Tacones escarlata. Segunda entrega.

TACONES DENTRO DE LA CAJA

1.

Cuando desperté la mañana siguiente tardé en ubicar en dónde estaba. El techo era del mismo color que el mío, pero las paredes beige, el edredón liso y el hombre moreno que dormía a mi lado no tenían nada que ver con mis paredes blancas, mi edredón morado de grecas y, pequeño detalle, con el pelo rubio de Dante.

Corrí al baño. El espejo fue cruel: estaba desnuda, con marcas de dedos, el rímel corrido, parecía que tres hurones habían anidado en mi cabello y veía los rastros pegajosos de la combinación de humedades que Xavier y yo dejamos en mi cuerpo.

Abrí la regadera para desaparecer la evidencia. Ya iba a dar un paso dentro y llegó a mi mente la conversación que tuve con Dante antes de que llegaran mis amigas el día anterior: “nos vemos a las 12, te voy a traer barbacoa para que revivas en cuanto despiertes”. ¡Dante! ¡Barbacoa! Y yo en un hotel con un desconocido, quién sabe qué tan lejos de mi casa… ¡Y además no tenía idea de la hora!

Salí a la habitación para buscar mi teléfono: muerto. Por fortuna en el buró brillaban las 10:37 del reloj digital.

Me metí a bañar. Aunque tenía prisa dejé que el agua limpiara más que mi piel. La sentía resbalar por mis pechos, por el abdomen, la entrepierna; la espuma me hacía cosquillas, metía mis dedos entre el cabello, me acaricié toda para quitar los rastros del hombre que me poseyó como si fuéramos a morir al siguiente día. 

No pude evitar que se me salieran las lágrimas, me pesaba el inmenso placer de las últimas horas, me dolían los labios, la piel, las convicciones.

¿Cómo volvería a ver a Dante a los ojos? ¿Cómo decirle que podía confiar en mí? ¿Cómo confiar yo misma en mí de nuevo, si juré que jamás volvería a engañar a alguien?

2.

—¿Me extrañaste ayer?

Dante me hablaba tierno y yo respondía lo más ecuánime posible, porque a cada segundo sentía el impulso de soltarme a llorar y confesarle todo.

—Claro que te extrañé.

—¿Qué hiciste? Cuéntame…

—Bailamos nada más.

¿Se me había notado el tono inseguro o eran mis nervios?

—¿A ti cómo te fue?

Se quedó callado más tiempo del necesario, ¿por qué pensaba tanto tiempo la respuesta?

—Me fue bien.

—¿Qué hiciste?

—Me quedé a descansar, vi películas con mis papás… mejor cuéntame tú.

—No hay gran cosa qué contar, sólo bailamos.

—A la próxima me llevas.

Lo besé y le puse la mano en la bragueta para terminar la conversación. Si se dio cuenta de que algo había pasado no dijo nada, de todas formas nunca jamás en la vida iba a volver a suceder.

Ajá.

TACONES ENTRE LAS PIEDRAS

1.

Una semana después ya me sentía menos miserable. Los abrazos de Dante, la buena conversación y la certidumbre me devolvieron poco a poco la tranquilidad. 

Dante y yo empezamos a ver lugares para la boda, pero mientras más romántico e irresistible se ponía él, más malhumorada y desagradable me volvía yo. Ver su enamoramiento y sus ganas de estar conmigo contrastaba mis sentimientos, me sentía muy culpable por no amarlo como él a mí, no deseaba renunciar a mis planes por unos nuevos planes junto a él.

Tal vez lo que había escuchado siempre: “el amor todo lo puede” era verdad y yo me estaba ahogando en un vaso de agua. Tenía que compartirle mis inquietudes, seguro iba a entenderme y seguiríamos felices como siempre.

2.

Busqué durante semanas el momento oportuno para hablar con él; en medio de la visita a iglesias, salones, jardines, haciendas, tiendas de vestidos, zapatos, tocados, luna de miel y todo lo que implica casarse es difícil encontrar un segundo para decirle a tu novio: “siéntate aquí, quiero decirte que no me quiero casar contigo”.

Un día le dije a Dante que iba a ir con mis amigas a ver vestidos de novia y que él no podía acompañarme, es de mala suerte que el novio lo vea antes de la boda. Con mucho pesar accedió. Lo que en realidad necesitaba era un tiempo fuera, tantos preparativos me tenían embotada; quería aclarar mis ideas y tomar fuerza para hablar con él.

Iba rumbo al parque para despejarme. Al pasar frente al salón de belleza recordé que tenía un mes y medio sin despuntarme el pelo y empezaba a verse descuidado.

La recepcionista me saludó con mucho cariño. Desde que me independicé adopté ese lugar; ahí me cortaban el pelo, me hacían manicure, pedicure, masajes, absolutamente todo. Como llegué sin cita me senté a esperar a que Josh se desocupara: nadie cortaba el cabello como él.

Saqué el libro que estaba leyendo y me disponía a empezar, cuando Josh me interrumpió.

—¡Hola, July! ¡Cuánto tiempo sin verte!

Me levanté del silloncito para darle un abrazo y él me dio un beso en cada mejilla, como siempre.

—¿Qué le vamos a hacer a esa hermosa cabellera?

—Vine a despuntarme.

—Sólo a despuntarte, ¿verdad? Ya sabes que tienes prohibido hacerte una permanente o teñirte ese cabello tan espectacular.

Al tiempo que decía eso metió ambas manos en mi pelo y mis poros brincaron. De inmediato rechacé la sensación. A fin de cuentas sólo era Josh. Se detuvo.

—Qué linda blusa traes hoy, ¿es nueva?

Me miré. En efecto estaba estrenando la blusa.

—Sí, la compré la semana pasada.

—Me encanta, te hace ver dos veces más linda de lo que ya eres.

—Gracias, Josh.

Se me quedó viendo muy fijo.

—¿Qué tienes, Julieta? ¿Por qué traes esa cara?

—¿Cuál cara? ¡Es la única que tengo!

—Tu sonrisa es de las mejores sonrisas que conozco, y tus ojos no sonríen contigo.

—Tengo un problemita, pero no te preocupes, es algo que seguro se soluciona rápido.

—¿Tiene que ver con Dante? ¿Se enojó por algo?

—No, más bien tiene que ver conmigo, pero nada grave, de verdad.

—Oye, July, ¿te puedo hacer una propuesta? ¿Algo que quiero hacer contigo antes de que te cases?

Me le quedé viendo divertida unos segundos, ¿qué propuesta me podría hacer el simpático y gay Josh?

—¿Qué clase de propuesta? ¿Una indecorosa?

—Claro, ¿acaso hay otras? 

—¿Indecorosa, así como hacerme unos rizos o teñirme de rosa?

Rio un poco y luego me miró muy fijo y muy serio.

—Hacerte unos rizos estaría muy bien. Te va a encantar, tú confía en mí.

Tomó mi mano y me llevó hacia el fondo del local. Entramos al saloncito donde están los sillones para lavar el pelo, cerró la puerta con seguro, me recostó y acomodó mi melena en el lavabo. Encendió la vibración del banco y sentí el agua caliente en mi cuero cabelludo.

Extendió los dedos por mi cabeza y empezó a hacerme un masaje delicioso, por detrás de las orejas, por la mollera, por las sienes. No pude evitar cerrar los ojos y dejarme llevar; eran sensaciones que se extendían hacia todo mi cuerpo, de no haber sido Josh en ese momento me hubiera ido, pero no tenía de qué preocuparme.

3.

Cerró la llave del agua. En vez de tomar la toalla que antes me puso en la espalda para hacerme un turbante, caminó hacia la parte de enfrente del banquito y cruzó una pierna sobre mí.

Yo estaba paralizada, y al parecer no era lo único paralizado del lugar. Josh me desabotonó la blusa despacio, me acariciaba los hombros, el cuello, hundió la cara en mis senos y besó sus contornos. Yo seguía sin reaccionar, definitivamente mi expectativa de la visita al salón de belleza no tenía que ver con lo que estaba sucediendo; no sabía si seguirle la corriente o levantarme indignada.

Pero Josh fue más rápido que yo, y mientras yo dilucidaba si salir corriendo o no, de repente ya tenía la blusa abierta, el sostén estaba en el suelo y mi coño se resbalaba como los pantalones por mis piernas bajo el influjo de las manos del señor estilista.

Me besó con urgencia, con mordiditas en los labios; me acariciaba el cuerpo. Tenía prisa, ansiedad, miraba con los ojos muy abiertos, como si no quisiera perderse ni un detalle.

Al levantarme del banquito mi cabello escurrió por todo mi cuerpo; el frío me puso la piel de gallina y endureció mis pezones, que Josh, para entonces ya desnudo, tocaba con una familiaridad extraña.

Suspiré. Me gustaba cómo el calor de su lengua al lamer mi piel quitaba instantáneamente el frío; su saliva olía a menta, me arrancaba gemidos al rozarme con los dientes.

Con un movimiento rápido me agarró de la cadera para hacerme brincar. Mi vagina aterrizó sobre él, con un golpe empapado y certero.

Sin soltarme me sentó de nuevo sobre el mueble, me penetraba despacio, con el mismo ritmo, y de tanto en tanto me miraba con una sonrisa. 

Al principio me negaba a disfrutar, volvían a mí las dolorosas sensaciones que experimenté la siguiente mañana a mi encuentro con Xavier, pero los gemidos de Josh muy cerca de mi oído eran hipnotizantes, me hicieron entrar en trance: cada milímetro de mi cuerpo se regocijaba de sensaciones, percibía el choque de su pelvis en la mía, era delicioso. 

Mis manos recorrían su espalda, libre totalmente de vellos; sus músculos se agitaban bajo mis dedos, con una fuerza descomunal combinada con ternura inexplicable.

Nos movíamos cada vez más rápido, era muy difícil estar en silencio para que no nos cacharan, y se volvió imposible cuando el mueblecito se cayó al suelo en la arremetida con que Josh llegó al clímax.

Por suerte alcanzó a agarrarme y no me caí, pero lo que sí se me cayó fue la cara de vergüenza cuando tocaron a la puerta para preguntar si todo estaba bien.

Él respondió, medio jadeando, y en tono amanerado.

—Sí, nena, es que me tropecé.

Me dio un ataque de risa. Por más que intentaba callarme, más gracia me causaba; los nervios empezaban a traicionarme, pero él me abrazó y besó y con eso logró que me calmara.

4.

Cuando salimos del cuartito me encontré con la sorpresa de que Karla también había decidido ir a despuntarse. El mismo día. Intenté disimular y la saludé lo más naturalmente posible. Ella se levantó, me agarró de los brazos y me puso frente al espejo.

—¿Qué diablos te pasó?

Fue una pregunta retórica, era obvio lo que me había pasado, y más si tomábamos en cuenta que Josh venía atrás de mí, con la ropa mojada, igual de sonrojado. Mi pelo escurría. El “Julieta, tenemos que hablar” de Karla me sacó del trance en el que estaba.

Pues sí. Resultó que Josh, el estilista, no era gay, y no experimentaba sólo un interés profesional hacia mi cabello. Ni siquiera me pude despedir de él como merecían las circunstancias.

5.

Desde la noche que mis amigas me abandonaron en el bar no había vuelto a verlas. Dejaron mi coche en el garaje del edificio y las llaves en el buzón. No las busqué porque me pareció muy mal detalle de su parte dejarme, sobre todo porque yo estaba en medio de mi crisis prematrimonial.

Karla y yo salimos del salón de belleza. Ninguna de las dos consiguió hacerse en el cabello lo que quería. Sin preguntarme pidió su coche, me abrió la puerta y prácticamente me empujó adentro.

Manejó cuatro cuadras en silencio y con la mirada al frente; apretaba el volante, seguro imaginaba que era mi cuello. Tenía los labios fruncidos y lagrimitas en los ojos. ¿Por qué estaba tan enojada?

—Kar, ¿qué pasa?

Sin voltear levantó el brazo, con la palma de la mano hacia mí, y luego se puso el dedo índice en los labios.

—Mira, sé que lo de hace rato estuvo algo raro, pero de verdad, no es lo que parece.

No me hizo caso. Se detuvo frente a una cafetería, se bajó del coche, caminó con paso firme, parecía que tenía la intención de romper el pavimento con los tacones.

Como me le quedé viendo me tardé en bajar del coche; entonces ella se regresó, me abrió la puerta y con el brazo extendido señaló hacia el local.

Me bajé resignada a tener que darle explicaciones, no tenía ni idea de qué le iba a decir, porque ni yo sabía lo que me estaba sucediendo. Después de unos minutos, literalmente me clavó los ojos y disparó:

—¿Cómo te atreves a hacerle algo así a Dante?

Yo seguía sin saber qué responder.

—Julieta, es la segunda vez que te veo enredarte con un tipo.

—Ya lo sé.

—Eres una estúpida. Tienes a un súper novio: lindo, te adora, te trata como reina; es considerado, inteligente, guapo y tú engañándolo con cualquier tipo que te dice quién sabe qué tanta cosa.

—Kar, sé que Dante es todo eso y mucho más que tú ni sabes, no sé qué me pasa, tal vez que no quiera casarme me lleva inconscientemente a rebelarme contra el amor de Dante.

—¡Eres una estúpida! ¡Cómo no te vas a querer casar con él!

Golpeó la mesa con el puño. Fue una escena tan dramática que hasta el mesero que se acercaba a tomarnos la orden se arrepintió. Yo estaba confundida, creía que iba a ayudarme a entender qué me sucedía, ¡y me estaba gritando!

—¿A qué viene todo esto, Karla?

—A que no me puedo quedar callada viendo cómo desperdicias el amor de un hombre como Dante.

—Estoy de acuerdo, y te agradezco que me lo digas, porque eso hacen las amigas, pero…

Mientras decía ese “las amigas” me cayó el veinte de un asunto que jamás se me hubiera ocurrido, tal vez…

—Me lo dices como amiga, por nuestra amistad, ¿verdad?

Ante su silencio, insistí.

—Es por eso, ¿o tienes algún otro tipo de interés en el asunto?

Karla se puso como loca.

—¿De qué otro interés hablas? ¿Qué insinúas?

—No insinúo, de hecho, creo que es mejor hacer una pregunta directa.

—¿De qué estás hablando?

—Karla, ¿te gusta Dante, verdad? ¡Por eso estás tan enojada!

—¡Claro que no!

Se levantó al tiempo que repetía “¡estás loca!” como tres veces.

Tuve que ser quien mostrara algo de cordura. Todo el asunto era un tanto inexplicable.

—Siéntate, Karla, no hagas un escándalo.

—¡Estás loca! No puedes acusarme de estar enamorada de tu novio.

—Kar, yo no dije enamorada, pregunté sólo si te gustaba. Y si es mentira, ¿por qué te pones tan mal?

—¡No me puse mal!

—¿No?

Abrió la boca para responder, pero suspiró, y sin dejar de mirarme volvió a sentarse.

—Está bien, no puedo mentirte. Me gusta Dante desde la primera vez que lo vi.

—¿Y me lo dices tan tranquila? ¿Y tu marido?

—¿Cómo quieres que te lo diga? De todas formas tú te coges a quien se te antoje, así que por lo visto Dante te da igual.

—¡Claro que no me da igual! ¡Es mí novio!

—Ahora sí te importa, ¿no? Hace rato con Josh seguro estabas pensando en él. ¿O te confundiste de pene?

—¿Sabes qué, Karla? Ya me voy. Eres mi amiga desde niñas, y esto no se le hace a una amiga.

—¿Qué no se le hace a una amiga? Si ni he hecho nada, Dante no quiso…

En cuanto habló se dio cuenta de que soltó la lengua de más.

—¡¿De qué estás hablando?!

—De nada, olvídalo. No tiene caso.

—¡Claro que tiene caso! ¿Qué fue lo que no quiso Dante, acostarse contigo?

—Ya, Julieta. Me voy.

Ni quise detenerla para intentar sacarle la información, no quería tenerla cerca. No estaba enojada, sino decepcionada, y no por Karla, sino por Dante, por no haberme contado que mi “amiga” se le lanzó.

Volvió. Se paró frente a mí con las manos en la cintura y escupió:

—Y no creas que tu secretito con Josh está a salvo conmigo. Eres una puta.

Se dio la vuelta y desapareció. No podía entender el descaro, ¿con qué autoridad moral me regañaba por cogerme a otro señor que no era mi novio, si ella, estando casada, se le había lanzado al mío?

3.

La escena de Karla y mi reciente descubrimiento de su enamoramiento hacia el hombre que iba a ser mi esposo me dejaron unos segundos muda. Al reaccionar pedí un café para llevar; por supuesto tuve que regresar caminando al salón de belleza. Con esas amigas tenía que empezar a cuidar en dónde dejaba mi coche.

En tacones de doce centímetros las cuatro cuadras parecían veinte. Caminaba todo lo rápido que los baches, desniveles y escalones de la banqueta me permitían. Al dar un paso una de las agujas de mis zapatos se atoró entre dos adoquines. Perdí el equilibrio.

En pleno vuelo un hombre salió de la nada y me agarró del brazo.

—¡Hey! ¡Cuidado!

Miré a mi salvador y me quedé con la boca abierta: era un tipo altísimo, rubio, de ojos café claro y una voz como para grabarla y escucharla a diario antes de dormir.

Me enderecé con todo el estilo que pude.

—¡Gracias! ¡Me libraste de romperme la cara!

Sonrió. Su sonrisa era sinónimo de peligro.

—Me alegra, sería una lástima que le pasara algo a esa cara…

Reí. Muy nerviosa. Cómo era posible que hasta ese desconocido también me coqueteara, parecía que traía un letrero de “estoy desesperada por sexo” colgando del cuello.

—Gracias.

Lo solté y seguí caminando. Por fortuna el zapato no se rompió.

Él avanzó junto a mí.

—Soy Ernesto, ¿tú cómo te llamas?

—Lo siento, Ernesto, no me siento muy sociable por el momento.

Se quedó en silencio como dos pasos, al parecer no se daba por vencido tan fácil.

—¿Y si me das tu teléfono, por si otro día sí tienes ganas de socializar?

Me detuve para mirarlo. Sonreía con ternura.

—No es buena idea, no creo que a mi novio le encante.

Levanté el dedo  para enseñarle el anillo de compromiso.

—Ah, entonces tienes novio.

Suspiró y dijo.

—Bueno, yo tengo esposa, así que no hay problema.

—¿Perdón?

—Pues sí, tú con novio, yo con esposa, los dos nos divertimos y nadie resulta enamorado.

¡No lo podía creer! Decidí ignorarlo y continuar mi camino.

—Lo siento, Ernesto, ya me voy. Con permiso.

Di media vuelta y él me jaló de la mano.

—No te vayas. De verdad estás guapísima, no creas que hago esto todos los días.

Pasé en un segundo de la indignación al miedo. Intenté soltarme, él me agarraba fuerte.

—Si no me sueltas en este instante voy a empezar a gritar.

Lo dije con la voz más determinada que pude. Al parecer me creyó.

En cuanto me soltó me alejé lo más rápido que me permitieron los tacones; me hubiera gustado que en ese momento pasara un taxi. La calle estaba sola, pudo haberme metido a la fuerza en su coche y ni quien se hubiera dado cuenta.

—Espera, no te asustes, disculpa que te haya agarrado así.

—Mira, lo único que quiero es que me dejes en paz.

—Y yo lo único que quiero es hacerte todo menos dejarte en paz.

—Oye, Ernesto, ¿alguna vez te ha funcionado esta estrategia para conquistar a alguien?

—No sé, tú dime, es la primera vez que lo hago.

—Sí, claro.

—Es en serio, no creas que voy por la vida conquistando extrañas.

—Mira, no sé ni me importa. Ya me voy.

—Sí, discúlpame, no debí importunarte así, y menos asustarte.

—Adiós, Ernesto.

—Adiós hermosa desconocida que no me dijo ni su nombre.

Empecé a caminar de nuevo, me crucé la calle para no seguir en la misma banqueta. Al llegar del otro lado miré hacia donde lo había dejado, y él seguía ahí parado, viéndome.

En un arranque de algo que no sé cómo definir, si como valentía, ganas de adrenalina o estupidez le grité:

—¡Soy Julieta!

Él sonrió y me mandó un beso con la mano. Llegué a recoger mi coche, mi único pensamiento era no encontrarme a Josh ni a alguien más. Tendría, además, que buscar un nuevo salón de belleza.

Por lo menos no había terminado en una cama extraña dos veces en un mismo día, y lo de Josh ahora sí había sido la última vez.

Sí, claro.

4.

Esa noche me acosté con la cabeza a punto de estallar. Cerraba los ojos y se mezclaban en mi mente imágenes de Josh, Karla, Ernesto, Dante, Xavier. No podía creer que había acabado enredándome con alguien de nuevo, y menos con Josh.

Pero lo que más me asustó fue que me sentía ajena a la situación: sabía que fui yo quien se acostó con Josh, pero no advertía que había sido yo, era como si fuera espectadora de una historia, y no su protagonista. No entendía por qué me sentía con esas ganas de acostarme con cualquiera. Si nunca en mi vida había sido siquiera sensual y el sexo jamás había sido tan importante para mí, ¿por qué empezaba a gustarme la sensación de sentirme deseada y a anhelar el placer de otro cuerpo penetrándome?

¿Quién era esa otra mujer que empezaba a crecer adentro de mi cuerpo?

TE ESPERO EL PRÓXIMO 6 DE ABRIL PARA CONTINUAR CON LAS AVENTURAS DE JULIETA…