El chisme con Galletitas de Mónica Soto Icaza. Por Inés Récamier

Uno de los mejores chismes que he leído, tan intrigante que no lo solté hasta haberlo terminado. Treinta y cinco mujeres han sido invitadas al lecho de muerte de Salomón Andrónico, un hombre cuyo apellido nos incita a pensar en un ser andrógino. Y sí, porque a pesar de que Salomón no sea hermafrodita se beneficia de una femineidad que le facilita comprendernos —y conquistarnos—a muchas de nosotras: treinta y cinco para ser exacta.

Un montón de amantes seducidas de distintas formas; algunas de ellas han sido traicionadas, otras le guardan lealtad y agradecimiento y, por supuesto, no falta quien le odie. El mito de guardarnos para el hombre perfecto se destruye en este relato. Cada mujer cuenta una historia. Cada encuentro transmite diferentes sensaciones. Mónica tiene una pluma que describe con certeza la naturaleza de cruces inesperados, relaciones comprometidas y noches de esparcimiento. Su estilo es refinado y excitante. Las voces de sus protagonistas tienen personalidad y rostro. A través de ellas Salomón también se perfila, confirmando que no existe lo bueno ni malo, solo un hombre disfrutando al máximo su vida hasta el día en que sufre un derrame cerebral y todas ellas son invitadas a un último beso, única despedida, y las Galletitas que son importantes —porque hay para todas—.

Inés Récamier

Lo que he desaprendido con esta nueva vida

Hace tres años deconstruí mi vida.

En la tarea de volver a armarme tuve que hacer un análisis muy profundo de todos aquellos aspectos de mi educación que ya no me servirían, aspectos tan profundos que tuve que conocer los límites de mi interior para hacerlos conscientes y conseguir una transformación profunda.

Hoy quiero compartirlos contigo, porque cuando la vida ya no fluye, cuando ya no funcionan las rutinas, las antiguas creencias, es necesario desaprenderlas para dar lugar a luces nuevas, a un camino distinto que te llevará a lugares insospechados, pero diferentes y te moverán hacia un sitio mejor.

Lo principal que he desaprendido hasta este momento es:

  1. No puedes hacer lo que se te dé la gana. ¡Claro que puedes! No quiere decir que no tengas obligaciones, quiere decir que lo que haces es una convicción, y las convicciones nacen de los objetivos claros. La persona que vive la vida dentro de tu piel eres tú, sólo tú.
  2. No existe la libertad. Se puede ser libre y estar acompañado, tener una pareja igual de libre que tú. Dos personas satisfechas con su vida construyen una relación feliz, que es campo fértil para crecer y crear.
  3. Las obligaciones implican sacrificio. La idea del sacrificio es victimista y provoca que haya una dosis de sufrimiento en lo que hacemos, cuando en realidad todo es cuestión de la actitud que tomes ante el trabajo, la rutina diaria, los hijos, la pareja: la cotidianidad. Si la vida es una consecución ininterrumpida de días que son prácticamente iguales, hay que hacer lo que uno ama y gozar el tiempo en el aquí y el ahora.
  4. Si eres una mujer inteligente y decidida, los hombres te van a tener miedo. Es simple: una mujer inteligente y decidida tiene la pareja que quiere, y esa pareja valora la importancia de las ideas y decisiones tuyas, porque valora las suyas.
  5. Finge demencia y hazte la inútil para que tu pareja sienta que sí lo necesitas. Esta es otra de las caras del victimismo, culpable de que nuestro amor propio sea relativo, así como relativa se vuelve nuestra relación. El victimismo es una enfermedad muy arraigada en nuestra cultura, muy sencilla de adoptar porque así nada de lo que hacemos resulta ser nuestra responsabilidad. Pero ser la víctima te quita la oportunidad de elegir con libertad. Alguien que se queja de todo, pero no toma acción sobre lo que le sucede, sencillamente deja que la consecución de días y noches suceda en su paso por la vida, sin ser un agente de transformación ni propio ni para los demás. Y tu vida, con todos los segundos que contiene, es sólo tuya.

Cuando eres una mujer libre, que ha decidido construir y transitar su propio camino, encontrarás la mayor resistencia en las personas que se han acostumbrado a una felicidad mediocre, y por eso ven como enemigas a quienes sí tienen la valentía de elegir cómo y con quién quieren vivir.

Tú no te conformes con menos de lo que deseas.

Mónica

Confesiones de una mujer, mujer, mujer

El otro día salí con un prospecto de enamorado. Para rematar una bastante buena plática pronunció una sentencia que seguro consideró como un halago: “no eres como otras mujeres”.

Todo el camino de regreso sus palabras fueron rebotando en mi cerebro, hasta que llegando a casa me quité toda la ropa y me paré desnuda frente al espejo para buscar la diferencia a la que el susodicho se refería.

Después de un rato tuve que aceptar el fracaso: juro que tengo una cabeza, dos hombros, el consabido par de tetas, ombligo, cintura, pubis, cadera, piernas, pies… separé los muslos y con un espejito me escudriñé por dentro: clítoris, vulva, vellos, vagina. Todo en orden; nada de más ni nada de menos. Sólo una mujer.

Con mi desnudez expuesta frente a mí en la habitación del hogar en donde vivo sola, me puse a pensar en la cantidad de adjetivos que nos cuelgan y nos colgamos, como aretes, diademas, collares y toda clase de accesorios, para elevar o mermar nuestra autoestima, para “empoderarnos” o intentar hacernos creer que debemos luchar por todo, porque no nos pertenece por derecho y justicia.

Porque eso somos todas las integrantes del sexo femenino en este planeta tierra: sólo mujeres. Sin etiquetas, sin adjetivos: nada de “guerreras”. Ni “hermosas”. Ni “luchonas”. Ni “especiales” ni “comúnes”.

Ni “putas”, “atrastradas”, “frígidas”. Sin sentimientos de superioridad ni inferioridad. Ni “inteligentes” ni “tontas”.

Hay mujeres con oportunidades distintas, con realidades diversas, de edades diferentes, incluso con suerte favorecedora o no, porque nosotros no decidimos el lugar ni la situación en la que nacemos, y eso influye de manera determinante en el personal camino por el mundo.

Estoy harta de escuchar que entre mujeres nos destrozamos. De leer que una mujer se tenga que defender diciendo que es “pensante”. De seguir aceptando el término “minoría” para referirse a nosotras. De perpetuar la creencia de que no podemos trabajar juntas porque somos las primeras en traicionar a la otra. De pedir respeto y sean otras mujeres quienes se burlen. De permitir que otra persona nos ponga en rivalidad, ya sea por una posición, un empleo o por un hombre. Eso nos reduce a seres limitados, sin habilidades ni recursos personales suficientes para conquistar nuestras metas. Nada más lejano de la realidad.

Es momento de cambiar los discursos y afirmar de una vez por todas que no: no es un halago que nos digan que hacemos algo como hombres ni que somos mejores que otra mujer.

Hoy tenemos que aprender que los distintos tipos de feminismo, desde el más radical hasta el involuntario, a fin de cuentas aportan diferentes argumentos para lograr una mayor visión de la realidad y todos han sido necesarios para alcanzar este punto de la historia en el que las mujeres hemos alcanzado, además de otros derechos, el de levantar la voz y poner en evidencia las injusticias sin ser encarceladas por el marido ni lapidadas por la sociedad.

Seamos sin etiquetas, sin adjetivos. Las mujeres no necesitamos empoderarnos, y mucho menos que nos empoderen: ya poseemos ese poder desde el mismo momento que nacemos seres humanos; si acaso necesitamos algo, es recordarlo para ejercer sus prerrogativas con libertad.

 

Somos las insaciables #8deMarzo

Somos las insaciables

las que caminan por los bordes

las que desgarran etiquetas

las que con una sonrisa conquistan universos.

 

 

Somos las hechiceras

las que conjuran en los orgasmos

las que son capaces de abandonarlo todo

para ser fieles a sí mismas.

 

Somos las alquimistas

las que tejen el dolor con los dedos

las creadoras de remembranzas

las que adivinan los días por venir.

 

Somos las aventureras

las que bailan descalzas

las que corren como niñas bajo la lluvia

y se atreven a saltar en las fronteras.

 

Somos las valientes

las que nombran todo por su nombre

las que hablan en voz alta

las que incomodan porque transparentan la verdad.

 

Somos las que caminan erguidas

las que pisan con fuerza

las sin dudas

las tan nuestras

las que transforman el fragmento de historia

que les tocó vivir.

 

 

Somos las insaciables. Mónica Soto Icaza

Oda a las tetas…

Me deshice del sujetador un jueves. Di una conferencia sobre paz interior para una universidad de normalistas en el Estado con más habitantes del país, ocasión para la que elegí un jumpsuit negro con la parte superior blanca, escote pronunciado y espalda abierta, a usar, obviamente, sin brasier.

Parecería una historia normal: alguien que se compra una prenda bonita para un momento especial, en el que deberá sacrificar algo de comodidad en pos de la belleza y de no perder el estilo. El sostén es ropa interior y prefiero tener los pechos al aire, que dejarlo a la vista.

Meses antes me parecía algo impensable salir a la calle sin esa herramienta de seducción, por el simple hecho de que mis antes firmes y erguidas tetas, con la proporción adecuada con mi cuerpo, obedecieron la ley de gravedad y sucumbieron ante las bocas de mis lindos hijos, quienes absorbieron de ellas leche, seguridad y vida, dejándolas en una posición de reposo y comodidad que yo tardé años en adoptar con el amor necesario para mirarme al espejo y sonreír sin pensar en inconformidades ni cirugías estéticas.

El camino hacia la recuperación del amor por mis hermosos pechos empezó en junio del año antepasado. Me invitaron a un cocktail, para lo que me compré un vestido negro. Tenía la falda muy vaporosa, corta de enfrente, larga de atrás y una blusa transparente, con cierre en la espalda, los costados descubiertos. Lo vi colgado en la tienda y me lo probé, no con la intención de adquirirlo, sino de satisfacer mi curiosidad, pero en cuanto me miré en el espejo supe que debía llevármelo: era el más original que había visto en mi vida, y a mí siempre me ha gustado lo excéntrico.

El problema era que debía ir sin brasier. Entonces compré unas copas de gel color carne que se quedan sujetas a mis tetas con un potente adhesivo y en cuya etiqueta recomiendan usar un máximo de seis horas seguidas, para evitar “reacciones adversas en la piel”. Me puse las copas y el vestido, y soñada (expresión que usamos los mexicanos para decir que nos sentimos muy satisfechos con el resultado de nuestro arreglo personal o algún logro profesional) me dirigí hacia el lujoso y alto edificio donde daría lugar tal acontecimiento.

Claro que llamé la atención, parecía “un ángel muy sexy y muy negro”. Conversé, escuché los discursos correspondientes, tomé vino tinto, fui sintiendo conforme pasaba la noche cómo las copas pesaban cada vez más y la comezón aparecía.

Al llegar a casa lo primero que hice fue quitarme el vestido. Quedé parada frente al espejo de cuerpo entero. Lo que veía era mi cabello muy largo y muy liso, con algunos caireles que caían por aquí y por allá; mi rostro con los ojos enormes, maquillados con delineador oscuro; el cuello limpio, mis bragas de satín y encaje negros; mis piernas con el liguero donde coloqué el móvil y las llaves de la casa, y en mis pechos las copas de gel.

En ese instante descubrí lo que sobraba en la imagen, y eran esas dos cosas que intentaban emular la textura de mi piel debajo de ellas, pero a las que les faltaba el color café claro de mis pezones y sobre todo, el rastro de cada uno de los días que he disfrutado de estas dos tetas (*se pone las manos sobre ellas, con sutileza y fuerza*), sanas y perfectas, que claro que han cambiado con el tiempo, pero son las únicas que tengo.

Al liberarme del sujetador me liberé de más que de un pedazo de tela, resorte y encajes. Entendí que un par de tetas son mucho más que fuente de vida infantil y por supuesto, mucho más que armas de seducción adulta, son también testimonios de miedos superados, de empatía y lucha femenina.

Me deshice de expectativas ajenas, ignoré convenciones sociales, entré en una fase de mi vida en la que reconozco en mis transformaciones y cicatrices todos los milagros que han coincidido conmigo en el tiempo y el espacio, haciendo de mi tránsito por la vida una historia única, maravillosa y divertida.

Una musa accidental

¿Quién le dijo a mi ex-adorado-ex-novio, que tiene el derecho de utilizar nuestros incipientes meses de relación como inspiración literaria? ¿Nuestras pláticas como diálogos convertidos en ficción? La respuesta puede sonar un poco imposible, pero la culpable es la Historia. Historia con mayúsculas, porque gracias a ella, una persona compuesta por infinidad de personas, las mujeres somos quienes somos hoy, o por lo menos somos lo que no se supone deberíamos ser. Tal vez eso ya es ganancia.

Me explico.

En 1762 apareció el tratado Emilio o de la educación, del célebre Juan Jacobo Rousseau. En el capítulo cinco, Rousseau expone el ideal educativo para Sofía, el cual es distinto al de Emilio por la razón de que las mujeres y los hombres poseemos diferentes naturalezas racionales, y por ende, pertenecemos a esferas distintas: los hombres están dentro de la esfera pública, o sea, en la acción cotidiana que hace girar el mundo social y financiero, y las mujeres estamos en la esfera privada, limitada a los ámbitos de la domesticidad y la familia. ¿Qué significa esto? Por supuesto que dependencia, convirtiendo a los hombres en los fuertes y a las mujeres en las débiles; a los hombres en los activos y a los hombres en las pasivas. En estas líneas se trasluce el meollo del asunto: la educación de la mujer es responsabilidad del hombre, así, la mujer alcanza una virtud familiar de esposa y madre, y el hombre, la virtud social, lo que quiere decir que una mujer que hace las cosas de una manera distinta, no es una mujer valiosa.

Cito a Rousseau: “(…) toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia. Mientras no nos atengamos a este principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se les den de nada servirán para su felicidad ni para la nuestra.” Ahí está entonces: la educación, y sobre todo, uno de los grandes ideólogos que ha dado la Historia, le da el derecho a los hombres de hacernos musas, sin preguntarnos, sin saber a ciencia cierta si estamos de acuerdo o no, ¿y cómo reaccionamos nosotras? Seamos sinceras: nos encanta cuando nos conviene y despotricamos cuando no.

En fin. Aquí dejamos de lado a Rousseau para abrirle paso a una mujer que en ese mismo siglo XVIII decidió rebelarse a las opiniones y costumbres de sus tiempos: Mary Wollstonecraft, una inglesa de la segunda mitad del siglo, madre de la novelista Mary Shelley. ¿pero qué creen? Que ser la madre de la autora de Frankenstein no fue lo que la hizo pasar a la Historia, de hecho, murió unos días después de dar a luz; sino su “Vindicación de los derechos de la mujer”, el primer tratado feminista que, como ya se imaginarán, causó escozor en la sociedad de su época. De hecho, fue un arma de doble filo, porque por un lado la hizo célebre, y por el otro, provocó que gran cantidad de personas la rechazara.

La intención de Mary era ayudar a las mujeres a conseguir una mejor calidad de vida, no sólo para ellas mismas, sino para sus hijos y para sus maridos; ella rechazaba el papel de la mujer como adorno inútil y encantador que sólo se dedicara a atender y embellecer su hogar, como demasiado sentimentales y tontas. Para ella, la educación era la llave para lograr un sentido de respeto a sí mismas y era necesaria una nueva auto-imagen que permitiera a las mujeres explotar sus capacidades para un mejor uso de ellas. ¿Les suena conocido?

Mary Wollstonecraft defendió la igualdad entre hombres y mujeres, sabía que la educación que habían recibido las mujeres era lo que las tenía en una situación de desventaja. Lo expresó así:  “debo declarar que creo con firmeza que todos los escritores que han tratado el tema de la educación y los modales femeninos, desde Russeau hasta el doctor Gregory, han contribuido a hacer a las mujeres más artificiales, caracteres débiles que de otro modo no habrían sido y, como consecuencia, miembros más inútiles de la sociedad.” Más adelante dice: “las mujeres, consideradas no sólo criaturas morales, sino también racionales, deben tratar de adquirir las virtudes humanas (o perfecciones) por los mismos medios que los hombres, en lugar de ser educadas como una especie de fantásticos seres a medias, una de las extravagantes quimeras de Rousseau”.

Algunos días todavía me siento en el siglo XVIII, cuando hay quienes intentan hacernos creer que estamos hechas sólo para musas, cuando intentan convencernos de que nuestro valor como mujeres radica en la importancia del hombre que tenemos como pareja o en la ausencia de alguien que nos ame, cuando en realidad somos las más grandes hacedoras, seres llenos de talentos, de visión ilimitada.

No pretendo ser feminista radical ni hacer menos a los hombres, por supuesto que no, soy una hija agradecida, novia orgullosa y madre de una niña y un niño… y por qué no, admito que también, en aquellas noches de inspiración y fuerza creadora suspiro por mis musos, quienes mueven mi pluma sobre el papel en blanco y me permiten crear a través de ellos, ¿eso me convertirá en algo así como una mujer masculina?

Dicen que nadie sabe para quién trabaja, ¿tú qué crees?

VIOLENCIA DE MUJERES CONTRA MUJERES: UNA REALIDAD INCÓMODA

(PONENCIA EN EL FORO MUJER CONTEMPORÁNEA MX. 3 DE ABRIL DE 2017. PALACIO LEGISLATIVO DE SAN LÁZARO)

 

(Antes de iniciar quisiera que todos respiren hondo y profundo y piensen en la persona que más aman. ¿Listo? Ahora, por favor, pregúntense si la amarían igual si fuera del sexo opuesto. ¿Importa en su respuesta, si esa persona es hombre o mujer? Con eso en la mente vamos a empezar).

Soy mujer, mamá, hija, esposa, exesposa, novia, amante, escritora, docente, alumna, cocinera, señora de la limpieza, ordinaria, chofer, académica, pianista, lectora, extraordinaria, viajera, confiada, enfermera, persona, terrícola, mexicana, hembra, psicóloga, (a veces psiquiatra), animal racional, olvidadiza, inteligente, apasionada, irreverente, emocionalmente equilibrada, loca, amiga, enemiga, vértice de varios destinos. Y quimera. También soy quimera. Todo eso en orden y en desorden. Lo he sido en el pasado, y lo seguiré siendo en el futuro. Sí, dije “soy”, porque no voy a entrar aquí en discusiones de si “eres lo que haces” o “eres, independientemente de lo que haces”. Todo somos, ni más ni menos, otro ser humano, como cualquiera.

Me han creído lesbiana más de una vez por hablar mucho y hablar bien de las mujeres; por tratarlas amorosamente y con admiración. Aunque no soy lesbiana, sí confieso que me gustan las mujeres tanto como los hombres, tanto como el género, que para mí jamás ha sido femenino o masculino, sino humano.

Cuando me preguntaron el tema del que hablaría este día, lo primero que me vino a la cabeza fue la violencia que mujeres ejercen hacia otras mujeres, porque lo experimento casi todos los días. Pero no vine aquí a contarles una historia en particular, sino a hablar de la reflexión que surgió de pensar en aquellos comportamientos que tanto las mujeres como los hombres hemos aprendido y no nos dejan ver cuando ejercemos la violencia en la vida cotidiana, o cuando la vivimos, como los juicios ligeros sobre la maternidad de alguien, o aquellas afirmaciones acerca de la forma de comportarse o de interactuar de una mujer con un hombre.

Empezaré precisando que hablar de género al tratar el tema de la violencia ha provocado una guerra absurda entre hombres y mujeres en aras de la búsqueda de condiciones de vida equitativas para ambos sexos.

Existe el sexo masculino y el sexo femenino, ambos en diversas interpretaciones y dimensiones que no hacen más que enriquecer el espectro de puntos de vista, metas y avances de la humanidad. Y existe un solo género: el humano, del que formamos parte hombres y mujeres por igual, independientemente de las creencias religiosas, políticas, la preferencia sexual o la clase social.

Es natural que por nuestras diferencias fisiológicas desde tiempos inmemoriales hombres y mujeres nos dividiéramos en grupos; definitivamente tenemos distinta fuerza física, distintas habilidades, distintas funciones reproductivas, pero sin duda, ambos somos necesarios para perpetuar la especie: para el embarazo hace falta por igual un espermatozoide, que un óvulo. Es esta división por grupos lo que nos ha separado, así como nos ha separado la nacionalidad, el color de piel, incluso la brecha generacional.

Para entender el fenómeno de la violencia entre los sexos, necesitamos hablar de poder, porque es lo que lleva a alguien a sentirse con el derecho de dominar al otro, y provoca violencia en una relación entre alguien vulnerable y alguien con poder sobre esa persona.

Vulnerable no es lo mismo que débil. Existen personas con gran fuerza física, pero debilidad intelectual; gente con fortaleza intelectual, pero debilidad física. Esta lista es interminable, como interminables son nuestras diferencias entre personas; como reza aquel dicho popular: “cada cabeza es un mundo”. Vulnerable es alguien que asume una relación de subordinación, otorgándole a otro un poder que en cualquier momento podría cambiar o desaparecer. Ejemplos de ello son las relaciones padres-hijos, viejos-jóvenes a cargo de ellos.

El poder que los hombres han ejercido sobre las mujeres desde hace tanto tiempo, radica no sólo en las funciones que unos u otros han cumplido a lo largo de la historia. Las mujeres pertenecían a la esfera privada, dedicada al hogar, a la preparación de los alimentos, al matrimonio y a ser amas de casa como únicos objetivos. En cambio, los hombres siempre han estado en la esfera pública, con cargos políticos, empresariales, desarrollándose fuera del nido familiar, a cargo de tomar las decisiones económicas, y en algunos casos las de todo tipo.

Gilles Lipovetsky en su revelador ensayo La tercera mujer, se pregunta y declara: “¿Cómo no interrogarse sobre el nuevo lugar de las mujeres y sus relaciones con los hombres, cuando medio siglo ha introducido más cambios en la condición femenina que todos los milenios anteriores? Las mujeres eran “esclavas” de la procreación, y han logrado liberarse de esa servidumbre inmemorial. Soñaban con ser madres y amas de casa, ahora quieren ejercer una actividad profesional. Se hallaban sometidas a una moral severa, y la libertad sexual ha adquirido derecho de ciudadanía. Estaban confinadas en los sectores femeninos, y hete aquí que abren brechas en las ciudadelas masculinas, obtienen los mismos títulos que los hombres y reivindican la paridad en política. No cabe duda de que ninguna conmoción social de nuestra época ha sido tan profunda, tan rápida, tan preñada de futuro como la emancipación femenina” (Lipovetsky, 1997).

Con la emancipación, con la apertura a las mismas oportunidades, con la conciencia de nuestra posibilidad de participar en el campo de juegos profesional como pares de los hombres, vino también un desbocamiento, una necesidad de tomar, casi a la fuerza, lo que por siglos nos ha correspondido y sólo algunas mujeres habían tomado, provocando que la lucha feminista se convirtiera en una lucha humana, desvirtuando las batallas y así, poniendo a las mujeres, no sólo contra los hombres, sino contra otras mujeres. Por supuesto que esto ahora provoca que estemos más divididos y divididas que nunca.

Hanna Arendt, filósofa política alemana-estadounidense, escribió en su libro Sobre la violencia: “El poder nunca es propiedad de un individuo, pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que el grupo se mantenga unido” (Arendt, 2005). Creo que las mujeres que trabajamos todos los días en circunstancias iguales que los hombres, que tenemos que pagar impuestos, renta, teléfono, luz, servicios de telecomunicaciones, tarjeta de crédito, tenemos mucho que aprender de esas palabras. No necesitamos pelearnos con los hombres, ni siquiera desbancarlos, sino asumir nuestra condición de iguales, no desde la vulnerabilidad ni el victimismo, sino desde la capacidad intelectual, que es, esa sí, igual a la de cualquier hombre. Mientras las feministas sigamos discutiendo sobre cuál es el verdadero significado de ser mujer, cuáles son los papeles que tenemos que representar, cuáles no, el mundo sigue su curso, y en vez de fortalecernos, nos debilitamos unas a otras, cuando a fin de cuentas lo que debemos aprender es a respetar las decisiones que cada una toma en libertad.

Las mujeres necesitamos medirnos con los mismos parámetros con los que medimos a los hombres, sin complacencias sólo porque somos “dadoras de vida”, tenemos que limpiar la casa o sufrimos cólicos menstruales. No es fingir ser súper héroes, es transportar el poder que tenemos a todas nuestras dimensiones. A fin de cuentas, si nos obligamos a serlo todo: bonitas, inteligentes, exitosas, buenas madres, amantes excelsas, y nadie en su sano juicio puede hacer todo eso posible al mismo tiempo, es porque nosotros elegimos serlo.

Hanna Arendt también propone: “Donde todos son culpables, nadie lo es; las confesiones de una culpa colectiva son la mejor salvaguarda contra el descubrimiento de los culpables, y la magnitud del delito es la mejor excusa para no hacer nada (…). La verdadera grieta entre negros y blancos no se cierra traduciéndola en conflicto aún menos reconciliable entre la inocencia colectiva y la culpa colectiva. El “todos los blancos son culpables” no es sólo un peligroso disparate, sino que constituye también un racismo a la inversa y sirve muy eficazmente para dar a las auténticas quejas y a las emociones racionales de la población negra una salida hacia la irracionalidad, un escape de la realidad” (Arendt, 2005).

Retomo la idea anterior, que Arendt utilizó para describir el racismo, y la traslado hacia la lucha de las mujeres contra los hombres, una lucha que además, ha puesto también en el contexto público a otros grupos que tradicionalmente se han tratado como minorías, como los mulatos, los indígenas, las personas con discapacidad, y todos aquellos que desde siempre han sufrido la dominación preponderantemente masculina. Basada en la idea de Hanna Arendt, podemos afirmar que no existe un sexo mejor que el otro, y seguir luchando de manera violenta para terminar con la violencia lo único que logrará es que ésta aumente en vez de disminuir.

En su libro La violencia en casa, Martha Torres Falcón, afirma: “La violencia no resuelve los conflictos. Los intensifica” (Torres Falcón, 2001), es por esto que es tan importante que las mujeres dejemos de buscar ocupar los lugares que nos corresponden insultando, faltando al respeto y violentando, también, a los hombres; mientras siga sucediendo, la violencia seguirá multiplicándose, así como el poco entendimiento.

Álvaro Vargas Llosa, en la reunión que la Fundación Internacional para la Libertad, presidida por su padre, Mario Vargas Llosa, y que tuvo lugar en Arequipa, Perú el 29 de marzo de este año, dijo: “la nueva generación, que creció en una realidad privilegiada, exige demasiado, y eso pone en riesgo todo lo que se ha construido antes” (Foro Internacional América Latina: Desafíos y Oportunidades, FIL). De estas palabras podemos aprender que el feminismo moderno debe trascender varias ideas de generaciones anteriores, retomar lo muy valioso que nos legaron, pero construir un feminismo que se ajuste a las nuevas realidades y nuevos conflictos que vivimos en esta época, en orden de seguir construyendo para las generaciones futuras, mujeres quienes han vivido y vivirán en un mundo distinto al nuestro, así como nosotras hemos vivido y viviremos en un mundo diferente al de ellas.

Si logramos utilizar lo que hemos experimentado para construir escalones, tendremos cimientos fuertes para seguir avanzando. Lo importante es conocer la historia, rescatar el aprendizaje, tanto de los aciertos, como de los errores que hemos cometido, para aprender, y así también ser capaces de compartir ese aprendizaje con todos los miembros del género humano.

Por eso decidí en esta oportunidad, donde tantas mujeres y hombres nos reunimos para fortalecer la misma causa, que me centraría en lo que podemos construir, y escribí una lista de las afirmaciones que jamás debemos volver a utilizar para hablar sobre una mujer. Es una lista también interminable, que completaremos entre todos:

  • La violaron porque mira cómo iba vestida…
  • Claro, se embarazó para atraparlo…
  • Si se viste así, ¿cómo la van a tomar en serio?
  • Ella sólo lo quiere por su dinero…
  • Para qué estudia, si va a terminar casándose y cuidando niños…
  • No amamanta a su hijo, qué mala mamá…
  • Sobreprotege a sus hijos, qué mala mamá…
  • Si iba a seguir trabajando, ¿para qué tuvo hijos?
  • Una mujer decente no sale sola de noche…
  • Qué exagerada, si ni está tan guapa…
  • La engañaron porque se dejó de arreglar para el marido…
  • Una dama no se viste (o habla) así…
  • No le hagas caso, está “en sus días”…
  • Ha logrado todo eso porque le abre las piernas a todos…
  • Está soltera porque nadie la soporta…

Muchas gracias por su atención y deseo que sigan teniendo una tarde magnífica.

 

Bibliografía:

Lipovetsky, Gilles. (2012). La tercera mujer. México: Anagrama.

Torres, Martha. (2001). La violencia en casa. México: Paidós.

Sefchovich, Sara. (2011). ¿Son mejores las mujeres? México: Paidós.

Arendt, Hanna. (2005). Sobre la violencia. España: Alianza.