Brujas literarias #LibrosQueMeGustan

Existen libros sobre libros, libros sobre escritores, libros sobre la obra de los escritores, libros de conjuros… pero también existen conjuros en libros. Ese es el caso de Brujas literarias, un libro de Taisia Kitaiskaia y Katy Horan.

Brujas literarias es un aquelarre de papel y tinta en el que convergen 30 escritoras por medio de una pequeña reseña biográfica. De Norte a Sur del mundo, de Oeste a Este y una fusión de líneas temporales, en pocas páginas el lector encontrará los rasgos de personalidad y experiencia de las autoras seleccionadas, que van desde Emily Dickinson, hasta María Sabina; desde Safo, hasta Yumiko Kurahashi.

Si bien los capítulos son en extremo cortos y te dejan con ganas de más, este tomo es una excelente opción para quien desee conocer la obra de mujeres, quienes, no es secreto, habían sido menospreciadas como creadoras hasta hace poco tiempo. Al final de cada uno vienen algunas lecturas recomendadas de cada una para empezar a leerlas.

Por ser una obra que provoca curiosidad, Brujas literarias es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

Matinal

Dos dedos en mi vagina. Desperté. Su nariz rozaba la mía. Arqueé la espalda. Sonreí. Metió la lengua entre mis dientes. Mis pezones perforaron el vestido. Las bragas recibieron una ola súbita. Gemí. Dormía en la sala. La fiesta de anoche me dejó moribunda. Reviví del sueño para morir de nuevo. Para convertirme en géiser, en vencedora y trofeo. Los pies en punta. Satín en los muslos, las rodillas, los tobillos, el piso de madera. Fauces que bucean. El vestido trepa y se fuga. Palmas en las tetas. Saliva en el ombligo, en la línea de la vida. Entre los pechos. Areolas en pugna. Voz que rebota en las persianas. Vértice abierto, cadera oscilante. Remo en el agua. Ojos bien abiertos. Ascenso y descenso en gol pe te o. Palmas de las manos en respaldo. Rodillas en la piel del sillón. Ofrenda a la estatua que penetra un río subterráneo para clavar su bandera en territorio conquistado que conquista al conquistador.

Or
gas
mos
en
grito.

Adicción a las sustancias de tu cuerpo.

Confesionario erótico de una libidinosa irredenta

1.

Soy una mujer excepcionalmente lúbrica. Me gusta el sexo desde muy joven. El reconocimiento al deleite que me causa inició como lo mejor de la vida: por azar. Tenía 12 años. Clase de educación física en la secundaria. El colegio se inscribió en el concurso interescolar de baile y tres días de la semana daban clases especiales de danza a las adolescentes seleccionadas, entre ellas yo.

La escena se desarrolló en el gimnasio. Dieciocho niñas acostadas en el suelo. Yo vestía los shorts del uniforme de deportes. Llegó la hora de las abdominales para fortalecer el bajo vientre. La maestra gritaba enérgica: Uno, dos, tres, cuatro. Estiren bien las rodillas. Cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. No se detengan. Doce, trece, catorce. La que pare va a tener que iniciar de nuevo. Quince, dieciséis, diecisiete. Muy bien, ¡sigan así! Dieciocho, diecinueve. En el veinte mi audición se redujo como cuando en carretera cambias de altitud intempestivamente. Veintiuno. Veintidós (léanse con un sonido sordo y un suspiro ahogado en medio). Veintitrés y el lugar donde algunas veces había cólicos menstruales se contrajo con un impulso dulce que una triada de segundos después se liberó, dejando a su paso una humedad copiosa en el puente de algodón de mis calzones de púber. Las uñas clavadas en el suelo. Los ojos cerrados. Las rodillas se estiraron fuerte y luego se fueron doblando lento. Los pies en el piso. El ¡Mónica, empieza de cero! La sangre trepó a mi cara. El volumen habitual volvió a mis oídos. Perdí la cuenta de abdominales y me estiré como estrellita de mar sobre las tablas. 

Esa mañana en el salón de gimnasia de la secundaria hallé una de las pistas del rumbo que habría de tomar mi vida, y claro, inició mi adicción al abdomen plano.

2.

Me decidí por la literatura erótica porque los libros y el sexo son lo que más me gusta, así que tenerlos juntos me resulta, por decir lo menos, orgásmico. Cualquier mediodía de cualquier época del año me sirvo un café, un tequila o un vodka tónic y me siento frente a la computadora a narrar una fantasía o un recuerdo delicioso. Lo primero que me asombra es la cantidad de universos que pueden crearse en las setenta y ocho teclas de mi ordenador rosa con pantalla retina de once pulgadas, mi pequeño capricho de escritora con pocas manías y una estabilidad mental y emocional inusitada para un artista. El segundo asombro proviene de la vista que miro desde mi ventana: un panorama mitad cielo, mitad síndrome de acumulación compulsiva de edificios, avenidas y jacarandas que es capaz de inspirar hasta al más insensible.

La secuencia acontece, teclazos más, minutos menos, así:

Los personajes, un hombre o una mujer, o tres hombres y una mujer, o dos mujeres y seis hombres, se ubican en un escenario que puede irse transformando conforme avanza el relato; cuando confeccionas una historia hay una gran posibilidad de que adquiera voluntad propia y el sorprendido sea quien se creía, Vicente Huidobro dixit, un pequeño dios.

En la narración de hoy habrá solamente una ella y un él. Ella cierra la puerta de la habitación con seguro. Se acerca a él, que la espera de pie junto a la cama. Se abrazan. Las manos de ambos viajan hacia las nalgas mutuas; los labios hacia los labios del otro. El beso es de lenguota, de esos que hinchan la boca y te dejan como Angelina Jolie. La blusa de ella y la camisa de él se desvanecen. Los torsos desnudos. Braguetas de los pantalones abiertas. De la de ella se escapa un calzón rosa fuerte de encajes delicados; de la de él unos boxers negros de gran resorte con las letras de una marca de ropa cómoda y cara. Los dedos de él muy abiertos aprietan las tetas de ella; los dedos de ella el pene erguido. Los pantalones se disipan. Él le quita los calzones a ella. Ella le quita los bóxers a él. Él la pone de espaldas, el tórax de ella se inclina hacia la cama, se sostiene con los brazos semiflexionados. Él le acaricia la espalda, el coxis, la cadera. Ase fuerte los costados de ella. Coloca el glande en la vulva. Se introduce lento. Ella cierra los ojos, sonríe leve, la separación de los labios suficiente como para que pueda escabullirse la rebeldía de un gemido.

En plena acción erótica en comunión de mis huellas dactilares en el teclado, las imágenes que se suceden en mi mente, la perspectiva de lo que causará el cuento en quien lo lea, de repente siento un hormigueo en el pubis, percibo un escurrimiento difícil de explicar con palabras en las paredes de mi vagina. Una de las dimensiones de mi mente desea seguir escribiendo hasta la extenuación, pero otra desea levantarme de la silla, encaminarme hacia el sillón de la sala o mi recámara y terminar con los dedos lo que inicié con el cerebro. Si no tengo prisa gana la segunda. Ya bien autoatendida regreso a concluir también lo que dejé iniciado.

Varias veces me han hecho una misma pregunta, dado que los creadores en su mayoría son propensos a consumir sustancias psicotrópicas.

            —Mónica, ¿qué te metes para escribir?

            —Hombres.

El libro de la imaginación #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura voy a recomendarles uno de esos libros que compro cada vez que me encuentro y he regalado incontables veces, por eso el ejemplar que tengo en casa siempre está nuevo, aunque lo descubrí allá por 1998: El libro de la imaginación, compilado por el editor, cuentista y periodista mexicano Edmundo Valadés.

Esta pequeña antología fue publicada por primera vez en 1976 y para 2012 ya se había reeditado 19 veces. Cuenta con más de 400 ficciones breves de autores de diversas épocas, ideologías, sexos y talentos, que van desde Julio Cortázar, Plutarco, Gabriel García Márquez, James Joyce, Diderot, Franz Kafka, Marcel Proust, José Gorostiza, hasta tratados y máximas tradicionales, y muchos, muchos más.

Está dividida temáticamente en secciones como Enigmas, Algunos sueños, Retozos, De magia y magos, Humor negro, Zoología quimérica, Epitafios, Proposiciones, etcétera y lo recomiendo porque es una verdadera delicia entrar en sus páginas y en solo unos minutos sentir miedo, lujuria, asombro y por qué no, soltar una que otra carcajada.

Por ser uno de mis libros-hallazgos favoritos, El libro de la imaginación, de Edmundo Valadés es mi recomendación de esta semana de #LibrosQueMeGustan.

El libro de la imaginación

Vivir Adrede #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura voy a hablarles de una joyita del escritor uruguayo Mario Benedetti, uno de los más populares de América Latina: su libro Vivir Adrede, un conjunto de breves ensayos que es una muestra de la sabiduría que el ser humano adquiere conforme transita por la vida.

En textos muy breves y contundentes divididos en Vivir y Adrede, esta obra nos cuenta en prosa que roza la poesía el punto de vista del autor acerca de cosas, objetos y asuntos varios, tales como el miedo, fulgores, sobre suicidios, los dioses y hasta picazones y rascacielos. Cada uno es entrañable por su equilibrio entre los suspiros y las risas que provoca en el lector.

Al final encontramos 83 “Cachivaches”, aforismos e historias de apenas unas líneas con el mismo toque de solemnidad y humor que los hace inolvidables, como “Los ascensores suben al décimo piso y luego vuelven a planta baja, pero nadie los llama descensores”.

Porque para mí fue un hallazgo y mucho deleite Vivir Adrede, de Mario Benedetti es mi recomendación de esta semana en #LibrosQueMeGustan

Abecedario #cuentos S-Z #Minificciones

¿En qué momento?

Desde que le cedió el paso para entrar al estudio, el fotógrafo quiso poner cada una de sus manos en las nalgas de esa mujer de estatura baja, pero curvas pronunciadas. Se saludaron sin desviar la mirada uno del otro, mientras una corriente eléctrica recorría todo el espacio, provocando que ambos que quedaran en silencio por unos segundos.

-Puedes cambiarte en ese cuarto, te maquillas y peinas mientras me cuentas tu idea -dijo él, abriendo una puerta de metal con una ventanita en la parte superior.

Susana cargó su maleta y moviendo la cadera exageradamente, se metió en la habitación.

Era un lugar chico, tenía un tocador, una silla y una mesita baja. Encendió las luces del espejo y empezó a sacar sus vestidos. Quería unas fotografías elegantes, le recomendaron a Jacobo por su talento para encontrar el mejor ángulo de cualquier persona. Ella nunca se sintió especialmente guapa, pero estaba harta de estar soltera cuando la mayoría de sus amigas, hasta las que estaban feísimas de verdad, ya tenían marido, o estaban en vías de tenerlo.

Terminó de vestirse y, bolsa de cosméticos en mano, salió al encuentro del fotógrafo.

Rímel, blush y lipstick después, comenzó la sesión. Vaya que a ella le parecía sexy el hombre detrás de la cámara, tenía una manera de moverse tan sugerente, que de repente se sorprendió jadeando bajo el influjo de la lengua experta que besaba sus labios, y no precisamente los del rostro.

 

¡Sorpresa!

Hace muchos años, cuando sus amores eran estúpidamente dolorosos, Teresa guardó en un rincón del armario el sentimiento desenfrenado e inconmensurable que tenía hacia David, su prmer novio. Hoy, empacando cajas para mudarse a su nueva casa, tres días después de la boda y más de diez novios después, se lo encuentra: no tiene encima ni una mota de polvo. Lo mira durante varios segundos y toma una decisión.

Al siguiente día y por correo certificado, David recibirá un paquete misterioso en la puerta de su casa; abrirá la caja y un gemido lo golpeará en la boca del estómago.

 

Perdonar

Úrsula lloraba lágrimas que al chocar con cualquier cosa se convertían en corazones. Lo descubrió la tarde que su primer novio la cortó, a los 13 años, y desde entonces decidió que no volvería a amar nunca, porque así no lloraría de nuevo.

Muchos años después, cuando murió su padre, Úrsula inundó la casa con martillos negros que brotaban dolorosamente de sus ojos.

 

Alas

Verónica es valiente. Odia que la etiqueten de amazona o guerrera, o que la etiqueten con cualquier otra palabra. Monta a caballo, ama a los perros, tiene el universo escondido en las pupilas y es la mamá de una niña y un niño que viven entre la fantasía y el viento que baja de las montañas. Ella no lo sabe, pero fue elegida por los más antiguos dioses para sembrar la tierra de esperanza.

 

Fantaseando

Una cosquilla todo menos incómoda la despierta en la madrugada. Soñaba con ese hombre canoso de traje carísimo, cuando un conato de orgasmo la arranca de la ejecución fantasiosa de sus deseos. Es así como Wilma descubre, a los 16 años, que siente las mariposas en lugares más interesantes que el estómago.

 

Algo así como Blanca Nieves

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este mundo?”

-Es Nicole Kidman.

Entonces, Ximena recapitula:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este país?”

-Es Salma Hayek.

Intenta de nuevo:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta ciudad?”

-Es Anahí, la esposa del gobernador de Chiapas.

Un poco frustrada, pregunta otra vez:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta colonia?”

-Es Elia Rubio, la de la casa 24.

Con la esperanza un poco destrozada, vuelve a indagar:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta calle?”

-Es Estefanía López, la de la camioneta de atrás.

Decidida a no fallar, con media sonrisa en la boca cuestiona:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este automóvil?”

Pero mejor no espera la respuesta. Arranca de tajo el espejo retrovisor y lo estrella contra el pavimento.

 

Más que magia

Ylianna tiene afición por los laberintos. Camina en ellos, pero hace trampa porque de vez en cuando vuela y encuentra la salida. Es alquimista: capaz de convertir las lágrimas en sonrisas y sus palabras cambian la vida de las personas. También trae un costurero de primeros auxilios en la bolsa, con él remienda los baches del camino. Tiene un par de alas grandes en la espalda hechas de aire fresco que se llevan muy lejos a los espíritus bromistas y chocarreros.

 

Voyeur

La casa de Zoe es luminosa como ojos de mujer enamorada. Tiene un ventanal con vista al cielo y una jacaranda de flores traviesas, testigos de cómo su cuerpo tiembla con el recuerdo de ayer.

Él la mira desde el vértice de sus piernas, justo a esa hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. La saborea, busca en bordes y hendiduras provocar la marejada que le hará gritarle “te amo” mientras entierra las uñas en su pelo.

Intenta mantenerse en silencio para escuchar la danza de la lengua; provoca que el pubis se levante de la cama y succiona hasta que no puede contenerse y le empapa la sonrisa.

Despierta. El cierre abierto del pantalón y los dedos metidos en su ropa interior la delatan.

Está lista para continuar la fantasía cuando mira hacia la calle y el vecino aplaude desde su ventana. Cierra las cortinas, pero se arrepiente y vuelve a abrirlas: esta vez con una reverencia exagerada y besos al aire.


Cuentos publicados en el libro Con las alas grandes, en 2014.