De libros abiertos

Amantes mutuos y amantes de los libros, cada martes a las cuatro de la tarde él y yo convertimos su biblioteca en parque de diversiones. La palabra es algo más que herramienta de descripción: es vida eterna, por eso me gusta leerla con la espalda desnuda y la sonrisa en la punta del apetito.

Él camina hacia el librero más cercano, estira el brazo, la mano aterriza en un lomo amarillo: El amor en los tiempos del cólera. Lo abre al azar: “Además, la clandestinidad compartida con un hombre que nunca fue suyo por completo, y en la que más de una vez conocieron la explosión instantánea de felicidad, no le pareció una condición indeseable.”

Suspiro. Nuestras miradas rebotan en las pupilas. Sabe de mi atracción hacia los hombres prohibidos, como él: argumenta que no tiene nada qué esconder, pero el noventa por ciento de su vida es un misterio. Para mí es perfecto. Recuerdo la idea de Esther Perel en su ensayo El dilema de la pareja: “En nuestros esfuerzos para protegernos a nosotros mismos de la traición íntima, demandamos acceso, control y transparencia. Y, sin saber, corremos el riesgo de erradicar el preciso espacio entre nosotros que mantiene al deseo vivo. El fuego necesita de oxígeno.” Él y yo somos hoguera, una hoguera con aire de seis días para alimentarse.

Antes de utilizar mi turno me acerco a su boca. Repito mi frase favorita, la única que me sé de memoria de esa obra de Gabriel García Márquez, con los labios sobre los suyos: “Le gustaba decir que aquel amor había sido el fruto de una equivocación clínica”.

Su espalda –y algo más que su espalda– se pone rígida. Intenta atraparme en un abrazo. Le digo que ya habrá tiempo para remediar la tiesura. Este es momento de jugar.

Me paro sobre el edredón para cazar uno de los libros sobre la cabecera. La casualidad elige La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero me mira desde la contraportada. Cierro los ojos, siento el canto con las yemas de los dedos, elijo una página y leo en voz alta: “Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien. Actividades todas ellas importantísimas”.

Reímos al unísono. Como polos opuestos de pronto ya nos deslizamos por el piso de madera: los dos amamos bailar, amamos escribir y amamos hacer el amor.

Se detiene. La inercia me sienta a la orilla de la cama. Le toca a él. Lo toco para encaminarlo a la estantería de caoba y casi al llegar le coloco un antifaz. Me alejo de él no sin antes rozarle la cadera con las palmas de las manos.

Hace su selección, abre el tomo, me lo ofrece. Yo lo agarro y pronuncio las oraciones que señala: “una mujer podía tener relaciones sexuales y formar lazos íntimos con varios hombres (y mujeres) simultáneamente, y todos los adultos de la banda cooperaban en el cuidado de sus hijos. Puesto que ningún hombre sabía a ciencia cierta cuál de los niños era el suyo, los hombres demostraban igual preocupación por todos los jóvenes”.

Él abre los ojos. El volumen que yace en su poder es Sapiens. De animales a dioses: una breve historia de la humanidad. Yuval Noah Harari es el autor, quien ignora que acaba de formar parte un acto de magia literaria. Esta vez el regocijo se manifiesta con una carcajada.

Cuando voy por la siguiente cita sorpresa él decide que ya es tiempo de transitar a otro pasatiempo, uno que también provoca adicción y jamás te quita el hambre. Entonces nos engarzamos sobre las sábanas blancas para crear otro recuerdo que sí, probablemente trasmute en ficción.

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*Este texto fue originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

Foto: Jorge Charcot

Duelos, renuncias, lejanías…

«También el alma tiene lejanías…»

Francisco A. De Icaza

De eso está confeccionada la vida. De bocacalles con múltiples destinos que se borran en el mismo instante en que ponemos los pies en el camino de nuestra elección. Así, el tú que serías si hubieras tomado otro rumbo muere en ese instante, y nace otro tú, el que calza tus zapatos y responde al llamado de tu nombre.

Algunas renuncias están hechas con fuerza de voluntad, pero también existen los duelos impuestos, esos que por más que te resistes no son opción tuya. Esas lejanías suelen ser las más dolorosas, las que te hacen manejar tu corazón con pinzas al rojo vivo, las que al final de cuentas moldean tu experiencia en algo más fuerte y que se parecen mucho más a ti que cualquier otro de los esqueletos externos que vas desperdigando por donde pasas.

Eso me sucedió al divorciarme, cuando llegué a este departamento de piso de madera y paredes blancas, muy altas, construido el mismo año en que las bombas atómicas culminaron con la Segunda Guerra Mundial.

Por eso es tan importante esta noche, mi última aquí, en este sitio que me sirvió de refugio para volver. Por eso hoy imaginaré mi cuerpo en esos hombres que creyeron poseerme y terminaron siendo ficciones para deleite de mi memoria. Bien lo dijo alguien alguna vez: cuando me conoces no sabes si terminarás siendo uno de mis personajes.

Aquí dejo los torrentes que caían de la espalda de Tristán al agarrarme de la cadera para poseerme hasta hacerme gritar; se quedan también los dedos como pinzas de Bastián en mis pezones; Uriel y nuestros espasmos en el sillón de la sala y la forma en que corría al baño después porque le daba asco el semen, trauma legado de siete años en un seminario en Italia; Cillian y sus problemas matemáticos escritos con plumones de colores en la piel de mi espalda; las mordidas en la espalda del Limerente; los dedos de Oswaldo provocándome el primer squirt de mi vida; Yan y sus 1.60 y su enseñanza de que la correlación entre el tamaño del pie y el miembro viril es una leyenda urbana; la mirada enamorada de Brais, llena de dudas certeras y de tanto miedo; el coraje acumulado de Lisandro que se convirtió en lujuria; Cedric y su piercing y su lengua y su cuerpo caliente junto al mío; la ternura de Acfred, con la perfecta combinación de seducción; el arrepentimiento de Agni, con su olor a sudor y ropa limpia que pasó de provocarme deleite a causarme repulsión; la espontaneidad de Ulises, mi único one night stand; los músculos de Areu, que llegó con un líquido para provocarme estallidos y huyó despavorido de amor; el chorro de Colombia y la manera en que temblaba porque “nunca me lo habían agarrado así”; el “todavía estás en mi top three” de Catriel, que volvió a hacerme el amor para que yo quisiera que fuera la última vez; los músculos de Rímper, con sus reparos y su magia para convertirme en cascada; Axel y sus masajes de pies a cabeza, que me dejaban semi dormida y lujuriosa; y el último orgasmo que tuve sobre esta cama, confeccionado con las yemas de mis dedos y la voluptuosidad de mis recuerdos.

En mi bocacalle particular decidí no volver a ser la esposa, la mujer a la que los demás le tengan consideración especial porque es la pareja de alguien. Sé bien que en mis elecciones borré mis huellas de ese camino para siempre. Sé que habrá temporadas de soledad y otras de compañía, que el amor está conmigo de una manera distinta, pero con una certeza fuera de dudas.

Después de duelos, renuncias y lejanías reconozco a esa otra mujer de espíritu gigante que me habitó siempre y no me cabía adentro. Hasta hoy.

La foto es de Sinhué Villalobos 🌹