Tacones escarlata. Novela

Es mejor ser odiados por lo que somos, que amados por lo que no somos. André Gidé


TACONES DEBAJO DE LA CAMA

“Yo nunca le pondría el cuerno a Dante”, dije una tarde. Seis horas después me mordía la lengua, mientras un sexy desconocido saboreaba mis pezones.


TACONES EN EL ARMARIO

1.

Llegué a mi departamento a las siete de la noche. Al dar el primer paso mi pie aterrizó en un sobre amarillo. ¿Quién lo había dejado ahí? Miré hacia el pasillo del elevador antes de cerrar la puerta: nadie, vacío, silencio.

Abrí el sobre. Contenía una hoja de papel muy blanco escrita con letra alargada, elegante y muy cuidada. El remitente era como una patada en los ovarios, ¿cómo consiguió mi dirección?

Me senté en uno de los sillones de la sala. No sé por qué no rompí la carta en ese momento, si para mí todo el episodio que seguro contenía ya era cosa del pasado, pero evidentemente mi curiosidad fue más grande que mi precaución. Empecé a leer.

Hola, Julieta. Soy Ángela, la esposa de Fausto. Disculpa que te escriba, pero necesitaba hablarte de alguna manera.

Hace ya varios meses que me enteré de tu existencia en la vida de mi esposo, por una casualidad que en ese momento creí poco afortunada; decidí no confrontarlo de inmediato y dejé pasar el tiempo. Después supe que Fausto y tú habían terminado; él intentó recuperarme, recuperar nuestra relación, hasta que por azares del destino nos divorciamos.

No voy a decirte que no te culpo, por supuesto que lo hago. Yo ese cuento que le dicen a todas las mujeres para convencerlas de que son las responsables de la infidelidad de su esposo, no me lo creo. Hoy sé que un matrimonio con problemas puede resolverlos sin necesidad de involucrar a un tercero, porque el amor puede resolverlo todo, menos la falta al respeto y la dignidad; se supone que si tienes un compañero es porque existe confianza y si uno la pierde, pierde también el respeto.

Lo que quiero decirte es que tienes la capacidad de ser una mujer inteligente, espero de verdad que la utilices para hacer de tu vida cosas increíbles, que superes este trago amargo como lo  estoy haciendo yo; sé que no es sencillo, pero así tiene que ser. Eres muy joven y no tienes por qué estar metida en estos problemas, de verdad que para nada los necesitas, y mucho menos te conviene llenar tu vida con situaciones como esta.

Como esposa saber que tu esposo te engañó con una mujer nueve años menor que ella es un golpe de los más fuertes que puedes recibir, pero mi intención es pasar por esta vida siendo feliz; soy una mujer exitosa que siempre saca el lado positivo hasta de las situaciones más terribles.

Yo no sé qué tan importante fuiste para él, sólo sé que las mujeres deberíamos poder confiar unas en otras, y realmente espero que seas lo suficientemente capaz y humana para respetar en un futuro las relaciones de otras parejas, como no hiciste con la mía.

Te deseo que seas muy feliz, Julieta, supera esto y vive tu vida de la manera más hermosa posible, que a fin de cuentas, a eso vinimos a este mundo.

Ángela

Cuando terminé de leer me recosté en el sillón. No sabía si reír, llorar, llamarle a Fausto para decirle que su ex estaba loca, o romper la carta y hacer como si no hubiera existido.

De repente me di cuenta que mis lágrimas amenazaban con hacer su santa voluntad, me estiré la falda con fuerza y tomé la decisión de eliminar cualquier vestigio o evidencia de la carta, ya era pasado y no lo iba a revivir. Apagué la luz, salí de mi departamento, cerré la puerta con las tres llaves.

Y pensar que casi me arrepiento de haberle dicho a Fausto que me encontré a su esposa en una fiesta, con un cliente.


TACONES EN LAS MANOS

1.

Por supuesto que nunca pensé en ponerle el cuerno a mi novio. Suficiente daño hice engañando a Ángela con Fausto, aunque en mi defensa pueda alegar que cuando me enamoré de él no sabía que era casado. De todas formas causé mucho dolor y no pensaba volver a pasar por eso jamás; la infidelidad invariablemente destruye a alguno de los involucrados, y ser la “otra” ni en un millón de años es el papel más divertido de la historia.

2.

Conocí a Dante como se conocen los grandes amores: por accidente y en un momento inoportuno. Por accidente porque me estampé con él saliendo del elevador de mi edificio, iba concentrada en el sobre con la carta de la loca de Ángela. En un momento inoportuno por obvias razones: lo último que yo quería en ese momento era volver a enamorarme. Todos los hombres tenían puesta en la frente una etiqueta con atributos nada favorecedores, como mentiroso, desleal, caliente, infiel, pervertido, mañoso, y un largo etcétera.

A pesar de la vergüenza que me dio estamparme con Dante y mi mala actitud respecto al amor, acepté su invitación a comer unos días después. Me sentía incómoda con la adrenalina que me causaba, ¿cómo estar tan emocionada de conocer a un hombre nuevo en esas condiciones? ¿Cómo creer otra vez?

Lo lógico era que estuviera triste; a fin de cuentas me habían engañado mientras engañaba, y además, me habían hecho engañar a mí también durante varios meses.

Me sentía frívola y superficial; cuestionaba mi capacidad de amar y de sentir cualquier cosa, pero también estaba seducida, encantada y con la adrenalina al tope a cada segundo del día, así que no dudé en decirle a Dante que sí quería ser su novia cuando me lo preguntó dos semanas después. La historia de Fausto al fin había quedado atrás.

3.

Dante era responsable, guapo, inteligente, carismático, con un corazón a prueba de cualquier cosa. Eso fue lo que me gustó desde el principio: su sonrisa limpia, su mirada transparente. 

Un mes y medio después de pedirme que fuera su novia me invitó al cine. Entramos en una sala enorme y vacía cinco minutos antes de que empezara la película. Él estaba como si nada, pero a mí me pareció lo más sospechoso del mundo, era título  de estreno y complejo de salas de cine nuevo. 

Apagaron las luces, empezaron los anuncios y de repente apareció en la pantalla una secuencia de fotos mías haciendo diferentes cosas: jugando ajedrez, viendo por una ventana, sonriendo, con una copa en la mano… y cuando apareció una que Dante me tomó mientras dormía, surgió letra por letra la frase que toda mujer espera escuchar/leer del hombre al que ama: “Julieta, ¿quieres ser mi esposa?”.

Me quedé, como se dice cuando no sabes qué decir: estupefacta. Sí estaba muy enamorada, pero ni en drogas casarme era lo que quería en ese momento; había terminado la Maestría hacía dos años, llevaba uno viviendo sola, después del tremendo round que me aventé con mis papás para que entendieran que mi deseo de independencia no estaba cimentado en que los alucinara a ellos, sino en mi crecimiento personal. Y además estaba lo de Fausto y su infausta esposa.

4.

Cuando reaccioné Dante tenía una rodilla en el suelo; al final de su brazo brillaba un diamante sobre el cojincito negro de las cajitas de joyería.

Repitió la frase que todavía estaba en la pantalla: “Julieta, ¿quieres ser mi esposa?”. Lo miré a los ojos. Jamás había visto un gesto que comunicara tanta emoción como el suyo. Me sentí fatal por dudarlo. Dije “Sí” y me abalancé a su cuello, más por no romperle el corazón que porque realmente quisiera casarme. Seguro con los días me iría sintiendo más segura con la decisión. Dante era un sol y con él tenía casi asegurada la felicidad.

Ya estaba comprometida y no había vuelta atrás.

5.

Fuimos por la cena y un par de botellas de vino para celebrar. Dante no dejaba de mirarme extasiado y de repetir: “mi prometida” cada cinco segundos. Yo tenía sentimientos encontrados. Me sentía feliz de que alguien me amara de esa manera, pero confundida porque todavía no estaba cien por ciento segura de que el matrimonio era mi ideal en ese preciso momento.

6.

Llegamos a mi departamento. Él vivía con sus papás cinco pisos abajo que yo, así que mi casa era nuestro refugio; pasábamos ahí juntos casi todos los fines de semana. 

En cuanto cerré la puerta Dante me cargó, me puso contra la puerta y me besó. 

Me llevó cargando a mi recámara y me puso sobre la cama. Yo traía un vestido corto con tacones bajos, así que solo deslizó mi tanga por las piernas y se quitó el pantalón y los zapatos al mismo tiempo.

Acercó la nariz a tres milímetros de la mía, me besó con la lengua, acarició mis pechos, mi vientre, al darse cuenta que yo escurría, jugueteó con mi clítoris, lo presionó y rozó hasta que tuve un orgasmo. 

Todavía tenía la sensación del orgasmo, cuando puso la cabeza entre mis piernas, me abrió con las dos manos y empezó a lamerme toda; yo no podía dejar de levantar la cadera, de enterrar mis uñas en su cuero cabelludo; su lengua entraba por todos lados, saboreaba mi humedad, provocaba sensaciones distintas en cada parte que tocaba de mi centro.

Me empezaron a hormiguear la nariz y los brazos; yo gritaba, gemía sin control, le suplicaba que parara, era más placer del que podía soportar, pero su lengua seguía explorando todo, exprimiéndome, estremeciéndome, desencadenando una serie de orgasmos que me dejó tan caliente que me abalancé para devolverle el favor.

Le ordené que se acostara en la cama y le quité los boxers. No tuve que hacer nada para que estuviera listo, puse una pierna a cada lado de las suyas y me senté encima de él. Subí y bajé. Me agarré los pechos para que no rebotaran, pero él los liberó y los dejó moverse de arriba abajo, bambolearse de un lado al otro, sin dejar de verme, mientras entrelazaba sus dedos con los míos.

Solté una mano y lo acaricié. Él empezó a gritar como yo había gritado unos minutos antes. Me apretaba fuerte la mano que aún me tenía sujeta con la suya. Subía y bajaba. Arriba abajo. Cada vez que subía daba un poco la vuelta y volvía a caer en un ángulo distinto, así, hacia el norte, hacia el oeste, hacia el este, hacia el sur, hasta alcanzar los 360 grados, todo sin sacarlo de mi cuerpo; el exceso de humedad que había adentro de mí hacía muy fácil que me moviera.

De repente me tomó de la cintura y me levantó para salirse de mi cuerpo. Me pidió que me pusiera en cuatro y poniendo sus manos en mi cadera, me penetró con fuerza, hasta adentro, lo que me hizo dar otro grito y a él se le escurrió un gemido de los labios. Entró y salió. Me sujetaba la cadera fuerte, entraba y salía a gran velocidad. Yo estaba en el éxtasis total, no podía creer que pudiera sentirse tanto placer.

Todo iba muy bien, hasta que escuché la voz de Dante en mi oído: “qué ricas nalgas, no puedo creer que van a ser mías para siempre”. 

7.

No era la primera vez que Dante me decía cosas “sucias” mientras hacíamos el amor y debo confesar que me gustaba, pero esa tarde lo odié. Tal vez fue que me hizo sentir como si toda yo me resumiera en aquella vistosa parte de mi cuerpo, o quizás el “para siempre” me hizo entrar en pánico, pero esas trece palabras bajaron mi termostato a cero y tuve que cerrar los ojos, pensar en otra cosa para soportar los siguientes minutos, que afortunadamente ya no fueron muchos. Se me salieron las lágrimas.

8.

Cuando terminó me metí corriendo al baño y cerré la puerta tal vez con un poco más de fuerza que la necesaria. 

Lloré como media hora, hasta que Dante tocó la puerta.

—July, ¿estás bien?

Tragué saliva, respiré hondo. Respondí:

—Sí, mi amor, ya voy; creo que me cayó mal la comida de hace rato.

—Acá te espero, no te tardes, ya estoy listo para el segundo round.

La idea de volver a estar debajo de Dante, de sentir su sudor de nuevo resbalando por mi cara, me dio náuseas.

—No estoy segura, Dante, me siento medio mal.

Se me escapó un sollozo.

—¿Todo bien?

—Sí, es que me dio un retortijón.

—Bueno, no te tardes.

Estuve un poco más ahí, preguntándome qué estaba pasando, si me acababan de dar el anillo de compromiso y hasta hacía diez minutos hacer el amor con Dante era lo más rico sobre la faz de la tierra.

TACONES BAILANDO SALSA

1.

La situación requería de cónclave inmediato con mis amigas, así que organicé una reunión en mi casa con Karla, Isabel y Daniela.

Fueron llegando poco a poco. Las conocía desde la secundaria. Karla ya estaba casada, pero Daniela e Isabel eran pura fiesta y no se les veía muchas ganas de sentar cabeza.

No pasaron ni cinco minutos cuando Daniela se dio cuenta del anillo de compromiso que traía en el dedo.

—¡Julieta! ¿Cuándo te dio Dante el anillo? 

Las otras dos brincaron de los sillones y dijeron al mismo tiempo.

—¡Qué? ¡Por qué no nos habías dicho?

Me quedé parada buscando la respuesta, hasta que respondí:

—Justo por eso las convoqué hoy.

Estaban emocionadísimas, me agarraban del dedo para ver el diamante, se los presté a todas, el departamento parecía una jaula infestada de urracas que no dejaban de gritar, y eso que sólo eran tres.

Pero Isabel al fin reparó en lo rara que estaba yo.

—¿Qué te pasa, Julieta? ¿Por qué ni siquiera sonríes?

Daniela, que me agarraba la mano, la soltó, y Karla me agarró de los hombros y me empujó hacia el sillón para que me sentara. Las tres se pusieron enfrente de mí y se quedaron calladas. Rompí el silencio unos segundos después, les dije sin reparos lo que mi corazón, mi mente y mi ser entero gritaban:

—Lo que pasa es que no me quiero casar.

En ese momento sentí como si le hubieran puesto pausa al mundo, porque el silencio se hizo más profundo que nunca.

Daniela tenía la boca abierta, Isabel peló los ojos, Karla puso ambas manos en la cara y miró al suelo.

—A ver, Dany, cierra la boca, te vas a tragar una mosca; Isa, parpadea; Karla, mírame.

Las tres obedecieron y suspiraron al mismo tiempo. Después de verse una a la otra, Karla asintió, al parecer fue la elegida para hacerme entrar en razón.

—Cuéntanos, July, ¿qué pasa? ¿Por qué no te quieres casar con Dante?

—No es que no quiera casar con Dante, es que no me quiero casar, en este momento, con nadie.

Daniela brincó.

—¿Por qué no?

—Miren, sé que suena raro, Dante es lo máximo, pero apenas terminé la Maestría, me acabo de independizar de mis papás, de comprarme el coche, todo camina perfecto en la empresa, amo los viajes, estoy conociendo muchos lugares y a muchas personas, apenas hace nada sufría de síndrome de abstinencia de Fausto, no creo que sea el momento de tomar una decisión así.

—¿Ya le dijiste a Dante?

—Todavía no, primero quería preguntarles a ustedes qué opinan.

Daniela opinó que estaba yo idiota por dudarlo; Isabel que escuchara mi corazón; Karla dijo que hablara con él y le contara mis inquietudes, seguramente lo resolveríamos de la mejor manera.

La conversación terminó cuando Isabel sugirió cambiar de tema y de ruta de pensamiento.

2.

Una botella de tequila después entramos a un bar, y al poco tiempo ya estábamos bailando unas con otras. Bateábamos a cuanto hombre quisiera acompañarnos; desde la preparatoria hicimos el trato de no bailar con nadie cuando fuéramos solas.

En algún momento, más o menos dos horas después de que llegamos, nos sentamos a descansar y yo aproveché para ir al baño. Al dar la vuelta a la esquina para abrir la puerta sentí que alguien me tocó el hombro con el dedo; al voltear me encontré con unos ojos tan oscuros que parecían un espacio vacío, y una sonrisa de dientes perfectos.

—Hola.

Estiró la mano y me ofreció una rosa roja.

—Esto es para ti, por ser la mujer más sexy de esta noche.

Me quedé muda varios segundos, hasta que sentí cómo me sonrojaba. Respondí algo inesperado:

—¿Y me das esta rosa roja porque combina con mi cara?

—Guapa y con sentido del humor. Eso sí es sacarse la lotería.

Me tomó de la mano.

—Me llamo Xavier.

—Hola, Xavier. Yo soy Julieta.

Metió sus dedos entre los míos, de manera firme, así que no pude hacer nada para retraer el brazo y salvarme de su invasión a mi espacio vital.

—Mucho, mucho gusto en conocerte, Julieta.

Había escuchado que algunas miradas queman, pero era la primera vez que lo vivía. Xavier no me soltaba.

—Gracias, igualmente.

—¿Quieres bailar?

En ese momento viajé a los 17 años, a la noche en la que prometimos con los meñiques entrelazados que jamás bailaríamos con alguien cuando fuéramos juntas.

—Qué lindo, Xavier, muchas gracias, pero no, vengo con mis amigas y sólo quiero bailar con ellas.

—Es una lástima, estoy seguro que te encantaría.

—Yo también, pero ya me voy, gracias por la rosa. Buenas noches.

Me soltó, di media vuelta y entré al baño.

En el espejo mis ojos brillaban más que el diamante que tenía en el dedo, y en mi boca había una sonrisa involuntaria. También sentía que mi estómago despertaba de una manera distinta; los aleteos de las mariposas eran de una intensidad tal que parecían espadas, peores que las de mi época de adolescente hormonosa. 

Salí del baño. Xavier estaba exactamente en la misma posición y el mismo lugar en que lo dejé.

—Déjame insistir, Julieta, baila conmigo por favor.

Me agarró algo así como en mis cinco segundos de debilidad, porque una voz dentro de mi cabeza dijo: “sólo una canción, no pasa nada”.

—Está bien, pero una canción, y de este lado, no quiero que me vean mis amigas.

—¿Por qué no?

Me quedé parada viéndolo, ¿cuál era su problema? Ya le había dicho que sí y en vez de bailar conmigo me hacía preguntas.

—Porque no quiero, acabo de terminar con mi novio y no se me antoja que me den un sermón.

¿De dónde vino esa respuesta?

—Siento mucho escuchar eso.

¿Por qué le mentí, si además yo jamás engañaría a Dante? Y el tipo seguro ni me creyó, el anillo de compromiso me delataba.

Sin decir más, Xavier me jaló de un brazo y me estrechó fuerte, como si en vez de querer ligarme fuera un amigo consolándome. Me soltó e inmediatamente después ya estábamos bailando.

3.

No sé cuánto tiempo pasó, pero de repente me acordé de mis amigas.

—Xavier, me dio mucho gusto conocerte, tengo que irme.

—¿Cómo? ¿Tan pronto?

—¡Pronto! Te dije que una canción y ya bailamos como seis.

—Por eso.

—En serio ya me voy, mis amigas me van a matar.

Tuve que soltarme medio a la fuerza, no me quería dejar ir. Caminé tres pasos y me alcanzó.

—Por lo menos dame tu teléfono, quiero volver a verte.

—No lo creo, es una pésima idea.

Me jaló como hacía rato y me dio un beso. Por obvias razones me resistí al principio, pero la sensación de sus labios en los míos, la textura de su lengua, la presión exacta de sus dedos en mi espalda, me hicieron dejarlo fluir. 

—Xavier, en verdad debo irme. Gusto en conocerte, hasta nunca.

Me solté y di la vuelta. Mientras caminaba hacia la mesa de mis amigas volví a verlo. Seguía ahí, mirándome con cara de sorpresa. Pensaba en lo extraño que era todo lo que acababa de suceder; su beso me dejó escurriendo de deseo, sólo tenía ganas de regresarme corriendo a sus brazos… ¿Y Dante? ¿Dónde había quedado mi amor por Dante en ese momento?

4.

Ahí estaba la mesa, pero no la ocupaban mis amigas, sino desconocidos.

Se me acercó el mesero.

—¿Señorita Julieta?

—Sí, soy yo.

—Sus amigas me pidieron que le entregara esto.

Me extendió mi bolsa.

—¿Ya se fueron?

—Sí, hace unos diez minutos, dijeron que la esperaban en su casa. Y que usted va a pagar la cuenta.

Me reí. Qué mañosas, irse, dejarme la cuenta y además llevarse mi coche.

Le pagué al mesero y pedí un taxi. Como ya no tenía mesa, me salí a esperarlo a la calle, pero pasaron 15 minutos y el taxi no llegaba por mí, así que saqué el teléfono para revisar si había algún mensaje. En ese instante tocaron de nuevo mi hombro con el dedo. Al voltear me encontré, por supuesto, a Xavier. Esta vez no me extendió una rosa, sino la tarjeta magnética de la puerta de un cuarto de hotel.

—Julieta, me encantas, y sería un honor que me acompañaras. Mañana me voy del país y si respondes que sí te juro que no vas a volver a verme.

Sentí el impulso de darme la vuelta y salir corriendo, de gritar pidiendo ayuda, de darle una cachetada por atrevido; pero tal vez lo frío del viento, el dolor de piernas por los 15 minutos de espera en tacones, o simplemente mis otros cinco segundos de debilidad, me llevaron, contrario a todas mis señales de alarma, a todas las voces que me decían que no me fuera, que estaba a punto de emprender un viaje sin retorno, a extender el brazo, tomar la tarjeta y meterla en el bolsillo de mi saco.

Él me agarró de la mano, caminamos juntos al taxi, que para entonces ya había llegado, y nos fuimos.

5.

Recuerdo perfecto qué traía puesto esa noche, la primera del resto de mi vida, porque el hombre que conocí a la 1:30 de la madrugada rumbo al baño de un bar donde se tocaba salsa en vivo, me quitó cada una de las prendas que usé, relatando con detalle cómo iba deslizando mi vestido por los brazos; cómo desabrochó lento cada uno de mis zapatos; cómo me arrancó las mallas con los dientes y volvió a ponerme los tacones; cómo dejó al descubierto mis senos, y cómo se metió con fuerza entre mis piernas, mientras aún tenía la tanga puesta.