Tacones escarlata. Entrega final.

11.

Decidí que necesitaba ver a Ángela, la exesposa de Fausto. Fue una noche mientras me penetraba un enamorado de mis épocas estudiantiles. El susodicho me preguntó por qué no cobraba por coger si me gustaba tanto y lo hacía tan seguido. En ese momento pensé en aquella mujer lejana que salvó su vida convirtiéndose en puta cara. Y de las buenas. Necesitaba hablar con ella para ofrecerle disculpas, contarle por qué la acusé con su esposo, y porque necesitaba hablar con alguien que no me juzgara y comprendiera mi necesidad de castigarla por gozar de su cuerpo como a mí siempre me había sido prohibido.

Confieso que encontrarme con ella sí me dio la certidumbre y la paz que necesitaba. Creí que me iba a rechazar, pero por fortuna sí se pudo dar el encuentro, muy incómodo los primeros minutos, pero sensacional después, hasta una botella de vino nos terminamos con la conversación. Definitivamente me cae bien, hacen falta más mujeres así de libres y desfachatadas, sin culpa, sin rencores, con la vida hecha a la medida por ellas mismas. Yo anhelaba convertirme en una.

12.

Empecé a cogerme a las mujeres por convivir. De pronto, entre todos los hombres, sus penes, músculos, dedos, narices y lenguas veloces, se me antojó probar algo nuevo, y qué mejor que una hermosa congénere para embonar mis hendiduras.

Mis investigaciones y exploraciones sexuales tomaron un ritmo más constante, quería recuperar los años perdidos entre el pudor, el miedo y la aceptación social.

Se sumaron a mi inventario de amantes un policía, un seminarista, otros dos abogados, un médico y un periodista; ya solo me faltaba el odontólogo para tener satisfechas mis necesidades básicas. Bueno, también un chef que invitara a sus amigos a comer sushi recién hecho con mi vientre como plato. Otra de mis fantasías.

Uno de mis amiguitos de andanzas me confesó un día que su novia lo sorprendió viendo una foto mía en su celular. Él creyó que el hecho sería una catástrofe para la relación, pero ella lo sorprendió: “qué mujer tan bella, ¿por qué no la has compartido conmigo?”.

13.

Así fue como conocí a Gloria, que en el nombre tenía el pecado y la penitencia. Un poco más alta que yo, de pecho generoso y nalgas descomunales, paraba el tráfico al caminar. Al verla por vez primera no podía entender que su novio le pusiera el cuerno conmigo, soy mucho menos copiosa. Pero de inmediato recordé que los hombres fanáticos de las mujeres no distinguen kilos, color de pelo, diámetro de la cintura ni estatura: un coño es un coño y unos pezones, unos pezones, no importa cómo se vean. Por eso la rivalidad femenina es tan absurda y sirve más a los intereses de los hombres que nos ponen en competencia, que a los de las mujeres.

Gloria me recibió con un bralette negro y una faldita volada rosa oscuro. El ligero olor a sexo que percibí en el aire al entrar me hizo darme cuenta que ella sola había empezado a jugar; también el pene gigante de plástico transparente y circuitos de colores que había sobre la mesa de centro.

Me abrazó fuerte. Sentí la consistencia de sus tetas en las mías, el choque de pezones fue inminente, yo traía una blusa ligera sin brasier.

—Julieta, qué alegría conocerte. Marco me ha hablado mucho de ti.

—Gloria, igualmente. No sabía que Marco tenía novia, pero me da mucho gusto conocerte, y más en estas circunstancias.

Me dio un beso. Al principio me quedé algo pasmada. Su toque era ligero, suave, terso, muy distinto al de los labios de un hombre. Puso las manos en mi cadera y comenzó a acariciarme. Yo me fui soltando poco a poco, hasta que me atreví también a tocarla. Deslicé las yemas de mis dedos por su espalda baja hasta subirlas a sus tetas; quería compararlas con las de Penélope, la bailarina exótica del bar swinger. Éstas eran más blandas, el pezón tenía una circunferencia más amplia.

Metió la mano en mi ropa interior hacia mi clítoris. Abrí un poco las piernas para facilitarle la incursión. Ya estaba muy mojada. Yo. Ella también. Como cuando le hago el amor a un hombre y me hinco para meterme la verga a la boca, aquella vez me sostuve sobre las rodillas y le hice lo que nunca pensé: un oral sin reglas, tiempo ni conciencia. 

La sensación de entrada no me resultó muy placentera, la humedad viscosa que palpaba en su vulva me provocó una arcada; decidí respirar hondo y no dejarme dominar por el asco: estaba segura que una vez superado vendría algo nuevo para mi marco de referencia.

Separé sus labios con los dedos y deslicé la lengua, desde el clítoris, hasta la entrada de la vagina, de ida y vuelta, una, dos, tres, incontables veces. De tanto en tanto la miraba. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, gemía de gusto. 

Decidí concentrarme en el clítoris con movimientos rítmicos y presión constante, como me gusta que me coman a mí. Percibía las contracciones de su vientre, cómo apretaba los muslos, las pompas. Se escurría en mi boca. Entre mi saliva y su humedad yo me ahogaba de tanto en tanto. Me ahogaba deliciosamente, hambrienta de sentir su orgasmo. 

Metí mi dedo corazón en su vagina mientras seguía devorándola, lo presionaba contra las paredes, con el gesto que haces cuando llamas a alguien. Con la otra mano empecé a masturbarme. Sus gemidos y grititos me animaban a seguir y seguir… hasta que apretó mi dedo con fuerza soberbia y de su cuerpo salió un maremoto que me empapó la blusa, la ropa interior y hasta el pelo, que traía suelto.

Como al venirse puso las manos sobre mi cabeza y me presionó hacia ella, fuerte, casi me asfixia. Al recuperar la conciencia se agachó para ayudarme a levantar; tenía las piernas entumidas, pero me sentía feliz de haberle provocado semejante orgasmo a semejante mujerón. 

Me tomó de la mano y me llevó hacia su cama. Me acostó con cuidado, boca abajo. Recorrió mi cuerpo a besos y lengüetazos, desde la nuca, hasta las plantas de los pies, pasando por las orejas, el cuello, la línea de la espalda, las pantorrillas. Hizo que me diera la vuelta y repitió la operación con la parte frontal de mi piel. Se atascó mis pezones con glotonería, a veces me rozaba con las tetas. Fue hacia mi boca y volvió a besarme copiosamente, se frotaba completa conmigo, yo le agarraba lo que podía, me percibía a mí misma como una masa uniforme de deleite y sensaciones inverosímiles. El roce de su vulva con la mía provocaba un chapoteo muy excitante que me mojaba todavía más. Yo casi no me movía, no quería perderme nada, ni el sonido, ni el olor, ni las texturas, ni el espectáculo para mis ojos, y mucho menos los sabores. 

Durante poco más de media hora Gloria y yo nos convertimos en una sola persona con dos cuerpos y una sola voluntad: adivinaba mis deseos y pensamientos como ningún hombre había conseguido hacerlo en mi ya larga carrera de mujer de espíritu liviano y orgasmos constantes.

Esa tarde en los brazos y la boca de Gloria supe que ya podría morir a gusto, la vida había dejado de estar en deuda conmigo.

TACONES EN PÁGINAS BLANCAS CON GOTAS DE LLANTO

1.

La última línea del diario de Julieta parecía un conjuro, porque una semana después de conocer y gozar a Gloria, Julieta murió. Se me escapó una lágrima rebelde. Mi llanto era de coraje, de impotencia, me daba mucha rabia saber que habían terminado con la vida de una mujer en plenitud de ideas y circunstancias, a alguien que había aprendido con golpes y dolor el camino que realmente deseaba transitar.

Estaba llena de dudas. ¿Y Dante? ¿Qué sucedió con Dante? ¿Por qué Julieta no volvió a nombrarlo? Como no quería fastidiar a la mamá, decidí mejor llamar a Fausto, tal vez él sabía algo.

—Hola, Ángela. Qué milagro.

—Buenas noches, Fausto. Necesito hablar contigo de Julieta, por favor.

—¿Quieres que nos veamos, o por teléfono?

—Por teléfono está bien, aunque tal vez sea algo largo.

—Si tiene que ver contigo, seguro sí. A ti te gustan las cosas largas.

—Buen chiste, Faus. Pero no para este preciso momento.

—Dime, Ángela.

—¿Ya ves que me llamaste para ir al funeral de Julieta?

—Sí, lo recuerdo.

—Bueno, pues, resulta que su mamá me entregó una caja que traía el diario de Julieta y una carta que no he leído, por cierto.

—Eso sí es totalmente inesperado.

—El asunto es que en el diario no dice qué sucedió con Dante, y yo quiero saberlo. ¿Tú sabes si fue Dante quien la asesinó?

—Sé que falleció porque la agredieron, pero no existe la certeza de que haya sido él.

—Pero ¿tenía más enemigos?

—Tenía muchos enemigos y enemigas. Hombres que terminó rechazando y mujeres despechadas; pudo ser cualquiera. Yo llevé la denuncia contra Dante, pero recibía bastantes amenazas que ignoró.

—¿Qué pasó con ese proceso? ¿Continúa?

—No. Los papás de Julieta desistieron del juicio, dijeron que mandar a Dante a la cárcel no iba a revivir a su hija y ya no quisieron saber nada.

Enmudecí. No lo podía creer. Empecé a llorar otra vez.

—Ángela, tranquila. Yo te recomiendo que dejes todo este tema por la paz; si los papás ya no quieren moverle, tú tampoco lo hagas.

—Agradezco que me respondieras las preguntas, Fausto. Adiós.

2.

No sabía qué era más intensa: la rabia, la frustración, la impotencia. No podía creer que los papás, después de cómo habían dejado a su hija, habían desestimado el asunto. No podía creer que Dante estuviera libre, paseándose por ahí, seduciendo mujeres: Dante era una agresión que sucedería pronto y ya nadie podía hacer nada para evitarlo.

Estaba furiosa, incrédula, lastimada. Por eso las mujeres seguimos en riesgo, por eso nos golpean, matan, porque no pasa nada. No todas las historias tienen un final feliz.

3.

En la letra de la carta de Julieta se percibía el estado lamentable en el que la escribió; de repente perdía el hilo y hablaba de otras situaciones, pero la enfermera le ayudaba a volver a la narración.

Lo que Julieta menos deseaba era que la recordáramos como a una víctima, sino todo lo contrario; hasta hizo la broma de que le había pasado como a las putas en las películas de terror, que siempre son las primeras en ser asesinadas, y de la manera más cruel.

Por eso yo quería un final feliz para esta historia. Decidí extraer de la carta de Julieta extractos inspiradores, los que provocarán que continúe con vida en un recuerdo dichoso, pleno como ella. Me pidió que contara su historia a mi manera, y eso fue justo lo que hice. Espero haberle hecho justicia. 

TACONES ESCARLATA

Se paga alto el precio de ser ingobernable, de ser dueña de tus decisiones, de asumir tus consecuencias. Hoy sé que tener una sola vida en la vida para mí no es suficiente. Lo empecé a descubrir aquella noche mientras tenía un orgasmo provocado por un desconocido, y desde entonces lo he confirmado con el mismo clítoris, pero sobre diferentes camas.

Me siento arrancada de mi pasado. Sé que mis pies pisan distinto, mis ojos miran nuevo, mi cabeza piensa con ideas perfeccionadas con la experiencia. La vida que conocí se quedó atrás, y ahora me despido de ella con la certeza de haber sido feliz. Se juntan la emoción y el miedo, la incertidumbre con la excitación. Sabía que caminaba hacia aquí, que eventualmente llegaría a este punto, a esta parada del viaje; me preparé para estos momentos por años, incluso antes de darme cuenta. 

Hoy reconozco las puertas y dimensiones que se abren, vuelvo a sentir las alas en mi mente, la fuerza de mi espalda, lo definitivo de mis decisiones.

Si mis opciones eran la culpa y el miedo, o el placer y el sexo, yo elegí el placer, la vida. Elegí la libertad.

FIN