Tacones escarlata. Tercera entrega

TACONES EN LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA

1.

La disposición de las papilas gustativas es única e irrepetible, como las huellas dactilares, por eso cada boca crea su propia historia cuando besa.

Eso lo aprendí la noche del que pudo haber sido el peor día de mi vida. Pudo, porque en la enredadera de las emociones, los sentimientos y las sorpresas siempre termino cayendo de pie con una carcajada en el rabillo del ojo.

2.

Tenía que armarme de valor y hablar con Dante, estaba segura de que lo entendería perfecto, ¿qué importaba esperar un poco más para casarnos, si de todas formas ya casi vivía conmigo? De las siete noches de la semana dormía cuatro o cinco en mi casa.

La primera vez que entré al baño y vi su cepillo de dientes junto al mío en el vasito del lavabo no negaré que entré en pánico. Fui de inmediato al clóset y me di cuenta que también había ropa suya en uno de los entrepaños, y junto a mis zapatos había unas pantuflas negras demasiado grandes.

Era extraño que hubiera dejado sus cosas sin consultarme, pensé en decirle algo, pero preferí no armar un problema gratuito, a fin de cuentas en unos meses íbamos a ser esposos y viviríamos ahí. Poco a poco me fui acostumbrando a su presencia, al nuevo olor de las mañanas, combinación entre semen, saliva, una marca distinta de detergente y yo.

3.

Hay instantes que te cambian la vida irremediablemente, como el de aquella noche de mayo.

            Preparé una ensalada césar con pollo de cenar, abrí una botella de vino y me senté en el comedor a esperar a mi novio con una blusa muy escotada y una faldita tan corta que sólo usaba en la casa por el alto riesgo que representa salir a la calle con ella. Por supuesto no traía ropa interior.

            Dante llegó a las ocho, aventó el portafolio junto a la puerta y se sentó en la sala, bufando. No supe qué hacer. Evidentemente si entró a la casa sin saludar y sin notar la mini ropa de su prometida significaba que tuvo un mal día. Era muy mala suerte para mí, ¿cómo iba a hablar con él de un tema tan delicado si su día fue tan malo?

            Dejé pasar unos minutos para moverme o hacer algún comentario, hasta que me levanté, me acerqué a él y me incliné para darle un beso. Él apenas reaccionó y entonces yo, en mi afán de hacerlo sentir mejor, me senté a su lado, tomé su mano y la puse sobre mi pierna, con los dedos entrelazados; empecé justo arriba de la rodilla y la fui deslizando hacia mi entrepierna.

            Él seguía metido en su mundo, yo subiendo nuestras manos, le respiraba muy cerca del oído, me acaricié el clítoris con sus dedos, y ya que estaba mucho más mojada, me levanté, le quité los zapatos, los pantalones, la ropa interior; me metí su pene a la boca para dejarlo listo, chupando y succionando de abajo hacia arriba.

            Después de unos minutos, cuando empezó a gemir, perdido en el placer, me senté encima de él. Le hice el amor despacio, con calma. Estaba ido, inmóvil, pero yo disfrutaba como nunca, me excitaba mirar mis piernas y ver cómo se contraían mis muslos; lo sentía chocar en el fondo de mi cuerpo, escurría tanto que chapoteábamos.

            De repente me enterró los dedos en la cintura, se quedó rígido, y al fin lo vi sonreír. No hay mejor remedio para un mal día que un orgasmo.

4.

            —¿Por qué llegaste tan enojado, qué pasó?

            —Estoy furioso porque el director corrió a Mabel.

            —¿Por qué? ¿Puede él correr a tu asistente?

            —¡Claro! Puede correr a quien quiera, es su empresa.

            —¿Por qué?

            —Se puso a venderle cosas a las otras secretarias y ya le habíamos dicho que está prohibido. Es una tonta.

            —No le digas tonta, seguro estaba desesperada y decidió correr el riesgo.

            —Como sea es mala onda, el jefe no la quería contratar y yo lo convencí, y ahora tengo que poner mi cara de estúpido y darle la razón.

            Sabía que Mabel era buena asistente y que a Dante le hacía mucha falta, pero no me gustaba que por esa razón siguiera como piedra, y mucho más después de cómo me lo había cogido.

            —Vamos a cambiar de tema, ¿no?

            —Está bien, guapa, perdóname, es que me ofusqué, pero gracias por la cena… y por todo lo demás.

            La conversación continuó en torno a la boda, a los planes de la luna de miel, al vestido de novia, tanto, que no encontré la oportunidad de hablar del tema de posponerla, y nos fuimos a dormir.

5.

Desperté con los ojos escurriendo, con los dientes tan apretados que me dolía la mandíbula. Estaba soñando que volaba y de repente se apareció un tipo que quería atraparme para hacerme daño. Yo intentaba escapar, pero el techo tan bajo y la falta de ventanas no me lo permitían: no importaba que supiera volar, de todas formas estaba atrapada.

            Lo único que se veía en la oscuridad de mi habitación era el foquito de mi celular que parpadeaba indicando que había llegado un correo electrónico.

            Después de unos minutos decidí levantarme y ver quién me había escrito; era una promoción de una línea aérea. La leí completa, hasta las letras chiquitas. No me aburrí lo suficiente como para quedarme dormida.

            Miré dormir a Dante, ajeno a mis temores, a mi angustia. Empecé a llorar otra vez. Me levanté y fui a la sala, había tenido un día tan malo que no quería que se diera cuenta.

6.

Mi precaución no funcionó. Minutos después Dante apareció, tallándose los ojos y bajando la intensidad de la luz.

            —¿Qué pasa, July? ¿Insomnio?

            —¡Te desperté! ¡Discúlpame!

            —¿Estás llorando?

            Por más que intenté limpiarme las lágrimas no pude evitarlo. 

            —Sí, Dante, estoy llorando.

            Se acercó a mí y se sentó muy cerca. Me abrazó.

            —¿Qué pasa? Sabes que puedes contarme lo que quieras.

            Lo miré sin saber qué hacer, mi cuerpo me pedía a gritos hablar, decirle mi angustia, desahogar mis deseos, pero mi mente me prevenía, las palabras que me urgía pronunciar me llevarían a un lugar sin retorno. De todas formas sabía que ese era el momento adecuado para hablar, no tenía sentido seguir esperando: para romper algo nunca llega el instante perfecto.

            Cerré los ojos, suspiré, los volví a abrir y solté la dolorosa verdad:

            —Sabes que me encantas, sabes que te amo, que me gusta estar contigo más que nada en este mundo, que adoro hacerte el amor y mirarte despertar junto a mí en las mañanas, por eso ha sido difícil reconocer y, sobre todo… decirte… que todavía no me quiero casar.

            Dante abrió los ojos enormes:

            —¿¿¿¿¿Qué?????

            Aventó mi mano, se levantó y gritó:

            —¿De qué estás hablando, Julieta?

            Me sorprendió mucho que me gritara; en nuestros cinco meses de relación nunca lo había visto enojado, y ni en sueños imaginé que era capaz de hablarme así.

            —Cálmate, Dante. Ven a sentarte conmigo, quiero explicarte qué pasa antes de que te enojes y digas cosas de las que te vas a arrepentir.

            —¿Calmarme? ¿Decir cosas de las que me voy a arrepentir? ¿De qué estás hablando? ¡No te quieres casar conmigo!

            Yo seguía sentada, rogando al cielo para encontrar las palabras correctas.

            —Amor, ven. Yo no dije que no me quiero casar contigo, claro que quiero, sólo que no tan pronto.

            Dejó de dar de vueltas y se sentó junto a mí, más calmado.

            —Pero, ¿por qué? ¡Ya tenemos casi todo listo!

            —Lo sé, y me encanta, pero me independicé de mis papás hace tan poco, el negocio va iniciando, quiero hacer algunas cosas sola antes, viajar, yo sé que me entiendes.

            —No, no entiendo. ¿Qué puedes hacer soltera, que no puedes hacer casada conmigo? ¡Yo te voy a dejar hacer lo que tú quieras, crecer en lo profesional, te voy a apoyar siempre!

            —Justo por eso lo digo, tu argumento es que me vas a dejar hacer lo que yo quiera, pero para eso no necesito permiso de nadie. Sé el hombre que eres, eres a quien quiero a mi lado, pero te propongo posponer la boda un año, hasta que me sienta lista y nos conozcamos más. Lo necesito. 

            —¿No me amas? ¡Ya sé! ¡Te gusta alguien más! Por eso dudas.

            —Claro que no, no dudo del amor que siento por ti, pero no estoy lista.

            Agarró con ambas manos un atril con un libro que tenía encima de la mesa de centro y lo aventó al suelo.

            —¡Esas son estupideces!

7.

Me quedé paralizada, no podía creer lo que estaba pasando, desconocía totalmente al Dante que tenía frente a mí. Quise aligerar la situación con una broma, me acerqué a él, le puse las manos en los hombros y dije:

            —¡Regrésame a Dante! ¿Por qué te lo comiste?

            Pero en vez de aligerar las cosas apreté el botón de “play” de Dante versión furia. Se levantó y empezó a gritar:

            —¡No puede ser que hagas bromas en un momento como este! ¡Eres una mentirosa y frívola, me has hecho perder el tiempo durante meses!

            También me levanté. Estaba bien que se enojara, pero no podía permitir que siguiera portándose así conmigo.

            —Claro que no, Dante, yo te amo, no te dije nada antes por miedo a perderte, pero es injusto que no lo haga, se supone que si nos vamos a casar es porque puedo tenerte esta confianza.

            —Jamás creí que fueras de esas niñas tontas que salen con sus pendejadas de no estar seguras.

            Iba de asombro en asombro, ¿quién era este sujeto y dónde había dejado a mi lindo novio?

            —Ojalá me entendieras, Dante, pero si no, entonces tal vez lo mejor sea terminar. Sé que estás enojado, pero no me vas a hablar así.

            —¡Yo te hablo como se me da la gana, eres mía!

            Se agachó, estiró el brazo y recorrió toda la mesa de la sala tirando florero, libros y adornos al suelo; después fue hacia el librero e hizo lo mismo.

            Yo estaba muda. Me acerqué a intentar detenerlo, y cuando le puse la mano en el hombro para calmarlo me empujó con la inercia del brazo al tirar lo que estaba encima de la mesa del comedor. Salí disparada. 

Mientras caía pasaron mil pensamientos por mi mente, jamás creí encontrarme en una situación ni siquiera parecida, pero ahí estaba yo, a punto de tocar el suelo con la cadera después de haber sido empujada por el hombre con el que apenas hacía unas horas me iba a casar. La verdad me pasó por tonta, ¿cómo se me ocurrió intentar detener a un hombre furioso que no estaba controlando sus acciones?

El ruido del golpe que me di contra el piso lo sacó de su trance de furia. Dio un brinco hacia mí y se agachó para levantarme.

—¡Julieta! ¡Perdóname! ¿Estás bien?

Me ayudó a erguirme. En cuanto estuve sobre mis dos pies caminé hacia el perchero, descolgué mi bolsa y así como estaba, en pantuflas, pijama y el corazón hecho pedazos, abrí la puerta de mi casa y me fui.

8.

Se cerraron las puertas del elevador. En vez de apretar el botón del sótano uno, donde estaba estacionado mi coche, me quedé ahí adentro, sin saber a ciencia cierta qué hacer.

Pocos segundos después se abrieron las puertas y apareció Dante.

—¡July! ¡Qué bueno que no te has ido!

Quiso acercarse para abrazarme, pero di un paso atrás, apreté el botón para cerrar la puerta y al fin decidí a dónde iba a ir.

9.

Cuando llegué Daniela ya estaba afuera esperándome. Hablamos por teléfono desde que salí del estacionamiento de mi edificio, hasta que estuve en la puerta de su casa. No podía creer que estuviera yo hablando del mismo Dante que ella conocía; el gentil Dante, el lobo con piel de oveja.

            Me abrió el portón y metí el coche. Al bajarme corrió a abrazarme, yo todavía no superaba el asombro.

            —¡July! ¿Cómo estás? ¿Te hizo algo? ¿Te lastimó?

            —Estoy bien, me empujó porque me vi muy tonta intentando detenerlo.

            —De verdad estoy impresionada, no puedo creer que hablemos de la misma persona.

            —Ni yo. Es increíble cómo puede transformarse la gente cuando está enojada.

            Entramos a su casa. Aunque era tarde su papá estaba en la cocina preparando algo de cenar.

10.

La mamá de Daniela murió al darla a luz, por eso su papá se dedicó a cuidarla siempre; tuvo muchas novias, pero no quiso casarse con ninguna. Era 21 años mayor que Dany, y era de esos hombres que se dedican a cuidar a sus hijos, así que yo lo conocía desde los 15 años.

            Era un tipo sexy y guapo, por eso no entendí bien por qué no se casaba otra vez, sobre todo porque su hija ya tenía 25 años. Era Ingeniero Civil, como yo, y eso hacía que nos lleváramos muy bien. Por obvias razones era la fantasía de todas las amigas de su hija.

11.

            —¡Julieta! ¡Bienvenida! Sabes que esta es tu casa.

            Se me acercó y estiró el brazo. Le di la mano fuerte. Hasta ese momento había contenido el llanto, pero algo en el apretón de manos del papá de Daniela hizo que me sintiera fatal.

            No quise ir a casa de mis papás porque aún no tenía muy claro cómo iba a manejar con ellos la situación. Dante se ganó su cariño en los últimos meses y yo no quería que surgiera en ellos esa rabia profunda que nace de saber amenazada a la persona que más amas. También necesitaba crear una estrategia para el rompimiento y el consiguiente anuncio a nuestros invitados de la boda. 

12.

Después de llorar logré comer algo e irme a dormir. Me arreglaron el sofa de la biblioteca. Me dormí casi en el instante en que mi cabeza cayó en la almohada. Ya había tomado una decisión respecto a mi relación con Dante y la certeza eliminó las probabilidades del insomnio: no me iba a casar con un tipo violento por ningún motivo, no importaba que ese mismo tipo violento fuera una buena persona en sus momentos de mesura, yo no iba a arruinar mi vida con una pareja frágil como una bomba atómica.

13. 

A las 4:13 de la madrugada me desperté. Estuve un buen rato creando mis estrategias, reflexionando, sopesando mis alternativas. Ya no podía dormir. Me levanté.

            Fui a la cocina por un vaso de agua. En el pasillo de regreso me encontré al papá de Daniela, que también había ido por un vaso de agua.

            —Hola, July, ¿insomnio?

            —No, ya dormí lo suficiente. Discúlpame si te desperté.

            —No, para nada. Yo tengo insomnio.

            Le ofrecí acompañarnos en la duermevela. Nos dirigimos a la sala, cada uno con nuestro vaso de agua, su compañía se me antojaba más que la del libro que planeaba leer de regreso a la biblioteca.

—Muchas gracias por todo, es maravilloso sentir tanto cariño en un momento como este.

—Es un gusto, July, ya sabes que las amigas de mi hija son como mis hijas.

Me acerqué a él para abrazarlo. Él titubeó unos segundos y me rodeó con delicadeza, creo que lo agarré de sorpresa, porque se puso rígido y aflojó el abrazo demasiado pronto. Yo me quedé un poco más ahí; había puesto la cabeza sobre su pecho, algo en el calor que me transmitía, en el sonido de los latidos de su corazón me impedía soltarme.

Cuando percibí que su respiración se aceleraba lo solté. Él me miraba con los ojos muy abiertos. Tenía la espalda derecha, parado en una posición que no se veía nada cómoda; habíamos quedado tan cerca que alcanzaba a percibir su aliento a menta, su loción, su turbación con mi cercanía. 

En un incomprensible arranque de deseo, puse los vasos de agua sobre la mesita de centro, le agarré la cara con las dos manos y lo besé. Al sentir su piel, al aspirar su olor combinado con el mío, se encendió dentro de mí una pasión desconocida. Él seguía algo tieso, pero a mí no me importaba, yo seguía saboreándolo, deleitándome con las sensaciones que iban despertando en mi cuerpo. Poco a poco fue dejándose llevar también, puso sus manos sobre las mías, entrelazó los dedos con los míos y se pegó más a mí.

Nos besamos largo rato, explorándonos los labios, los dientes; me soltó para bajar las manos a mi cuello, las deslizó hasta mi cintura. Yo le acaricié también el cuello y la espalda con cautela, sabía que estábamos cruzando una línea imposible, un límite inimaginable, pero se sentía tan bien que no quería detenerme.

Como en alguien tenía que caber la prudencia y evidentemente no iba a ser en mí, Antonio me soltó y se sentó. Yo sólo quería desvestirlo y tenerlo dentro de mí; lo encaminé a la biblioteca, cerré la puerta con seguro, bajé la intensidad de la luz y lo llevé hacia su sillón de lectura.

Me puse encima de él, de frente, con una pierna a cada lado de su cuerpo. Intentó decirme algo, pero me quité la blusa y le metí uno de mis pezones a la boca. Él lo succionó y acarició con la punta de la lengua. Su erección se apretaba contra mí a través del pantalón. Le quité la playera. Me encontré con sus músculos bien marcados, con su piel bronceada, con los vellos de su pecho que me invitaban a sentirlo con los senos.

Intentó hablar de nuevo y esta vez lo callé levantándome de golpe y quitándole la ropa que le quedaba. Ante mí apareció su miembro hinchado, señalándome a la cara. Me hinqué y me lo metí hasta la garganta, hasta donde ya no podía llegar más profundo.

—Julieta…

Lo miré a los ojos con una sonrisa. Él me veía con cara incrédula.

—Sí, dime… Antonio…

—¿Estás segura?

—Sí.

Le contesté con la convicción de la humedad entre mis piernas, de mi lengua que ansiaba seguir saboreándolo entero, de toda una vida de desearlo y fantasear con él, de admirarlo.

—¿Tú estás seguro?

Se quedó callado más tiempo del necesario, pero lo comprendí, era normal que se sintiera así, sobre todo porque según lo que me había dicho hacía unos minutos, ya para esos instantes estaba cometiendo incesto. 

14.

Lo abracé otra vez, recordando cuando a los 15 años platicábamos de lo guapo y sexy que nos parecía el papá de Daniela, cómo ella se molestaba, pero al mismo tiempo le daba gusto saberlo deseado. No podía creer que mi fantasía adolescente estaba materializada frente a mí, convertida en ese hombre magnético que hacía hormiguear mi piel y provocaba que mi vagina se contrayera, demandando el momento de sentirlo en cada milímetro de mi interior.

            Se levantó del sillón y volvió a besarme. Puso sus manos en mis senos, del tamaño perfecto para el largo de sus dedos; mi cadera se movía involuntaria hacia él, hasta mis uñas lo deseaban.

            De repente se detuvo, me llevó a la cama. Me puso encima con delicadeza. Abrió mis piernas y me observó toda con una sonrisita amenazante y comprometedora del placer que me hizo experimentar las horas siguientes y que me llevaron a umbrales de felicidad imposibles.

TACONES EN LIBERTAD

1.

Fui a la recámara de Daniela. Le escribí un recado agradeciéndole su amistad y hospitalidad y para avisarle que me iba a mi casa. Antes de salir me asomé a la biblioteca. Antonio seguía dormido, ya con la ropa puesta y tapado con una colcha verde militar. Le di un beso en los labios y susurré “gracias” al oído.

            Esa madrugada, la que pudo ser la más triste de mi vida, mi capacidad de decisión, el hombre milagroso que me penetró por horas y mi lujuria interna despertando del letargo en el que existió mi vida entera me hicieron saber que iba a estar bien, y que aún me esperaban instantes cuyo sino sería la gloria.

2.

Entré a mi casa al amanecer. Al poner un pie en el tapete de la entrada vi por la ventana el horizonte iluminado por una línea de sol y unas nubes flotantes en el cielo azul claro. Me pareció un buen augurio.

            No había rastros de lo que había sucedido en la madrugada, sólo faltaban los floreros y adornos rotos.

            Dante dormía plácidamente en mi recámara. Me enfurecí al verlo ahí tan tranquilo en mi casa después de haberme gritoneado. 

            Agarré las cobijas de una orilla y las jalé con fuerza.

            —¡¡¡¡Qué estás haciendo aquí!!!!!

            Brincó de la cama.

            —¡Mi amor! ¡Regresaste!

            Me abrazó antes de que yo pudiera responder. Me daba besos por la cara.

            —Suéltame, Dante. ¿Qué estás haciendo en mi casa?

            —July, perdóname. Te estaba esperando y me quedé dormido.

            —Lo voy a decir una vez más, Dante. Suéltame.

            —Mi amor, perdóname, no sé qué me pasó, te juro que no va a volver a suceder.

            Me solté con fuerza, y le respondí con más fuerza:

            —Claro que no va a volver a suceder. Ta vas de mi casa ahora mismo, y de mi vida para siempre.

Estiré la mano para entregarle el anillo de compromiso. Él se quedó mudó y quieto, con cara de consternación.

            No, July. Por favor. Piénsalo bien. Dame una oportunidad, te prometo que no vuelvo jamás a perder el control.

            —Me da gusto que no vuelvas a perder el control, pero no voy a ser yo la mujer que compruebe si eso es verdad o no.

            Se hincó a mis pies, agarró mi mano para intentar colocarme el anillo de nuevo.

            —No, Dante. Suéltame. Levántante de ahí y vete de mi casa. 

            —Vamos a hablar, princesa, estoy seguro de que podemos arreglar esto. Yo no soy así, piensa en lo que me has conocido. No quiero perderte.

            —Demasiado tarde, Dante. Lo que se rompió ya no se puede reparar. Es mejor terminar de una vez y no en unos meses o años, ya casados y con más dificultades.

            —Dame otra oportunidad, Julieta.

            Me volví a zafar con brusquedad de sus brazos y camine a la salida de la habitación.

            —Dante, escúchame. Me voy a ir. Quiero que saques todas tus cosas de mi clóset, de mi baño, de mi alacena, de mis libreros. Todas. No dejes ni una. Cuando vuelva quiero que no quede absolutamente nada.

            Me di la vuelta y salí corriendo del departamento. Escuché a Dante pedirme perdón a gritos hasta que llegué dos pisos más abajo por la escalera de emergencia.

3.

¿Quién dijo que por amor tenemos que soportar gritos? ¿En qué momento nos compramos la idea de que necesitamos a un hombre forzosamente para conseguir la plenitud? ¿Con qué derecho te pide otra oportunidad un hombre que te grita y jalonea porque cree que el compromiso o el matrimonio te convierten en una posesión suya?

            Sí. Me dolía muchísimo el final de mi propio cuento de hadas, el saber que sus palabras, promesas y compromisos habían quedado en la posibilidad que no transitaría, que a partir de ese día la historia que escribí para él y para mí era parte de la fantasía, que por un tiempo una parte de mi interior moriría.

            Pero más vale muerta por dentro una temporada, que martirizada para siempre. Por ningún motivo iba a permitir que alguien me hiciera dudar de mis convicciones, de mi fuerza, de mi autoestima: desde el primer grito Dante me perdió para siempre.