Tus mujeres de mis orgasmos #autoentrevista

CELOS Y ORGASMOS

Tus mujeres de mis orgasmos surgió de una de mis más significativas contradicciones: la libertad de espíritu y los celos.

Me explico: crecí, como la mayoría de las personas de mi generación, las previas y algunas posteriores, con la idea de que el único esquema de relación era la monogamia: un hombre y una mujer. Más adelante, a los 20 años, gracias a uno de mis mejores amigos de la época, descubrí que también existían las relaciones homosexuales (en mi casa no se hablaba de eso, simplemente no existían) y entonces la visión de la monogamia se expandió a mujer con mujer y hombre con hombre, cada uno con su cada cual. Nada más uno, eso sí.

Desde mi primer novio, a los 14 años, mi constante en las relaciones fue empezar con el siguiente novio mientras aún seguía con el anterior. En esas infidelidades había un enorme componente de placer y satisfacción, pero también uno gigante de culpa, me sentía descompuesta de algo, y esa percepción de ser defectuosa hacía mella en mi autoestima, en mi alegría, en la calidad de mis relaciones, dirigiéndolas más hacia el conflicto, que hacia el gozo. Como eran novios no me parecía tan grave, cuando me casara sería diferente.

Además, no conocía los celos. No en mí.

Los conocí ya casada, al descubrir la primera infidelidad de mi esposo. Debo decir que me lo merecía, al único novio que no le puse el cuerno fue al del kínder, a los demás los reemplacé por otro, incluso a mi exmarido, a una velocidad sorprendente.

Me divorcié por infiel. Desde entonces reconocí que eso de la fidelidad no era lo mío, y no la deseaba más. En ese contexto inicié una relación con un hombre igual a mí.

El detalle fue que de pronto, el saberlo con otras me detonó todas las inseguridades del mundo. Yo era muy feliz cogiendo a diestra y siniestra, pero si él lo hacía, me enojaba; así supe que esa sensación de sudor frío, palpitaciones aceleradas, verborrea mental e insomnio irracional se llamaba celos.

Y yo, la mujer segura de sí misma, dueña de su amor propio, estado de ánimo y destino, se convirtió en lo que juró destruir.

Hasta una tarde, mientras el sujeto de mis celos y suspiros se entretenía con la lengua en mi coño yo exploraba fantasías para potencializar las sensaciones de mi clítoris con la imaginación, y me permití crear en mi cerebro una imagen de él con otra mujer.

El resultado fue un orgasmo extenso, alargado y abismal, y así fue como descubrí que hasta los celos podían ser juguetes, herramientas, dispositivos abstractos para mi placer.

De esos ensueños surgió Tus mujeres de mis orgasmos, y aquí es donde confieso que las historias contadas son ficciones con mucha, pero mucha relación con mis recuerdos y la realidad.

El libro está escrito en segunda persona para ser yo quien te cuenta la historia en dos presentes simultáneos, el de la realidad y el de la fantasía, por eso si escaneas el código QR al inicio de la historia apareceré en tu celular leyéndotela al oído. ¡Viva el placer!

Mónica Soto Icaza


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PORTADA TUS MUJERES DE MIS ORGASMOS

Tus mujeres de mis orgasmos

La vida de algunas personas es como una película porno con cortes para dormir, comer y trabajar. En Tus mujeres de mis orgasmos, que es libro y experiencia en realidad aumentada, los protagonistas están juntos en un amor adúltero y delicioso; unidos por el placer, regidos por el deseo: la casualidad actuó a favor de su lascivia en común en una noche cualquiera para tomarse de las manos y de todos los espacios de piel disponibles en el cuerpo. Esta novela breve es un diario íntimo hacia las fantasías de Ella mientras Él le hace el amor con la lengua. Mónica Soto Icaza lee al oído la historia más intensa, explícita y erótica que ha escrito para continuar desafiando conceptos como el amor, la monogamia y la libertad.

190,00 MXN

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Fotografía del post: Li Oñate

Fantasías #cuento #ficción

El otro día formada en la infernalmente larga fila de la caja del supermercado, me puse a platicar con la señora que esperaba atrás de mí. Prefiero hacerle plática a la persona que está detrás de mí en las filas y no adelante, porque luego tienen que irse con prisa y me dejan con la conversación a la mitad. Y no lo soporto.

Ignoro en qué momento llegó el punto en que ella me preguntó a qué me dedicaba. Es extraño que en un lugar como ese, a las 12 del día, quien esté en la fila no sea un ama de casa, así que la pregunta me tomó un poco por sorpresa, pero de todas formas no tenía nada mejor en qué dedicar mi tiempo, y continué con la conversación.

Le respondí que soy ama de casa y escritora de libros de sexo, pero de sexo bien, no de esas ridiculeces de “erotismo”, que te deja caliente, pero no enseña nada, sino de algo parecido al porno, para que las señoras ganosas y con maridos que no las pelan fantaseen a gusto y recuerden cuando se las cogían todo el día con sus noches.

Me preguntó muy interesada cómo me inspiraba para mis historias, así que le conté que mi problema al escribir novelas es que las abandono para ir a mi cama a masturbarme y tener un orgasmo. Como en este momento en que cuento la historia del súper, una capa de pensamiento rebelde de mi cuerpo me insiste en dejarlo, poner la computadora en hibernación y levantarme a la cama. Total, ¿qué tanto me puedo tardar? “En cinco o diez minutos seguramente ya estarás de vuelta”. Es difícil ignorarla, sobre todo mientras esperas a que den las 2:30 de la tarde de este miércoles en el que veré a mi amante y nos revolcaremos sobre su impoluto edredón gris que ha tenido que mandar a la tintorería más de una vez por la abundancia de mi entrepierna.

Y así es como intenté cambiar de tema, pero ahora mi vagina hormiguea, haciendo equipo con aquel nivel de pensamiento alterno que quiere que me levante de la silla, vaya al baño a lavarme las manos, me quite la ropa interior y me acueste con las piernas abiertas sobre la cama, para con una mano abrir mis labios vaginales y con la punta de las yemas de los dedos acariciarme el clítoris, mientras con los ojos cerrados imagino cómo me la mete cada uno de los hombres con quienes he estado…

Miguel desliza las manos debajo de mi pantalón en un coche en movimiento. Su amigo, que conduce, intenta mirar hacia el asiento trasero, que ocupamos Miguel y yo, y yo estoy acostada en las piernas de Miguel, veo a través de las ventanas pasar los puentes, el cielo azul y las nubes. Estiro las piernas, inundada de deleite, mis nalgas se endurecen, siento cómo se me contraen hasta los dedos de los pies. El Grand Marquis negro modelo ochenta y cinco se convierte en mi cama de edredón café y cojines de colores…

Pero decía que le contaba a la señora curiosa que cuando escribo novelas de sexo tengo el problema de que me tardo mucho en terminarlas porque mi cuerpo de inmediato me pide un orgasmo. Como otra vez me está sucediendo en este instante, pero ahora sí no pienso hacerle caso, me debo ir en un cuarto de hora y quiero terminar de escribir esto antes de marcharme. “Te tardas menos de cinco minutos”, insiste mi clítoris, y aunque me muero de ganas de hacerle caso, mejor sigo contando la historia de la mujer en el súper. Me encanta tener las piernas abiertas y a un hombre entre ellas. Amo que me penetren con la lengua, con los dedos: si fuera algo malo o prohibido, definitivamente Dios no hubiera hecho el sexo tan rico.

Cuando eres una escritora de sexo parece que traes colgado del cuello un letrero de “se solicita individuo para coger”, supongo que lo despierto de tus hormonas pasea a las narices de los demás, despertando un deseo inexplicable, pero que no puede esperar.

Estábamos en ese punto de la conversación cuando me tocó pasar al fin con mi carrito de supermercado a la caja. Mientras ponía los artículos que llevaba en la banda que los lleva a las manos de la cajera, notaba que la señora no despegaba sus ojos de mi cuerpo. Yo volteaba disimuladamente a verla, y ella desviaba la atención a otro lado, pero era indudable su atención en mí.

Terminé de poner todo, la cajera terminó de pasar las cosas por el lector de códigos de barra; cuando me dijo el total y yo saqué mi cartera para pagar, la conversadora se adelantó y pidió que le cobraran mi cuenta a ella.

La miré para decirle que se lo agradecía mucho, pero no tenía por qué hacerlo, y en el instante siguiente ya la tenía a milímetros de mí. Me besó. Debo confesar que me resistí como un segundo, y después le devolví el beso. Ella me puso las manos en las nalgas, y un segundo después, también yo ya tenía las manos en las suyas. Las personas a nuestro alrededor murmuraban, pero a nosotras no nos importaba. Empezamos a quitarnos la ropa, como ambas traíamos vestido no fue difícil terminar con las tangas en las manos. Me agarró de la cintura y de un golpe me puso sobre la banda que avanza para poner las cosas en las manos de la cajera, y metió la cabeza entre mis piernas. Me acarició la vulva con la punta de la lengua mientras con las yemas de los dedos frotaba mi clítoris. Manaba un caudaloso torrente de mi entrepierna, y aunque mis ojos insistían en cerrarse para disfrutar, decidí mantenerlos abiertos para no olvidar jamás las trenzas de esa mujer rebotando con la piel de mis muslos.

Obviamente otras personas que andaban por ahí se excitaron con tal escena, y de repente, ya tenía al gerente de la tienda succionando uno de mis pezones, y al anciano que metía las compras en las bolsas lamiendo el otro. La policía de la entrada se acercó también y me besaba, al tiempo que un señor que quién sabe de dónde salió, le quitó el vestido a la que me hacía sexo oral y la penetró con tanta fuerza que tuve el segundo orgasmo de la mañana.

Mi problema al escribir historias, de abandonarlas para masturbarme y tener un orgasmo otra vez hizo de las suyas, ya son las dos, me tengo que ir con mi amante, y yo no pude terminar de contar la historia de lo que sucedió en el súper el día que esa señora me preguntó a qué me dedicaba. En fin, de todas formas la realidad no era tan interesante.

Ya será en otra ocasión.


Este cuento forma parte de mi libro de cuentos Grab my pussy!

Departamento 508 #cuento #ficción

Estiró el brazo para presionar el timbre del departamento 508. Antes de dejar impresas las huellas dactilares en el pequeño botón redondo que antaño fuera blanco y hoy es color mugre, un grito femenino de placer desaforado lo hizo dar un salto hacia atrás. Algún vecino despistado dejó mal colgado el interfón.

¿Ves? Te dije que te iba a gustar… Quiso presionar de nuevo el botoncito percudido, pero las instrucciones de esa voz masculina, profunda como un trueno en tormenta eléctrica, provocaba que su dedo temblara. Ponte de espaldas, abre las piernas, métete un dedo en el coño.

Se le hacía tarde para llegar al departamento de su novia, pero no podía dejar de escuchar al de la voz gruesa como bajo en un blues, que cuando calló dio paso al sonido de un golpe acuoso que percibía a través de la bocina y le provocó una erección. Empezó a salivar, sintió cómo sus pupilas crecían sin restricción en el iris.

Siguieron las instrucciones: frótate el clítoris, métete el vibrador. De la voz femenina no había ni rastro. La necesidad de frotarse el miembro por lo intenso de la cogida monumental que escuchaba lo decidió al fin a tocar el botón de su departamento destino, el 508, lo que hizo con el dedo no tan erecto como lo que presionaba dentro de su bragueta; a fin de cuentas ahí estaba su novia y podría desfogar la lujuria que los vecinos irresponsables le habían provocado.

Escuchó un correr presuroso sobre el piso de madera, jadeos de prisa, algunas risas algo ahogadas, un portazo, y finalmente, el “¿Quién es?” de esa voz que él tan bien conocía. Sus piernas adquirieron entonces cualidad de piedra, misma que desapareció de su pantalón y adoptó también el órgano de su cuerpo encargado del raciocinio y los sentimientos, hasta que un hombre con rostro sonrojado y voz de tenor le pidió permiso para salir del edificio.

El chisme con Galletitas de Mónica Soto Icaza. Por Inés Récamier

Uno de los mejores chismes que he leído, tan intrigante que no lo solté hasta haberlo terminado. Treinta y cinco mujeres han sido invitadas al lecho de muerte de Salomón Andrónico, un hombre cuyo apellido nos incita a pensar en un ser andrógino. Y sí, porque a pesar de que Salomón no sea hermafrodita se beneficia de una femineidad que le facilita comprendernos —y conquistarnos—a muchas de nosotras: treinta y cinco para ser exacta.

Un montón de amantes seducidas de distintas formas; algunas de ellas han sido traicionadas, otras le guardan lealtad y agradecimiento y, por supuesto, no falta quien le odie. El mito de guardarnos para el hombre perfecto se destruye en este relato. Cada mujer cuenta una historia. Cada encuentro transmite diferentes sensaciones. Mónica tiene una pluma que describe con certeza la naturaleza de cruces inesperados, relaciones comprometidas y noches de esparcimiento. Su estilo es refinado y excitante. Las voces de sus protagonistas tienen personalidad y rostro. A través de ellas Salomón también se perfila, confirmando que no existe lo bueno ni malo, solo un hombre disfrutando al máximo su vida hasta el día en que sufre un derrame cerebral y todas ellas son invitadas a un último beso, única despedida, y las Galletitas que son importantes —porque hay para todas—.

Inés Récamier

Galletitas para un funeral #libro #novela #ficción

Un mensaje enigmático. Una esposa con mucha creatividad. Un hombre y 35 mujeres, pero no cualquier número de mujeres: mujeres con las que ha hecho el amor. Podría ser el sueño erótico de un maestro seductor y, sin embargo, también podría convertirse en el inicio de una pesadilla.

Parte del asunto de escribir una novela es qué historias quieres contar, y parte es cómo quieres contarlas. Desde hace unos diez años sabía cuál sería el hilo conductor para una posible narración (no lo cuento aquí porque arruino la sorpresa del final), pero después de empezar a escribirla varias veces y abandonarla el mismo número de intentos, decidí alojarla en ese sitio del pensamiento al que se van las ideas que necesitan madurar desde el inconsciente.

Hasta enero de 2019. Así como cuando conoces a la persona exacta en el momento preciso y resulta ser el amor de tu vida (o uno de ellos), así la empecé a escribir.

Estaba en un hotel de París, sin computadora y con el dueño de mis suspiros, cuando los distintos personajes (o las distintas personajas) empezaron a dictarme sus historias… fue así como surgieron las 36 mujeres y un hombre que dan vida a Galletitas para un funeral: con la fuerza de aquellos diez años acumulados en mi cabeza, que, sin titubeos y a una velocidad sorprendente, fluían entre la pluma y la hoja de papel.

Escribí durante nueve días, entre carcajadas, fotos en el Pont des Arts, más aviones, otras ciudades, transportes por tierra, dos libretas, tres plumas, muchas emociones, conversaciones para matizar la historia y quienes la contaban. Hoy confieso que cuando camino por la calle me voy encontrando a mi Salomón, Nadia, Lucía, Paola, Lourdes y otras más, ya sea hablando por teléfono, tomándose un café o simplemente esperando a que el semáforo se ponga en verde para cruzar hacia la otra acera.

Galletitas para un funeral es antes que nada una comedia. Es también un homenaje a todas las formas femeninas de amar. En ella exploro cómo la percepción cambia la experiencia que acumulamos en los recuerdos, cómo una misma persona puede ser tantas personas, dependiendo del marco de referencia del interlocutor; algo así como que nadie lee el mismo libro, aunque lea el mismo libro.

La novela cuenta la vida de un matrimonio: Nadia y Salomón, él un famoso actor de cine, ella una brillante economista, quienes desde el inicio de su relación decidieron incluir a otros compañeros sexuales. Los personajes principales no hablan jamás con su propia voz: son las mujeres con las que se acostó Salomón las que cuentan su versión de los hechos, por lo que la trama está plagada de amor y odio, de sexo y erotismo, de decepciones y sucesos gloriosos.

Escribir para mí es un acto de deleite, apenas comparado con la alegría que me causa que alguien lea y se emocione con mis historias. Gracias por ser mi cómplice y gozar conmigo de esta increíble aventura.


Puedes adquirir el libro impreso, con dedicatoria y enviado hasta la puerta de tu casa u oficina aquí:

Galletitas para un funeral

Un mensaje enigmático. Una esposa con mucha creatividad. Un hombre y 35 mujeres, pero no cualquier número de mujeres: mujeres con las que ha hecho el amor. Podría ser el sueño erótico de un maestro seductor y, sin embargo, también podría convertirse en el inicio de una pesadilla. Mónica Soto Icaza, la autora de Tacones en el armario, regresa a la carga con una historia de fino erotismo y sutil sentido del humor. Lea usted esta novela bajo su propio riesgo. “Cuando empecé a leer “Galletitas para un funeral” debo confesar que me excité, pero al terminarlo ya estaba profundamente aterrado.” Sergio Sarmiento

MX$210,00

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Gesta carmesí #cuento #ficción

Una no se convierte en leyenda sentada en la sala de la casa con una taza de té de tila en las manos. Una se convierte en leyenda con ampollas en los pies, con los dedos curtidos por las texturas del fuego; por el rango, entre terrible y sublime, de las imágenes que penetran por los ojos.

La mancha rojo intenso en las sábanas blancas por sí sola no hubiera significado nada, sin esa forma confeccionada por los pequeños coágulos que expulsó su vagina durante las horas de sueño. Sintió la masa viscosa en la entrepierna antes de hacerse consciente de que había despertado. Agarró una orilla de las telas de diferentes grosores que la cubrían, con el sentimiento de fastidio previo a saber lo que encontraría: nada odiaba más que manchar algo o ensuciarse con su menstruación.

No, sí había algo que odiaba más: tener la menstruación justo los días del año en que tradicionalmente más había cogido, la exposición de libros y vergas, mínimo una por día, que esperaba con ansias durante todo el año y que éste, por culpa de los caprichos de su endometrio, no podría disfrutar.

Entró en la regadera. Abrió las piernas. Dobló las rodillas hacia afuera. Miró el chorro de sangre que la gravedad atraía hacia el mármol del piso y el agua diluía, no sin antes crear, otra vez, asientos como los que se hacen al fondo de una taza de café turco. Disfrutó la imagen de la tinta roja trazando augurios en sus piernas.

Dobló el codo de la mano derecha y dirigió el dedo corazón hacia la vulva. Avanzó despacio hacia adentro de su cuerpo, provocando que otro coágulo cayera de golpe sobre el suelo y se quedara colgado entre las rejillas de la coladera. La sangre escurría cada vez más abundante. Utilizó el índice y el anular de la mano izquierda para separar los labios mientras su dedo medio acariciaba de forma vertical el clítoris y la mano derecha continuaba con su juego de meter y sacar. Apretaba y soltaba. Apretar. Soltar. Apretar. Apretar. Soltar. Hasta que la matriz se convirtió en suelo debajo de desfile militar, en plantas de los pies a punto del calambre. Gimió fuerte. Nada le gustaba más que un orgasmo.

No. Sí había algo que le gustaba más que un orgasmo: seducir al próximo hombre que se lo provocaría en la materia, la energía o la imaginación. Ese pensamiento le recordó su sensualidad tullida. Suspiró.

A pesar de la abundancia que expulsaba su cuerpo, decidió ponerse un mini vestido negro casi transparente, ideal para provocar pensamientos pecaminosos, suyos y de otros. Se trepó en unos tacones negros y salió hacia el pasillo. Balanceaba la cadera al ritmo de la música que siempre sonaba en una de las dimensiones de su mente y la mantenía con el tempo armonizado a los latidos del aire, y en sintonía con los ejemplares del sexo opuesto, siempre dispuestos a satisfacer sus deseos una vez que eran elegidos.

Le calentaba saber la expectativa que el balanceo del vestido sobre las nalgas causaba en las miradas de quienes se topaban con sus piernas casi encueradas. Los días que no debía utilizar calzones salía desnuda debajo de la ropa y de tanto en tanto, cuando el espécimen que tenía enfrente le generaba algún interés, “accidentalmente” se movía de forma tal que dejaba ver su condición de mujer dispuesta a desvestirse ante el mejor postor.

Su primera escala era la sala donde se presentaría el libro del escritor que en la adolescencia le había cambiado la vida, haciéndola ver que existían más caminos, además de los que sus padres le habían enseñado, y no estaban relacionados con enamorarse del hombre perfecto, casarse entre tules y flores y cuidar de los hijos y del esposo hasta la muerte. Instrucciones que ella aparentemente había seguido al pie de la letra cuando decidió convertirse en alguien que bien podría ser el personaje de una de las novelas que tanto le llamaban la atención.

El autor del libro era un hombre grande, nacido poco más de dos décadas antes que ella. Vestía una playera gris, entallada, que testificaba las horas en el gimnasio y un interés en el cuerpo que a ella le resultaba importante; en los últimos años, y después de haberse cogido a una buena cantidad de hombres mayores de sesenta, aprendió que el cuerpo cobra el sedentarismo de la juventud justo después de las seis décadas, así que los músculos del buen escritor presagiaban una polla dura, y el tema de sus novelas dejaba adivinar una experiencia muy sexual y muy decadente.

Se sentó en la primera fila, con las rodillas bien juntas. Ella sabía que los autores se fijan en el público en su presentación unos segundos después de colocarse en su sitio, cuando el cerebro detecta el momento de relajarse y fluir, por eso ella esperó el instante perfecto para levantar la pierna derecha y con un movimiento parecido a la “Verónica” del torero, colocarla encima de la izquierda y dejar a la vista parte de la nalga.

El plan fue un éxito. El movimiento provocó la atención del autor y el consiguiente interés que tuvo en ella durante toda la presentación, curiosidad que ella aprovechó para dejarse observar y para seducirlo en silencio con sonrisas, caricias en el cuello, guiños y otros gestos sutiles, como cuando se puso las palmas de las manos en el interior de los muslos y los abrió ligeramente.

Cuarenta y cinco minutos después, al terminar las palabras de editor, escritor invitado y autor, ella permaneció sentada en su sitio mientras él firmaba libros, platicaba y se tomaba fotos con la concurrencia.

Recuerda lo que siguió como si lo hubiera visto en una película y no como si fuera parte de su experiencia vital.

Él se le acercó, estiró el brazo y con mano firme la jaló para levantarla de la silla. La inercia la hizo aterrizar en sus brazos, lo que él aprovechó para tomarla de la cintura, cargarla y abrir sus labios con la punta de la lengua. La besó con las comisuras de la boca, con el pecho, con los brazos; ella lo rodeó con las piernas. Sin importarle la gente de alrededor, dejó que su cuerpo sintiera al fin la dureza de los músculos de los brazos, de la espalda. Abrió los ojos para registrar en su memoria la cara de él tan cerca de la suya. Encontró que él también tenía los ojos abiertos. Vio cómo en las arrugas varoniles se dibujó una sonrisa; ella también sonrió. Siguieron besándose con los labios en deleite, hasta que la editora que momentos antes lo presentaba como uno de los escritores más disciplinados, serios y talentosos de la industria le tocó el hombro con un dedo para que volteara. Él ni se inmutó.

La puso en el suelo, estiró el minivestido para esconderle la ropa interior y la agarró de la mano. En el pantalón de él se veía la erección descaradamente; conforme caminaban se iba haciendo más notoria, para beneplácito de ella y escándalo de las señoras de la alta sociedad de aquella ciudad tan conservadora y amante de las manifestaciones religiosas más exhaustivas, requisito necesario para mantener el honor y la pureza de sus habitantes, sobre todo de los más jóvenes.

Claro que las lentes de las cámaras de los teléfonos celulares no se hicieron esperar, y pronto más de una decena de personas comenzaron a grabar tan interesante suceso acaecido entre el escritor ex heroinómano y la mujer desconocida, que era arrastrada a cada vez mayor velocidad hacia la salida del recinto, dirigida al paso de cebra y luego a las puertas de cristal del hotel, en donde caminaron hacia el elevador del que él apretó el botón del 21.

Adentro la tomó de nuevo por la cintura para levantarla y continuar besándola, con cada vez más violencia, hasta que se abrieron las puertas y salieron de ahí, ella alrededor de él, que puso en evidencia una vez más su imponente fuerza cuando no le permitió poner los pies en el suelo. Llegaron a la habitación, él puso la llave, que ella ni se enteró cuándo sacó, en el sensor de la chapa, lo que les dio acceso a una recámara espaciosa, cuya cama recibía de lleno los rayos del sol y en la que ella encalló de golpe.

Él la miraba con esa cara inundada de testosterona que ponen los hombres cuando ya se les desconectó el cerebro de los pantalones. Ella pensó en advertirle que cuando le quitara las bragas saldría sangre a borbotones, pero prefirió no hacerlo; quería que a él no se le olvidara nunca la mujer junto a la que había convertido la habitación de un hotel gran turismo en algo parecido a un matadero de cerdos; deseaba sorprenderlo con la copiosidad de su menstruación.

Él agarró los dos extremos de las bragas y las jaló hacia los pies. Ella levantó la cadera y lanzó un gemido involuntario, le fascinaba ese preciso instante en que la tela se deslizaba hacia sus pies; era encantador mirar el gesto de hallazgo del compañero ocasional, ver cómo la lengua saboreaba lo que estaba a punto de comerlo.

Esta vez no le iba a suceder como en otras ocasiones en las que dejó sus deseos en fantasías; esta vez dejaría que la realidad sobrepasara a sus expectativas, con el sí habitando cada partícula de su cuerpo, desde las huellas dactilares hasta las puntas del pelo.

Abrió las piernas. En vez de brillar con la consabida lubricación que expulsan las mujeres cuando están excitadas, de la vulva se desprendió el líquido rojo intenso que salió de ella. Con un gesto veloz él estiró el dedo corazón y lo introdujo en la vagina. Ella levantó la cadera. Él siguió metiendo y sacando el dedo hasta que la sangre era un exceso; entonces acercó la boca y comenzó a succionar todo, los labios, la vulva…. Lamía como lobo hambriento, se atragantaba de sangre, la manzana de Adán se elevaba con frenesí. Ella no podía creer las sensaciones en su cuerpo, levantaba y bajaba la cadera, doblaba los dedos de los pies, le arañó la espalda. Tuvo un orgasmo al que siguieron dos más; todo en apenas unos minutos.

Lo miró. La sangre se escurría por los dientes, remarcaba las líneas de los labios. Ella le puso las manos en el pecho y empujó hasta dejarlo hincado. Se incorporó. Le mordió el labio, la barbilla, el cuello y fue bajando por el pecho, el ombligo, para trazar una línea hacia el nacimiento de la erección coronada con un glande del tamaño de una pelota de golf. Se metió la pelota en la boca, la hizo llegar hasta la garganta.

El hombre gigante se contorsionaba, le puso la mano en la cabeza. Arremetía con fuerza dentro de la boca de ella, que le encajó las uñas en las nalgas, lo que aumentó todavía más el deseo de penetrarla. Al notarlo, ella se le adelantó. Retiró la cabeza de la verga de él y lo empujó hacia el colchón. Se puso de pie. Le escurrieron de nuevo unas gotas densas desde el cuerpo, que cayeron estratégicamente en la punta del pito, que parecía un panecillo de Navidad, glaseado con el color rojo de la ropa del señor de los juguetes.

De un solo movimiento ella dobló las rodillas y se penetró hasta el fondo. Sentía la presión de la punta de él sobre el cuello del útero, cómo empujaba para llegar más adentro: dolor y gloria; gloria y dolor. Él jaló una almohada y se la puso debajo de las nalgas, con lo que pudo entrar todavía más profundo. Ella se inclinó para besarlo de nuevo, provocando que la base del pene le rozara el clítoris. Otro orgasmo. El cuarto del día.

Escritor consagrado y escritora novata desafiaron las leyes de la física y de la prudencia por horas. Él bebió la sangre de ella cual vampiro posmoderno; ella dejó que él calara todos sus orificios disponibles con los apéndices más extravagantes de su cuerpo: manzana de Adán, nariz, codos…

El mediodía se convirtió en atardecer; el atardecer en noche; la noche en amanecer de horizonte rojo y dolor de coxis y la certeza de que el sexo duro del pasado inmediato provocaría que no pudiera sentarse en varios días.

Salió de ahí mientras él todavía descansaba el sueño de los bien cogidos, para evitar el riesgo de que volviera a despertarse y en lugar de comer o tomar algo, decidiera volver a hacerla el plato principal del siguiente día.

Se miró al espejo del elevador mientras descendía. Piso 21… 20… 19… Sus pupilas chisporroteaban, hacían un contraste vampírico con el color casi transparente de su piel, algunos rastros de sangre y las ojeras color de rosa. Suspiró y se dirigió a sí misma en voz alta, antes de que en el tablero digital del elevador apareciera la letra “L”:

“Bueno, si no te conviertes en leyenda, por lo menos ya te cogiste a una.”

Lirios en el cielo #autoentrevista

Mi primer trabajo fue el de correctora de la fuente cultural. A las tres semanas de empezar a trabajar en la sección Camaleón de la Revista Época, mi jefe y ahora gran amigo, David Siller, me encomendó la redacción de los primeros artículos que publiqué: ensayos literarios, reseñas de libros, reportajes, y lo que más disfrutaba: entrevistas.

A los 22 años ya quería echarme el mundo al plato (estoy hablando del 2002, cuando se jugaba la Copa Mundial de Futbol en Corea-Japón y el Congreso de Estados Unidos reconocía al italiano Antonio Meucci como el auténtico inventor del teléfono), así que en mi lógica juvenil reflexioné que necesitaba generar un estilo propio para entrevistar, y qué mejor que haciendo preguntas inesperadas, y sobre todo, una que fuera mi sello personal: “Personaje, te han entrevistado muchas veces, ¿qué pregunta siempre has querido que te hagan y nunca te han hecho?”

Recibí infinidad de respuestas, desde un “por qué canto” de un cantante famoso, un “si me gustó la entrevista que me acaban de hacer” de un actor guapo y famoso, un “¿tienes los ojos amarillos?” de una chica Almodóvar, hasta un “de qué tamaño la tengo” de un músico vulgar y no tan famoso.

El caso es que amo entrevistar gente y entonces me di a la tarea de entrevistarme a mí misma acerca de mi nuevo libro de poemas Lirios en el cielo, una antología personalísima de textos y fotografías que posee dos temas centrales: el erotismo y la libertad, y que hoy comparto con ustedes con toda la gratitud para quienes han llegado hasta este punto.

Liros en el cielo. páginas

  1. Lirios en el cielo es el libro más vivencial que he escrito hasta ahora. Los textos surgieron de experiencias personales que tuve la necesidad de decantar en forma de poesía, prosa poética o prosa pura para convertir lo terrible en belleza. Siempre he creído que lo verdaderamente valioso de la creación es la materia prima, porque es lo que le da consistencia a las emociones que provocarás en el lector/testigo/espectador.
  2. Los libros que escribo son temáticos, mi mente los concibe como un todo: idea, historia, papel y formato dialogan durante varios días, a veces semanas, para lograr convertirse en una unidad. Este libro de poesía es un fuera de formato. Casi cuadrado, está encuadernado con wire-o en pasta dura, como si fuera una carpeta que además esconde la gama bicolor de las teclas de un piano (Andrés Castuera-Micher en la presentación del 18 de junio en la Casa del Poeta Ramón López Velarde develó este guiño oculto), entre páginas de texto y otras de fotografía. Amo que entre líneas haya no solo ideas, sino conceptos en general, porque a fin de cuentas, eso logra que la intención del erotismo llegue al subconsciente de quienes lo tienen en las manos.
  3. El tema de las fotos mías para acompañar mis textos ha sido muy comentado y al fin he dedido dar una respuesta concreta. La razón es muy sencilla: a través de los ojos de los fotógrafos he visto una visión distinta de mí que me ha ayudado a completarme. Los seres humanos nos hacemos conscientes de nuestra humanidad cuando nos miramos en los ojos de otros, es por eso que no podemos ser indiferentes ante una mirada de tristeza, ante la felicidad ajena o hasta un bostezo. Las fotos muestran el mismo rostro, el mismo cuerpo, pero en diálogos con otro, lo que enriquece la experiencia.
  4. Claro que las fotos han generado y generan emociones extremas en algunas personas, que van desde la lujuria, hasta el odio en ocasiones. ¿Por qué lo consiguen? Porque las imágenes de este tipo nos conectan con esa parte donde habitan el deseo y las perversiones: por eso confrontan, son un testimonio que no tiene entre sus posibilidades el engaño.
  5. Decidí no venderlo en librerías porque de esta forma tengo la oportunidad de firmar prácticamente todos los ejemplares del tiraje, y además los pedidos de libros de poesía, sobre todo de editoriales independientes, regresan casi íntegros (eso sí, emplayados con mucho orden, limpieza y cuidado). Como no se trata de sufrir ni hacer sufrir a los compradores de las tiendas de libros, mejor lo ofrezco directamente en este portal (https://monicasotoicaza.com/libreria/), ferias y presentaciones.
  6. El título del libro hace un guiño a mi yo de 12 años en medio de una experiencia aparentemente inocente, pero que ayudó a definir mi paso por la vida, algo así como le sucedió a la protagonista de El amante de Margarite Duras, que lo explicaba así: “A los quince años tenía el rostro del placer y no conocía el placer”. Fui con mi familia a Xochimilco en la época en que había una plaga de lirios en los canales. Entonces para ayudar a “acabar” con la plaga mis hermanas y yo sacábamos las plantas del agua para ponerlas en la trajinera. Cuando levanté la primera y vi cómo se escurría el líquido por las raíces tuve la primera visión erótica de la que tengo memoria y me ha acompañado desde ese momento.
  7. Lirios en el cielo tiene dos naturalezas: la primera es la erótica, amorosa y desamorosa, en la que cuento una historia de dolor y desengaño y cómo esas emociones tristes transmutan en deleite, amor propio y erotismo. La segunda naturaleza es la de la libertad, donde se vuelve concreto lo aguerrido del espíritu fuerte, la solidez de las decisiones, el afán por gobernar la propia vida más allá de sus sinsabores, los golpes de suerte y las opiniones de los demás.
  8. Escribo sobre erotismo como protesta contra la violencia que se vive en el mundo. Yo protesto con los labios y las piernas listas, con la pluma dispuesta a escribir acerca de orgasmos propios y ajenos; porque el amor lo vale, el placer lo vale, la belleza lo vale. Porque el despertar del instinto lo vale. Porque el mundo está sediento de convicciones.

Lirios en el cielo. Formato

 


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Lirios en el cielo

Lirios en el cielo es un libro de poesía erótica, seductora, de libertad. En él todos los textos son anécdotas y están dedicados a quienes los inspiraron. En sus páginas encontrarás poemas y fotografías que quieren provocarte suspiros y fantasías para recordarte que cada momento cerca de tus deseos es experimentar en carne viva la felicidad.

MX$140,00


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Abecedario #cuentos N-R #minificciones

Confusión fatal

“Es que a través de mi espejo retrovisor puedo mirar siempre al mar”, repetía Nuria cada vez que alguien le preguntaba el porqué de su afición por conducir largas distancias en automóvil. Lástima que nadie le advirtió mientras aún vivía, que los espejos retrovisores sirven para evitar accidentes automovilísticos y no para soñar despierta.

 

Ojos

Invitaron a Ofelia un programa de televisión. Se levantó temprano (mucho más temprano de lo acostumbrado). Ducha con dermo limpiador aroma a fresa, cabello acondicionado durante cinco minutos, crema anti arrugas para el rostro, desodorante lavanda. Eligió cuidadosamente su vestuario algunos días antes (adquirió un pantalón nuevo). Con toda calma fue al salón de belleza para alisar su cabello, pagar por un maquillaje perfecto. Lista justo a tiempo.

Las ventanas del automóvil cerradas, el aire acondicionado a la temperatura adecuada. Ojeadas al espejo retrovisor gozando la sensación de saberse viviendo un sueño. Llegó al estudio. Salió a recibirla el asistente de producción. Esperó unos minutos y entraron  al plató.

Correr de maquillistas, el peinador dándole un último ajuste a la cabellera del conductor. Después de una presentación veloz, la sentaron en su sitio. La sonrisa del productor se borró de golpe al escuchar una indicación en el audífono; se levantó de la silla y fue hacia el operador de la cámara uno, que en ese momento enfocaba hacia ella. Ella disfrutaba, al fin iniciarían sus quince minutos de fama. Después de un rato de no saber lo que pasaba, se acercó a ella el conductor, le dijo que no podría aparecer en el programa: por más que modificaron la iluminación, le pusieron filtros a los lentes de las cámaras, modificar el ángulo de su rostro en las tomas, no pudieron eliminar el resplandor que despedían sus ojos.

 

Querido Diario

(Fragmentos del diario de Patricia)

Día 1:

Te dejaré tomar mi mano y hacer una red con nuestros dedos, cuando señales en la calle el árbol más hermoso y yo escuche que sus hojas me hablan en susurros de un futuro común para los dos.

Día 2:

Te dejaré tocar mi espalda a través del suéter cuando, en una tarde fría, mi piel pida a estremecimientos sentir el calor de tu mano extendida.

Día 3:

Te dejaré besarme cuando pronuncies el conjuro adecuado para desatar la magia atrapada en mis oídos.

Día 4:

Te dejaré lamer mi cuello cuando descubras el sabor favorito de mi lengua y me lo traigas convertido en hielo.

Día 5:

Te dejaré arrancarme de un tirón los blue jeans cuando adivines el color de mi ropa interior y seas capaz de convertir sus encajes en listones que cedan ante la destreza de tus dientes.

Día 6:

Te dejaré abrir mis piernas cuando me cuentes sin hablar tu secreto más oscuro, sólo con el diálogo de tus labios y los míos.

Día 7:

Te empaparás en mi vientre cuando te vuelvas indispensable para mis pensamientos. Sólo así sabrás lo que es habitar en el paraíso.

 

Ironías involuntarias

Queila vio a su marido con la amante. Caminaban de la mano por la banqueta de una colonia lejana. Los siguió hasta el semáforo, pero su esposo levantó la mano, se subieron a un taxi y desaparecieron entre el tráfico de las dos de la tarde.

Se quedó ahí parada, entre vendedores ambulantes, niños de la calle y transeúntes inocentes. No sabía si llorar, reír a carcajadas, o regresarse a la habitación del hotel de donde acababa de salir.

 

Deportes extremos

Debajo de la falda Rosalía esconde el premio para el explorador que venza los obstáculos del dolor con el que vive. No empieza con C de clítoris ni con V de vagina; empieza con A de aventura y tal vez con P.

Debajo de la falda Rosalía guarda una colección de lenguas, un manojo de dedos, y la memoria de gemidos en diferentes tonos.

Debajo de la falda Rosalía tiene una buena colección de orgasmos: cada tres noches llega un invitado que deja su foto autografiada en la pared de sus trofeos.

 


*Estos minicuentos fueron publicados en el libro Con las alas grandes, en 2014.

*En la foto: la hermosa fuente de la Plaza de España, en Sevilla.

Ten cuidado con lo que deseas #cuento #ficción

“¡Aaaaaah! ¡Manueeeeeeelaaaaaaaaaa!”

Antes de descubrir en qué lugar iba a incorporarse, el Genio lanzó un grito entre orgásmico y furioso. Era la quinta vez en una semana que esa mujer le provocaba humillación pública. Se manifestó entre el humo que lo acompañaba cada vez que aparecía ante alguno de sus amos, y unas carcajadas agudas de quien se había convertido en su peor pesadilla: Manuela Portillo, hembra de belleza extraordinaria y clítoris alegre.

La primera vez que la vio se creyó afortunado: en sus 347 años de servicio como Genio de Lámpara Maravillosa no había visto jamás a una persona tan bella; pero de inmediato se dio cuenta que había sonreído demasiado pronto; al escuchar el primer deseo se supo perdido. De eso no había pasado tanto tiempo, pero para él parecía una eternidad.

–Hola, Gen, ¿cómo has estado?

Ahí estaba él: parado junto a un futón de rayas, con la entrepierna del pantalón morado de raso húmeda, y los ojos todavía un poco en blanco.

–Ya te dije que no hagas esto en horas hábiles, estaba dando una conferencia en el Congreso de Genios del Mundo Occidental, ¡y me hiciste eyacular frente a todos mis colegas!

–¿Y no te encanta? ¡A nadie puede molestarle un orgasmo a las cuatro de la tarde!

–¡A mí! ¡A mí me molesta! Bien sabes que a este pantalón todo se le nota.

–Eso te pasa por ridículo, por usar esa ropa horrenda y ese pantalón de hace mil años.

–Es mi ropa de trabajo, y estaba en un Congreso, al que, además, me hiciste abandonar.

Terminó de hablar y fue entonces que se hizo consciente del entorno. El aire tenía un ligero olor a sexo. Manuela estaba acostada en el futón, desnuda; se metía los dedos a la boca, uno por uno, y cada vez suspiraba con los ojos cerrados.

Conoció a Manuela un año antes; era nieta de su antigua dueña, quien le dejó la lámpara como única herencia. Cada vez que lo llamaba él volvía a rogarle lo mismo: su segundo deseo debía ser revertir el primero; hasta el placer más exquisito se vuelve hartazgo cuando es excesivo y a la fuerza.

–No, Gen, no quiero usar mi segundo deseo todavía. De todas formas ni siquiera sé dónde dejé tu lámpara.

–¿Qué? ¿Además la perdiste?

–Ya no la necesito…

–¿Sabes qué? Me voy. Tú sólo me haces perder el tiempo.

El Genio desapareció dejando el humo más denso y desagradable que tenía en su repertorio. Mientras viajaba en el vórtice de imágenes y sonidos regresó a su memoria el primer deseo de Manuela, y a pesar de lo mal que le caía, no pudo evitar la curva ascendente que se dibujó en las comisuras de sus labios: “Deseo… que cada vez que tenga un orgasmo, tú también tengas uno y vengas hasta donde yo esté”.

No hubiera podido imaginar que meses después peligraría su salud mental; creyó que al fin la vida le había hecho justicia y que su propio deseo sería realidad, cuando pronunció las palabras que serían su perdición: “¡Concedido!”


Este texto forma parte de mi libro Grab my pussy!, cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

Mis martes #poema

Mis martes solicitan dueño:

busco a un compañero para practicar

la danza del vientre en su cadera.

 

Deberá ser un hombre que crea en la magia

para comprender a mis dedos

cuando se multipliquen por cinco.

 

Otro requisito es que sepa jugar al mudo

no me importa ser la primera, décima

o su mujer número 60,

quiero creer que mis caricias

son las mejores de su vida.

 

Mi hombre / compañero será halcón,

aroma de café tostado,

cama recién tendida

y silencio listo para tocar una primera nota.

 

Se reciben candidatos

los martes de nueve a una.

Los demás días de la semana

seré artífice de mis propias historias,

mi propio colibrí.

 

Mis martes. Mónica Soto Icaza

Poema publicado en mi libro Amarte descalza, 2014.

¿Venganza? #cuento #Ámsterdam

Ámsterdam. Barrio rojo. Marihuana. Prostitutas. La recibe el cielo soleado. El viento frío. Sus ojos quieren sonreír ante tanta belleza, pero ella no lo hace. Debe estar triste. Se supone que cuando te rompen el corazón lo natural es la tristeza. Ella sólo piensa en venganza. Venganza estúpida: él jamás se enterará.

En el mapa abierto se dibuja el cuadro azul entre las calles Zeedijk, Damrak y Damstraat, detrás de la iglesia de San Nicolás de Bari –patrón de los marineros y las putas–, que el recepcionista del hotel marcó cuando ella preguntó dónde podía contratar una prostituée.

Camina por las calles empedradas, sobre múltiples puentes, entre canales, turistas, flores, restaurantes, bicicletas, coffee shops, con la mirada fija en el cielo. Se niega a disfrutar. El edificio de la Estación Central le roba la mirada, hace que llegue la incómoda sonrisa.

El viaje, planeado desde hacía meses, debía ser una segunda luna de miel; la celebración de su cuarto aniversario de bodas, pero se convirtió en platos rotos y bofetadas, en papeles firmados para finiquitar el matrimonio.

El asiento vacío junto al suyo en el avión le recordó todo el trayecto la conversación que acabó con su matrimonio: “voy a tener un hijo con Fulana”. Típico. Ojalá hubiera sido por alguna razón más sofisticada, pero no; era simplemente otra mujer, un hijo sorpresa: adiós planes. Porque a final de cuentas irse había sido su decisión, él quería conservarlas a las dos. ¿Con qué sentido? De golpe perdió al marido, la casa y las ilusiones.

Mira el letrero: “Live sex: hetero, homo, lesbian”. El siguiente local es un edificio bajo con tres vitrinas iluminadas de rojo. La primera tiene la cortina corrida; en la segunda una prostituta de lencería verde y rosa fluorescente la ve y con una sonrisa la invita a entrar. En la tercera la mujer textea en su celular. Da un paso atrás para mirar de nuevo a la chica fosforescente. Se le antoja el ombligo, la cintura, la cosquilla de su cabello en la cara. No se imagina haciendo el amor con otra mujer, pero esa rubia afina su idea de venganza.

Sigue caminando. Los edificios le ofrecen putas internacionales: asiáticas, latinas, europeas. Se detiene frente a una ventana. La chica del otro lado del vidrio la deja muda: alta, delgada, cabello negro. Ropa interior también negra, con un liguero anclado en la pierna derecha, cintura pequeñísima, pechos grandes. De unos 20 años. Decide que será ella.

Se acerca a la entrada. La mujer abre un poco la puerta y le pregunta de qué país viene. Ella responde “México”. Sonríe. El cristal se abre y ella da un paso adentro de un cuartito de tres por tres metros, con una cama de colcha roja en una esquina.

Paga por adelantado. Es la primera vez que compra sexo; es su primera mujer y el primer viaje a Ámsterdam. Ella creía que a su edad le quedaban pocas primeras veces, y ahí tiene tres al mismo tiempo.

Parálisis. Incertidumbre. Caricia.

Deshielo.

Piel despierta.

Torrente.

Uñas en las sábanas. En la espalda.

Grito.

Lágrimas.

Libertad.

Sale de ahí a la hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. Transita sobre los puentes como si sus huellas se hubieran convertido en una corriente distinta a la que pisaba hace unos segundos. Aprieta los párpados y cuando vuelve a abrirlos mira a su tristeza volar hacia un cielo dulce, como el nuevo aroma de su piel.


* Este cuento forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

De cómo la literatura erótica potencia el placer sexual…

Somos seres de imágenes en la mente, de memorias, de acciones y reacciones que tienen que ver con la imaginación. Lo que nos hace humanos es el arte, esas manifestaciones de la profundidad de nuestra experiencia. Es aquí donde la literatura hace acto de aparición; donde la acción de leer puede adquirir proporciones épicas, provocar deleite no sólo en las fantasías, sino en el cuerpo.

Cuando imaginamos la mente se confunde y le cuesta trabajo distinguir entre imágenes que suceden en la vida real y las que ocurren en la fantasía, por eso es tan placentero soñar despiertos. Lo mismo sucede cuando leemos, y mucho más si el autor tiene la capacidad de formar esas imágenes con sus palabras en nuestra mente. Así, leer se convierte en un acto de sufrimiento, reflexión o deleite.

Hoy quiero hablar del disfrute que se experimenta al leer literatura erótica, de las sensaciones que el erotismo despierta en los sentidos, de lo que el cuerpo pide, de las manos que traviesas se deslizan debajo de la ropa para rozar aquellos lugares que en segundos empezarán a inundarse.

La literatura erótica provoca mayor apertura hacia el sexo, nos da ideas, sensaciones nuevas y nos regala historias. A diferencia de una película con escenas de poca ropa, al leer tenemos la oportunidad de colocarnos en el lugar del héroe o la heroína, de desdoblarnos y asumir que somos un personaje que alguien imaginó para darle una vida de placer.

La vida se siente distinta después de un orgasmo. Los sonidos adquieren musicalidad, los colores tonos más intensos, los olores se dispersan como una explosión de mil maravillas. Después de un orgasmo los poros de la piel despiertan a las texturas, las neuronas retoman los pensamientos, el mundo se aparece ante nuestros ojos como un lugar menos hostil, y quedamos dispuestos a explorarlo sin miedo. Lo mismo sucede con los orgasmos intelectuales, esos que experimentamos al leer algo que nos parece genial, creado en un momento de trance en la inspiración.

¿Quién no ha oído hablar del legendario Kamasutra, el clásico de la literatura oriental que se ha posicionado como el ejemplo de erotismo por excelencia? Es el libro erótico más popular de todos los tiempos. En él no solamente aparecen las famosas posturas para hacer el amor, sino que habla de los tipos de mujeres y hombres según el tamaño de su sexo, de su compatibilidad. Es un manual de seducción, con los rituales y requisitos necesarios para que el disfrute de la unión sea más intenso, más perfecto.

La sensualidad, junto con el amor, es uno de los temas más recurrentes en los libros de ficción. Ambos forman parte de esa otra dimensión que nos habita a las personas: la de la trascendencia. El sexo es tan poderoso porque es capaz de generar vida, de darle continuidad a la especie humana, de transformar absolutamente el ánimo de quien lo practica, de quien lo lee o quien lo escribe.

El sexo es una necesidad básica del ser humano, que adquiere mayor importancia al estar insertada en todos los niveles de la motivación que bien describió Abraham Maslow en su famosa pirámide, en el siglo XX. Desde las necesidades fisiológicas, donde lo incluye de manera explícita, pasando por las necesidades de seguridad, sociales, de estima y autorrealización. El sexo lo transforma todo. Y todo es culpa de las endorfinas, de la dopamina, de la oxitocina, esas drogas naturales que estimulan la manera en que nos enfrentamos con el mundo.

Cuando leemos literatura erótica nuestro cuerpo libera estas sustancias, porque fantasea con que somos nosotros los personajes, o imagina que lo que leemos está sucediendo justo frente a nuestros ojos. Desde la primera vez que tenemos una experiencia sexual, en nuestro cuerpo se guardará la memoria de las sensaciones que vivimos, por lo que el puro recuerdo es suficiente para que surja el deseo de repetirla, a pesar de haberla llevado a cabo una y otra vez. Aquí es donde la literatura erótica encuentra la ventana para influir en las relaciones íntimas que compartimos con otros, incluso con nosotros mismos.

Hay a quienes les gusta hacer una distinción entre literatura erótica y pornografía, porque es definitivo que se encuentran separadas por una línea muy delgada, tal vez demasiado. Esta diferenciación parece dividir al erotismo en dos categorías, una superior a la otra, pero no necesariamente es así. Todo depende del lector. Tal vez una mujer que siente incomodidad al ver una escena de sexo explícito en una película, al leerla se encuentra más cómoda. Quizás un hombre sí requiere un estímulo visual que no le deje nada a la imaginación para encontrar el placer que busca. A fin de cuentas vivimos en un mundo diverso y es maravilloso que existan propuestas para repartir.

Se dice mucho que leer aumenta el bagaje cultural, que provoca conexiones cerebrales nuevas, que abona al criterio, a la empatía de las personas. Por esto mismo al tomar entre las manos un libro de tema erótico, estamos ampliando los límites del marco de referencia sobre el que creamos y nos basamos en la toma de decisiones, y así nuestro cuerpo se enciende en automático y reacciona de forma instintiva recordando lo que leímos, enriqueciendo el contacto con el erotismo.

Nada puede crearse de la nada. No tenemos la capacidad de generar acciones sin el conocimiento previo, sin haber introducido a nuestro cerebro la información que pretendemos utilizar. Al leer, de inmediato hacemos que crezcan las respuestas que damos ante los estímulos, y podemos ejecutar esas ideas nuevas, que en el caso del sexo, por supuesto que provoca mayor satisfacción. El conocimiento genera también valentía. El autoconocimiento hace crecer la autoestima. No importa si estamos solos o acompañados, leer una escena erótica que nos parece deliciosa, nos lleva de inmediato a experimentar el cosquilleo previo al deseo.

También de la literatura han surgido los nombres de algunas de las perversiones más atractivas. Basta recordar a Donatien Alphonse Francois de Sade, el famoso y polémico Marqués de Sade, quien le dio nombre a una tendencia muy en boga en los últimos tiempos: el Sadomasoquismo. O el Bovarismo, inspirado en el personaje Madame Bovary, de Gustav Flaubert, que consiste en inventar historias excitantes hasta llegar al orgasmo.

Una novela, un cuento o un poema erótico no sólo puede ayudar a potenciar la vida sexual de las personas al ponerse en contacto con ellos desde un acto de soledad, sino también en pareja. ¿Qué puede ser más delicioso que compartir la lectura de un texto que aumente el ritmo cardiaco, leer lo que el autor describe y ejecutarlo en tiempo real con el compañero de aventuras? ¿Encontrar las palabras que tú querías decir, escritas de manera en que puedes adoptarlas y dedicarlas, porque alguien más supo expresarlas mejor que ti mismo?

La lectura de libros eróticos provoca que las personas disfruten más su sexualidad. Les abre mayores posibilidades, les ayuda a ver este aspecto de la vida humana de una manera menos artificial y racional, más en contacto con sus instintos. Escribirlos también conecta al escritor con su parte más animal, porque se convierte en el portavoz de lo que típicamente sucedía en las alcobas con las puertas cerradas y las cortinas corridas, y provoca que salga para compartir el deleite con más personas.

La información es poder. El poder es afrodisíaco. Mientras más información tengamos sobre el tema erótico, de mayor satisfacción serán las propias sensaciones. Mientras más experiencia se tenga, mejores serán esos encuentros, más memorables. De una intensidad adictiva.

Te invito a leer las líneas de Trópico de cáncer, de Henry Miller; Delta de Venus, de Anais Nïn; Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; Historia de O, de Pauline Reage, La vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, y otras obras que han trascendido por ser atrevidas, originales y trasgresoras, por crear polémica y adelantarse a tu tiempo. No te pierdas la oportunidad de dejarte sorprender por esos fragmentos de genialidad ajena que termina sintiéndose como propia.

Los libros sí pueden cambiar vidas. El sexo también. Por eso juntos constituyen una de las mejores experiencias del ser humano. En el juego de la literatura erótica te garantizo que no hay manera de perder.