VIOLENCIA DE MUJERES CONTRA MUJERES: UNA REALIDAD INCÓMODA

(PONENCIA EN EL FORO MUJER CONTEMPORÁNEA MX. 3 DE ABRIL DE 2017. PALACIO LEGISLATIVO DE SAN LÁZARO)

 

(Antes de iniciar quisiera que todos respiren hondo y profundo y piensen en la persona que más aman. ¿Listo? Ahora, por favor, pregúntense si la amarían igual si fuera del sexo opuesto. ¿Importa en su respuesta, si esa persona es hombre o mujer? Con eso en la mente vamos a empezar).

Soy mujer, mamá, hija, esposa, exesposa, novia, amante, escritora, docente, alumna, cocinera, señora de la limpieza, ordinaria, chofer, académica, pianista, lectora, extraordinaria, viajera, confiada, enfermera, persona, terrícola, mexicana, hembra, psicóloga, (a veces psiquiatra), animal racional, olvidadiza, inteligente, apasionada, irreverente, emocionalmente equilibrada, loca, amiga, enemiga, vértice de varios destinos. Y quimera. También soy quimera. Todo eso en orden y en desorden. Lo he sido en el pasado, y lo seguiré siendo en el futuro. Sí, dije “soy”, porque no voy a entrar aquí en discusiones de si “eres lo que haces” o “eres, independientemente de lo que haces”. Todo somos, ni más ni menos, otro ser humano, como cualquiera.

Me han creído lesbiana más de una vez por hablar mucho y hablar bien de las mujeres; por tratarlas amorosamente y con admiración. Aunque no soy lesbiana, sí confieso que me gustan las mujeres tanto como los hombres, tanto como el género, que para mí jamás ha sido femenino o masculino, sino humano.

Cuando me preguntaron el tema del que hablaría este día, lo primero que me vino a la cabeza fue la violencia que mujeres ejercen hacia otras mujeres, porque lo experimento casi todos los días. Pero no vine aquí a contarles una historia en particular, sino a hablar de la reflexión que surgió de pensar en aquellos comportamientos que tanto las mujeres como los hombres hemos aprendido y no nos dejan ver cuando ejercemos la violencia en la vida cotidiana, o cuando la vivimos, como los juicios ligeros sobre la maternidad de alguien, o aquellas afirmaciones acerca de la forma de comportarse o de interactuar de una mujer con un hombre.

Empezaré precisando que hablar de género al tratar el tema de la violencia ha provocado una guerra absurda entre hombres y mujeres en aras de la búsqueda de condiciones de vida equitativas para ambos sexos.

Existe el sexo masculino y el sexo femenino, ambos en diversas interpretaciones y dimensiones que no hacen más que enriquecer el espectro de puntos de vista, metas y avances de la humanidad. Y existe un solo género: el humano, del que formamos parte hombres y mujeres por igual, independientemente de las creencias religiosas, políticas, la preferencia sexual o la clase social.

Es natural que por nuestras diferencias fisiológicas desde tiempos inmemoriales hombres y mujeres nos dividiéramos en grupos; definitivamente tenemos distinta fuerza física, distintas habilidades, distintas funciones reproductivas, pero sin duda, ambos somos necesarios para perpetuar la especie: para el embarazo hace falta por igual un espermatozoide, que un óvulo. Es esta división por grupos lo que nos ha separado, así como nos ha separado la nacionalidad, el color de piel, incluso la brecha generacional.

Para entender el fenómeno de la violencia entre los sexos, necesitamos hablar de poder, porque es lo que lleva a alguien a sentirse con el derecho de dominar al otro, y provoca violencia en una relación entre alguien vulnerable y alguien con poder sobre esa persona.

Vulnerable no es lo mismo que débil. Existen personas con gran fuerza física, pero debilidad intelectual; gente con fortaleza intelectual, pero debilidad física. Esta lista es interminable, como interminables son nuestras diferencias entre personas; como reza aquel dicho popular: “cada cabeza es un mundo”. Vulnerable es alguien que asume una relación de subordinación, otorgándole a otro un poder que en cualquier momento podría cambiar o desaparecer. Ejemplos de ello son las relaciones padres-hijos, viejos-jóvenes a cargo de ellos.

El poder que los hombres han ejercido sobre las mujeres desde hace tanto tiempo, radica no sólo en las funciones que unos u otros han cumplido a lo largo de la historia. Las mujeres pertenecían a la esfera privada, dedicada al hogar, a la preparación de los alimentos, al matrimonio y a ser amas de casa como únicos objetivos. En cambio, los hombres siempre han estado en la esfera pública, con cargos políticos, empresariales, desarrollándose fuera del nido familiar, a cargo de tomar las decisiones económicas, y en algunos casos las de todo tipo.

Gilles Lipovetsky en su revelador ensayo La tercera mujer, se pregunta y declara: “¿Cómo no interrogarse sobre el nuevo lugar de las mujeres y sus relaciones con los hombres, cuando medio siglo ha introducido más cambios en la condición femenina que todos los milenios anteriores? Las mujeres eran “esclavas” de la procreación, y han logrado liberarse de esa servidumbre inmemorial. Soñaban con ser madres y amas de casa, ahora quieren ejercer una actividad profesional. Se hallaban sometidas a una moral severa, y la libertad sexual ha adquirido derecho de ciudadanía. Estaban confinadas en los sectores femeninos, y hete aquí que abren brechas en las ciudadelas masculinas, obtienen los mismos títulos que los hombres y reivindican la paridad en política. No cabe duda de que ninguna conmoción social de nuestra época ha sido tan profunda, tan rápida, tan preñada de futuro como la emancipación femenina” (Lipovetsky, 1997).

Con la emancipación, con la apertura a las mismas oportunidades, con la conciencia de nuestra posibilidad de participar en el campo de juegos profesional como pares de los hombres, vino también un desbocamiento, una necesidad de tomar, casi a la fuerza, lo que por siglos nos ha correspondido y sólo algunas mujeres habían tomado, provocando que la lucha feminista se convirtiera en una lucha humana, desvirtuando las batallas y así, poniendo a las mujeres, no sólo contra los hombres, sino contra otras mujeres. Por supuesto que esto ahora provoca que estemos más divididos y divididas que nunca.

Hanna Arendt, filósofa política alemana-estadounidense, escribió en su libro Sobre la violencia: “El poder nunca es propiedad de un individuo, pertenece a un grupo y sigue existiendo mientras que el grupo se mantenga unido” (Arendt, 2005). Creo que las mujeres que trabajamos todos los días en circunstancias iguales que los hombres, que tenemos que pagar impuestos, renta, teléfono, luz, servicios de telecomunicaciones, tarjeta de crédito, tenemos mucho que aprender de esas palabras. No necesitamos pelearnos con los hombres, ni siquiera desbancarlos, sino asumir nuestra condición de iguales, no desde la vulnerabilidad ni el victimismo, sino desde la capacidad intelectual, que es, esa sí, igual a la de cualquier hombre. Mientras las feministas sigamos discutiendo sobre cuál es el verdadero significado de ser mujer, cuáles son los papeles que tenemos que representar, cuáles no, el mundo sigue su curso, y en vez de fortalecernos, nos debilitamos unas a otras, cuando a fin de cuentas lo que debemos aprender es a respetar las decisiones que cada una toma en libertad.

Las mujeres necesitamos medirnos con los mismos parámetros con los que medimos a los hombres, sin complacencias sólo porque somos “dadoras de vida”, tenemos que limpiar la casa o sufrimos cólicos menstruales. No es fingir ser súper héroes, es transportar el poder que tenemos a todas nuestras dimensiones. A fin de cuentas, si nos obligamos a serlo todo: bonitas, inteligentes, exitosas, buenas madres, amantes excelsas, y nadie en su sano juicio puede hacer todo eso posible al mismo tiempo, es porque nosotros elegimos serlo.

Hanna Arendt también propone: “Donde todos son culpables, nadie lo es; las confesiones de una culpa colectiva son la mejor salvaguarda contra el descubrimiento de los culpables, y la magnitud del delito es la mejor excusa para no hacer nada (…). La verdadera grieta entre negros y blancos no se cierra traduciéndola en conflicto aún menos reconciliable entre la inocencia colectiva y la culpa colectiva. El “todos los blancos son culpables” no es sólo un peligroso disparate, sino que constituye también un racismo a la inversa y sirve muy eficazmente para dar a las auténticas quejas y a las emociones racionales de la población negra una salida hacia la irracionalidad, un escape de la realidad” (Arendt, 2005).

Retomo la idea anterior, que Arendt utilizó para describir el racismo, y la traslado hacia la lucha de las mujeres contra los hombres, una lucha que además, ha puesto también en el contexto público a otros grupos que tradicionalmente se han tratado como minorías, como los mulatos, los indígenas, las personas con discapacidad, y todos aquellos que desde siempre han sufrido la dominación preponderantemente masculina. Basada en la idea de Hanna Arendt, podemos afirmar que no existe un sexo mejor que el otro, y seguir luchando de manera violenta para terminar con la violencia lo único que logrará es que ésta aumente en vez de disminuir.

En su libro La violencia en casa, Martha Torres Falcón, afirma: “La violencia no resuelve los conflictos. Los intensifica” (Torres Falcón, 2001), es por esto que es tan importante que las mujeres dejemos de buscar ocupar los lugares que nos corresponden insultando, faltando al respeto y violentando, también, a los hombres; mientras siga sucediendo, la violencia seguirá multiplicándose, así como el poco entendimiento.

Álvaro Vargas Llosa, en la reunión que la Fundación Internacional para la Libertad, presidida por su padre, Mario Vargas Llosa, y que tuvo lugar en Arequipa, Perú el 29 de marzo de este año, dijo: “la nueva generación, que creció en una realidad privilegiada, exige demasiado, y eso pone en riesgo todo lo que se ha construido antes” (Foro Internacional América Latina: Desafíos y Oportunidades, FIL). De estas palabras podemos aprender que el feminismo moderno debe trascender varias ideas de generaciones anteriores, retomar lo muy valioso que nos legaron, pero construir un feminismo que se ajuste a las nuevas realidades y nuevos conflictos que vivimos en esta época, en orden de seguir construyendo para las generaciones futuras, mujeres quienes han vivido y vivirán en un mundo distinto al nuestro, así como nosotras hemos vivido y viviremos en un mundo diferente al de ellas.

Si logramos utilizar lo que hemos experimentado para construir escalones, tendremos cimientos fuertes para seguir avanzando. Lo importante es conocer la historia, rescatar el aprendizaje, tanto de los aciertos, como de los errores que hemos cometido, para aprender, y así también ser capaces de compartir ese aprendizaje con todos los miembros del género humano.

Por eso decidí en esta oportunidad, donde tantas mujeres y hombres nos reunimos para fortalecer la misma causa, que me centraría en lo que podemos construir, y escribí una lista de las afirmaciones que jamás debemos volver a utilizar para hablar sobre una mujer. Es una lista también interminable, que completaremos entre todos:

  • La violaron porque mira cómo iba vestida…
  • Claro, se embarazó para atraparlo…
  • Si se viste así, ¿cómo la van a tomar en serio?
  • Ella sólo lo quiere por su dinero…
  • Para qué estudia, si va a terminar casándose y cuidando niños…
  • No amamanta a su hijo, qué mala mamá…
  • Sobreprotege a sus hijos, qué mala mamá…
  • Si iba a seguir trabajando, ¿para qué tuvo hijos?
  • Una mujer decente no sale sola de noche…
  • Qué exagerada, si ni está tan guapa…
  • La engañaron porque se dejó de arreglar para el marido…
  • Una dama no se viste (o habla) así…
  • No le hagas caso, está “en sus días”…
  • Ha logrado todo eso porque le abre las piernas a todos…
  • Está soltera porque nadie la soporta…

Muchas gracias por su atención y deseo que sigan teniendo una tarde magnífica.

 

Bibliografía:

Lipovetsky, Gilles. (2012). La tercera mujer. México: Anagrama.

Torres, Martha. (2001). La violencia en casa. México: Paidós.

Sefchovich, Sara. (2011). ¿Son mejores las mujeres? México: Paidós.

Arendt, Hanna. (2005). Sobre la violencia. España: Alianza.

One Comment

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  1. Lidia Cristina Carrizo 6 abril, 2017 — 12:32 am

    Mis felicitaciones por esta Ponencia
    Que expresa pulcramente los alcances del drama de la violencia que nos alcanza y provoca la mayoría de los femicidios. Dicho estas palabras clarificadoras en este Foro mis cálido abrazo por este aporte.
    Lidia cristina carrizo.

    Desde C.A.B.A. / Buenos Aires / Argentina

    Le gusta a 1 persona

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