Tacones escarlata. Cuarta entrega

TACONES EN COMEDIA DE ENREDOS

1.

A través del ojo de buey de la puerta vi a la mamá de Dante. Eran las ocho de la mañana y venía muy maquillada y con peinado de salón, como si fuera a una fiesta. Traía en las manos mi tarta de chocolate con zarzamoras, mi favorita.

 Me gusta observar a la gente por los ojos de buey, ver cómo se limpian el lipstick de las comisuras de los labios, se arreglan la corbata, revisan si su aliento huele mal, se sacan el calzón, y lo mejor, cómo les cambia el gesto al abrir la puerta. Mi exsuegra ensayaba sonrisas. 

Contra mi voluntad, giré la perilla y abrí.

—¡Julieta, pero qué hermosa estás!

Definitivamente quería algo, porque yo acababa de subir del gimnasio y estaba sudada y despeinadísima.

—Gracias, Marisela. ¿En qué te puedo ayudar?

—Pasaba por aquí y decidí traerte este regalito.

Estiré los brazos para tomarla.

—Gracias por el detalle, que estés muy bien.

Sonreí forzada. Iba a cerrar la puerta…

—¿July, me permites pasar? 

Me hice a un lado para dejarla entrar, controlé la cara de fuchi que en realidad tenía ganas de ponerle para no verme grosera; me costó mucho trabajo.

Le dije que me esperara en la sala mientras yo iba a la cocina a dejar la tarta, pensando en qué le iba a decir para deshacerme de ella lo más rápido posible.

Di media vuelta para reunirme con ella. La encontré parada en la puerta de la cocina.

—Julieta, necesito hablar contigo sobre Dante.

En ese momento por mi mente pasaban dos opciones: una era decirle que lo de Dante y yo era asunto nuestro y que gracias, buen día; y otra era dejarla hablar un poco y después darle las gracias y desearle buen día. Fue más rápida que yo.

 —Estoy segura que Dante y tú pueden solucionar lo que sea que te haya hecho enojar.

 No sólo fue más rápida que yo, sino que además, no se fue por las ramas.

 —Entiendo, Marisela, que para ti la prioridad es Dante; es tu hijo, un buen hombre, y cualquiera sería feliz con él…

—¡Él no quiere a cualquiera! ¡Él te ama a ti!

—Lo que quería decirte antes de que me interrumpieras es que te agradezco mucho tu visita, tu preocupación y consternación, pero este es un asunto entre Dante y yo, y además, mi decisión ya está tomada.

—¡No puedo creer que lo deseches con tanta facilidad!

Con toda la paciencia del mundo, juro que así fue, respondí:

—Necesito bañarme para llegar a la oficina, Marisela. Si me disculpas, necesito que me des la oportunidad de arreglarme.

—¡Pero no he terminado de hablar contigo!

—No. Ya terminaste. Como te comenté, no voy a discutir con nadie más un asunto que sólo es de Dante y mío.

La cosa se empezó a poner dramática, Marisela seguía bien instalada en la puerta de la cocina, aparentemente sin intenciones de irse.

—¿Qué te hice yo, Julieta, para que te portes así de grosera conmigo?

¿Qué?

—¿Disculpa?

—Mi esposo y yo siempre nos hemos portado contigo con todo el cariño y el respeto, ¿por qué eres así de irrespetuosa conmigo?

El tan temido llanto de manipulación empezó a salir sin control de los ojos de quien iba a ser mi suegra, y yo seguía sin creer que eso me estaba sucediendo.

—¿Grosera? No creo que sea grosería decirte la verdad: este es un asunto de Dante y mío, y que su mamá venga a hablar conmigo, en vez de empujarme a él, me aleja más.

Al parecer dije las palabras mágicas para que empezara el show trágico-cómico-musical-dramón-culebrón.

—¡No puedo creerlo! ¡Dante jamás me enviaría a hablar contigo! ¡Vine porque yo siempre vi a mi hijo feliz contigo, y quiero verlo así. Además…

A partir de ese momento su voz se convirtió en: “bla bla blaaaaaaaaaaaa, bla bla, bla bla bla bla blaaaaaaaa, ¡blaaaaaaaaa!, ¡blaaaa blaaaa blaaaaaaaaaaaaaaaa!” Y recordé la escena que me hizo terminar con Dante. Por un momento tuve compasión por él, ¿cómo iba mi ex a tomar con filosofía y tranquilidad el asunto, si aprendió de su propia madre a lidiar con los problemas tan dramáticamente?

Marisela se dio cuenta seguro de que ya no la escuchaba, porque se quedó callada.

—¡Julieta!

Reaccioné. Me paré firme en las dos piernas y le dije.

—Marisela: te voy a pedir por favor que te vayas.

—No me voy a ir. Por lo menos no hasta que me digas que le vas a dar a Dante otra oportunidad.

¿En serio? No podía creer la escena que estaba viviendo.

—¿Sabes? Mejor me voy yo. A fin de cuentas con ustedes ya me acostumbré a que quien tiene que irse soy yo.

—¡No te permito que me hables así!

—Como tú digas. Buenos días.

Me acerqué a la puerta lo más rápido que pude, sin correr. Todavía alcancé a escuchar su voz ininteligible. Ya había sido demasiado drama patrocinado por esa familia, no iba a cambiar de opinión y tenerme que salir de mi casa porque ellos no querían irse era algo que difícilmente toleraría una vez más.

2.

Me tuve que ir a la oficina vestida para el gimnasio. En el coche me arreglé el pelo y limpié el resto de rímel que me quedó debajo del ojo izquierdo lo mejor que pude.

Entré al corporativo como intento de ninja en película de Jackie Chan. Pasé desapercibida para casi todos, menos para la ojo de águila de la asistente del director, mi jefe. La miré con el dedo índice perpendicular a mis labios para que no dijera nada. Ilusa de mí.

3.

—¿Me puedo sentar, Julieta?

El número 1 del top 10 de mis temores estaba sucediendo. Mi jefe con brazos en jarras parado frente a mi escritorio pidiéndome permiso de sentarse. Aún así, actué con la ecuanimidad de mi usualmente buena autoestima y capacidad de decisión.

—Claro, jefe. Estás en tu oficina.

La risa que siguió a mi mala broma no fue fingida, ya se sabe que el cerebro se protege riendo en situaciones complicadas.

—¿Todo bien, July?

—Sí. Todo bien.

—¿Segura?

—Sí, segura. ¿Por qué?

—Bueno, porque llevas tres seis años trabajando aquí, y ni de estudiante a los 20 llegaste jamás en ropa deportiva; digo, no pasa nada, no es que tengas que venir con tacones y arreglada diario, pero la verdad, y perdón por ser metiche, se me hace muy extraño.

—Ya sé. He tenido algunos problemitas con mi exnovio y no me pude arreglar porque mi exsuegra no me dejó. ¿Te conté que siempre no me voy a casar?

Para mi sorpresa mi jefe en vez de enojarse, se levantó para darme un abrazo.

—¡Felicidades!

—Gracias, la verdad todavía no tenía ganas de casarme.

—¿Estás bien?

—Sí, muy bien, nada más con el engorro de que vivo en el mismo edificio que mi ex, y curiosamente ahora me encuentro a su familia todo el tiempo; ya veré cómo le hago para deshacerme de ellos.

—Estoy seguro que vas a encontrar la mejor manera, como siempre.

—Te agradezco la confianza.

—Bueno, pues. Te dejo trabajar, entonces. 

—Gracias, Jaime.

—Y por favor, vete a la hora de la comida, tienes la tarde libre. Espero que esas horas te ayuden a ordenar mejor tus ideas. Nos vemos mañana.

Mi jefe salió de la oficina con una sonrisa, y a mí se me salieron las lágrimas.

Trabajé intensamente en los planos del puente que construíamos y a la hora de la comida, sin hambre, decidí salirme de la oficina; no tenía nada de ganas de estar ahí.

4.

Fui al cine. Tenía ganas de estar sola y no en mi casa, aunque también temía encontrarme a algún señor agradable y cogible, estaba segura que mis hormonas los llamaban, que tantos sexos combinados hacían que me olieran.

Me senté en una fila al centro del cine; había poca gente porque era temprano e inicio de semana. Empezó la película. Un hombre solo entró a la sala, y obvio, se sentó a tres butacas de mí. Cuando miré hacia él me encontré al mismo Ernesto que me había salvado de la caída en la calle hacía apenas unas semanas.

En ese momento él volteó hacia mí también. Se le iluminaron los ojos. ¿Era una casualidad?

—¡Julieta!

¡Qué arrepentida estaba de haber tenido el impulso de gritarle mi nombre! Se levantó y fue a sentarse junto a mí.

-—¿Cómo estás, preciosa?

No tenía ganas de platicar, nada de nada.

—Estoy bien, gracias, pero ya me voy.

—¡Si apenas va a empezar la película!

—Lo que pasa es que me acabo de acordar que dejé los frijoles prendidos y no quiero que se queme mi casa.

—Te acompaño a apagarlos.

Me puso la mano en la rodilla, con sonrisa de “estoy jugando y es divertido”. El tacto de su mano se sintió mejor de lo que debía, y más por lo guapo que se veía con esa camisa rayada. Era muy peligroso que me pasara eso, sobre todo porque no podía dejar de imaginármelo desnudo.

Con la mano todavía puesta sobre mi pierna, se acercó a mí. Con la otra mano me tomó la barbilla y me dio un beso en la boca. Sabía a chicle de menta. Sus labios embonaban con los míos perfecto, como cuando te acuestas en una almohada de memory foam.

Se separó de mis labios, me miró con su sonrisa tan irresistible, y supe que estaba perdida.

5.

Cuales adolescentes que se citan para ver una película y lo que menos hacen es ponerle atención a la pantalla, me tomó de la mano y salimos del cine. Caminamos a la calle. Me dejé llevar, como si mi voluntad se hubiera largado para no ver cómo mi determinación se diluía junto con la humedad que ya sentía entre las piernas.

Llegamos a un hotel boutique muy lindo. Lo saludaron en la recepción y entramos sin siquiera acercarnos por una llave, pero en ese momento no me di cuenta, sino hasta unas horas más tarde.

Entramos a la primera habitación que tenía la puerta abierta. Por costumbre me asomé a la ventana, me encanta descubrir la vista desde los edificios, y aunque este no era muy alto, se veía un espectáculo de árboles y flores.

Caminó hacia mí con determinación mientras se quitaba la camisa. Se le veían las horas invertidas en el gym. Ahí fue cuando caí en la penosa cuenta de que nunca había cogido con un hombre así de perfecto. Claro, un pretexto más para no salir corriendo.

Se detuvo a menos de un paso de distancia frente a mí. Levantó una mano, y con un dedo dibujó el contorno de mi cara; trazó mi nariz, lo pasó por mi boca, lo metió entre mis dientes. Lo mordí. Con el dedo húmedo con mi saliva, siguió dibujándome el cuello, hizo una línea desde el centro de mis senos hacia el ombligo; agarró el top, lo deslizó despacio hacia arriba, hasta que se quedó con él en las manos. Me sentó delicadamente en una silla y me quitó las mallas. En vez de tirarlas al suelo, las puso con cuidado sobre la silla. Me tomó de las manos y quedé de pie.

—Estás preciosa. Eres perfecta. Gracias por estar aquí conmigo.

No quise contestarle con palabras, mejor lo besé. Pegué mi cuerpo al suyo, tenía ganas de sentir su piel en la mía, sus músculos.

Me cargó de la cintura, yo le rodee la cadera con las piernas, y él lamió mis pechos con intensidad. Su lengua era fuerte, curiosa, chupaba son ansias.

Mordió mi barbilla y luego me besó de nuevo. Ahí dejé de pensar y todo se convirtió en imágenes y sensaciones. Se metía un rayo de sol hacia la cama, parecía la escena de una película de esas donde los protagonistas hacen el amor por primera vez. 

Me dejé llevar por esa fantasía, imaginé que Ernesto era mi amo y me entregué a su voluntad. Lo dejaba darme instrucciones con el cuerpo, mostrarme el camino; por primera vez en mucho tiempo hice el amor como si fuera nueva; me moví poco, dije pocas palabras, pero sentí con una intensidad que no experimentaba en años.

Me tomó sobre todos los muebles de la habitación: en dos sillas, la mesa, el sofá, la cama; en las repisas, el lavabo, la tina, el suelo. Estuvimos juntos por horas, comimos juntos ahí dentro, y nos comimos en múltiples ocasiones.

Hasta que de repente, sin mucha explicación, se me reconectaron las neuronas y caí en la cuenta de la realidad. Estaba en una habitación con un desconocido extremadamente peligroso que me había hecho sentir amor con puro sexo. Me levanté.

—Bueno, Ernesto, fue un placer, pero ya me tengo que ir.

—Espérate tantito, ¿no te estás divirtiendo?

—Por supuesto que sí, pero ya es tarde, tengo que irme.

Miró hacia el buró y los números del reloj relucieron en la incipiente penumbra. Eran las 7:30.

—Lo que pasa es que todavía no puedes irte.

—Claro que puedo. Eso lo decido yo.

—Creo que hoy no.

Seguro puse cara de susto, porque de inmediato me explicó.

—Me da vergüenza decirte esto, pero tienes que esperarte hasta las ocho, a esa hora se va mi esposa.

—¡¿Qué?!

Resulta que Ernesto y su esposa eran dueños del hotel, y la mujer controlaba el cien por ciento de lo que sucedía ahí adentro (bueno, el 99%, tal vez).

—¿Y por qué me trajiste aquí?

—No se me ocurrió otro lugar.

—¿Estás idiota o qué?

—Claro que no. Además no pasa nada, ella no sabe que estamos aquí.

—¿Entonces por qué tengo que esperar a que se vaya?

—Porque ella conoce a todos los huéspedes, y si te ve me va a preguntar quién eres.

Levanté mi ropa interior del suelo, mi ropa de la silla y empecé a ponerme todo.

—Pues sinceramente, Ernesto, ese es tu problema. Por imbécil.

—Ya deja de insultarme, ¿no?

—Es que esto no puede estar pasando, de haber sabido que lo que tienes de guapo lo tienes de tonto, no llegamos a este momento.

—No parecía muy tonto hace rato…

—La verdad no sé qué decirte. Me parece una idiotez traer a la vieja con que vas a engañar a tu esposa al hotel que tienen juntos. ¿En qué estabas pensando?

—No estaba pensando, y de eso tú tienes a culpa. Desde que te conocí no he dejado de pensar en ti; me has puesto hasta a dudar de mi matrimonio, de mis convicciones. Mi esposa quiere embarazarse ya, y yo estaba de acuerdo, pero después de ti ya no estoy seguro.

—Perdón, pero eso no tiene que ver conmigo, tiene que ver con ustedes. Me aparecí yo en tu vida, pero pudo haber sido Graciela o Juana, quien fuera, los problemas ya los traían ella y tú.

—No lo creo. Eres tú; tú eres perfecta.

—Claro, tan perfecta y tan brillante que estoy en un cuarto de hotel con un desconocido, y su esposa está en algún lugar dentro del mismo edificio, confiando en el tipo que se acaba de coger a una mujer que lo está haciendo dudar de su vida.

Dejé de hablar al tiempo que terminé de vestirme.

 —Ya me voy, con permiso.

Creí que me seguiría, pero se quedó sentado en la cama con las manos en la cara.

Cerré la puerta y caminé por el pasillo viendo al suelo; no quería que se me viera la cara, aunque lo más probable era que por supuesto no pasara desapercibida.

De camino de regreso a casa me preguntaba lo mismo que las últimas tres ocasiones, ¿qué diablos estaba mal conmigo?

TACONES EN EL BAÑO DE MUJERES

1.

Desde la tarde en el salón de belleza no había hablado con Karla y la verdad no tenía ni tantitas ganas de verla. Pero cuando me llamó para invitarme un café no pude negarme, a pesar del poco amable tono de la llamada.

El ti ti ti tiiii del teléfono me indicó que ya me había colgado, pero yo me quedé un rato con el aparato en la mano, todavía me costaba trabajo empalmar a la dulce y buena Julieta con la Julieta puta come hombres en la que me estaba convirtiendo y me distraía con facilidad.

2.

Lo que más me empezó a gustar de acostarme con más hombres fue descubrir la cara de sexo, gestos que sólo hacemos cuando nos encontramos en un estado de placer.

Hay quienes fruncen el entrecejo, quienes entre abren la boca, quienes te miran como si fueran leones frente a un filete, pero nadie, absolutamente nadie mantiene el mismo gesto. Empecé, además, a imaginar esa cara de sexo en todas las personas que se me atravesaban en el camino; las más divertidas eran las de los señores muy serios. Eran un verdadero deleite para mis fantasías.

3.

Todo el día estuve algo enfadada con la perspectiva de ver a mi amiga, y más porque Dante me mandó unas flores a la oficina y como no quise recibirlas terminaron atropelladas, ¿cómo se les ocurrió dejármelas en el toldo del coche? ¿Por qué algunos hombres creen que con flores, regalos y palabras bonitas vas a perdonarles que te hayan agradido?

Llegué al restaurante a las seis en punto. Justo cuando le respondía al mesero que esperaría a mi amiga para que nos tomara la orden juntas, recordé lo impuntual que era Karla. Y pedí un capuchino.

A las seis y media la vi entrar. Venía un poco despeinada; intentaba caminar derecho, pero se iba de lado, me tuve que levantar para ayudarla a llegar a la mesa.

—¡Hola, Kar! ¿Estuvo buena la fiesta?

Me miró muy solemne, pero no aguantó la carcajada.

—Francamente sí.

La senté lo más derecha que pude, pero tenía tanta risa que perdía el equilibrio.

Al fin, después de un vaso de agua y unos chilaquiles logré que Karla articulara la conversación por la que me había convocado.

4.

—July, quise buscarte porque iba a darte un sermón.

—¿Un sermón? ¿Te esperé media hora y te bajé la borrachera para que me dieras un sermón? No, gracias.

Me iba a levantar, pero puso su mano sobre la mía y no me dejó.

—Dije “iba a darte” un sermón, pero después de la tarde que tuve hoy, creo que la que necesita un sermón soy yo.

—Por lo menos me hubieras avisado que llegarías media hora después.

—¿Te digo la verdad? Ni siquiera me acordé de ti.

—¡Gracias! A cada segundo me haces sentir más especial…

—Lo siento, July.

—¿Me vas a decir de dónde vienes? ¿Está todo bien con Humberto?

—No. Nada está bien con Humberto, y vengo de coger con Sebastián.

Lo dijo con tanta seguridad y con una mirada que parecía quererme traspasar el cráneo, que me costó trabajo creerle, su matrimonio siempre había sido un ejemplo de buena relación. O eso parecía.

—Karla, ¿estás hablando en serio?

—Claro, cómo me vas a creer, si Humberto y yo somos perfectos, ¿no?

—Mira, no sé, no soy nadie para saberlo ni ninguna autoridad para hablar de relaciones.

—Ya lo sé.

Iba a hablar, pero me ganó…

—¿Josh? ¿En serio?

No pude evitar la sonrisita chueca, y menos sonrojarme.

—Pues sí… y probablemente lo volvería a hacer.

Y eso que no sabía de Ernesto, y mucho menos del papá de Daniela.

—¡No lo puedo creer! Juraba que era gay.

—¡Yo igual! Pero ahora me consta que no.

Se rio de nuevo, pero ahora yo me reí con ella.

—Es maravilloso poder hablar contigo de esto, July, es horrible tener que guardar un secreto de ese tamaño, cuando de lo que tienes ganas es de gritarlo a los cuatro vientos.

—Ya lo sé, pero no entiendo por qué te enojaste tanto con lo de Josh.

—Discúlpame, Julieta. Estaba muy emberrinchada porque tu relación parecía perfecta y tú la estabas destruyendo.

—Sí, tan perfecta que ya no me voy a casar y no quiero volver a verlo.

—Me enteré, lo siento mucho… aunque tal vez no lo sienta tanto, la verdad el matrimonio es una mierda.

Nos dio otro ataque de risa. Sobre la mesa ya no había capuchinos ni chilaquiles, sino dos copas de vino.

—Pero vamos a hablar de lo que nos trajo aquí, ¿qué pasó contigo y Humberto? ¿Quién diablos es Sebastián?

—Con Humberto no ha pasado nada, ese es el problema. La rutina me está matando, sé que las mujeres queremos certeza, pero a mí la rutina me está matando. Y Sebastián es un chico fantástico que conocí en la oficina; es asistente del director general.

—¿Además trabaja contigo?

—Sí. ¿No es maravilloso? Quería una aventura y la aventura está completita. Sí que tengo mucho que perder si llega a saberse.

—¡Muchísimo! ¿Y si se entera Humberto?

—Tal vez sería lo mejor, así no tendría que seguir fingiendo.

—No estoy tan segura, ¿qué te hace pensar que lo mejor sería que se enterara? ¿Y si Sebastián es pasajero? 

Me miró con cara de “¿estás tonta o qué?”

—Claro que Sebastián es pasajero, Julieta, no me voy a casar con alguien 10 años menor. Pero el tema no soy yo, el tema eres tú. ¿Qué te pasa? ¿Dónde quedó la niña linda y buena?

—¡No sé! A veces siento que siempre me ha habitado un monstruo y resulta que ahora está vivo. No sé en qué momento me convertí en la clase de mujer con la que los hombres engañan a sus mujeres, en qué momento pasé de ser una mujer empática, considerada y tranquila, a ser una persona que sólo puede pensar en sexo, con ideas tan radicalmente opuestas a la educación que recibió de su familia.

—¿Será que te cansaste de cumplir las expectativas de todos? Me acuerdo que tú eras el ejemplo de las mamás de todas.

—Okey, eso lo entiendo, porque lo estoy viviendo en este momento, sé que ser tan perfecta y tener tanta presión encima enloquece a cualquiera, pero explícame qué pasa contigo.

—Mi explicación es facilísima…

—Y es…

—Que todos los esposos y las esposas deberían tener por lo menos un amante alguna vez, pero un amante de carne y hueso, no esas mamarrachadas que dicen que un amante también puede ser otro tipo de pasión, como aprender a bailar o a tocar algún instrumento musical.

Me dio mucha risa, risa nerviosa. No era la primera vez que escuchaba eso, pero oírlo de alguien tan cercana a mí fue raro, de alguien con quien platiqué y filosofé tantas veces en la adolescencia y juventud sobre el amor. ¿En qué nos habíamos convertido?

—¿Y eso para qué? ¿Por qué dices que todos debemos tener un amante de “carne y hueso”?

—Para aliviar la tensión. No puedes negar que de repente se te antojan otros señores. 

—Vaya que se me antojan, y más últimamente. Por eso no casarme es la mejor decisión que puedo tomar; me fascina reaccionar de pronto ya desnuda, jadeando y gimiendo debajo de un hombre que jamás había visto. 

—Qué loco está eso.

—Mucho, y también es una delicia. 

—No sé qué decirte, a mí nunca me había pasado algo así… hasta Sebastián.

—Y a mí nunca me había pasado algo así, y heme aquí, creo que podría ser la historia de cualquiera, todos estamos a un “sí” de distancia.

Karla me contó sus problemas con Humberto, los típicos de los recién casados que apenas están conociendo las mañas, manías y asquerosidades del otro. A cada palabra mi espíritu se aligeraba. No sabía si en algún momento sentaría cabeza, pero definitivamente no estaba en mis planes inmediatos.

TACONES EN PUÑOS AJENOS

1.

Salí de la cafetería sintiéndome feliz y ligera. Me había reconciliado con Karla, de nuevo con mi decisión de no casarme, pero sobre todo, estaba más que contenta de mi resolución de gozar en vez de sufrir mi nueva putez.

 Esperaba el coche en el valet parking cuando escuché un “hola, July” muy cerca de la espalda. Brinqué.

—¡Tocayo! ¿Cómo estás?

Mi vecino Julián sonrió, y yo también. Era uno de los cuatro bombones que ocupan los pisos aledaños al mío.

—Todo muy bien, preciosa. Con mucho gusto de verte.

—Gracias, igualmente.

—¿Ya te vas, o tienes tiempo de ir a tomar algo?

—Ya me voy, la verdad estoy cansada. Qué te parece si nos tomamos algo en mi casa o en la tuya, ha sido un día largo, muy largo.

—Claro, July. Si quieres en la mía. ¿Me das un aventón? No traigo coche.

Nos subimos al auto y encaminamos hacia nuestro domicilio, un edificio de doce plantas casi nuevo y bastante agradable como para tener tu propia casa.

Bajamos por la rampa del estacionamiento, me acomodé para echarme de reversa y ocupar mi lugar. De pronto un error en el sistema llamado Dante apareció. Lo vi venir hacia el automóvil justo al momento en que Julián se bajaba. Vi la mano abierta de Dante asir la cabeza de Julián y estamparla en el poste de la puerta.

Mi vieja coge rico, ¿verdad?, ¿lo disfrutaste? Julián estaba en el suelo, con el pie de Dante en las costillas, en el vientre en la nuca. Julián se tapaba la cara, la verga, intentaba evadir los golpes, pero Dante estaba poseído por la furia.

Yo los miraba como si no estuviera pasando. Tardé varios segundos en entender lo que sucedía, en comprender por qué Dante agredía a un inocente, por qué se sentía con el derecho de meterse así en mi vida.

Julián se retorcía de dolor e incertidumbre, Dante lo golpeaba con las puntas de los pies, los puños; al intentar levantarse el zapato volvía a situarlo en la realidad.

Al principio yo gritaba desde el coche, le pedía a Dante que lo soltara, hasta que me di cuenta de que si no intentaba interponerme entre los dos Julián iba a terminar muerto, y Dante tras las rejas.

Me bajé del auto y abracé a Dante por la espalda, rogándole que lo soltara, intentando hacerle entender que Julián no había hecho nada malo, que no teníamos más relación que la de vecinos y amigos.

—Tú cállate, eres una puta, y tú y tu amiguito van a pagar las consecuencias. Si no eres mía no vas a ser de nadie. ¡Además fuiste grosera con mi mamá y atropellaste mis flores!

Al escucharlo pronunciar esas palabras lo solté y empecé a gritar por ayuda. Los vigilantes del edificio llegaron corriendo, también los vecinos del primer piso, así de fuerte gritaba.

Entre los tres policías lograron controlar a Dante, parecía que su fuerza se había multiplicado por diez, era descomunal para su tamaño.

—Señorita Julieta y señor Julián, por seguridad retírense.

Dante empezó a gritar.

—Lárgate, cobarte, nada más tienes que saber que vas a pagar por haberte cogido a mi vieja, Julieta es mía y no la voy a compartir. Y tú, puta, ve pensando qué vas a hacer para que te perdone. Ya te lo dije. Eres mía.

2.

Julián corrió a su casa, ni siquiera me dejó ofrecerle una disculpa por el performance de Dante. Yo me quedé un momento mirando la escena de mi exnovio contenido por los tres policías. Después de eso me encaminé hacia mi casa con las piernas vibrando de temor y furia. Sabía que las palabras “si no eres mía, no vas a ser de nadie” jamás auguraban algo bueno.

No supe qué más hacer y le marqué a Antonio.

—¡July! ¡Qué gusto escucharte! ¿Cómo estás?

Otra vez debía hacer acopio de paz para no sonar tan histérica como me sentía.

—No estoy muy bien, Dante acaba de amenazarme.

Le conté con lujo de detalles lo sucedido. Él me recomendó no salir de mi casa por ningún motivo y empezar a buscar un lugar para mudarme. A pesar de ser la mejor idea me daba mucho coraje tener que deshacerme de la casa que con tanto trabajo compré para independizarme de mis papás. Jamás creí que con ese acto terminaría sojuzgada por un hombre del que alguna vez estuve enamorada. Lo más seguro era que Dante se calmaría eventualmente.

3.

Media hora después, ya más tranquila, colgué con Antonio, quien me hizo prometerle que nos veríamos pronto. 

Encendí velas alrededor del jacuzzi, apagué las luces y le puse al agua las burbujas para baño con aroma a mango que no había usado. Vi cómo el agua se iba iluminando de blanco, cómo surgían, poco a poco, hasta que se convirtieron en una masa densa, en la que me metí, disfrutando de la sensación delicada de las miles de burbujas en mi piel.

Me sumergí hasta el cuello y cerré los ojos. Invoqué el recuerdo de la piel de Antonio, del peso de su cuerpo sobre el mío. No iba a dejar que ningún tipo violento arruinara mi libertad. 

Al salir del baño me puse una bata y fui a la cocina por algo de cenar. El roce de la tela con mis pezones, con la espalda, con mis piernas, hizo que se me antojara provocarme con mis propios dedos el mejor orgasmo de mi vida.

Regresé a mi habitación con una botella de vino. Puse sobre el tocador las velas que antes habían estado en el baño, música en volumen bajo y me paré frente al espejo de pie con la bata entre abierta. 

Me gustó ver mi cuerpo a media luz, disfrutar los claroscuros de mis senos, de mi ombligo, la forma de mis piernas. Acerqué lentamente las manos a mi piel y me acaricié completa, el cuello, la cintura, el plexo solar, los muslos; metí dos dedos entre mis piernas; estaba empapada.

Entonces me acosté desnuda, con las piernas abiertas y los ojos cerrados. Me metí un dedo a la boca y lleno de saliva lo deslicé adentro de mi vagina, que lo recibió apretándolo junto con un río de mí. Lo metí y saqué muchas veces, gimiendo, levantando la cadera, mientras tres dedos de mi otra mano jugueteaban con los pliegues y hendiduras de mi clítoris y exploraban cómo iba cambiando su textura.

Abrí los ojos para ver cómo una de mis manos desaparecía entre mis piernas y cómo los dedos de la otra actuaban como si tuvieran voluntad propia. Me cosquilleaba el cuerpo entero, mi vientre se contrajo una, dos, tres veces, hasta que sentí un calor intenso que llegaba hasta las puntas de mis pies y mi entrepierna se convirtió en mar abierto en plena tormenta.

Me dormí envuelta en gozo sin imaginar que la golpiza de Dante hacia Julián había abierto un portal de dimensiones imposibles.