Abecedario #cuentos N-R #minificciones

Confusión fatal

“Es que a través de mi espejo retrovisor puedo mirar siempre al mar”, repetía Nuria cada vez que alguien le preguntaba el porqué de su afición por conducir largas distancias en automóvil. Lástima que nadie le advirtió mientras aún vivía, que los espejos retrovisores sirven para evitar accidentes automovilísticos y no para soñar despierta.

 

Ojos

Invitaron a Ofelia un programa de televisión. Se levantó temprano (mucho más temprano de lo acostumbrado). Ducha con dermo limpiador aroma a fresa, cabello acondicionado durante cinco minutos, crema anti arrugas para el rostro, desodorante lavanda. Eligió cuidadosamente su vestuario algunos días antes (adquirió un pantalón nuevo). Con toda calma fue al salón de belleza para alisar su cabello, pagar por un maquillaje perfecto. Lista justo a tiempo.

Las ventanas del automóvil cerradas, el aire acondicionado a la temperatura adecuada. Ojeadas al espejo retrovisor gozando la sensación de saberse viviendo un sueño. Llegó al estudio. Salió a recibirla el asistente de producción. Esperó unos minutos y entraron  al plató.

Correr de maquillistas, el peinador dándole un último ajuste a la cabellera del conductor. Después de una presentación veloz, la sentaron en su sitio. La sonrisa del productor se borró de golpe al escuchar una indicación en el audífono; se levantó de la silla y fue hacia el operador de la cámara uno, que en ese momento enfocaba hacia ella. Ella disfrutaba, al fin iniciarían sus quince minutos de fama. Después de un rato de no saber lo que pasaba, se acercó a ella el conductor, le dijo que no podría aparecer en el programa: por más que modificaron la iluminación, le pusieron filtros a los lentes de las cámaras, modificar el ángulo de su rostro en las tomas, no pudieron eliminar el resplandor que despedían sus ojos.

 

Querido Diario

(Fragmentos del diario de Patricia)

Día 1:

Te dejaré tomar mi mano y hacer una red con nuestros dedos, cuando señales en la calle el árbol más hermoso y yo escuche que sus hojas me hablan en susurros de un futuro común para los dos.

Día 2:

Te dejaré tocar mi espalda a través del suéter cuando, en una tarde fría, mi piel pida a estremecimientos sentir el calor de tu mano extendida.

Día 3:

Te dejaré besarme cuando pronuncies el conjuro adecuado para desatar la magia atrapada en mis oídos.

Día 4:

Te dejaré lamer mi cuello cuando descubras el sabor favorito de mi lengua y me lo traigas convertido en hielo.

Día 5:

Te dejaré arrancarme de un tirón los blue jeans cuando adivines el color de mi ropa interior y seas capaz de convertir sus encajes en listones que cedan ante la destreza de tus dientes.

Día 6:

Te dejaré abrir mis piernas cuando me cuentes sin hablar tu secreto más oscuro, sólo con el diálogo de tus labios y los míos.

Día 7:

Te empaparás en mi vientre cuando te vuelvas indispensable para mis pensamientos. Sólo así sabrás lo que es habitar en el paraíso.

 

Ironías involuntarias

Queila vio a su marido con la amante. Caminaban de la mano por la banqueta de una colonia lejana. Los siguió hasta el semáforo, pero su esposo levantó la mano, se subieron a un taxi y desaparecieron entre el tráfico de las dos de la tarde.

Se quedó ahí parada, entre vendedores ambulantes, niños de la calle y transeúntes inocentes. No sabía si llorar, reír a carcajadas, o regresarse a la habitación del hotel de donde acababa de salir.

 

Deportes extremos

Debajo de la falda Rosalía esconde el premio para el explorador que venza los obstáculos del dolor con el que vive. No empieza con C de clítoris ni con V de vagina; empieza con A de aventura y tal vez con P.

Debajo de la falda Rosalía guarda una colección de lenguas, un manojo de dedos, y la memoria de gemidos en diferentes tonos.

Debajo de la falda Rosalía tiene una buena colección de orgasmos: cada tres noches llega un invitado que deja su foto autografiada en la pared de sus trofeos.

 


*Estos minicuentos fueron publicados en el libro Con las alas grandes, en 2014.

*En la foto: la hermosa fuente de la Plaza de España, en Sevilla.

Abecedario. Cuentos A-H #minificción

Leer: no para ser más cultos o parecer más inteligentes.

Leer para ser más humanos, o parecerlo.

MSI

 

Nadie sabe para quién trabaja

Por más que Aurora, de niña, amara los disfraces, su mamá no la dejaba usarlos; le parecían fantasías estúpidas. En las fiestas infantiles veía desfilar Cenicientas, bomberos, mariposas; lo más que podía hacer era pedir prestado un atuendo cuando su madre se iba, y no olvidarse de devolverlo unas cuantas horas antes de que la celebración terminara.

A los 22 años empezó a vestirse de policía, de enfermera, de mucama, claro, a escondidas; era adicta a saberse el centro de las miradas al caminar por la calle.

Un día su mamá tuvo un accidente, y murió. Cuando en la funeraria le pidieron que llevara una muda de ropa para vestirla, Aurora les entregó un vestido de princesa.

 

Tiempos mejores

Beatriz se mira en el espejo de la sala todas las noches. Con un plumón dibuja las nuevas arrugas sobre el cristal. A veces las marcas de su vida son trazos hacia arriba, como sonrisas; en ocasiones son líneas hacia abajo, o rectas, cuando termina la jornada sin emoción. Una mañana, mientras la luz del sol inunda la estancia, Beatriz se asoma al espejo. Lo que ve la deja atónita: es una obra de arte.

 

Obsesión Incendiaria

Carola tenía obsesión por las ollas. No le gustaba cocinar, pero las cacerolas, sartenes y comales le parecían utensilios de una belleza arrebatadora. Su favorita era la olla chifladora, le encantaba llenarla de agua, ponerla al fuego, esperar y al fin, escuchar el glorioso silbido de vapor. Su esposo la amenazó con irse si compraba una más, pero ella no pudo evitarlo y las escondió abajo de las camas de los niños, hasta que el mango de una parrilla la delató y el marido cumplió su promesa.

Carola, desesperada por la incomprensión del mundo hacia su mirada estética, encendió el horno y se metió dentro. Todos se enteraron cuando los bomberos determinaron la causa del incendio.

 

Una serie de eventos desafortunados

Damiana vivió siempre según el significado de su nombre, era salvaje, segura, dominante. Tal vez demasiado: no había hombre que no la deseara ni mujer que no sintiera por ella esos celos mortales que suelen sentir las mujeres y que en más de una ocasión se han podido constatar. Desde que tuvo uso de razón supo que sería modelo y que se convertiría en un icono de la belleza. Así fue durante más años de lo que cualquiera hubiera podido humanamente lograr. Hasta que un día el tacón roto provocó el tobillo doblado que dirigió al cuerpo hacia el ángulo equivocado del borde de la pasarela terminó con el encanto.

 

Fantasía inoportuna

El hijo le preguntó cómo meten a los niños en las mamás. Eunice guardó silencio unos segundos para pensar bien la respuesta, pero no contestó: se quedó distraída recordando el camino a su orgasmo de ayer.

 

Despertares Húmedos

Fabiola creía en los unicornios, en las sirenas y en los príncipes de sus libros infantiles. Cuando supo que eran seres imaginarios se puso muy triste. Ya de adulta, a pesar de sentirse defraudada, aprendió a vivir en la realidad. La otra noche soñó que se había convertido en sirena y su príncipe azul llegaba por ella para huir juntos cabalgando en un unicornio tornasol. Despertó. Al abrir los ojos se dio cuenta que el agua del mar todavía chorreaba por sus piernas.

 

Brillo

Genoveva perdió su trabajo, la abandonó el marido, metieron preso a su hijo, y de todas formas, estrena a diario un brillo en los ojos distinto: lo compra en infomerciales en las noches de insomnio.

 

Correr el riesgo

Sonrió al principio de la caída libre. El viento en las mejillas, en el cuello, rompiendo un poco los labios, las comisuras de la boca, provocando un dolor placentero. Por fin Helena había logrado el sueño de varias vidas; por fin sabía lo que piensan los pájaros en pleno vuelo. Nadie le dijo que las alas se usan bajo el propio riesgo. Y esa madrugada no se abrió su paracaídas.

 


*Estos cuentos forman parte del libro Con las alas grandes, que publiqué hace cuatro años con dos amigas-hermanas-cómplices: Ylianna Mercado y Fabiola Andrade.

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