Claro que un día no es nada más que un día, una progresión común y corriente de horas y tonos de luces en el cielo. Claro que el cielo no es nada más que el cielo, vapor de agua y atmósfera que lucha por su supervivencia contra la mierda humana. Claro que la gente es lo más común que existe, hay más de siete mil quinientos millones de nosotros jodiendo al prójimo por asuntos que al fin de cuentas se evaporan para formar parte de los grandes conflictos de la sociedad.
Por eso no pasa nada si tú o yo nos morimos mañana, salvo algunas personas que nos aman, los demás dirán “qué lástima, (ponga el nombre aquí) era tan buena gente”, y continuarán lavando la loza del desayuno y jalando la palanca del escusado día tras día. Porque sí: un día no es nada más que un día, luces, sombras y algunos matices a veces, como un atardecer que las nubes confeccionaron con un encanto involuntario, y a algunos provoca cierto asombro.
Claro que un amanecer no es más que un fenómeno de dispersión de la luz. Pero también es lo que obliga a levantarse de la cama para bien pasar o mal transitar la jornada, que corresponde a equis número de mediodías de la existencia en la que deberemos sobrevivir mientras resolvemos las cuestiones que aderezan con dulzura o salan el lugar del cerebro donde se alojan los recuerdos que, esto sí no maravilla a nadie, también morirán cuando nos hayamos ido.
Entonces aquí estamos: preocupados por cuestiones como si el vecino fue poco amable esta tarde, si el niño no hizo la tarea o si tenemos el corazón roto, mientras el mundo se prepara para reemplazarnos por otro individuo con sus propios problemas, enojos y metas por cumplir.
En la tarea de volver a armarme tuve que hacer un análisis muy profundo de todos aquellos aspectos de mi educación que ya no me servirían, aspectos tan profundos que tuve que conocer los límites de mi interior para hacerlos conscientes y conseguir una transformación profunda.
Hoy quiero compartirlos contigo, porque cuando la vida ya no fluye, cuando ya no funcionan las rutinas, las antiguas creencias, es necesario desaprenderlas para dar lugar a luces nuevas, a un camino distinto que te llevará a lugares insospechados, pero diferentes y te moverán hacia un sitio mejor.
Lo principal que he desaprendido hasta este momento es:
No puedes hacer lo que se te dé la gana. ¡Claro que puedes! No quiere decir que no tengas obligaciones, quiere decir que lo que haces es una convicción, y las convicciones nacen de los objetivos claros. La persona que vive la vida dentro de tu piel eres tú, sólo tú.
No existe la libertad. Se puede ser libre y estar acompañado, tener una pareja igual de libre que tú. Dos personas satisfechas con su vida construyen una relación feliz, que es campo fértil para crecer y crear.
Las obligaciones implican sacrificio. La idea del sacrificio es victimista y provoca que haya una dosis de sufrimiento en lo que hacemos, cuando en realidad todo es cuestión de la actitud que tomes ante el trabajo, la rutina diaria, los hijos, la pareja: la cotidianidad. Si la vida es una consecución ininterrumpida de días que son prácticamente iguales, hay que hacer lo que uno ama y gozar el tiempo en el aquí y el ahora.
Si eres una mujer inteligente y decidida, los hombres te van a tener miedo. Es simple: una mujer inteligente y decidida tiene la pareja que quiere, y esa pareja valora la importancia de las ideas y decisiones tuyas, porque valora las suyas.
Finge demencia y hazte la inútil para que tu pareja sienta que sí lo necesitas. Esta es otra de las caras del victimismo, culpable de que nuestro amor propio sea relativo, así como relativa se vuelve nuestra relación. El victimismo es una enfermedad muy arraigada en nuestra cultura, muy sencilla de adoptar porque así nada de lo que hacemos resulta ser nuestra responsabilidad. Pero ser la víctima te quita la oportunidad de elegir con libertad. Alguien que se queja de todo, pero no toma acción sobre lo que le sucede, sencillamente deja que la consecución de días y noches suceda en su paso por la vida, sin ser un agente de transformación ni propio ni para los demás. Y tu vida, con todos los segundos que contiene, es sólo tuya.
Cuando eres una mujer libre, que ha decidido construir y transitar su propio camino, encontrarás la mayor resistencia en las personas que se han acostumbrado a una felicidad mediocre, y por eso ven como enemigas a quienes sí tienen la valentía de elegir cómo y con quién quieren vivir.
Hace poco amé a un hombre de nariz monumental y corazón de acorazado. Amante de las brujas, su cuerpo calmo trasmutaba en milagro. Cuando lo abrazaba por la espalda y ponía un beso en el centro, justo en la línea vertical que desemboca en la cintura, de su piel extraía temperaturas propias de un lugar cercano al centro de la Tierra.
Este individuo que amé tiene un nombre que rima con generosidad, con pasión, con entrega absoluta. Yo sabía que en sus brazos podía andar a ciegas y no corría riesgo ni siquiera de un leve rasguño.
Pensé en él llegando a recogerme algo encabronado por el tráfico, pero feliz de ya al fin besarme; entrando a casa con los ojos sonrientes y en las manos un edredón nuevo o un poema recién escrito; hablando apasionadamente de una idea o defendiendo una convicción hasta con las ofrendas más inverosímiles.
¡Y cuando provocaba que mi ropa terminara en el suelo y me poseía más allá del cuerpo! Él me enseñó que algunas leyendas sí son reales; a desaparecer del mundo en dedos ajenos.
De él aprendí sobre mí, porque así como juntos podíamos ascender al lugar con más altitud de la gloria, también podíamos descender a la fosa abisal más profunda del infierno.
Este ejemplar del sexo masculino que adoré hace no mucho posee mi despedida más dulce y más punzante; mis recuerdos más deliciosos y los más terribles; mis temblores más gozosos y los más aterradores.
Hoy me acordé de él porque hallé un poco de sus cenizas en los restos de la hoguera donde hace no tanto tiempo ardimos juntos: cenizas con fragmentos de las palabras que no volveremos a pronunciar.
Fotos de cuando la ficción se parece más a la realidad…
Quería escribirte un cuento, pero recordé la imagen de ustedes dos en un portaretratos de tu recámara. Llevábamos tres días de novios y todavía estaba ahí: restregándome en la cara su relación de tanto tiempo. Una hora busqué inspiración, caminé, escuché música, leí poemas de amor. Al final mi pluma te escupió una mentada de madre.
Once pasos
“ “El que siga se muere” ”. Dijo mientras doblaba una esquina. Dio once pasos. Se encontró de frente con el cañón de una pistola sostenida por un hombre dispuesto a disparar a la siguiente persona que se cruzara en su camino.
El mirón
La cantidad de mujeres que volteas a ver cuando salimos a la calle es directamente proporcional al número de hombres que me ven a mí, no tiene sentido enojarme por eso. Tu problema es que si no dejas de ser tan descarado, un día esos besitos en los ojos que tanto te gustan se convertirán en un arma mortal.
Martina
Creí que Martina era la persona más civilizada en la faz de la tierra hasta que la vi sacarse un moco. Tenía varios meses sin encontrarme con ella, cuando nuestros automóviles coincidieron en la esquina de Reforma y Río Tiber. En el momento que iba a tocar la bocina para hacerla voltear, metió su dedo en la nariz, hizo una bolita entre sus dedos, bajó el cristal de la ventana y lo lanzó hacia la calle. Yo me hice de la vista gorda y miré hacia otro lado, pero ella reconoció mi automóvil amarillo. En ese instante no tuvo más remedio que saludarme. Le sonreí entre cómplice y burlona. La luz verde separó nuestras miradas, tal vez para siempre.
Después de todo Martina sí era poco civilizada, no me ha vuelto a llamar desde hace cuatro años.
El martillo
Cuando él le mostro el martillo ella sonrió. Al fin podría colgar los cuadros guardados durante años para cuando tuviera su primera casa. Él se paró frente a la pared con los brazos extendidos para medir el centro, ella se recostó en el piso para mirarlo. Él tomó el martillo, colocó el primer clavo. Ella se levantó para verificar si estaba derecho. Él volteó para preguntarle a ella si estaba derecho el cuadro. La cabeza de ella se convirtió en una mezcla de sangre y lágrimas cuando las inevitables leyes de la física los hizo comprobar que dos objetos no pueden estar en el mismo sitio al mismo tiempo.
Vestido de novia
A los 21 años imaginaba el día de mi boda. Siempre que veía un vestido de novia en los aparadores de las tiendas mi mente volaba hacia el futuro día más feliz de mi vida. Me encantaba contemplarlos y escoger uno. En diversas ocasiones decidía cuál me gustaría usar pero cambié de idea muchas veces. Un día tuve que elegir al fin uno de ellos: era el vestido de novia de mis sueños: blanco, entallado, con una crinolina enorme y hermosas flores bordadas a mano. No recuerdo bien la cara de mi novio, creo que mi único recuerdo de esa boda es mi preciosísimo vestido blanco. Me ha sucedido lo mismo nueve veces.
Supongo que he desarrollado una manía por los vestidos de novia.
Antropólogo
Este mesero fue un antropólogo cansado de estudiar la miseria humana. Después de unos meses y algunos cientos de comensales atendidos, se da cuenta que le avergüenza haber nacido humano y se tira de cabeza en un puente.
Cebolla
Cortaba cebolla como pretexto para llorar… por eso Andrea aprendió a cocinar sopa de cebolla gratinada, aros empanizados de cebolla, huevos a la mexicana (con jitomate, cebolla y chiles jalapeños), cochinita pibil con cebolla morada, hígado encebollado… así podía llorar de forma descarada y con cada vez más frecuencia. Pero la vida siguió y un día se le acabaron los motivos. Cuando esto sucedió empezó a quemarse con las ollas y sartenes, incluso con el horno. Un tres de abril, la mamá de Andrea entendió al fin que su hija es adicta al sufrimiento.
El vendedor de vírgenes
Eran dos hermanas. Las vi en el tren. Hablaban y reían mucho. A su alrededor había un aura de felicidad que no había visto antes en alguien. Pero también las rondaba un espíritu bromista. De esos que se roban lo bueno que encuentran en su camino. Entonces me acerqué a ellas y les regalé un par de Vírgenes. Eran las ocho de la noche y no había vendido, pero al momento de verlas una voz gritó desde el fondo de mi estómago hasta mis neuronas. Era un alarido desesperado, el aviso que rodea a quien va a morir. Y eran ellas. Las dos. Iban en un viaje de tres semanas. Por eso me acerqué y le regalé una Virgen de cinco dólares a cada una. Y también les di la continuación de su vida. Aunque ellas nunca lo sepan. Las semanas siguientes busqué en el periódico la noticia fatal de su accidente. Pero no la encontré. Supongo que regresaron a su casa con vida. El estómago no me ha vuelto a arder desde aquel día.
El diario
Escribo esta noche para conciliar el sueño, pero en vez de lograrlo, mi mente inventa palabras nuevas para narrar experiencias viejas. Ahora entiendo por qué algunas personas escriben un diario, es cansado recordar los días cuando ya hay un humo de años sobre ellos, las experiencias acumuladas van haciendo insignificante a la cotidianeidad. Cuando escucho hablar a una persona mayor me doy cuenta cabal de eso, para ellos treinta años se resumen en unas cuantas palabras, pero en este momento yo misma no los tengo, ¿quiere decir que cuando tenga 70 mi vida hasta ahora va a ser un resumen de tres o cuatro cosas importantes?
Desde mañana empezaré a escribir un diario.
*Este libro fue publicado en enero de 2008 y contenía una colección de fotografías en blanco y negro, algunas de las que muestro aquí.
Las estrellas de pronto se convirtieron en sueños. El aire se transformó en la mano que acaricia un rostro descansando en una bolsa de dormir y el sonido lejano de los insectos del desierto permutó en una apacible canción de cuna. A las 4:30 de la madrugada sonó el despertador. La noche que transcurrió a la intemperie en el campamento de Yulara, Territorio del Norte, Australia, había terminado, aunque todavía faltaba una hora y media para que comenzara a salir el sol.
Antes del amanecer el paisaje es engañoso, parece que no existe formación alguna en el desierto: la oscuridad es penetrante. Pero conforme la luz se devela, Uluru (llamada Ayers Rock por el topógrafo y explorador inglés William Goose), se empieza a definir en el horizonte, primero como una roca gigantesca sin forma ni color, después como un enorme corazón rojo que irrumpe entre arena, matorrales e incredulidad ante la belleza y asombro al demostrar la imponencia de la naturaleza ante los pequeños hombres que sólo la admiran e interpretan.
Uluru después de la salida del sol
Ayers Rock es el monolito más grande del mundo (el segundo es la bella Peña de Bernal, en el estado mexicano de Querétaro). Localizado en el Territorio del Norte de Australia, la hermosa mole de arenisca tiene una altura de 348 metros, 3.6 kilómetros de largo, dos de ancho y 9.2 de circunferencia; se ha estimado que por lo menos dos terceras partes de la roca se encuentran debajo de la superficie y que se formó en el fondo del mar hace alrededor de 600 millones de años.
Uluru al amanecer
Al amanecer Uluru es café, sus formas están contorneadas únicamente por los relieves que sufrió hace millones de años; pero mientras más sube el sol hacia el cenit, un color rojo intenso se va apoderando de cada centímetro del llamado corazón de Australia, dotándolo de los claroscuros mágicos que hacen comprender por qué los aborígenes lo eligieron como un lugar sagrado.
Hay varias opciones para acercarse a la Roca: escalarla, caminar alrededor de ella o dar uno de los paseos que se ofrecen (Mala Walk, Mutitjulu Walk y Liru Walk), los cuales varían en distancia y se eligen según los sitios sagrados que deseen visitarse. La cuestión de escalarla o no la eligen los aborígenes, porque en días sagrados o cuando hay mucho viento el ascenso está clausurado para los turistas, aunque los Anangu, poseedores originales de Uluru, piden a los visitantes que respeten el sitio sagrado y no la escalen. También hay tours en helicóptero o la cena “Los sonidos del silencio”, donde un guía explica los misterios del lugar y las constelaciones.
Captura de pantalla de Uluru desde Google Maps
La caminata de 10 kilómetros alrededor de Ayers Rock es el paseo más común. Durante ella se pueden apreciar formas excéntricas y caprichosas, además de escuchar el sonido del viento entrar en cuevas y formas y salir emitiendo un sonido fuerte que combina a la perfección con el silencio y el canto de algún pájaro.
Por cuestiones tradicionales, los aborígenes prohíben tomar fotografías de algunos lugares y hay cuevas donde pueden entrar sólo hombres o nada más mujeres, para no hacer enojar a los espíritus que habitan ahí, que conceden años de mala suerte a los infractores; así que es necesario ir al centro de Australia para apreciar formas que de otra manera jamás se podrán ver, como mágicas pinturas rupestres, bordes, hondonadas y pequeñas cascadas. Para muchos esta situación es molesta, el primer impulso es querer compartir lo que se mira, pero los aborígenes tienen sus fundamentos y es positivo que los visitantes respeten las creencias de una cultura ancestral necesaria para conocer las raíces de los australianos.
A 32 kilómetros de Uluru se encuentra otro de los íconos del país, The Olgas o Kata Tjuta, compuesto por 36 enormes monolitos. Su formación más alta, Monte Olga, se levanta 546 metros del suelo. Uluru y Kata Tjuta son las dos maravillas que forman parte del Parque Nacional que lleva su nombre.
Incendio en el desierto de Australia: el sol enciende los matorrales secos. A lo lejos se ve Kata Tjuta
El camión se alejó de Uluru a las tres de la tarde. Todos los integrantes de la expedición se miraban con las palabras de admiración contenidas en el cuerpo. La roca los había dejado con la mente habitada, pero los labios en silencio: el poder de los espíritus ancestrales que rodean su misticismo es irresistible al estar frente a ella y tocarla.
Vista del desierto australiano, con The Olgas de fondo
*Reportaje publicado originalmente en la Revista Época de México, el 12 de mayo de 2003.
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