamos las conversaciones más profundas mientras él llegaba a mis profundidades. Con él tuve uno de los mejores hallazgos de esos meses: me hizo saber que la fuerza de mis sentimientos estaba intacta y que es asombroso todo lo que puede enseñar un corazón roto.

Gracias a esos encuentros cortos en tiempo, pero intensos en auto conocimiento y sensaciones, supe que no quería vivir una vida convencional.

Ya después vinieron el filósofo, el productor, el 10 años menor, el poeta y el pintor. Cuando ya eran más de doce mis amantes decidí que lo mío, lo mío, definitivamente era el amor libre, el sexo sin ataduras. El deleite a manos llenas.

6.

Del “Julieta, ¡qué diablos te pasó! de Fausto cuando abrí hasta que volví a dormir pasaron 24 horas.

Agarré mi cartera y nos fuimos al Ministerio Público. Mi denuncia no era por violación, la parte del sexo fue consentida, sino por golpes y lesiones.

No quiero narrar el tormento que viví después del otro tormento, las quince veces que conté la secuencia de hechos, la acariciada lasciva del médico legista y su asistente, la cantidad de veces que debí aclarar que yo no fui quien lo dejó pasar a mi casa, ni las incontables ocasiones que debí poner en su lugar a los varios agentes que pretendían culparme del crimen de otra persona, solamente porque alguna vez fue mi pareja.

No tiene sentido revivirlo con lujo de detalles. Además, enterarme de que no tenía la nariz fracturada y mi ojo sanaría en unas semanas me hicieron sentir muy aliviada.

Para Dante las noticias no eran tan alentadoras. Se sumaron tres cargos más a los golpes y las lesiones: allanamiento de morada, robo e intento de homicidio. Todavía me faltaba saber cómo le hizo para entrar a mi casa sin forzar la cerradura y pasando desapercibido por los guardias de seguridad, aunque bueno, una de las ventajas de haber contado la historia cien veces fue que ya tenía alguna idea.

7.

Por obvias razones no podía volver a mi casa. La amenaza de Dante ya era real y sí, mi vida iba a cambiar. Tampoco podía ir a mi oficina ni a lugar alguno a donde él pudiera rastrearme. De todas formas decidí que ya era el momento de comunicarme con mis papás y decirles lo que había sucedido. La probabilidad de que Dante se aventurara a agredirme en casa de mis papás era muy baja.

Me moría de vergüenza, no quería que mis papás me vieran así ni narrarles cómo alguien me había lastimado de esta manera. El orgullo me dolía más que los golpes; me fui de casa con la promesa de cuidarme y ser responsable de mí y la evidencia indicaba absolutamente lo contrario.

Otra parte de mí se negaba a culparme. ¿Por qué era mi culpa que alguien que mostró otra cara, amable, bondadosa, sana, de repente se convirtiera en un asesino en potencia? ¿Qué le había pasado a Dante para tener esa actitud enfermiza ante el rechazo?

Le pedí a Fausto ir con mis papás, pero quería pasar primero a mi casa por una maleta, vaciar el refrigerador y regar las plantas.

Durante el proceso Fausto habló poco conmigo, me dio pocas instrucciones y fue parco con el ministerio público y demás especímenes con quienes interactué. Al escuchar mi petición de visitar mi casa fue contundente:

—Julieta, necesito que comprendas la gravedad de tu situación. No puedes volver a pisar tu departamento mientras esa familia viva ahí o no concluya el proceso en contra de tu exnovio. Te voy a llevar con tu familia y luego mandas a alguien a recoger lo que quieras.

Intenté rezongar.

—Quiero que me entiendas, July. Aquí no caben ni tu libertad ni tu rebeldía. La próxima vez que te encuentres con Dante hay altas probabilidades de que no vivas para contarlo.

¡Era una locura! Que eso me estuviera sucediendo a mí parecía una broma de muy mal gusto. Me enfadó sentirme vulnerable, que las autoridades tomaran mi declaración y solo me dieran la bendición y me desearan suerte, cuando lo que yo necesitaba era que fueran a detener a mi agresor en ese momento. Resulta que si no lo agarraron infraganti es muy difícil de comprobar que había sido él, por fortuna me eyaculó encima el que parecía el semen de toda una vida. Seguro jamás imaginó que su perversión lo llevaría al calvario.

8.

Por más que intenté atenuar el impacto de mis papás al verme toda golpeada, embarrada y con el pelo terriblemente descompuesto, no lo conseguí. Se sentían algo dolidos de que no les contara antes sobre mis problemas con Dante. Ellos se habían quedado en que nos íbamos a casar y estábamos felices organizando la boda.

También mi jefe se puso furioso por mi falta de comunicación; no aceptó que trabajara desde casa, sino que contrató a un escolta para acompañarme a todas partes y cuidarme. A mí lo que me urgía era que mi vida volvera a ser aunque fuera un poco parecida a la de tres meses antes.

TACONES EN UN TIEMPO DISTINTO

1.

—Ángela, soy Fausto.

—Sí, Fausto, reconozco tu teléfono. ¿Qué se te ofrece?

La última vez que hablé con Fausto fue saliendo del tribunal donde firmamos la sentencia de divorcio, hacía unos tres años.

—Discúlpame que te moleste, y más para un asunto tan extraño, pero tú siempre dijiste que las últimas voluntades de la gente eran sagradas, y esta es tu oportunidad para demostrarlo.

—¿Últimas voluntades? ¿Quién se murió?

Tal vez soné demasiado frívola, pero me chocaba esa característica de mi exmarido de irse por las ramas en vez de atacar el punto de inmediato.

—¿Te acuerdas de Julieta?

—Claro que la recuerdo, ¿le pasó algo?

—Ella fue quien se murió… bueno, en realidad no se murió. La mataron.

Me quedé muda, no podía creerlo. Apenas hacía una semana Julieta y yo estábamos platicando en la sala de mi casa, y ahora resultaba que se había sumado a la infame lista de muertas por feminicidio.

—Lo siento mucho, Faus. Pero, sigo sin entender qué quieres de mí.

—Es un poco difícil de decir, tomando en cuenta las circunstancias de nuestra relación con ella.

—Bueno, tu relación, porque yo lo único que hice fue escucharla cuando me buscó para pedirme que la perdonara.

—¿Julieta te buscó? ¿Cuándo?

—La semana pasada. Quería ofrecerme disculpas por haberse acostado con mi marido y haberme acusado contigo de ser una puta.

—Eso hace que lo que tengo que decirte sea más difícil.

—Entonces dilo ya, sabes que odio los rodeos.

—Verás. La agredieron ayer en la noche y su mamá me buscó para pedirte que asistas al velorio para recibir un paquete que Julieta indicó era para ti. No sé más.

—¡¿Qué?!

TE ESPERO EL PRÓXIMO 27 DE ABRIL A LAS 20:00 HORAS PARA CONTINUAR CON LAS AVENTURAS DE JULIETA…