Tacones escarlata. Sexta entrega.

2.

Quería y no quería ver a Julieta. Sentía curiosidad y repudio al mismo tiempo; indiferencia e interés. ¿Qué me diría aquel personaje de mi antigua vida, ya superada, que me sirviera o aportara algo? ¿Qué interés podría tener para mí?

Como sin curiosidad yo dejaría de ser yo, cuando me buscó para platicar dije que sí. Pero sería en mis términos y en mi territorio. Así fue como llegó a mi casa un sábado al mediodía. Al fin supe cómo se veía mi antigua rival de amores. 

Ya con dos copas de vino blanco servidas y un cuenco con pistaches empezó a hablar.

—Lo que quiero decirte es muy sencillo, Angela. Discúlpame por buscarte tanto tiempo después e interferir en tu vida.

—Bueno, ya estamos aquí.

—Tengo que decirte que esa carta que dejaste debajo de mi puerta me enfadó mucho; tu tono de superioridad moral me cayó como golpe en el dedo chiquito con la orilla de la cama.

Sólo asentí, no tenía la mínima intención de interrumpirla para no alargar más del tiempo necesario el encuentro y continuar con mi vida.

—La verdad al terminar de leerla me dio gusto haberle dicho a Fausto que eras una prostituta.

Quién sabe qué cara puse.

—Sí, Ángela. Yo te delaté con tu exmarido.

—No me sorprende, tenías tus razones.

—En realidad no. Tú no me hiciste nada, la que se metió con tu marido fui yo. Lo que yo en realidad quería hacer era fastidiarlo a él. Ya luego con tu carta me dio gusto haberte fastidiado también a ti.

—No, pues, qué bonitos sentimientos.

—Dicho así suena terrible, pero no soy tan mala. Estaba furiosa con Fausto, ya para cuando me enteré de tu existencia estaba total y absolutamente enamorada de él, y para él yo no era más que un coño para descargarse. No sabes cuánto me dolió darme cuenta.

—Ya que estamos hablando de verdades, creí que estabas con mi ex por su dinero, puede ser muy generoso cuando algo o alguien le interesa.

—Ahí sí que estás equivocada, yo trabajo desde muy chica y todo me lo he comprado yo; incluso a veces yo pagaba las cuentas. 

—Bien por ti, pero no nos desviemos del tema, ¿en qué puedo ayudarte?

Se acomodó en el sillón, dio dos tragos al vino y siguió hablando.

—Cuando me enteré de tu existencia tuve la idea de hacer que Fausto se volviera loco por mí y así poder dejarlo victoriosa. Es increíble cómo se puede transformar el enamoramiento, y también el enculamiento extremo, en rencor y ganas de hacer daño. Pero no pude llevar a cabo mi objetivo porque me ganó la conciencia. Me ganó la culpa por estarte lastimando a ti, una mujer inocente que confiaba en su marido.

Se acercó de nuevo la copa a los labios y suspiró.

—Hasta que te vi en esa fiesta. Sabía que tú eras tú por la foto de ustedes que Fausto tenía en su oficina, y también sabía que tú no sabías quién era yo. Me costó algo de trabajo reconocerte porque producida para putear eras una belleza fuera de este mundo, digo, no que sin arreglar no seas guapa, porque lo eres. Ibas con un amigo de un amigo que yo conocía del trabajo. Obviamente me pareció rara tu actitud con él, yo sabía que seguías casada con Fausto, y me acerqué a preguntarle a otro amigo quién eras. ¡Bingo! Inocentemente me diste la estrategia para joder a Fausto, y además, y aquí entra la razón por la que quise venir a verte, si eras una puta no tenía por qué mostrar consideraciones contigo. Sí, Ángela: me enseñaron que las mujeres que gozan del sexo, las prostitutas, las de cascos ligeros, las livianas, están en un nivel muy bajo de la sociedad y por justicia divina hay que repudiarlas.

Bebió de un trago el vino que le quedaba y me miró.

—Todo eso está muy bien, pero sigo sin entender qué hago sentada contigo con la sala de mi casa un sábado en la mañana.

—¿Me regalas más vino, por favor?

Por pura cortesía y buena educación fui al refi y saqué la botella para servirle, yo tenía ganas de agarrarla de las greñas y sacarla de mi territorio, ¿en qué momento se me ocurrió acceder a recibirla?

—Gracias, Ángela. Después de que terminé con Fausto conocí a Dante, un hombre increíble, o que parecía increíble, y empecé una relación con él. Todo iba muy bien, estaba yo muy feliz, ya había a superado a Fausto bien y todo, hasta que Dante tuvo la fabulosa idea de proponerme matrimonio.

—Ah, pues felicidades.

—No, nada de felicidad ni felicidades, porque yo no me quería casar. 

—Ah, pues felicidades dobles.

—Gracias. El caso es que no sé qué me pasó, pero antes de conocer a Dante yo jamás había sido infiel, mi único encontronazo con ese asunto era el de Fausto y no pensaba volver a pasar por algo así jamás… salvo el detalle de que en cuanto me comprometí, me empecé a acostar con todo hombre que se me pusiera enfrente.

Me levanté por más vino para mí, la plática al fin se estaba poniendo buena.

—Al principio sentía mil remordimientos que poco a poco se fueron convirtiendo en deleite absoluto y aprendí que yo no quería casarme, tener hijos ni una relación estable, sino que deseaba el amor libre, conocer otros cuerpos, enamorarme fugazmente de muchos hombres, siempre conservando mis sueños y mi libertad.

—¡Salud por eso, Julieta!

—Salud, Ángela.

Chocamos las copas y seguimos platicando. Ya para entonces había capturado mi atención.

—Un día estaba cogiéndome a un excompañero de trabajo y de repente, no sé por qué, me acordé de ti, de cuánto te juzgué al encontrarte en aquella fiesta, el placer que me dio saber que habías terminado con tu matrimonio por puta… y me sentí fatal. Hoy, Ángela, entiendo porqué después del desengaño convertiste tu coño en la reina de la fiesta y puedo apostar a que lo sigues haciendo. El punto es que estoy avanzando hacia una nueva temporada de mi historia y no quería ir hacia allá sin ofrecerte una disculpa por juzgarte de una manera tan drástica y tan penosa. Además valoro mucho tu valentía al no buscar a un hombre para salir adelante, lo hiciste sola utilizando tus recursos disponibles.

—Gracias, Julieta. Acepto tu disculpa, valoro tu valentía e integridad al venir a decírmelo de frente. Disculpa si la carta te enfadó, aunque a mi terapeuta le pareció hermosa y magnánima, entiendo que también la escribí con un apasionamiento que ni al caso.

Nos despedimos en la puerta con un abrazo. Juré que jamás volvería a saber de ella.

3.

Odio los funerales, los evito a toda costa. Me resultan insoportables, tanto, que cuando se murió mi último tío me dio un ataque de risa a las tres de la madrugada, uno de esos que no puedes controlar; ni siquiera cuando llegaron de la sala de junto a intentar callarme lo conseguí.

¡Entré al de Julieta en contra de mi voluntad, como si mis tacones tuvieran vida propia y me llevaran con determinación. No era necesario que me dijeran quiénes eran los papás; la fila para presentar las condolencias era larga. Decidí sentarme en un extremo para no incomodar, no tenía prisa.

Al poco rato fui por un café y tres galletas. Cada vez había más concurrencia y yo ni oportunidad de acercarme a los señores. Volví a mi sitio seguro, sentada en la esquina de la sala más lejana al féretro.

—Hola, Ángela. No esperaba verte por aquí.

Sentí que el corazón intercambiaba sitio con mis anginas.

—Hola. No, ni yo esperaba verme por aquí.

—Bueno, por lo menos conservas lo guapa y el sentido del humor.

—Discúlpame. No recuerdo quién eres.

—Es que no me conoces, soy amigo de uno de tus exclientes de lujo.

Increíble, años después todavía conservaba la fama de puta cara.

—Ah. Okey. Pues sí, aquí me tienes.

—¿Se puede saber por qué? ¿Ego sádico? 

—No. Los papás de Julieta me llamaron, pero me reservaré la razón, a fin de cuentas no te conozco y no es algo que se me antoja contarle a un desconocido. Ni siquiera a un conocido. Ahora, si me disculpas, quisiera estar sola. Buenas noches.

Me salí de la sala. Fui a la cafetería de la planta baja a hacer tiempo. No entiendo por qué pudiendo irme no lo hice, a fin de cuentas Julieta no era ni había sido nunca mi asunto, ella fue quien llegó a mi vida sin avisar.

Ah, pero la curiosidad, esa canija consejera del absurdo.

4.

En la cafetería mejor abrí mi libro y me dispuse a leer. Si iba a esperar un tiempo indeterminado para cumplir la última voluntad de una desconocida, por lo menos aprovecharía el momento.

Las palabras de otra época que sonaban tan actuales de Virginia Woolf en Una habitación propiaa veces me provocaban esa sensación rara de ir descubriendo en la literatura lo que la intuición tantas veces me dijo. Indudablemente la vida es un gran repertorio para la inspiración artística, para la novela romántica o las comedias de enredo, como esa en la que de pronto me encontraba involuntariamente. 

No quería pensar en Julieta, y sin embargo estaba en su velorio. No quería pensar en que, así como el sexo salva vidas como la mía, el amor, o lo que algunos entienden como amor, puede matar. No quería pensar en una de las últimas ideas del libro de Virginia, unas palabras sencillas que explicaban sin querer algo de la situación en la que me encontraba: “Si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado”. 

5.

Regresé a casa a las tres de la madrugada. En mi cabeza marchaba un regimiento de soldados en retirada, me punzaban las sienes. Tenía los ojos tan hinchados que al cerrarlos ardían. Después de mi conversación con la mamá de Julieta me contagió el llanto y lloramos abrazadas una hora, hasta que su marido nos rescató. 

Condolerse en los brazos de personas extrañas otorga un consuelo distinto al de la protección de quienes te aman. Las lágrimas de alguien que no conoces le dan una perspectiva distinta a la tristeza, provocan alivio, empatía, una serenidad nueva. Lo que la mamá de Julieta no supo es que también lloré por mí.

La sala de la funeraria estaba ya casi vacía cuando subí de nuevo. Me acerqué a Cristina, la mamá de Julieta. Cuando le daba el pésame caí en la cuenta de que no existe una palabra, como huérfano o viuda, para nombrar a la madre de un hijo muerto. 

—Soy Ángela, señora. Siento mucho su pérdida. Me dijo Fausto que usted pidió que yo viniera. En qué puedo ayudarle.

—Ángela, soy Cristina. Gracias por venir. Acompáñame, por favor.

Fuimos al saloncito privado. Sobre la mesa había una caja blanca, lisa y plana. Cristina la tomó y la extendió hacia mí.

—Esto es para ti, Ángela.

La abrí. Contenía un montón de hojas blancas tamaño carta impresas por un solo lado. Al fondo de la caja quedó un sobre rosa con las siglas JC estilizadas. Me senté.

—La carta es para ti. La escribió el día que regresó de platicar contigo la semana pasada. Bueno, también el resto de las hojas es para ti.

 Consideré prudente dejarla hablar antes de responderle cualquier tontería.

—Dudé mucho si llamarte, Ángela, de verdad lo dudé. Hasta esta mañana que encontré las páginas y la carta no sabía de tu existencia, y sí, me provocas sentimientos encontrados. Lo primero que hice fue leer la carta y ahí descubrí la voluntad de Julieta ¿Por qué quería mi hija que tú conservaras su diario? ¿Por qué tú? ¿Por qué una desconocida? ¿Por qué la esposa de su exnovio? ¿Por qué? Pero luego leí las páginas y entendí por qué y decidí que sí necesitaba llamarte. Por eso te lo entrego, Ángela. En la carta viene la idea de Julieta. Si mi hija confió en ti por algo habrá sido y entonces yo también confío en ti.

Me levanté del sillón y ahí fue cuando nos abrazamos una hora para llorar.

Estaba exhausta y necesitaba descansar. Ya en casa me acosté abrazada a la caja sin abrir. Lo haría cuando estuviera lista. Ignoraba si eso sería al siguiente día o semanas o meses después, no dejaría que la situación me presionara a hacer algo en contra de mi voluntad.

Suspiré y caí en un sueño profundo, ajena a la realidad, al drama y a la decisión de comenzar a leer.

6.

Empecé el diario de Julieta el siguiente lunes a las ocho de la noche. Decidí que lo haría esos días a esa hora durante ocho semanas para asimilarla lento.

Curiosamente el diario de Julieta empezaba con el sobre que puse por debajo de la puerta de su casa, seguía con su historia de amor con Dante, las dudas, los desengaños y los hombres que se convirtieron en el hallazgo de su vida. 

Me era inevitable escuchar la voz de Julieta dentro de mi cabeza. Me contaba su historia con entusiasmo, buen sentido del humor y cierto dejo de burla, como si creyera imposible que a ella le sucediera algo como lo que le pasó.

TACONES EN PÁGINAS BLANCAS

1.

¿En qué momento cambia ese sentimiento de amor, pasión y ganas de estar con la otra persona todo el tiempo, por el aburrimiento, el hartazgo, el odio? ¿Cómo puedes querer compartir tu vida con alguien, y de pronto, lo único que piensas es en liberarte? ¿Qué se descompone en el camino? 

Se escucha mucho que lo único constante en la vida es el cambio, y estoy de acuerdo, pero, ¿cómo pudo cambiar tanto ese deseo de compartir mi vida con Dante, de no querer separarme de él, extrañarlo, por las nulas ganas de verlo? ¿Cómo pude disfrutar del sabor de su saliva, y después detestar cualquier humedad de su cuerpo? ¿Dónde estaba la Julieta que fui apenas hace nada?

2.

Me vestí lo más sexy que pude y me fui a un bar swinger. Sola. Por fin había terminado de acomodar mis muebles y cajas de la mudanza en el nuevo departamento. Debí moverme de zona y quería empezar a conocer mis nuevos rumbos rezando por no encontrarme con algún amigo, familiar o conocido de Dante.  

La última vez que tuve sexo fue con él, en aquella ocasión en que me golpeó hasta el cansancio y me dejó bañada en semen; no se me antojaba nadie, rechacé a cuanto hombre se me acercó, pero tal vez ya era buen momento para cogerme a alguien y recuperar el tiempo y la seguridad perdidas. Qué mejor lugar que un antro donde asistes a una orgía de desconocidos que no sabrán ni tu nombre y no te marearán con mensajes cursis para que les vuelvas a abrir las piernas. Así como el sol de invierno no elimina el frío, a mí la agresión y los traumas de un tipo inestable tampoco me iban a robar la vida.

3.

El local era un sitio medio clandestino de muebles decadentes y paredes roídas que adquieren algo de dignidad cuando los habitan, momentáneamente, parejas y personas calientes en busca de aventuras que rompan la rutina.

Aquella noche yo iba con ánimo de observar, era mi primera vez y jamás tuve la intención de hacerla épica. 

Después del show de sexo en vivo y de un arrimón de verga del stripper, muy guapo, buen cuerpo y, sobre todo, bien dotado, me empecé a incendiar. Cuando el buen hombre estiró la mano para agarrarme el coño, sentí la oleada que me salió y empapó mi tanga guinda. Ese fue el preámbulo para que todo mi cuerpo exigiera más placer y mi mente demandara voluptuosidad para mis recuerdos.

Siguió el turno de la stripper mujer. Era muy exuberante, con unas tetas monumentales y unas nalgas como de Kardashian, pero sin cirugía plástica. Como estaba sentada en la primera mesa de pista fue hacia mí. Me acercó las tetas a la boca, yo me quedé medio pasmada, entonces agarró mi mano y se acarició con ella. El maremoto en mi entrepierna fue, otra vez, inevitable.

Al terminar de bailarme la pareja de bailarines se fue a otras mesas; los solicitaron en casi todas. Entonces el conductor llamó a “Brian”, quien subió a la pista con su sonrisa encantadora, su actitud deliciosa y la verga rebotando hacia los lados. En ese tipo de lugares los hombres se ponen una liga en el nacimiento del pene para hacerlo ver más grande y mantener la sangre en donde debe estar: la erección.

Brian le dio la mano a su compañera (dijeron su nombre, pero no lo recuerdo, así que pongámosle Penélope), le dijo algo al oído y ambos caminaron hacia mí. Así como estaban, tomados de la mano, Brian estiró el brazo y así, casi involuntariamente, yo estiré el mío hacia él; él cerró el puño sobre mis dedos, llevándome al centro del escenario donde ya estaba el sillón en forma de S acostada en el que yo había visto las películas porno de hotel de paso; no sabía que a veces pasan a alguien de la concurrencia. Esa noche la “damita del público” iba a ser yo. 

4.

Se me acercaron, uno a cada costado, besándome el cuello, acariciándome la cintura; ambos acompasados con la música y mis poros, que dialogaban con sus dedos. Les dije; “estoy nerviosa, es la primera vez que hago algo así”. Ellos sonrieron, se miraron cómplices a los ojos y ella me respondió: “no te preocupes, tú disfrútalo y déjate llevar”.

Yo, como soy muy obediente, eso hice. Cerré los ojos y con un suspiro me dejé encaminar a uno de los montes del sillón. Ella se sentó en la hendidura y yo quedé encima de ella, con las rodillas sobre el vinil y las nalgas al viento. Él se puso detrás de mí, sentí sus manos a cada lado de mi cadera y lo sentí entrar.

La delicadeza del principio duró apenas segundos, y empezó a taladrarme con tanta fuerza que mis tetas rebotaban con las de Penélope. Aquí debo confesar que las tetas de Penélope eran gloriosas. Abrí la palma de la mano y la puse encima de una de ellas. Me gustó el contacto con el pezón, rígido y voluminoso, al centro de la línea del corazón en la palma de mi mano. El pecho estaba duro, no podía hundir los dedos en él, solo acariciarlo. Era la primera vez que tocaba así a una mujer.

Ella me miraba mordiéndose el labio de un lado y yo me sorprendí al darme cuenta que no sentía absolutamente nada. Estaba tan asombrada por no sentir deseo por ella, que también dejé de sentir la virilidad que tenía metida en el coño.

De repente las luces, la música, los gemidos fingidos de ella, los dedos de él en mí, la mirada lujuriosa de los hombres mirándome mientras se tocaban con una mano fue demasiado para mis sentidos.

Por fortuna el bailarín se detuvo, se salió de mí y me pidió que me sentara de frente, con lo que mis nalgas quedaron encima del vientre de ella. 

Con cada una de mis piernas sostenida de los tobillos por Brian, me volvió a penetrar, lo cual me resultó mucho más atractivo, porque podía oler sus hormonas, acariciarle los músculos del pecho y formar en mi mente una de mis fantasías favoritas. Estoy segura que mis ojos llameaban.

A los pocos minutos Penélope le dijo a Brian que ya era suficiente y después de otro intercambio de miradas entre ellos simularon un orgasmo simultáneo. Al levantarme él me dijo al oído: “es que estaba muy rico”, puso una rodilla en el suelo, me dio un beso en la mano y me llevó a la mesa. 

Antes de regresar al escenario me tomó de ambos lados de la cara y me dio un beso largo, anegado y delicioso. La adrenalina me reventó la piel.

5.

Como el suelo que pisaba se convirtió en alfombra mágica, decidí ponerle un alto a las consecuencias involuntarias de mis días y decidí que iba a construirme, a construir el personaje de mí que yo quería ser. 

Dejaba atrás a la hija perfecta de papá y mamá, a la niña que hacía lo posible por no causar molestias, por agradar, por ser apoyo de otros, aunque para eso pasara por encima de mí misma.

Fue fácil. A los seres humanos nos encantan las historias, mientras más distintas sean de nuestra cotidianidad, más nos enganchan. Por eso las vidas difíciles, seductoras, complicadas y plagadas de perversiones nos parecen tan atractivas: nos gusta mirar nuestros deseos en cierta línea o en algún color, mientras sean ajenos.

Primero le di forma a mi cabello: lo suficientemente largo para taparme las tetas al cabalgar a un señor; sabía que los hombres fantasean en los blancos de las viñetas, así que me dispuse a crear a mi “yo” personaje cuadro por cuadro, dejando páginas vacías y otras totalmente negras con algunos dibujos dispuestos de tal forma que cupieran universos enteros en aquellos círculos y líneas.

Después me hice experta en seducir. Sabía perfectamente cómo llevarme a un hombre a la cama y, ya ahí, provocar que no quisiera dejar de cogerme nunca. Puse en el fondo de mi vagina a un hada come glandes, para que al meterme la verga sintieran su lengua acariciándolo y se convirtiera en una obsesión volver a estar ahí.

Configurar los distintos mensajes de mis miradas fue lo más complicado, requirió mucho ensayo y error frente a un espejo y una cámara de video, hasta que conseguí convencerme a mí misma de que estaba enamorada o me había puesto furiosa o experimentaba un deseo absoluto. 

También perfeccioné el reproche, la incertidumbre, el hartazgo. Manipular se volvió muy fácil, además, porque lo mezclé con las palabras justas.

Las palabras nunca fueron un problema; me han acompañado y servido toda la vida. Las besé, les metí los dedos entre las líneas, les provoqué millones de orgasmos en forma de autosatisfacción.

De lo más divertido fue confeccionar mi ropa: el vestido preciso, el escote justo, el entallado perfecto de los pantalones para la ocasión. Es lo bueno de tener cara de gente decente, pero moral indecente, adoradora del sexo y las múltiples sensaciones que provoca, como el choque de los espermatozoides en la lengua o lo duras que se ponen las vergas apenas unos segundos antes de que eso suceda. Sí. Esta predilección me ha causado algunos problemas, pero si soy justa, me ha causado más deleite y carcajadas.

Sólo hay algo mejor que el sexo, y es tener un ataque de carcajadas mientras llegas al orgasmo.

Así fue como renací.

TE ESPERO LA PRÓXIMA SEMANA PARA LA SÉPTIMA ENTREGA DE TACONES ESCARLATA