Tacones escarlata. Séptima entrega

6.

En el departamento nuevo la pared de mi recámara colindaba con la habitación de mi vecino soltero. Era un señor de entre 50 y 60 años, abogado, coqueto y caliente como yo. 

Cualquier tarde de repente empezaba a escuchar música y a los pocos minutos, los gritos de placer de una mujer de voz fuerte y aguda filtrados por ladrillos, yeso y pintura. 

Ella se llamaba Lety. Lo supe porque alcanzaba a escuchar retazos de sus conversaciones. Eran el tipo de pareja que platicaba mucho al coger, así que el asunto se intercalaba entre la conversación y los gemidos. Bueno para ellos, malo para la continuidad de mi masturbación.

Al escuchar los primeros acordes en la bocina me iba a mi cama, me quitaba los calzones y abría las piernas lo que mi elasticidad permitía. Sacaba mi más reciente adquisición, un succionador de clítoris, y al ritmo de los “ah ahhh ahhhhhhh ahhhhh” de la novia, yo iba aumentando la velocidad de mi aparatito predilecto, hasta llegar al clímax al mismo tiempo que ellos: Leopoldo también era del tipo escandaloso.

Mi primer encuentro en el elevador con el alegre vecino fue algo así: “Hola, soy tu vecino Leonardo, mucho gusto”, “igualmente, Leonardo, yo soy Julieta”, “bienvenidos al edificio, verás que se vive muy tranquilo”, “de hecho, me mudé sola, pero gracias”, “muy bien, a ver si algún día nos tomamos un café o una copa”, “sí, claro, gracias”.

Así fue como su mano terminó por una extraña razón en mi cintura y cómo yo me dije a mí misma que jamás me volvería a liar ni emocional ni sexualmente con un vecino; odiaría volver a producir un Dante en mi vida.

Era una verdadera lástima. A juzgar por los gritos de Lety mi macho contiguo follaba como una fiera. Me lo tendría que perder por salud física y mental y como estrategia de supervivencia en el edificio.

7.

Antonio, el papá de Daniela, me siguió buscando, como no quería salir con él le inventaba mil pretextos: “me da ansiedad subirme a un Uber desde que me golpearon”, “no me gusta que vengas por mí, me haces sentir inútil”, “me quedé de ver con una amiga para ver una película” y todo cuanto se me ocurría, hasta que mejor decidí decirle la verdad, que no quería una relación, ni seria ni ligera, por nada del mundo. 

Mis amigas me dejaron de hablar. Después de las agresiones de Dante me dijeron que me lo merecía por puta. Así sucede con algunas presencias de toda la vida; de repente dejas de tener intereses en común y lo mejor es borrarse sin pena ni gloria.

Dany fue la más enfadada, por obvias razones. Cuando se enteró de que me había cogido a su papá la noche que me rescataron de las fauces de mi exprometido golpeador, se puso furiosa, me dijo traicionera, nalgas prontas, egoísta, mala amiga y no sé qué tantos apelativos nada amables.

La que más me confundió fue Karla, ¡mira que venir a darme lecciones de moral después de sus dudas y de haberle acomodado florida cornamenta a su marido! 

Si soy sincera, las eliminé fácil. Al despedirme de ellas y sobrevivir a mi condición temporal de receptáculo de su furia, miedos y mierda, me sentí liberada y me alegré de haberlas abandonado aquella noche en el bar para irme con Xavier.

A veces tomamos decisiones que parecen insignificantes y terminan poniéndote en un sitio que derrumba tus expectativas pasadas para construir un mundo nuevo al frente del camino.

8.

Entre mis andanzas eróticas de pronto conocí a un tipo fuera de serie. Sucede que con algunos desde la primera vez que haces el amor sientes que tu cuerpo nació para acoplarse a ese otro cuerpo, como si ya se conocieran.

Eso pasó con el “Limerente”, un hombre que llegó a mí parándose de frente con su mirada irresistible y sus palabras exactas para poseerme sin que yo pusiera reparo alguno. Lo bauticé así porque su primera pregunta cuando se me acercó, mientras corría yo en un parque cercano a casa, fue: “¿tú sabes que es un limerente?”

Nos volvimos limerentes mutuos que existían en la vida del otro dos horas en la mañana, como en la película “Amantes de 5 a 7”, nosotros éramos de 9 a 11. 

Lo primero que me dijo fue que no estaba buscando una relación visible, que pudiera contarse a otras personas, sino una prohibida; me había visto los lunares de la espalda y se ofreció a morderlos mientras me penetraba. Fue una oferta que no pude rechazar.

La primera vez que nos vimos ya en mi casa me dijo que no iba a penetrarme, que nada más deseaba acariciarme desnuda. Me acostó boca abajo en mi cama y se sentó en mis nalgas. No había erección. 

Empezó a besarme detrás de las orejas, en el cuello, en la línea que traza la espina dorsal y de repente sentí una mordida en el omóplato. Me puse muy tensa, pero cuando pasó la sensación de dolor mi vagina se contrajo de una manera nueva y se me escapó un gemido. A él le gustó haberme hecho disfrutar y me mordió de nuevo, en el omóplato del otro lado. Esta vez se me levantó involuntariamente la cadera, con lo que mis nalgas chocaron con su pene, que descansaba entre ellas.

La erección fue inmediata. Él siguió mordiendo; yo retorciéndome. Una y otra y otra vez, hasta que mi Limerente no pudo más y me penetró. Yo estaba empapada. Fue delicioso, me hacía retorcer más y más, se me escapó un hilo de baba por la boca. Era algo nuevo. 

Resultó que me contagió su odaxelgania. Me fascinó que me mordiera, que empujara su cuerpo hacia dentro del mío unos tres segundos después de cada mordida, que es cuando explota la sensación de placer. 

En cuanto tuve un orgasmo glorioso supe que ese hombre era adictivo y que yo me entregaría a la adicción de sus dientes sobre mis lunares, de su verga entre mis nalgas, del color de sus besos que dejaban mis labios tan inflamados, que bien podrían haberse confundido con los que habitan entre mis piernas.

Con el Limerente hablaba de libros, de arte, de política. Conforme más nos entendíamos en el intelecto, mejor era nuestro desempeño en la cama. Era de esos hombres peligrosos con los que es muy fácil sucumbir al amor.

Una de nuestras mañanas llegó con flores y la firme convicción de ser mi novio: que nunca nadie nos iba a entender como nos entendíamos nosotros, que éramos el uno para el otro, que no podíamos desperdiciar esta oportunidad de la vida, que si las coincidencias no existen. Yo lo escuchaba con el pesar de saber que esa serían nuestras últimas dos horas juntos.

Lo que me quedó de él fue el recuerdo de sus colmillos en la espalda, de la suavidad de sus manos, de la piel de su abdomen, pegada a los músculos. Y el aprendizaje de que los mejores amantes son los hombres que hacen ejercicio, corren, nadan o cualquier deporte de resistencia, porque eso llevado a la cama los convierte en leyendas.

9.

Mientras todavía lloraba la inminente ausencia del Limerente, me reencontré con un amigo de Dante, un ahora divorciado del que, curiosamente, fui a su boda. No duró casado ni seis meses.

El día de la boda la exesposa se enojó con él en la misa por mi culpa. Dante y yo entramos, algo tarde, en la iglesia. Como ya no había lugares en las bancas frente al altar nos pidieron que nos sentáramos en uno de los costados. Al verme al novio se le fueron los ojos, después a la novia y al final al sacerdote. 

En cuanto vi la cara de furia de ella y la forma en que el ministro asintió me di cuenta que no durarían mucho; esos celos enfermizos sólo podrían significar el colapso temprano de esa relación.

Por fortuna nadie más se dio cuenta del incidente por la posición en la que estábamos y para los demás invitados la boda transcurrió entre ángeles celestiales, promesas de amores eternos y una melosidad rayana en lo absurdo del sermón, aderezado con algunas miradas hacia Dante y yo.

Acepté su invitación más por morbo que por interés real. Me pareció simpático cogerme a un “amigo” de mi ex. No era un hombre guapo, trabajaba en una fábrica de productos de plástico, así que su vida acontecía entre botellas de champú y vajillas de mercado; sin aficiones claras más que para el fútbol, sin amor por el arte ni la buena comida ni los viajes memorables.

¡De la heladería donde me citó nos movimos a un pub con periqueras, media luz y un grupo de rock cantando covers, pero ese era sólo el preámbulo.

A las tres horas nos recibió el chisporroteo de una chimenea encendida dentro de un hotel en La Marquesa, el bosque de coníferas con la frondosidad y el aire helado más acogedores. Sobre la cama había una botella de champaña con dos copas y las consabidas fresas y cerezas. En cuanto él se acercó a abrirla decidí cambiar los planes y lo aventé sobre el colchón. 

Mis ansias eran su culpa, todo el camino me fue metiendo la mano por debajo del vestido y me urgía desnudarlo, descubrir cómo olía por debajo de la ropa, vivir la textura de su miembro, los colores que subían por su entrepierna.

Abandoné la compostura en los besos y cerré los ojos. Lo que más me gusta de los encuentros sexuales con hombres nuevos es el hilo de hallazgos al que me enfrento. Todos, sin excepción, al tenerte a su merced olvidan las poses y es en ese momento cuando puedes conocerlos con sus fobias, gustos, pasiones. 

Le quité el suéter, la camisa, los pantalones. Me hinqué para que él hiciera lo mismo con mi vestido. No traía sujetador y mis calzones ya reposaban en el piso de su automóvil rojo, así que el asunto fue plug and play

Me acostó en la orilla de la cama, se puso junto a mí y empezó a masajear mi cuero cabelludo. Bajó a mi cuello, haciendo movimientos circulares alcanzó mis hombros, mis senos, mi vientre. Tocó primero mis vellos y poco a poco, muy lento, metió dos dedos en mi vulva y empezó a masturbarme. 

Cerré los ojos, sin moverme, disfrutando cada una de las sensaciones. Se subió a la cama, tomó mis nalgas con las manos y empezó a hacerme sexo oral. El más delicioso. Succionaba, metía la lengua, me acariciaba la punta del clítoris suave con los dientes. Yo me retorcía de placer, fue imposible quedarme quieta y en silencio, mi cuerpo se impulsaba hacia él, sentía cómo escurría, cómo le dejaba mi humedad en las comisuras de la boca, en la nariz, en el paladar.

Se acostó junto a mí sin dejar de mirarme, me abrazó de lado y me besó de nuevo con la misma intensidad con que me había besado el coño. Me acarició desde el cuello hasta el pubis y deslizó despacio uno de sus dedos hacia mi interior. Luego lo sacó y volvió a meterlo, así una vez tras otra, al principio lento, después con más velocidad, luego con más fuerza. Empecé a revolcarme, la sensación era más de lo que podía manejar, algo nuevo dentro de mi marco de referencia existencial. No sabía si me dolía más de lo que estaba disfrutando, pero no quería que parara, necestaba estirar ese límite hasta saber cuál iba a ser el resultado: si no podría sentarme en dos semanas, o si no podría olvidar jamás esas sensaciones.

Mientras su mano se hacía cargo de mi coño, me besaba locamente, sin ningún reparo ni algún tipo de orden o estrategia. Yo me atragantaba, me costaba mucho trabajo mantener el ritmo de la respiración. Si tengo que definir de alguna manera ese preciso instante de mi vida, la palabra que utilizaría sería “frenesí”. Frenesí del bueno, con el significado en cada una de las letras, en cada uno de los conceptos que cada quién tiene de esa palabra.

De pronto sentí cómo mi vagina apretó su dedo, impidiéndolo volver a sacarlo por algunos segundos… y me vine, o más bien, me dejé ir.

Hay de orgasmos a orgasmos. Pero ese fue algo más grande, más cercano a tener un paro cardiaco. Percibí cómo todo mi cuerpo se volvía un solo órgano, cómo mi vientre absorbía hasta a mis neuronas.

La cama se convirtió en el terreno de una cascada al momento de la creación. Eyaculé toda el agua que había contenido mi cuerpo en el pasado y en el presente. Él simplemente sonrió, me dio un beso en la frente, se puso encima de mí, y me hizo el amor despacio, con la certeza de que era la última vez, con una ternura y un deseo más allá de las sensaciones de su cuerpo.

10.

Antes de convertirme en esta mujer sexosa y promiscua, creía que los hombres que se acuestan con muchas mujeres no eran más que gente profundamente insegura con gran necesidad de reafirmar la virilidad, o sujetos con atributos escasos, o malos para el sexo. Viví en el error. Era otra de tantas leyendas urbanas impuestas por los moralistas para privarnos de gozar del placer como es debido.

Lo comprobé en mí. El que es libidinoso, es libidinoso, aunque intente negarlo; el que es infiel, es infiel, aunque se imponga una castidad desoladora. Por eso comprendí que un hombre o una mujer que tienen muchos amantes no es porque sean indecisos, inmaduros, insuficientes, pitos chicos o tetas escasas, sino por diversión. Y porque pueden.

No tiene que ver con clase social, belleza o dinero, sino con poder de convocatoria.

TE ESPERO LA PRÓXIMA SEMANA PARA LA OCTAVA ENTREGA DE TACONES ESCARLATA… QUE SERÁ LA ÚLTIMA…