La muerte de Artemio Cruz #LibrosQueMeGustan

“Un hombre alto, lleno de fuerza, con unos ojos verdes hipnóticos y un hablar cortante. Artemio Cruz.”

Carlos Fuentes era un maestro para la creación de personajes entrañables: Felipe Montero en Aura, Félix Maldonado en La cabeza de la hidra. Pero sin duda uno de los  inolvidables es Artemio Cruz, protagonista de esta novela publicada por primera vez en 1962.

Esta historia narra los últimos días de Artemio Cruz exrevolucionario, expolítico, excorrupto cuando, recostado en la cama del hospital, moribundo, revive las memorias de su vida y describe las sensaciones que lo acompañan, todas desconocidas, que el autor describe con metáforas tan precisas y detalladas que es inevitable que tu yo lector se emocione: “Tengo la boca llena de centavos viejos.”

Este libro es sobresaliente, mi favorito de Fuentes, por la cantidad de frases memorables que tiene, que como aforismos, juzgan, juegan, evocan, explican: “Cuando cerró los ojos, se dio cuenta de la infinidad amorosa de ese cuerpo joven abrazado al suyo: pensó que la vida entera no bastaría para recorrerlo y descubrirlo, para explorar esa geografía suave, ondulante, de accidentes negros, rosados.”

Por fragmentos como ese y por el recuento histórico por el México de la Revolución y los años subsecuentes es que La muerte de Artemio Cruz es mi recomendación de este #ViernesDeLectura y #LibrosQueMeGustan.

Portada La muerte de Artemio Cruz

¿A imagen y semejanza? #cuento #ficción

Querido Dios. Qué digo querido: amado Diosito. Qué digo amado Diosito: adorado, omnipresente, idolatrado, omnipotente Diosesón:

Te doy gracias por el orgasmo nuestro de cada día. Estoy acostada en mi cama, la cabeza recargada en la almohada, las piernas abiertas, el abdomen en estado de incredulidad por lo que dos dedos pueden provocar en el cuerpo, desde la parte baja del vientre hasta todas sus esquinas, bordes y extremos.

Lo que siento es asombro. Qué sabio y maravilloso eres, ¡oh, rey de los Cielos!, que nos hiciste seres con capacidad de abstracción y potencia imaginativa, la misma que formó en mi mente la imagen de esas dos chicas besándose la lengua, los dientes, las puntas de los pezones, que hicieron gloriosa esta mañana.

Gracias por los recuerdos disfrazados de fantasías. Ruega por los hombres que me han penetrado, por las veces que los besos me han hecho adicta a los clímax. Te doy gracias por las inmensas posibilidades del sexo, por los labios, la vulva, las tetas, las corvas.

Si los seres humanos estamos hechos a tu imagen y semejanza, y me colocaste en la entrepierna el único órgano con la función de experimentar placer, entonces no dudo que todos estos años las personas hayamos vivido en el engaño y tú eres una mujer.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde #LibrosQueMeGustan

Es bien sabido que al interior de todo ser humano habita una dualidad luz-oscuridad que se manifiesta según la voluntad o los instintos; así como podemos ser buenas personas, también nos es natural ser miserables: la manera en que interactuamos con el mundo, para individuos mentalmente sanos, depende de la capacidad de elección.

De este tema sencillito y carismático trata El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una novela gótica de Robert Louis Stevenson publicada por primera vez en 1886 que se encuentra clasificada tanto como thriller psicológico, como drama, misterio, horror y ciencia ficción. Todo eso en apenas unas cien páginas (depende de la edición que leas).

Con una narración estructurada como una consecución de habladurías, el autor va desentrañando la intriga para llegar a un desenlace inesperado, de esos que te dejan de un humor extraño al terminar las páginas.

El libro es un clásico de la literatura universal que yo recomiendo leer porque para mí las obras más valiosas son aquellas que nos asombran y son memorables sin necesidad de grandes pretensiones, las historias que, como esta, sacan al lector sin piedad de la zona de confort.

Nos leemos y escuchamos el próximo #ViernesDeLectura con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

Vestido de novia #cuento

A los 21 años imaginaba el día de mi boda. Siempre que veía un vestido de novia en los aparadores de las tiendas mi mente volaba hacia el futuro día más feliz de mi vida. Me encantaba contemplarlos y escoger uno. En diversas ocasiones decidí cuál me gustaría usar, pero cambié de idea  muchas veces. Un día tuve que elegir al fin uno de ellos: era el vestido de novia de mis sueños: blanco, entallado, con una crinolina enorme y hermosas flores bordadas a mano. No recuerdo bien la cara de mi novio, creo que mi único recuerdo de esa boda es mi preciosísimo vestido blanco. Me ha sucedido lo mismo nueve veces.

Supongo que he desarrollado una manía por los vestidos de novia.

 


*Este cuento forma parte del libro MonoRetrato AutoLogo, publicado en 2006.

 

 

Jantipa #LibrosQueMeGustan

Si yo pronuncio “Sócrates” en la mente de cualquier persona de mediana cultura general aparecerá la antigua Grecia, la filosofía, el “yo solo sé que no sé nada”. Tal vez algunos piensen en la mayéutica, en grandes ideas, pero definitivamente pocos harán referencia a su ojo que se iba de paseo, a su mal aspecto, a su descuido personal. Y mucho menos pensarán en su vida sentimental.

Jantipa, novela de María Elena Sarmiento, habla de la esposa de Sócrates, una mujer de carácter difícil, indomable, quien, adelantadísima a su época, ya intuía que la relación de hombres y mujeres era injusta, por más que todos a su alrededor actuaran de esa manera.

La historia es intensa y fluida. La autora creó una ficción histórica que mantiene una tensión narrativa difícil de abandonar, al tiempo que consigue que el lector genere empatía con el personaje principal que adoró y sufrió al amor de su vida en la misma proporción. Además, María Elena es una mujer que investiga y se involucra profundamente con sus personajes.

Por eso este #ViernesDeLectura les recomiendo esta novela, a esta Jantipa, para no olvidar los contrastes del amor, que son los mismos que los contrates de los individuos que tenemos que cohabitar en este mundo, y como Sócrates, encontrar belleza en él, a pesar de sus imperfecciones.

La pieza que me faltaba #LibrosQueMeGustan

Karol vuelve al orfanato en donde la criaron cuatro mujeres. Era un sitio exclusivo para niñas, pero su madre biológica decide abandonarla ahí: sabía que sería cuidada como en ningún otro lugar, incluso mejor que con ella misma. Después de unos años, ya casi adulta, nuestra protagonista vuelve a ese lugar para descubrir aquellos detalles que le faltaba conocer de su vida para lograr, al fin, vivir con libertad.

La pieza que me faltaba de Alejandra Inclán, es una novela que habla de un tema polémico y dificil: la transformación de un niño transgénero en una mujer hecha y derecha, que, como cualquier persona, se enamora y desea encontrar su propia identidad, con la idea inequívoca de ser quien siempre ha querido ser, como todo ser humano.

Esta novela fue escrita por Alejandra Inclán, autora veracruzana, independiente, para quien el tema de la identidad de género ha adquirido una importancia mayúscula bajo un principio fundamental muy claro e importante: que cada ser humano viva la vida que sueña… en la realidad.

Alejandra también es autora de “No era quien me dijeron ser”, publicado en España en 2016, que habla de la configuración de la identidad femenina de una mujer que debe aprender a serlo. Ahora, con su segunda novela, el tema madura y evoluciona para emocionar al lector, quien no puede quedar indiferente tras sus páginas.

Recomiendo este libro con toda la fuerza de las sonrisas y las lágrimas que me provocó al leerlo, estoy segura que gozarás cada fragmento de su historia.

Nos leemos el próximo #ViernesDeLectura con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

Momo #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura quiero recomendar uno de esos libros encantadores que cuando los lees se quedan siempre en la memoria: Momo, del escritor alemán Michael Ende, famoso por ser el autor de La historia interminable, obra que los cuarentones conocemos muy bien porque en ella está basada la película La historia sin fin, que hizo época.

Publicada en 1973, Momo es un clásico por la vigencia de su historia y sus emociones. El título completo es: Momo, o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres.

La protagonista es una niña que vive sola en una gran ciudad. Es muy especial porque posee una cualidad difícil de encontrar en el mundo de prisa y adicción al trabajo productivo: sabe escuchar, por eso sus amigos animales y humanos la quieren y la cuidan… hasta que de pronto ya casi nadie tiene tiempo para ella y cada vez se va quedando más sola.

Esta heroína, junto con Casiopea, la tortuga que puede adivinar lo que sucederá, se enfrenta a pequeñas batallas contra los hombres grises, unos seres que empiezan a aparecer en la vida de la gente y los convencen de ahorrar tiempo, diciéndoles que los momentos de contemplación, de juego, de convivencia con la familia y amigos les restan productividad. Así se genera una sociedad con cosas, sin espíritu y de gente triste con prisa.

Este es un libro catalogado como novela juvenil por su naturaleza fantástica, pero como El Principito debería ser una lectura obligada, sobre todo cuando los adultos olvidamos que en realidad no somos tan importantes y sobre todo, que el tiempo que no compartimos con la gente que amamos por estar distraídos con personas, cosas o situaciones sin verdadera trascendencia para nuestra vida no va a volver jamás.

Estoy segura que todos conocemos a alguien a quien le urge leerla (si no es que a nosotros mismos).

Con esto me despido, pero nos vemos el próximo viernes con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

El viejo y el mar #LibrosQueMeGustan

La narración épica de la batalla de un hombre contra la naturaleza que es al mismo tiempo una lucha contra sí mismo y contra una sociedad que pretende imponer la idea de que la vejez es un lugar estéril.

Leí esta novela o cuento largo de adolescente y desde entonces he vuelto a él en varias ocasiones; Santiago, su protagonista, me atrevo a decir que es uno de los personajes más entrañables de la literatura porque Ernest Hemingway provoca que el lector experimente una cercanía total con sus angustias y miedos, pero también con sus motivaciones para no dejarse vencer por los tiburones en la lucha por un pez vela de más de cinco metros. Como lectores lo acompañamos en pensamientos y diálogos consigo mismo, en los que por fuerza también encontramos esas palabras que todos nos hemos dicho en múltiples ocasiones.

El viejo y el mar, escrita en La Habana pre Fidel, está inspirada en los pescadores cubanos y en 1953 le dio a Hemingway el Premio Pulitzer de ficción (el siguiente año, 1954, el autor obtuvo el Premio Nobel de Literatura).

El viejo y el mar es el libro que siempre recomiendo cuando alguien a quien no le gusta leer me pregunta con qué puede empezar; mis hijos lo leyeron a los 10 años.

Cada vez que releo las páginas de este gran libro vuelvo a ser aquella adolescente de 14 años que fue cautivada por las pasiones que el autor dejó plasmadas en una historia breve en páginas, pero eterna en legado, y vuelvo a sentir la emoción de ser esta lectora que sufrió con sus personajes como si ese dolor sucediera en mi propia piel.

¡Hasta el próximo viernes con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan!

¿Cuál título me recomiendas?

Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

Carta a una erotómana viva que vive el EROTISMO EN VERSOS. Por Carlos Bracho

A Mónica Soto Icaza

Mónica: has entrado al mundo de las mujeres libres, de las mujeres sabias, de las mujeres que conocen a la perfección el acto amoroso y su sublimación que es el erotismo. Te felicito por ello. Y no voy a entrar en un análisis crítico o algún barrunto que se le parezca, no. Tu poesía está allí, está al rojo blanco. No necesita más que ser leída y gozada y puesta en práctica por los posibles lectores y las lectoras ávidas de vida. Son una profunda lección de amor, de profundo amor. Por ello digo que:


Al principio de la humanidad el erotismo era posicional y sólo garantizaba la continuación de la especie. Más tarde se registra una evolución , producto de la práctica cotidiana, de la convivencia y del trato continuo con la pareja, y entonces, poco a poco, la humanidad camina directo al erotismo.


Bien. Ahora, inspirado en tus bellos, calientes e ilustrativos poemas, cito a las mujeres que han glorificado este acto heroico y fundamental:
Anaïs Nin: “ También yo estoy interesada por el mal, y quiero para mí una vida dionisíaca, embriaguez, pasión y caos.”. Andrea Montiel: “…quiero bañarme el cuerpo/ caminar desnuda/ respirar profundo…”. Carmen Alardin: “…Se fugó nuestra negra doncellez/ por las botellas de champaña…”. Mariana Alcoforado: “…Harás igualmente bien en no querer a ninguna otra. ¿Podría satisfacerte una pasión menos ardiente que la mía?”. Gabriela Mistral: “Ruth lo miró de la planta a la frente,/ y fue sus ojos saciados bajando,/ como el que bebe en inmensa corriente…”. Alfonsina Storni: “La niña de quince años con su esponjado seno:/ ¿Sueñas echarla garras, oh, goloso animal?”. Pita Amor: “…con mis brazos vacíos de caricias,/ con ansias de estrecharte/ pensaba en las delicias/ de esas noches pasadas y ficticias.”. Carmen de la Fuente: “Porque encarnas un fauno con arrebatos místicos/ y abres rosas antiguas sobre los vientres pálidos/ de ardientes odaliscas.”. Griselda Alvarez: “No se puede vivir sin erotismo, / viene del más allá como mandato,/…”.

En vista de estas armoniosas y gratas declaraciones, Mónica, como digo arriba, con tus poesías, con tus amores, con tus sueños, ya estás dentro del carruaje literario en donde viajan las mujeres que tienen el alma al rojo vivo y que han amado como ningún otro ser lo ha hecho.

CARLOS BRACHO

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Gesta carmesí #cuento #ficción

Una no se convierte en leyenda sentada en la sala de la casa con una taza de té de tila en las manos. Una se convierte en leyenda con ampollas en los pies, con los dedos curtidos por las texturas del fuego; por el rango, entre terrible y sublime, de las imágenes que penetran por los ojos.

La mancha rojo intenso en las sábanas blancas por sí sola no hubiera significado nada, sin esa forma confeccionada por los pequeños coágulos que expulsó su vagina durante las horas de sueño. Sintió la masa viscosa en la entrepierna antes de hacerse consciente de que había despertado. Agarró una orilla de las telas de diferentes grosores que la cubrían, con el sentimiento de fastidio previo a saber lo que encontraría: nada odiaba más que manchar algo o ensuciarse con su menstruación.

No, sí había algo que odiaba más: tener la menstruación justo los días del año en que tradicionalmente más había cogido, la exposición de libros y vergas, mínimo una por día, que esperaba con ansias durante todo el año y que éste, por culpa de los caprichos de su endometrio, no podría disfrutar.

Entró en la regadera. Abrió las piernas. Dobló las rodillas hacia afuera. Miró el chorro de sangre que la gravedad atraía hacia el mármol del piso y el agua diluía, no sin antes crear, otra vez, asientos como los que se hacen al fondo de una taza de café turco. Disfrutó la imagen de la tinta roja trazando augurios en sus piernas.

Dobló el codo de la mano derecha y dirigió el dedo corazón hacia la vulva. Avanzó despacio hacia adentro de su cuerpo, provocando que otro coágulo cayera de golpe sobre el suelo y se quedara colgado entre las rejillas de la coladera. La sangre escurría cada vez más abundante. Utilizó el índice y el anular de la mano izquierda para separar los labios mientras su dedo medio acariciaba de forma vertical el clítoris y la mano derecha continuaba con su juego de meter y sacar. Apretaba y soltaba. Apretar. Soltar. Apretar. Apretar. Soltar. Hasta que la matriz se convirtió en suelo debajo de desfile militar, en plantas de los pies a punto del calambre. Gimió fuerte. Nada le gustaba más que un orgasmo.

No. Sí había algo que le gustaba más que un orgasmo: seducir al próximo hombre que se lo provocaría en la materia, la energía o la imaginación. Ese pensamiento le recordó su sensualidad tullida. Suspiró.

A pesar de la abundancia que expulsaba su cuerpo, decidió ponerse un mini vestido negro casi transparente, ideal para provocar pensamientos pecaminosos, suyos y de otros. Se trepó en unos tacones negros y salió hacia el pasillo. Balanceaba la cadera al ritmo de la música que siempre sonaba en una de las dimensiones de su mente y la mantenía con el tempo armonizado a los latidos del aire, y en sintonía con los ejemplares del sexo opuesto, siempre dispuestos a satisfacer sus deseos una vez que eran elegidos.

Le calentaba saber la expectativa que el balanceo del vestido sobre las nalgas causaba en las miradas de quienes se topaban con sus piernas casi encueradas. Los días que no debía utilizar calzones salía desnuda debajo de la ropa y de tanto en tanto, cuando el espécimen que tenía enfrente le generaba algún interés, “accidentalmente” se movía de forma tal que dejaba ver su condición de mujer dispuesta a desvestirse ante el mejor postor.

Su primera escala era la sala donde se presentaría el libro del escritor que en la adolescencia le había cambiado la vida, haciéndola ver que existían más caminos, además de los que sus padres le habían enseñado, y no estaban relacionados con enamorarse del hombre perfecto, casarse entre tules y flores y cuidar de los hijos y del esposo hasta la muerte. Instrucciones que ella aparentemente había seguido al pie de la letra cuando decidió convertirse en alguien que bien podría ser el personaje de una de las novelas que tanto le llamaban la atención.

El autor del libro era un hombre grande, nacido poco más de dos décadas antes que ella. Vestía una playera gris, entallada, que testificaba las horas en el gimnasio y un interés en el cuerpo que a ella le resultaba importante; en los últimos años, y después de haberse cogido a una buena cantidad de hombres mayores de sesenta, aprendió que el cuerpo cobra el sedentarismo de la juventud justo después de las seis décadas, así que los músculos del buen escritor presagiaban una polla dura, y el tema de sus novelas dejaba adivinar una experiencia muy sexual y muy decadente.

Se sentó en la primera fila, con las rodillas bien juntas. Ella sabía que los autores se fijan en el público en su presentación unos segundos después de colocarse en su sitio, cuando el cerebro detecta el momento de relajarse y fluir, por eso ella esperó el instante perfecto para levantar la pierna derecha y con un movimiento parecido a la “Verónica” del torero, colocarla encima de la izquierda y dejar a la vista parte de la nalga.

El plan fue un éxito. El movimiento provocó la atención del autor y el consiguiente interés que tuvo en ella durante toda la presentación, curiosidad que ella aprovechó para dejarse observar y para seducirlo en silencio con sonrisas, caricias en el cuello, guiños y otros gestos sutiles, como cuando se puso las palmas de las manos en el interior de los muslos y los abrió ligeramente.

Cuarenta y cinco minutos después, al terminar las palabras de editor, escritor invitado y autor, ella permaneció sentada en su sitio mientras él firmaba libros, platicaba y se tomaba fotos con la concurrencia.

Recuerda lo que siguió como si lo hubiera visto en una película y no como si fuera parte de su experiencia vital.

Él se le acercó, estiró el brazo y con mano firme la jaló para levantarla de la silla. La inercia la hizo aterrizar en sus brazos, lo que él aprovechó para tomarla de la cintura, cargarla y abrir sus labios con la punta de la lengua. La besó con las comisuras de la boca, con el pecho, con los brazos; ella lo rodeó con las piernas. Sin importarle la gente de alrededor, dejó que su cuerpo sintiera al fin la dureza de los músculos de los brazos, de la espalda. Abrió los ojos para registrar en su memoria la cara de él tan cerca de la suya. Encontró que él también tenía los ojos abiertos. Vio cómo en las arrugas varoniles se dibujó una sonrisa; ella también sonrió. Siguieron besándose con los labios en deleite, hasta que la editora que momentos antes lo presentaba como uno de los escritores más disciplinados, serios y talentosos de la industria le tocó el hombro con un dedo para que volteara. Él ni se inmutó.

La puso en el suelo, estiró el minivestido para esconderle la ropa interior y la agarró de la mano. En el pantalón de él se veía la erección descaradamente; conforme caminaban se iba haciendo más notoria, para beneplácito de ella y escándalo de las señoras de la alta sociedad de aquella ciudad tan conservadora y amante de las manifestaciones religiosas más exhaustivas, requisito necesario para mantener el honor y la pureza de sus habitantes, sobre todo de los más jóvenes.

Claro que las lentes de las cámaras de los teléfonos celulares no se hicieron esperar, y pronto más de una decena de personas comenzaron a grabar tan interesante suceso acaecido entre el escritor ex heroinómano y la mujer desconocida, que era arrastrada a cada vez mayor velocidad hacia la salida del recinto, dirigida al paso de cebra y luego a las puertas de cristal del hotel, en donde caminaron hacia el elevador del que él apretó el botón del 21.

Adentro la tomó de nuevo por la cintura para levantarla y continuar besándola, con cada vez más violencia, hasta que se abrieron las puertas y salieron de ahí, ella alrededor de él, que puso en evidencia una vez más su imponente fuerza cuando no le permitió poner los pies en el suelo. Llegaron a la habitación, él puso la llave, que ella ni se enteró cuándo sacó, en el sensor de la chapa, lo que les dio acceso a una recámara espaciosa, cuya cama recibía de lleno los rayos del sol y en la que ella encalló de golpe.

Él la miraba con esa cara inundada de testosterona que ponen los hombres cuando ya se les desconectó el cerebro de los pantalones. Ella pensó en advertirle que cuando le quitara las bragas saldría sangre a borbotones, pero prefirió no hacerlo; quería que a él no se le olvidara nunca la mujer junto a la que había convertido la habitación de un hotel gran turismo en algo parecido a un matadero de cerdos; deseaba sorprenderlo con la copiosidad de su menstruación.

Él agarró los dos extremos de las bragas y las jaló hacia los pies. Ella levantó la cadera y lanzó un gemido involuntario, le fascinaba ese preciso instante en que la tela se deslizaba hacia sus pies; era encantador mirar el gesto de hallazgo del compañero ocasional, ver cómo la lengua saboreaba lo que estaba a punto de comerlo.

Esta vez no le iba a suceder como en otras ocasiones en las que dejó sus deseos en fantasías; esta vez dejaría que la realidad sobrepasara a sus expectativas, con el sí habitando cada partícula de su cuerpo, desde las huellas dactilares hasta las puntas del pelo.

Abrió las piernas. En vez de brillar con la consabida lubricación que expulsan las mujeres cuando están excitadas, de la vulva se desprendió el líquido rojo intenso que salió de ella. Con un gesto veloz él estiró el dedo corazón y lo introdujo en la vagina. Ella levantó la cadera. Él siguió metiendo y sacando el dedo hasta que la sangre era un exceso; entonces acercó la boca y comenzó a succionar todo, los labios, la vulva…. Lamía como lobo hambriento, se atragantaba de sangre, la manzana de Adán se elevaba con frenesí. Ella no podía creer las sensaciones en su cuerpo, levantaba y bajaba la cadera, doblaba los dedos de los pies, le arañó la espalda. Tuvo un orgasmo al que siguieron dos más; todo en apenas unos minutos.

Lo miró. La sangre se escurría por los dientes, remarcaba las líneas de los labios. Ella le puso las manos en el pecho y empujó hasta dejarlo hincado. Se incorporó. Le mordió el labio, la barbilla, el cuello y fue bajando por el pecho, el ombligo, para trazar una línea hacia el nacimiento de la erección coronada con un glande del tamaño de una pelota de golf. Se metió la pelota en la boca, la hizo llegar hasta la garganta.

El hombre gigante se contorsionaba, le puso la mano en la cabeza. Arremetía con fuerza dentro de la boca de ella, que le encajó las uñas en las nalgas, lo que aumentó todavía más el deseo de penetrarla. Al notarlo, ella se le adelantó. Retiró la cabeza de la verga de él y lo empujó hacia el colchón. Se puso de pie. Le escurrieron de nuevo unas gotas densas desde el cuerpo, que cayeron estratégicamente en la punta del pito, que parecía un panecillo de Navidad, glaseado con el color rojo de la ropa del señor de los juguetes.

De un solo movimiento ella dobló las rodillas y se penetró hasta el fondo. Sentía la presión de la punta de él sobre el cuello del útero, cómo empujaba para llegar más adentro: dolor y gloria; gloria y dolor. Él jaló una almohada y se la puso debajo de las nalgas, con lo que pudo entrar todavía más profundo. Ella se inclinó para besarlo de nuevo, provocando que la base del pene le rozara el clítoris. Otro orgasmo. El cuarto del día.

Escritor consagrado y escritora novata desafiaron las leyes de la física y de la prudencia por horas. Él bebió la sangre de ella cual vampiro posmoderno; ella dejó que él calara todos sus orificios disponibles con los apéndices más extravagantes de su cuerpo: manzana de Adán, nariz, codos…

El mediodía se convirtió en atardecer; el atardecer en noche; la noche en amanecer de horizonte rojo y dolor de coxis y la certeza de que el sexo duro del pasado inmediato provocaría que no pudiera sentarse en varios días.

Salió de ahí mientras él todavía descansaba el sueño de los bien cogidos, para evitar el riesgo de que volviera a despertarse y en lugar de comer o tomar algo, decidiera volver a hacerla el plato principal del siguiente día.

Se miró al espejo del elevador mientras descendía. Piso 21… 20… 19… Sus pupilas chisporroteaban, hacían un contraste vampírico con el color casi transparente de su piel, algunos rastros de sangre y las ojeras color de rosa. Suspiró y se dirigió a sí misma en voz alta, antes de que en el tablero digital del elevador apareciera la letra “L”:

“Bueno, si no te conviertes en leyenda, por lo menos ya te cogiste a una.”

Daños colaterales #cuento #ficción

Queridos sobrinos,

Ustedes creen que moriré virgen. Y es probable que así sea. Pero no de la virginidad que ustedes creen: soy virgen de poseer al hombre que se me antojara, porque los tuve todos. Había pensado llevarme mis secretos a la tumba, pero no quiero ser injusta con la generosidad con que me ha tratado la vida ni con la imagen de mí que ustedes llevarán en la memoria.

¿Se acuerdan de Pedro, el sacerdote de la iglesia de San Juan? No puedo decir que fue el amor de mi vida, porque de esos tuve muchos, pero sí que es el amante más constante de los que tuve y, sobre todo, el más fiel, porque su otra relación íntima fue con Dios y jamás con mujer ajena.

Pasábamos horas en la sacristía, leyéndonos la biblia al oído mientras su mano o la mía provocaba orgasmos en su cuerpo o el mío. Él me enseñó lo glorioso del sexo, lo cercana a Dios que me sentía cada vez que lo tenía dentro al mismo tiempo que su pecho rozaba mis pezones.

Pedro era un hombre generoso con el pueblo y conmigo. Cuando ustedes dejaban de visitarme durante temporadas largas no saben lo maravilloso que era, porque podía pasar las noches enteras entre sus brazos, y ahí era feliz.

Varias veces estuve tentada a contarles mis aventuras amorosas; cuando los alcanzaba a escuchar cuchicheando el fastidio que les parecía visitarme, culpándome a mí de mi soledad al haber decidido no tener hijos. Qué egoístas y estúpidas son a veces las personas, que por prejuicios piensan que una solterona mayor de 50 años sólo está sentada frente a la ventana esperando a que alguno de sus familiares se apiade de ella y la visiten…

¡Si yo les contara las veces que estuvieron a punto de sorprenderme en la cama con el jardinero y el maestro de obras! ¡Tuve que esconderlos en la regadera para que no los encontraran en mi habitación en varias ocasiones! Ustedes me contaban historias, pero yo sólo deseaba que se marcharan para seguir lamiéndoles el glande y recibir el semen en el pecho, pero no, tenía que meterme al baño para darles una bata para que no se murieran de frío. Claro que me amaban, si no, ¿cómo soportar las horas perdidas, sentados en el escusado, esperando a que ustedes se largaran?

La tercera vez que el pobre de Justino, el plomero, se quedó atrapado en el baño les pedí que me ayudaran a hacer la puerta hacia el jardín, ¿se acuerdan? Por más que quisieron convencerme de la inutilidad de una salida junto al WC, yo me aferré a que se hiciera, con el pretexto de que ya estaba demasiado intensa mi reuma y me costaba trabajo salir a colgar la ropa al sol.

También me construyeron la nueva salida al costado del terreno, que mis novios y yo bautizamos como la “Salida de emergencia” entre carcajadas y jadeos, porque para estrenarla decidí hacer un simulacro como los de los sismos.

Esa tarde hubo pasteles y otros bombones, además de crema chantillí y condones de todos los sabores. Estábamos en la parte más rica del guateque, tenía yo la verga del jardinero en el culo, la del plomero en el coño y la de Pedro en la boca, cuando el sonido de la chapa de la puerta irrumpió entre los “qué ricos”, los “mamita deliciosa” y los “eres una lujuriosa”.

Como no habíamos ejecutado el simulacro de evacuación todavía, nos hicimos bolas. Pedro se tropezó con el plomero, el plomero cayó sobre el jardinero y yo no tuve más remedio que ponerme la piyama y salir con la mejor cara de amodorrada que alcancé a caracterizar, aunque no sé por qué, si ustedes nunca se fijaban realmente en mí.

Pero decía que salí con cara amodorrada, los pelos hechos bolas ya los tenía después de la arrastrada que me estaban poniendo. Me saludaron muy formales, beso, abrazo, cómo estás, tía, y de repente uno de ustedes me preguntó por qué había un señor en el jardín colgando la ropa. Casi se me sale una carcajada al ver al plomero con las manos sobre mis calzones, simulando que los acomodaba en los mecates, con cara de saber lo que estaba haciendo. Les respondí que me había venido a ayudar a tender porque me estaba sintiendo mal últimamente y él se ofreció. No sé si ustedes notaron que iba descalzo, supongo que como era un pueblo no les pareció sorprendente ver a un indio sin zapatos sobre el pasto.

Total, por más que intenté despacharlos rápido esa tarde para que me dejaran seguir con mi celebración, ustedes decidieron quedarse más tiempo, seguro sintiéndose culpables por haberme abandonado durante tantas semanas. Me llevaron de comer una sopa de frijoles molidos y un guisado de carne con verduras en salsa de tomate, que tuve que tragarme con mirada de gratitud, aunque en realidad eran un asco y no tenían nada que ver con el pozole que Juan había preparado para la ocasión y tuvimos que dejar para después, cuando los cuatro pudiéramos volver a coincidir para acabar (en sentido metafórico, y también en el literal, ustedes entienden) lo que interrumpieron.

¿Por qué nunca dije nada? ¡Imagínense el escándalo! Juan era sacerdote; el jardinero tenía esposa y siete hijos y el plomero fingía ser homosexual para poder almorzarse a todas las señoras del pueblo sin que los maridos tuvieran sospecha alguna. En lo que respecta a mí, así era más cómodo, porque si ustedes hubieran sabido que yo tenía novio, amante o cualquier hombre preocupado por mi suerte, habrían dejado de mantenerme, de darme dinerito para vivir, comer y regalarme de vez en cuando un lujito, como las sesiones de masaje que tanto amaba.

Lo hacía por ustedes también, porque con eso de que su mamá se murió cuando eran niños, necesitaban una figura femenina de ejemplo y autoridad, y qué mejor que la tía virgen y santísima que se fue a vivir a pueblo quieto para alejarse de la vida libidinosa y de perdición que se experimentaba en la gran ciudad y ella aborrecía con todas sus fuerzas.

Pero la verdad es que me vine a pueblo quieto, precisamente a este, siguiendo a Juan, que un día, cuando todavía era el sacerdote de la iglesia de la colonia de junto, me notificó que el Vaticano ordenó su cambio a este lugar como castigo a una denuncia que una señora, esa sí muy estirada y muy decente (también muy reprimida), le puso con las autoridades eclesiástica por haberle agarrado las tetas en plena confesión. Cuando le pregunté por qué diablos había hecho algo así, me respondió que creyó que ella le había coqueteado. Ya luego se le fue quitando lo pendejo y decidió sólo encamarse conmigo: yo jamás le causaba problemas ni le quitaba el tiempo.

Si se preguntan si alguna vez me sentí culpable de estafarlos, la respuesta es no. Toda mi vida tuve que aguantar a su mamá, que de niña era abusiva y mentirosa. Cada vez que ella hacía una travesura me echaba la culpa a mí, y como era la consentida de la abuela, entonces yo era la que salía siempre castigada, y ella no sentía remordimiento alguno.

Me acuerdo que a los 15 años se puso un vestido para el que yo ahorré durante meses. Cuando la vi salir le pedí que se lo quitara porque uno, no me lo había pedido prestado, y dos, no se lo prestaba. Me miró unos segundos, sonrió de ladito, burlándose de mi petición y se dio la vuelta.

Corrí a acusarla con mi mamá, pero la defendió y además me dijo que era yo una egoísta por no prestarle a mi hermana un simple vestido. De nada sirvió que le dijera que me había costado meses comprarlo, me tachó de desconsiderada y mala persona y afirmó que mi hermana tenía derecho de ponerse lo que quisiera, y además, de agarrar mi coche cuando se le diera la gana.

Al salir de la cocina me la encontré riéndose a carcajadas. Esa tarde se largó con mi vestido puesto, pero yo llegué a la conclusión de que, si había perdido la batalla contra ella, además de no volver a comprarme nada para mí, lo pagarían sus hijos cuando los tuviera.

Así que ustedes han sido daños colaterales, dulce venganza. Y no. No les ofrezco disculpas.

Quería contarles la historia de cada uno de mis amantes, 365 para ser exacta (sí, como los días del año, linda coincidencia, ¿no?), pero ya llegaron las enfermeras para llevarme al quirófano y como no sé si saldré viva de ahí (ojalá no, pero igual y Dios sí existe y todavía me quiere aquí), mejor busquen mi diario, está en el buró del lado izquierdo de mi cama; la portada es azul oscuro y dice “Sagrada Biblia” en letras doradas.

Me voy entonces, sobrinos. Cuídense mucho y espero que algún día aprendan y se les quite lo culero.

Adiós, hijos de su pinche madre (literal),

Tía Dolorcitas


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Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito

De la ingeniosa y polémica escritora Mónica Soto Icaza, autora del Best Seller Tacones en el armario, llega Grab my pussy!, cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito. En este libro la autora rescata el lado sensorial, irreverente y jovial del sexo. Los cuentos de Grab my pussy! son provocadores de humedad y carcajadas. En textos breves e intensos los lectores entrarán en una dimensión de hallazgos y auto descubrimiento que les dejarán un delicioso sabor de boca. Al nadar por estas páginas el reto será que ambas manos permanezcan en el papel…

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Derechos de Autor y otras peculiaridades #LiberaTusLibros

(O cómo evitar futuras noches de insomnio)

La originalidad no consiste en decir cosas nuevas,

sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro.

Goethe

El tema de los Derechos de Autor es uno de los que más preocupa a quienes decidieron utilizar su experiencia, talento, trabajo, visión del mundo y conocimiento para llevar a cabo una obra que trascienda a su propia vida y que tal vez transforme en algo la vida de alguien más. Por eso es importante conocer los conceptos básicos relacionados a ellos: conocimiento es poder de decisión.

Además, en estos tiempos en los que es muy popular compartir los textos en redes sociales, blogs y sitios web, la protección del trabajo intelectual adquiere proporciones mayúsculas.

Empecemos con algunos conceptos básicos:

Un autor es el creador de una obra artística: literatura, cine, pintura, música, danza, fotografía, arquitectura, dibujo, programas de radio y televisión, escultura, programas de cómputo, performance.

Una obra es una creación original que puede reproducirse por medio de una gran diversidad de soportes, medios y tecnologías, desde los libros impresos hasta los más inimaginables y no existentes.

La propiedad intelectual es la creación original que surge de la imaginación y la creatividad del autor.

El plagio es un delito contra la propiedad intelectual que se comete al copiar la obra ajena y presentarla como si fuera propia. En México se castiga con prisión.

El ISBN (International Standard Book Number) es un número compuesto por 13 dígitos. Contiene información sobre el país de origen, editorial y otras características físicas, como el número de páginas y hasta el precio. De éste surge el código de barras del libro. Es único por edición y por editorial. Se tramita en la Agencia Mexicana ISBN.

La institución que protege el Derecho de Autor en México es el Instituto Nacional del Derecho de Autor (Indautor), con la que el Estado cumple su función de preservar el patrimonio cultural y artístico del país para mantenerlo vivo.

Hay dos tipos de Derechos de Autor: el Derecho Moral y el Derecho Patrimonial.

El Derecho Moral es el que surge de la misma creación. El Indautor lo protege desde el momento en que decides hacer pública esa creación. Es imprescriptible, porque será tuyo incluso después de tu muerte; es inalienable, porque no se puede ceder, regalar o vender a alguien más; es irrenunciable, porque no puedes arrepentirte de haberlo creado (o sí puedes, pero no deja de ser tuyo), y es inembargable, porque nadie puede quitártelo.

El Derecho Patrimonial es el derecho de explotación comercial de la obra. El autor puede explotar su obra él mismo y también puede autorizar o prohibir a otros que lo hagan. Todo esto se hace dentro de los límites de la Ley Federal del Derecho de Autor.Los Derechos Patrimoniales se transfieren por escrito, no pueden donarse a título gratuito, sino que deben tener un precio, una contraprestación, ya sea en dinero, o en intercambio en especie. Cuando firmas un contrato con una editorial, este es el derecho que transfieres.

La vigencia de la protección del Derecho de Autor en México aplica durante toda la vida del autor más 100 años después de su muerte. Como autor tienes derecho a heredar los Derechos Patrimoniales de tu obra mediante un testamento o un juicio en caso de morir intestado; el sucesor tiene derecho a heredarlos de nuevo, y así sucesivamente, hasta que se extingan los derechos, cuando la obra pasa a ser del dominio público.

El trámite para proteger los Derechos de Autor en México, como ya comenté, se realiza en el Indautor. Es muy ágil, sencillo y la atención en la oficina de Registro es rápida y amable. Recomiendo llegar temprano (abren a las 9:30 de la mañana y cierran a las 14 horas).

En la página de internet http://www.indautor.gob.mx se encuentran domicilio, horarios, formatos de solicitud de registro y pagos y mucha más información sobre este tema tan importante y que debería ser una constante dentro del ámbito creativo de las naciones.

 

Derechos subsidiarios

 Además de los derechos que se desprenden de la creación original, en nuestros días suele ocurrir que la obra crece y trasciende al libro. Cuando esto sucede, es importante precisar que no por ser un formato diferente al original, los derechos dejan de ser del autor. Por ejemplo, si tu novela se convirtió en audio libro, el contenido sigue siendo tu creación; si es película, si se tradujo, si hicieron una caricatura, lo que sea que se produzca a raíz de tu idea, sigue siendo tuya.

Esto se llama: Derechos subsidiarios, e implican derechos de reproducción (con fines promocionales, si se publicó un fragmento en una revista, blog, etcétera); Derechos para Ediciones de Bolsillo (en caso de que en el contrato original se firmara para un libro en formato rústico); Derechos extranjeros (por si el libro se vende en algún otro país); Derechos de audio (audiolibros, música y otros); Derechos dramáticos (adaptaciones para televisión, cine o teatro); Derechos electrónicos (libros electrónicos, aplicaciones, software); y otros, como juguetes y accesorios.

Por todos los derivados de la obra en cuestión el autor deber recibir regalías, por eso es importante tomarlo en cuenta al firmar el contrato.

Creative Commons y el Movimiento de Libre Acceso

Si en tus planes está publicar tu obra en digital, ya sea en libro electrónico, blog, redes sociales, o cualquier otra plataforma que exista o llegue a existir, o si quieres que tu libro tenga oportunidad de reproducirse a gran escala, sin importarte demasiado recibir una remuneración por ese trabajo u obra de arte, existen alternativas que te permiten mantener tus derechos de autor, pero compartir a mayor escala sin riesgos.

Cuando le concedes a tu obra una licencia Creative Commons, como autor, puedes publicar tu obra de tal forma que otros la compartan sin necesidad de tener tu autorización por escrito. Las condiciones son que aparezcan tu crédito y el vínculo que lleve a ti, que no se le hagan modificaciones y, sobre todo, que no se explote comercialmente. Hay varios modelos diferentes de licencias; dependiendo de cada uno corresponde la restricción sobre el crédito a tu nombre que se deba llevar a cabo.

En caso de que le concedas a tu obra una licencia Creative Commons, en lugar de poner en la página legal “Todos los derechos reservados”, se usa la leyenda “Algunos derechos reservados”. (Más información en https://creativecommons.org)

El Movimiento de Libre Acceso ha enriquecido la divulgación de la obra de gran cantidad de autores, desde los clásicos hasta traducciones de textos raros u obra de escritores vivos. Con él se respeta la autoría de los textos, pero como están en línea pueden encontrarse de forma gratuita. No persigue fines de lucro, sino que tiene el ánimo de compartir la literatura y de esta forma permitir su difusión masiva hasta los últimos rincones de la tierra.

Al final del día, el autor es quien decide la protección que se le dará a su obra, pero es importante conocer estos detalles para abrir las posibilidades y alcanzar el máximo potencial del libro que queremos publicar.

 

Recomendaciones referentes al Derecho de Autor al momento de firmar un contrato:

  • Los únicos Derechos que puedes transmitir al editor o la editorial son los Derechos Patrimoniales.
  • Si vas a invertir en la impresión del libro, no cedas tus Derechos Patrimoniales. A menos que recibas un pago o hagas un intercambio, si tú pagas por hacer el libro, es ilegal y absurdo que transfieras tus derechos.
  • Si vas a transferir tus Derechos Patrimoniales fíjate durante cuánto tiempo. Algunas editoriales los reservan dos, cinco o siete años; otras, por más tiempo, y normalmente son ellas quienes fijan la vigencia. Al negociar tu contrato, toma en cuenta que a mayores beneficios (en promoción, difusión, distribución, presentaciones, regalías, etcétera), mayor tiempo. Si tú tienes que pagar por todo y encargarte de la mayoría de los asuntos mencionados, no los transfieras.
  • Los elementos que debe tener el contrato para que sea válido son: fecha de firma; nombre y domicilio de las partes firmantes (tiene que aparecer, en caso de que la editorial sea Persona Moral, el nombre del representante legal de la misma); declaración de autoría del libro por parte del escritor; si es un contrato de exclusividad y el autor no puede publicar la obra en otra editorial (esto es lo más común); vigencia de la transmisión de derechos (puede ser por tiempo transcurrido o porque se agotan los ejemplares sujetos del contrato); formato del libro; porcentaje de regalías; monto de adelanto de publicación; territorio de distribución (o en su caso, librerías y ferias de libros donde se venderá tu libro); derechos subsidiarios; soportes (si es impreso, electrónico, etcétera); requisitos fiscales para pago de regalías; cantidad de ejemplares a imprimir y en su caso, condiciones de reimpresión; si la editorial debe pedirle permiso o no al autor para hacerle modificaciones al texto, la imagen o cualquier elemento que contenga; quién correrá con los gastos de publicación, distribución, promoción y publicidad; negociación de traducciones y las regalías que el autor obtendrá en ese caso; beneficiario del contrato en caso de muerte del autor; a qué organismos legales se acudirá en caso de controversia.
  • En caso de dudas siempre es mejor consultar a un abogado o acercarse a las oficinas del Indautor.

La próxima semana publicaré mis recomendaciones para autopublicar en plataformas digitales, para que tomes decisiones basadas en información concreta.


*Este texto forma parte de mi libro: Libera tus libros, el arte de hacer y vender libros en México. Puedes adquirirlo aquí:

Libera tus libros

¿Quién no ha pensado alguna vez escribir un libro?, ¿quién no ha soñado con publicar lo que ha escrito?, ¿quién no ha querido contarle algo al mundo? Libera tus libros es resultado de más de 15 años de trabajo en el mundo editorial mexicano. No es una autobiografía: constituye un manual con información, datos reales, golpes de suerte y paracaídas escrito en forma clara y concreta sobre todo lo relacionado con el mundo de los libros en este peculiar país. En estas páginas encontrarás desde los momentos que han transformado la historia del libro hasta recomendaciones legales para la firma de un contrato; temas como el funcionamiento de los diferentes tipos de editoriales, la forma en que ciertos libros se convierten en best sellers, pasando por los tipos de libros y las alternativas de publicación que han traído las nuevas tecnologías, entre otros asuntos de interés.

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