Millenium #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura recomiendo no uno, sino tres libros: la trilogía Millenium, del escritor sueco Stieg Larsson.

Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire son los títulos de estas novelas, publicadas un año después de la muerte del autor, en 2005 (qué triste escribir algo que alcanza tal éxito y no enterarse, pero bueno, el cuerpo de Larsson se fue, sus novelas se quedarán por siempre).

Las siguientes tres historias de la saga fueron escritas por David Lagercrantz, pero no hablaré de ellas porque para mí es importante respetar la autoría de las ideas del autor original.

Esta trilogía es policíaca, detectivesca, de misterio. Trata los temas de la corrupción y de la violencia contra las mujeres son crudeza y elegancia. Empiezas a leer y te conviertes irremediablemente en presa de los protagonistas: el periodista Mikael Blomkvist, inmerso en un proceso judicial, y uno de los personajes femeninos más inolvidables de los últimos tiempos: Lisbeth Salander, una mujer veinteañera, incomprendida, hacker, lista, sobreviviente de diversas manifestaciones de violencia, que en estos libros se convierte en una heroína sui géneris al develar los misterios con tecnología, rabia y mucha inteligencia.

Se han hecho diversas adaptaciones de estas historias a novela gráfica y para cine, como la cinta hollywoodense La chica del dragón tatuado y las suecas Millenium, muy apegadas a los libros.

Al leer estos títulos el lector se convierte en cómplice de los personajes, en un investigador más. Están narrados de tal manera que el ánimo, los nervios de punta, la necesidad de saber más te colonizan hasta que cierras la última página, y por eso los recomiendo en los #LibrosQueMeGustan

(Y sí, confieso que estos libros son de los que más me han entusiasmado en los últimos tiempos, creo que se nota, ¿verdad?)

El extranjero #LibrosQueMeGustan

Uno de mis favoritos desde la adolescencia, este #ViernesDeLectura recomiendo la monumental primera novela del Premio Nobel de Literatura 1957 Albert Camus: El extranjero.

El extranjero es uno de los libros que más he leído a lo largo de mi vida. Empieza con uno de esos párrafos memorables de la literatura universal que cuentan por sí solos una historia: “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ´falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias´. Pero no quiere decir nada. Quizás haya sido ayer.”

Con una narrativa breve y sin muchos aspavientos, esta obra de ritmo lento y tedio provoca que lo que no sucede en la historia, ocurra en el lector: la indiferencia del protagonista, Meursault, ante la muerte de su madre, ante el amor de una mujer, ante el asesinato de un hombre, ante una sentencia de muerte, hace brincar la empatía de cualquier persona con emociones y sentimientos.

La aparente frialdad del personaje principal, su poco interés por los menesteres de la vida resultan paradójicos al momento de defenderse instintivamente contra un hombre que amenaza con atentar contra su vida. Pero después comprendemos que en realidad lo mueve la inercia y no pasión o idealismo alguno.

Justo por eso es un libro tan importante, porque en este mundo la verdad no siempre triunfa, somos individuos extranjeros y el sentido común es el menos común de los sentidos. Y aunque la literatura probablemente no tenga sentido, por lo menos en un texto así cada quien interpreta lo que se le da la gana. Eso ya es ganancia.

El cerebro femenino #LibrosQueMeGustan

La mitad de la población del mundo, nosotras las mujeres, hemos sido incomprendidas. Tachadas de locas, inestables, temperamentales, infantiles, hemos crecido con la dificultad extra de sentirnos continuamente inadecuadas… pero como del conocimiento viene la comprensión, de la comprensión la tolerancia, de la tolerancia el respeto, del respeto la posibilidad de bien relacionarse con los demás y con el entorno, hoy recomiendo un librazo: El cerebro femenino, de Louann Brizendine.

Louan Brizendine es doctora en Medicina y neuropsiquiatra y en este tomo responde algunas interrogantes que hasta ahora habían parecido las respuestas del millón de dólares: ¿Qué diferencias tiene el cerebro según el sexo? ¿Qué tanto influye el ciclo hormonal en las emociones? ¿Cómo se modifica el cerebro femenino en el enamoramiento, en los distintos sentimientos, con la adolescencia o la madurez?

Al leer El cerebro femenino entras en un camino de asombro tras asombro, con datos recopilados en diversos estudios científicos aprendes, por ejemplo, que el cerebro de todos los seres humanos es femenino en la concepción, pero a las ocho semanas de gestación se vuelve masculino; también que en la pubertad los cambios químicos actúan en el cerebro y desencadenan más depresión entre las mujeres; o que el estado hormonal de una mujer tiene un efecto neurológico que modifica su comportamiento, sus valores, sus deseos y hasta en su forma de percibir la realidad.

Si usted tiene una novia (o varias), una esposa, una madre, una hija, una hermana, una amiga, una compañera de trabajo, una jefa o si usted es una mujer, entonces este es un libro básico. Yo estoy segura que con la información y el conocimiento que encontrará aquí su vida será mucho más simple y mucho más libre. Porque sí: la comprensión y el respeto son claves para la libertad.

Orgasmos de Twitter

El avatar de Twitter era la imagen borrosa de un señor sentado con bata blanca y corbata roja. El nombre precedido por la abreviatura “Dr.” me hizo pensar que era uno de esos individuos insoportables cuya autoestima depende del empleo. Uno más en el follaje de hombres que escriben halagos en las redes sociales. La lógica es que si le escribes a 47 mujeres, seguramente alguna despistada caerá.

En esa ocasión la despistada fui yo. Y también la suertuda, si soy sincera.

Pasó de ser un avatar a un hombre de sonrisas y zapatos de vestir la tarde de mi lectura de poesía en un festival en Toluca, Estado de México, al que fui invitada para compartir algunos de mis textos eróticos y calenturientos. Al llegar al sitio se me acercó: “Hola, Mónica, soy J, tu fan de Twitter, ¿me puedo tomar una foto contigo?” además de la foto también tomó mi cintura y mi cachete en un beso algo húmedo.

Lo volví a ver en Metepec, durante la presentación de mi libro Lirios en el cielo. Llegó con algo más de confianza y empezó a tomarme fotos desde lejos, luego se me acercó y platicamos unos minutos. Esa vez me hizo prometerle que lo dejaría invitarme a comer en Toluca.

De los mensajes en el “inbox” de la red social pasamos al WhatsApp. De las respuestas en monosílabos, pasé a ser un poco más comunicativa. Él siguió acudiendo a cuanta presentación tenía yo, con flores, palabras bonitas y abrazos cada vez más apretados. 

Unas semanas después J vino a la Ciudad de México a comer conmigo, ya que yo no daba muestras de tener voluntad alguna de avisarle cuándo podía invitarme. Elegí un restaurante cercano a mi casa para no caminar mucho, pero él se ofreció a pasar por mí; raro en esta época, no pude negarme.

Como siempre sucede en esos casos, al entrar a la terraza donde nos sentaríamos los concurrentes de mesas aledañas no perdieron detalle del movimiento de mis nalgas ni de la marcada diferencia de edad entre J y yo. Nos sentamos. Pedimos el primer vodka tonic, unas empanadas, papas fritas y un bife de chorizo para compartir. 

En cuanto llegaron los alimentos, también aterrizó en la mesa el segundo vodka tonic; a media comida se materializó el tercero; al terminar, el cuarto y el quinto y el sexto. Ya para el séptimo empecé a cabecear de cansancio y la tarde ya era noche. Hora de irse.

Nos subimos a su auto. Yo aventé los tacones. Al ver mis pies descalzos se abultó la bragueta de sus pantalones y puso la mano sobre mi pierna izquierda. “¿Quieres que te lleve a tu casa, o vamos a un lugar más tranquilo?”. Lo miré unos segundos, preguntándome si era buena idea. Pensé en su conversación interesante, en su mirada transparente, en su buen sentido del humor. Dije que sí. 

Llegamos al “lugar más tranquilo” algo así como a la media noche. Ahí el señor de sonrisa y zapatos de vestir se convirtió en un hombre de erección y lengua milagrosas. 

Nos sentamos en la cama a platicar. De pronto se paró atrás de mí y metió las manos por mi escote. Mis pezones reaccionaron enseguida. Capturé sus labios con los dientes. Nos besamos largo y tendido. Él apretaba mis muslos, mi derrière con las yemas de los dedos, “qué cosas tan más grandes, caballero”, decía cada vez que presionaba mi piel, con delicadeza y deseo. Me rozó completa con boca y manos, me penetró con fuerza por arriba, por abajo, de un lado, del otro lado. Nos hicimos el amor sin conciencia ni tiempo, convirtiendo la materia en energía y la prudencia en quimera. Ignorábamos si volvería a suceder.

Desde entonces J me visita las mañanas entre semana para compartir carcajadas, los sucesos sobresalientes de los últimos días, largas pláticas de política, fotos de mi semi desnudez y sí, múltiples y copiosos orgasmos: orgasmos de Twitter.

***

Texto publicado originalmente en mi columna de la revista Playboy México.

Celebrar el pensamiento #LibrosQueMeGustan

Algo de lo que me embruja de leer es el hallazgo de ideas dejadas por el autor, intencional o accidentalmente, para sumar a la sabiduría universal, por eso cuando me regalaron el libro que recomiendo hoy se volvió uno de mis indispensables.

Celebrar el pensamiento, de la maestra, escritora, pensadora, antropóloga, filósofa Ikram Antaki es una compilación de frases, citas, aforismos, extractos. La característica de los fragmentos de textos es que no se trata de la típica reflexión motivacional, sino de rescatar para la posteridad aquellas ideas que Antaki encontraba en sus lecturas y le parecían valiosas para compartir.

Los planteamientos están clasificados temáticamente: amor, derecho, historia, inteligencia, pueblo, razón, voluntad, etcétera, de autores como Kant, Comte, Maquiavelo, Chesterton, Hegel, y decenas más. Al final viene un índice de las obras de donde surgieron, que también puede ser una lista de libros por leer.

Por ser un libro diverso y lleno de hallazgos emocionantes, hoy les recomiendo Celebrar el pensamiento, de Ikram Antaki en #ViernesDeLectura

Hija de la fortuna #LibrosQueMeGustan

Una novela de romance, aventuras, situada en la época de la fiebre del oro en California, Hija de la fortuna, de Isabel Allende, es mi recomendación de hoy, #ViernesDeLectura.

Eliza Sommers es una joven chilena, huérfana, que vive con sus tutores en Chile. Como buena adolescente romántica se enamora del hombre incorrecto para los cánones de la época: Joaquín Andieta, empleado de su protector, y como el destino no siempre es chocarrero, Joaquín también se enamora de ella.

Prendada y preñada de amor, un día Joaquín le anuncia que se irá a California a buscar oro, y ella no puede acompañarlo. Sola y desesperada decide huir de casa y se embarca escondida en la bodega de un barco para perseguir a su amor sin saber que aquel viaje transformaría su vida en un cúmulo de lágrimas, aventuras y descubrimientos, sobre todo de sí misma.

Esta novela me gusta por la narración equilibrada entre la historia de aquella época del siglo XIX, el apasionamiento de la protagonista y los sucesos que experimenta, todos ellos encaminados a crear una heroína única e inolvidable que lo que finalmente conquista, es la independencia y la libertad.

Por haber marcado mi vida cuando la leí, hace unos 20 años, Hija de la fortuna, de Isabel Allende es mi recomendación de #LibrosQueMeGustan para #LetraH de El Heraldo Radio.

Homenaje a los hombres #poesíaMSI

Hay hombres que duelen.
Hombres que salvan.

Hombres de una noche que se quedan para siempre
y hombres cotidianos que se pierden entre los recuerdos.

Hay hombres lobo y hombres sirena
hombres con voz de volcán
y hombres con garganta de arpa.

Existen hombres de papel moneda y autos caros
Hombres de castillos en el aire
y promesas imposibles.

Los innombrables, los cliché, los de lengua fácil y corazón complicado. Los de mentiras, los de rosas rojas. Los de piel y sangre. Los de vinil y lágrimas.

Hombres de asbesto. Hombres de papel de lija. Hombres de satín y hombres de agua. Hombres de alarido y hombres de sonrisa.

Hombres como todos. Hombres como ninguno.

Y tú.

#poesía

Mónica Soto Icaza

El cuaderno rojo #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura les recomendaré uno de esos libros que te hacen preguntarte si tiene sentido seguir escribiendo, cuando alguien ya creó las páginas que tienes en las manos.

Eso me sucedió con El cuaderno rojo, de Paul Auster, una colección de relatos basados en la vida real del autor. Los textos son una antología de casualidades, golpes de suerte y piruetas del destino narradas de forma encantadora, son una obra de cabecera a la cual volver cuando se requiera sonreír.

Publicada en 1992, el hilo conductor de sus cuatro historias es el azar. La edición que leí, de Booket, cuenta con prólogo de Justo Navarro, un texto muy notable, creado con la explícita intención de mimetizarse con el cuerpo del libro. Es por eso que el lector es conquistado irremediablemente y no se puede soltar el libro para no dejar ir el deleite que aparece página tras página.

Por ser un libro sorprendente y disfrutable palabra por palabra, El cuaderno rojo, de Paul Auster es mi recomendación de #LibrosQueMeGustan

Tu cabello es la frontera #LibrosQueMeGustan

Una mujer de belleza mágica y carácter indomable. Amores proporcionales a la cantidad de billetes, corrupción, narcotráfico, muerte, miedo. Un periodista valiente. Destinos entrecruzados con el poder y la seducción.

Todo habita en el thriller político/romántico Tu cabello es la frontera, de J. Jesús Esquivel, un retrato novelado de la frontera de Chihuahua con Estados Unidos, uno de los sitios especialmente golpeados por la guerra contra el narco, un lugar situado por la sed de supremacía, en el que lo menos importante es el futuro, y ya ni hablar de la vida.

De estilo periodístico bien adaptado a la ficción, la narración es fluida y permite al lector involucrarse poco a poco con los acontecimientos y los personajes. El principal, Carolina, es poseedor de un encanto íntimo y memorable y nos recuerda la importancia de la intuición para tomar decisiones firmes, por más arriesgadas que parezcan.

Porque es un libro de ritmo intenso, que provoca múltiples reacciones por su conexión con el mundo real, Tu cabello es la frontera, de J. Jesús Esquivel es mi recomendación en este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan.

cabello es la.fronters

Manifiesto contra el amor romántico #LibrosQueMeGustan

Hablar acerca de la violencia contra las mujeres es un triunfo de la sociedad, aunque no lo parezca.

Lo que sucedía de manera callada al interior de los hogares, el miedo, la resignación, el terror, el insomnio, los golpes, antes eran entendidos como problemas individuales, hasta que la misma sociedad se vio rebasada, y por fortuna ahora son problemas colectivos, y como tales, está en manos de todos ayudar en su solución.

Es un gran momento para las mujeres, y también para los hombres.

En este contexto orbita mi recomendación literaria de esta semana: Manifiesto contra el amor romántico, de Carla Castelo, un tomo formado por diversos ensayos acerca de la construcción social de las relaciones amorosas y cómo la idea de ese amor romántico, idealizado e idealizante, ha provocado muchas de las costumbres que provocan la violencia.

Es un libro que debe leer todo hombre y toda mujer interesados en comprender cómo hemos llegado a este punto de la historia, provocando en el lector la oportunidad de reflexionar la propia vida, las percepciones, elecciones y aspectos de cada quién que ayudan a avanzar o perpetúan actitudes dañinas en nuestra convivencia.

Me gusta porque es equilibrado; sus argumentos no atacan al sexo masculino ni al femenino, reconociendo que la violencia existe en todos y la responsabilidad de un cambio y mejora inicia con la comprensión personal.

Por ser un texto necesario para iluminar un tema que causa escozores, Manifiesto contra el amor romántico es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

El señor de las moscas #LibrosQueMeGustan

Personajes y anécdotas que permanecen en la mente semanas después de que cerraste el libro con un suspiro de alivio son aspectos que le regalan al lector fe en la literatura, aunque no tanto en la humanidad…

Eso fue lo que me sucedió cuando terminé El señor de las moscas, libro de aventuras, crítica social y naturaleza humana del premio Nobel William Golding, una novela estremecedora cuyos protagonistas son niños víctimas de un naufragio que terminan varados en una isla en medio de la nada, y sobre todo, en medio de sus temores y la involución del aprendizaje que a sus cortos 7 a 12 años ya habían adquirido al vivir en sociedad.

Esta obra de narrativa profunda, pero narración ágil e intensa maneja diversos mensajes: algunos niños representan la democracia, otros la dictadura; el bien contra el mal (o el mal contra el bien); el orden y el desorden; la pérdida repentina de la inocencia en la infancia y el deseo de vivir, el poder de la sugestión al enfrentarse a lo desconocido para provocar miedo y control. En fin, los aspectos más aterradores de la psique humana y cómo reacciona al pasar del pensamiento a la acción.

Por ser un libro del que no regresas intacto, El señor de las moscas es mi recomendación de este #ViernesDeLectura.

El dilema de la pareja #LibrosQueMeGustan

Infidelidad. ¿Quién quiere vivirla? ¿Qué motiva al tercero en discordia a involucrarse con alguien que tiene una relación? ¿Por qué una mujer satisfecha con su pareja en todos los sentidos, casada con un hombre guapo y exitoso, de repente tiene una aventura con el jardinero? ¿Por qué un hombre con una esposa tan hermosa como muñeca pierde el deseo sexual por ella y solo consigue recuperarlo con otra mujer, y menos agraciada? ¿Si sucedió en el mundo virtual es infidelidad?

Estas y muchas otras respuestas se encuentran en mi recomendación de hoy: El dilema de la pareja, de Esther Perel, terapeuta de parejas que ha recorrido el mundo con conferencias basadas en sus años de experiencia frente al diván.

Recomiendo este libro a quienes se van a casar, a quienes han batallado y sufrido tristeza patrocinada por la infidelidad, a los interesados en el comportamiento humano relacionado con la sexualidad. Como la autora lo aclara, no es un manual para superar una infidelidad, sino una serie de testimonios de personas de distintos países, nacionalidades y orientaciones sexuales para comprender este fenómeno con mayor apertura y aprender una manera nueva y más sana para relacionarse con él.

Porque al terminarlo mi alma suspiró de alivio al saber que no tiene nada de malo ser infiel hasta para leer, El dilema de la pareja es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

Infestados #LibrosQueMeGustan

La belleza no siempre es placentera, pero cuando se trata de los libros esa idea adquiere una mayor dimensión: palabras en acoplamiento perfecto pueden describir las realidades más crueles, como es el caso de Infestados, de Cristina Liceaga, una novela que nos cuenta las historias de los primos Susana y Santiago, descendientes más jóvenes de la familia Jáuregui, que parece infestada por una maldición que los condena a la desgracia.

Infestados lleva al lector de una manera hermosa y cruel hacia las profundidades de la enfermedad mental más común en nuestra época: la depresión. Con su narración amable en ocasiones y desgarradora en algunas páginas, su autora nos contagia de esperanza para luego volver a hundirnos en la angustia de comprender cómo se siente la invasión de mil monstruos que surgen del propio cuerpo y buscan aniquilarte.

Este es uno de los #LibrosQueMeGustan porque en estos tiempos de optimismo irracional es importante recordar que a veces no existen los finales felices, que las enfermedades mentales existen y si no se tratan son verdaderas tragedias.

Aprovecho también esta oportunidad como pretexto para hablar de la labor literaria de Cristina Liceaga, quien además de extraordinaria escritora, es creadora de la plataforma Escritoras Mexicanas (escritoras.mx), un “proyecto cultural que busca la difusión de escritoras mexicanas de todas las épocas. Aquí encontrarás reseñas de libros; entrevistas con expertos en literatura y con las mismas autoras; ensayos y notas académicas, frases destacadas de sus libros y una enciclopedia de mujeres escritoras mexicanas, entre otras cosas.” También acaban de inaugurar la Casa de las escritoras mexicanas, donde se llevan a cabo cursos y presentaciones de libros. Es por esto y por lo que seguramente creará en el futuro que Cristina Liceaga y su Infestados son mi recomendación en este #ViernesDeLectura de #LibrosQueMeGustan.

El vendedor de silencio #LibrosQueMeGustan

Este título de Enrique Serna es, seguramente, el libro de un autor mexicano más recomendado de los últimos meses. Cómo no, si en sus páginas se retrata no solamente la vida de Carlos Denegri, uno de los periodistas gloria de la historia de los cronistas de México, sino el contexto político, la cloaca del tráfico de influencias, pero sobre todo, y lo que más me atrajo, expone de forma clara y dolorosa los círculos de violencia que la misoginia y el machismo han desarrollado en la cultura y la psique de tantos hombres y mujeres a lo largo de nuestro devenir.

Esta novela de ficción histórica debe ser leída como retrato, pero también con la capacidad crítica en el rabillo del ojo, para no olvidar, para no permitir que prácticas que ya habían caído en desuso por su inviabilidad ética y humana, vuelvan. Hay que adentrarse en sus páginas con el deleite de la ficción, con esa conciencia de que nuestro legado será la interpretación de otros acerca de nuestra propia vida. Y está bien.

La narración es intensa, con buen equilibrio entre acción y reflexiones. La prosa de Serna es bien conocida por exigente, por precisa, por ese ánimo de darle a sus personajes una corporeidad que te hace dudar de si realmente puede meterse en la cabeza de alguien que murió hace casi 50 años, como si el mismo Denegri le hubiera hablado con esa exactitud de sus temores y fobias, con lo que comprendemos que el autor también es un gran conocedor de la naturaleza humana.

Por haberme atrapado durante días, con una sensación entre angustia, coraje y curiosidad, El vendedor de silencio es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan.

Ensayo sobre la ceguera #LibrosQueMeGustan

Leí Ensayo sobre la ceguera en un viaje en tren entre Varsovia y Budapest. Bajé a mi teléfono el libro (antes de utilizar la maravillosa aplicación de Kindle para Android) con la intención de entretenerme entre salas de espera y paradas y lo siguiente que recuerdo es a mí leyendo sentada en la maleta, como poseída por las palabras de José Saramago.

El premio Nobel de literatura 1998 tenía la virtud de descolocar al lector, de sumergirlo en situaciones límite por medio de metáforas que rozan la ciencia ficción, como en esta novela.

Ensayo sobre la ceguera comienza con la mujer de un médico narrando cómo poco a poco una ceguera blanca se va apoderando de la población de la ciudad, luego del país y después del mundo, y cuenta, por medio de personajes anónimos, el caos que empieza a reinar entre quienes pretenden aislar a los enfermos y los infectados.

Es una historia que te mantiene los nervios de punta y las reflexiones al mil por hora, porque nos hace darnos cuenta de la ceguera que sufrimos respecto al otro, lo que provoca violencia irracional y un egoísmo mórbido entre personas, olvidando que, a final de cuentas, todos somos seres humanos.

Por las emociones desbocadas y el recuerdo del sonido de las vías del tren acompasado con el de las palabras de Saramago en mi cabeza al devorarme sus páginas, Ensayo sobre la ceguera es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan.

Novela de ajedrez #LibrosQueMeGustan #ViernesDeLectura

La obra maestra del escritor austriaco Stefan Zweig, mi libro favorito de todos los tiempos, fue la última novela que escribió el autor poco antes de su suicidio. Se publicó de manera póstuma en 1943.

Era algún sábado de verano de 1998. Yo tenía 18 años y los libros ya se habían convertido en mi máxima pasión. Esa tarde empecé a leer: “A bordo del transatlántico que a medianoche debía zarpar rumbo a Buenos Aires reinaban la habitual acucia y el ir y venir apresurado de la última hora”, sin saber que en las siguientes horas las breves páginas que tenía enfrente se convertirían en deleite y angustia.

A las nueve de la noche llegaron mi novio y sus amigos por mí para irnos de “antro”. Le abrí. No estaba lista. Le dije que subiría rápido a mi recámara a cambiarme, pero en realidad lo que hice fue agarrar la novela y seguir leyendo, tenía una necesidad imperante de terminarla, no me importaba que me esperaran cuatro adolescentes ansiosos por salir, yo necesitaba saber el final.

La intensidad de la historia provocó que de pronto me sorprendiera con los puños apretados, ¡me estaba enterrando las uñas en las palmas de las manos! Recuerdo perfecto que cuando terminé de leer debí respirar hondo y profundo y sentí una emoción que aún hoy, 22 años después, no se me olvida.

Novela de ajedrez narra una historia de juego y supervivencia, de crítica al nazismo y retrato del poder que ejerce tener la mente ocupada.

En un rutinario viaje en barco para obtener más victorias en otros continentes Mirko Czentovic, campeón mundial de ajedrez, se enfrenta a quien deseé jugar con él, sin saber que entre ellos estaría aquel que lo retaría al punto de llegar a un empate: el ilustre desconocido doctor B, quien iba a bordo después de haber sido liberado por los nazis, quienes lo torturaron con aislamiento absoluto; en uno de los interrogatorios que le hacían, ya al borde de la locura, el doctor B logra robarse un pequeño libro de ajedrez del saco de uno de los oficiales, lo que le salva la vida. Con el orgullo herido por el empate, el campeón, sin conocer la historia de B, lo reta a una partida la siguiente noche.

Novela de ajedrez tiene pocas páginas, pero las historias de sus protagonistas son impactantes sin llegar a la grandilocuencia; eso es lo que me gusta del estilo de Zweig, también autor de poesía, cuento, ensayo, biografía, dramaturgia y coleccionista de autógrafos y manuscritos.

Nos leemos y escuchamos la próxima semana con otro de los #LibrosQueMeGustan en el #ViernesDeLectura, me encantaría conocer tus reacciones hacia esta narración épica.

La muerte de Artemio Cruz #LibrosQueMeGustan

“Un hombre alto, lleno de fuerza, con unos ojos verdes hipnóticos y un hablar cortante. Artemio Cruz.”

Carlos Fuentes era un maestro para la creación de personajes entrañables: Felipe Montero en Aura, Félix Maldonado en La cabeza de la hidra. Pero sin duda uno de los  inolvidables es Artemio Cruz, protagonista de esta novela publicada por primera vez en 1962.

Esta historia narra los últimos días de Artemio Cruz exrevolucionario, expolítico, excorrupto cuando, recostado en la cama del hospital, moribundo, revive las memorias de su vida y describe las sensaciones que lo acompañan, todas desconocidas, que el autor describe con metáforas tan precisas y detalladas que es inevitable que tu yo lector se emocione: “Tengo la boca llena de centavos viejos.”

Este libro es sobresaliente, mi favorito de Fuentes, por la cantidad de frases memorables que tiene, que como aforismos, juzgan, juegan, evocan, explican: “Cuando cerró los ojos, se dio cuenta de la infinidad amorosa de ese cuerpo joven abrazado al suyo: pensó que la vida entera no bastaría para recorrerlo y descubrirlo, para explorar esa geografía suave, ondulante, de accidentes negros, rosados.”

Por fragmentos como ese y por el recuento histórico por el México de la Revolución y los años subsecuentes es que La muerte de Artemio Cruz es mi recomendación de este #ViernesDeLectura y #LibrosQueMeGustan.

Portada La muerte de Artemio Cruz

60 años de soledad #LibrosQueMeGustan #ViernesDeLectura

60 años de soledad. La vida de Carlota después del imperio mexicano 1867-1927.

Este libro de Gustavo Vázquez Lozano me provocó angustia. ¿Cuánto talento en tantas épocas, cuánta inteligencia perdida ha provocado el ninguneo del que hemos sido objeto las mujeres durante siglos?

Un ejemplo doloroso es el de María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Coburgo-Gotha y Orleans, mejor conocida como “la esposa de Maximiliano de Habsburgo”, emperador de México, protagonista de este documental histórico narrado en forma de novela de no ficción, que nos demuestra una vez más que en asuntos humanos, la realidad siempre supera a la fantasía.

Con un estilo simple, libre de apasionamientos sentimentalistas y juicios radicales, el autor relata la personalidad, los ideales, las crisis existenciales y políticas en las que Carlota estuvo involucrada, al mismo tiempo que le da la importancia que la narración histórica no le dio como benefactora del pueblo mexicano, porque al acceder a reinar este país, lo hizo con un compromiso que pocos gobernantes han demostrado con la sociedad a la que van a dirigir.

Traicionada por propios y extraños, como Napoleón III y su hermano Leopoldo II, quien le robó para llevar a cabo la sangrienta conquista del Congo, en África, Carlota fue una mujer que por vivir en un mundo de hombres no pudo explotar su máximo potencial, sin que eso implicara, por fortuna, que no pasara a la historia, la que, en títulos como este, finalmente le hace justicia. Por eso es mi recomendación de este #ViernesDeLectura.

Nos leemos y escuchamos la próxima semana con otro de los #LibrosQueMeGustan. ¡Feliz finde!

¿A imagen y semejanza? #cuento #ficción

Querido Dios. Qué digo querido: amado Diosito. Qué digo amado Diosito: adorado, omnipresente, idolatrado, omnipotente Diosesón:

Te doy gracias por el orgasmo nuestro de cada día. Estoy acostada en mi cama, la cabeza recargada en la almohada, las piernas abiertas, el abdomen en estado de incredulidad por lo que dos dedos pueden provocar en el cuerpo, desde la parte baja del vientre hasta todas sus esquinas, bordes y extremos.

Lo que siento es asombro. Qué sabio y maravilloso eres, ¡oh, rey de los Cielos!, que nos hiciste seres con capacidad de abstracción y potencia imaginativa, la misma que formó en mi mente la imagen de esas dos chicas besándose la lengua, los dientes, las puntas de los pezones, que hicieron gloriosa esta mañana.

Gracias por los recuerdos disfrazados de fantasías. Ruega por los hombres que me han penetrado, por las veces que los besos me han hecho adicta a los clímax. Te doy gracias por las inmensas posibilidades del sexo, por los labios, la vulva, las tetas, las corvas.

Si los seres humanos estamos hechos a tu imagen y semejanza, y me colocaste en la entrepierna el único órgano con la función de experimentar placer, entonces no dudo que todos estos años las personas hayamos vivido en el engaño y tú eres una mujer.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde #LibrosQueMeGustan

Es bien sabido que al interior de todo ser humano habita una dualidad luz-oscuridad que se manifiesta según la voluntad o los instintos; así como podemos ser buenas personas, también nos es natural ser miserables: la manera en que interactuamos con el mundo, para individuos mentalmente sanos, depende de la capacidad de elección.

De este tema sencillito y carismático trata El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una novela gótica de Robert Louis Stevenson publicada por primera vez en 1886 que se encuentra clasificada tanto como thriller psicológico, como drama, misterio, horror y ciencia ficción. Todo eso en apenas unas cien páginas (depende de la edición que leas).

Con una narración estructurada como una consecución de habladurías, el autor va desentrañando la intriga para llegar a un desenlace inesperado, de esos que te dejan de un humor extraño al terminar las páginas.

El libro es un clásico de la literatura universal que yo recomiendo leer porque para mí las obras más valiosas son aquellas que nos asombran y son memorables sin necesidad de grandes pretensiones, las historias que, como esta, sacan al lector sin piedad de la zona de confort.

Nos leemos y escuchamos el próximo #ViernesDeLectura con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

Jantipa #LibrosQueMeGustan

Si yo pronuncio “Sócrates” en la mente de cualquier persona de mediana cultura general aparecerá la antigua Grecia, la filosofía, el “yo solo sé que no sé nada”. Tal vez algunos piensen en la mayéutica, en grandes ideas, pero definitivamente pocos harán referencia a su ojo que se iba de paseo, a su mal aspecto, a su descuido personal. Y mucho menos pensarán en su vida sentimental.

Jantipa, novela de María Elena Sarmiento, habla de la esposa de Sócrates, una mujer de carácter difícil, indomable, quien, adelantadísima a su época, ya intuía que la relación de hombres y mujeres era injusta, por más que todos a su alrededor actuaran de esa manera.

La historia es intensa y fluida. La autora creó una ficción histórica que mantiene una tensión narrativa difícil de abandonar, al tiempo que consigue que el lector genere empatía con el personaje principal que adoró y sufrió al amor de su vida en la misma proporción. Además, María Elena es una mujer que investiga y se involucra profundamente con sus personajes.

Por eso este #ViernesDeLectura les recomiendo esta novela, a esta Jantipa, para no olvidar los contrastes del amor, que son los mismos que los contrates de los individuos que tenemos que cohabitar en este mundo, y como Sócrates, encontrar belleza en él, a pesar de sus imperfecciones.

Momo #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura quiero recomendar uno de esos libros encantadores que cuando los lees se quedan siempre en la memoria: Momo, del escritor alemán Michael Ende, famoso por ser el autor de La historia interminable, obra que los cuarentones conocemos muy bien porque en ella está basada la película La historia sin fin, que hizo época.

Publicada en 1973, Momo es un clásico por la vigencia de su historia y sus emociones. El título completo es: Momo, o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres.

La protagonista es una niña que vive sola en una gran ciudad. Es muy especial porque posee una cualidad difícil de encontrar en el mundo de prisa y adicción al trabajo productivo: sabe escuchar, por eso sus amigos animales y humanos la quieren y la cuidan… hasta que de pronto ya casi nadie tiene tiempo para ella y cada vez se va quedando más sola.

Esta heroína, junto con Casiopea, la tortuga que puede adivinar lo que sucederá, se enfrenta a pequeñas batallas contra los hombres grises, unos seres que empiezan a aparecer en la vida de la gente y los convencen de ahorrar tiempo, diciéndoles que los momentos de contemplación, de juego, de convivencia con la familia y amigos les restan productividad. Así se genera una sociedad con cosas, sin espíritu y de gente triste con prisa.

Este es un libro catalogado como novela juvenil por su naturaleza fantástica, pero como El Principito debería ser una lectura obligada, sobre todo cuando los adultos olvidamos que en realidad no somos tan importantes y sobre todo, que el tiempo que no compartimos con la gente que amamos por estar distraídos con personas, cosas o situaciones sin verdadera trascendencia para nuestra vida no va a volver jamás.

Estoy segura que todos conocemos a alguien a quien le urge leerla (si no es que a nosotros mismos).

Con esto me despido, pero nos vemos el próximo viernes con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

Departamento 508 #cuento #ficción

Estiró el brazo para presionar el timbre del departamento 508. Antes de dejar impresas las huellas dactilares en el pequeño botón redondo que antaño fuera blanco y hoy es color mugre, un grito femenino de placer desaforado lo hizo dar un salto hacia atrás. Algún vecino despistado dejó mal colgado el interfón.

¿Ves? Te dije que te iba a gustar… Quiso presionar de nuevo el botoncito percudido, pero las instrucciones de esa voz masculina, profunda como un trueno en tormenta eléctrica, provocaba que su dedo temblara. Ponte de espaldas, abre las piernas, métete un dedo en el coño.

Se le hacía tarde para llegar al departamento de su novia, pero no podía dejar de escuchar al de la voz gruesa como bajo en un blues, que cuando calló dio paso al sonido de un golpe acuoso que percibía a través de la bocina y le provocó una erección. Empezó a salivar, sintió cómo sus pupilas crecían sin restricción en el iris.

Siguieron las instrucciones: frótate el clítoris, métete el vibrador. De la voz femenina no había ni rastro. La necesidad de frotarse el miembro por lo intenso de la cogida monumental que escuchaba lo decidió al fin a tocar el botón de su departamento destino, el 508, lo que hizo con el dedo no tan erecto como lo que presionaba dentro de su bragueta; a fin de cuentas ahí estaba su novia y podría desfogar la lujuria que los vecinos irresponsables le habían provocado.

Escuchó un correr presuroso sobre el piso de madera, jadeos de prisa, algunas risas algo ahogadas, un portazo, y finalmente, el “¿Quién es?” de esa voz que él tan bien conocía. Sus piernas adquirieron entonces cualidad de piedra, misma que desapareció de su pantalón y adoptó también el órgano de su cuerpo encargado del raciocinio y los sentimientos, hasta que un hombre con rostro sonrojado y voz de tenor le pidió permiso para salir del edificio.

Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

Carta a una erotómana viva que vive el EROTISMO EN VERSOS. Por Carlos Bracho

A Mónica Soto Icaza

Mónica: has entrado al mundo de las mujeres libres, de las mujeres sabias, de las mujeres que conocen a la perfección el acto amoroso y su sublimación que es el erotismo. Te felicito por ello. Y no voy a entrar en un análisis crítico o algún barrunto que se le parezca, no. Tu poesía está allí, está al rojo blanco. No necesita más que ser leída y gozada y puesta en práctica por los posibles lectores y las lectoras ávidas de vida. Son una profunda lección de amor, de profundo amor. Por ello digo que:


Al principio de la humanidad el erotismo era posicional y sólo garantizaba la continuación de la especie. Más tarde se registra una evolución , producto de la práctica cotidiana, de la convivencia y del trato continuo con la pareja, y entonces, poco a poco, la humanidad camina directo al erotismo.


Bien. Ahora, inspirado en tus bellos, calientes e ilustrativos poemas, cito a las mujeres que han glorificado este acto heroico y fundamental:
Anaïs Nin: “ También yo estoy interesada por el mal, y quiero para mí una vida dionisíaca, embriaguez, pasión y caos.”. Andrea Montiel: “…quiero bañarme el cuerpo/ caminar desnuda/ respirar profundo…”. Carmen Alardin: “…Se fugó nuestra negra doncellez/ por las botellas de champaña…”. Mariana Alcoforado: “…Harás igualmente bien en no querer a ninguna otra. ¿Podría satisfacerte una pasión menos ardiente que la mía?”. Gabriela Mistral: “Ruth lo miró de la planta a la frente,/ y fue sus ojos saciados bajando,/ como el que bebe en inmensa corriente…”. Alfonsina Storni: “La niña de quince años con su esponjado seno:/ ¿Sueñas echarla garras, oh, goloso animal?”. Pita Amor: “…con mis brazos vacíos de caricias,/ con ansias de estrecharte/ pensaba en las delicias/ de esas noches pasadas y ficticias.”. Carmen de la Fuente: “Porque encarnas un fauno con arrebatos místicos/ y abres rosas antiguas sobre los vientres pálidos/ de ardientes odaliscas.”. Griselda Alvarez: “No se puede vivir sin erotismo, / viene del más allá como mandato,/…”.

En vista de estas armoniosas y gratas declaraciones, Mónica, como digo arriba, con tus poesías, con tus amores, con tus sueños, ya estás dentro del carruaje literario en donde viajan las mujeres que tienen el alma al rojo vivo y que han amado como ningún otro ser lo ha hecho.

CARLOS BRACHO

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El chisme con Galletitas de Mónica Soto Icaza. Por Inés Récamier

Uno de los mejores chismes que he leído, tan intrigante que no lo solté hasta haberlo terminado. Treinta y cinco mujeres han sido invitadas al lecho de muerte de Salomón Andrónico, un hombre cuyo apellido nos incita a pensar en un ser andrógino. Y sí, porque a pesar de que Salomón no sea hermafrodita se beneficia de una femineidad que le facilita comprendernos —y conquistarnos—a muchas de nosotras: treinta y cinco para ser exacta.

Un montón de amantes seducidas de distintas formas; algunas de ellas han sido traicionadas, otras le guardan lealtad y agradecimiento y, por supuesto, no falta quien le odie. El mito de guardarnos para el hombre perfecto se destruye en este relato. Cada mujer cuenta una historia. Cada encuentro transmite diferentes sensaciones. Mónica tiene una pluma que describe con certeza la naturaleza de cruces inesperados, relaciones comprometidas y noches de esparcimiento. Su estilo es refinado y excitante. Las voces de sus protagonistas tienen personalidad y rostro. A través de ellas Salomón también se perfila, confirmando que no existe lo bueno ni malo, solo un hombre disfrutando al máximo su vida hasta el día en que sufre un derrame cerebral y todas ellas son invitadas a un último beso, única despedida, y las Galletitas que son importantes —porque hay para todas—.

Inés Récamier

“Santidades” #cuento #ficción

El tamaño del pueblo crecía conforme él cumplía años: a los tres estaba compuesto por la recámara de su mamá, el pasillo hacia el baño, la cocina y el antecomedor; a los cinco, por todo lo anterior más la pista de carreras de triciclos-garage con matorrales entre las juntas del adoquín, el camino a la escuela y el edificio donde tomaba clases y existían otros niños que desaparecían al sonar la campana; a los siete, lo que ya dije, más la ruta hacia el hospital a donde lo llevaron cuando se cayó de los patines y se rompió el codo del brazo derecho; a los diez, los territorios ya conocidos, más el velatorio de olor exagerado a flores y paredes impregnadas de sollozos; a los doce, la plaza del pueblo, con un quiosco al centro y la iglesia, tan bonita que al verla no pudo creer que no lo hubieran llevado a conocerla antes.

Escuchó las campanadas de la torre más alta, preguntó la hora a un vendedor de nieves (la regla de no hablar con desconocidos fue rota por primera vez en su vida), y pedaleó como poseso de vuelta a casa, deseando que su mamá todavía no estuviera de vuelta, se enojaría muchísimo si lo supiera vagando más allá de los caminos conocidos.

Fue accidental. Una hora antes, de regreso de la escuela, en vez de tomar la tercera cuadra a la izquierda para doblar la siguiente esquina en dirección a su casa, siguió su impulso de explorar nuevas posibilidades, y después de transitar algunas cuadras en zigzag, llegó al centro del pueblo, con su quiosco de mosaicos y su iglesia monumental, demasiado grande para la pintura descarapelada del Palacio Municipal y los grafitis en la barda del cementerio (no es que el niño del que hablamos supiera que el edificio destartalado era el Palacio Municipal ni la enorme barda el cementerio, pero lo escribo para orientar al lector de esta historia, por lo menos en el espacio, aunque no en tiempo, porque no sabemos en realidad cuándo está situada, si en la época actual, o hace cinco, 17 o 23 años).

Hablaba de los grafitis en la barda del cementerio y de los mosaicos del quiosco, pero lo verdaderamente importante es que al siguiente día el niño volvió a desviarse en zigzag en su regreso de la escuela y montado en su bicicleta llegó a la escalera de entrada de la iglesia.

Era un templo de cantera gris, con unas puertas de madera en apariencia pesadas, algo desgastadas por los orines de perro que levantan la pata para marcar territorios y fastidiar olfatos, y por el paso del tiempo. Al dar el primer paso llegó a su nariz el olor a madera vieja combinado con el aroma lavanda, cortesía de la señora de la limpieza, que pasaba una jerga muy mojada por las baldosas de mármol (tal vez el desgaste de la puerta también se debiera a la imprudencia de la señora que manipulaba el trapeador).

Levantó la vista de la jerga danzante. Le llamó más la atención un altarcito rodeado de pequeños focos redondos, que la gran cruz al frente de las cuatro filas de bancas. Caminó al recinto iluminado, los pies parados justo al borde del cambio de color del piso, aunque ese fuera un detalle que nuestro personaje no registró en la memoria que formaría el recuerdo de esa tarde.

Su mirada rebotó en unos ojos de canicas castañas y percibió en el corazón una patada como la que le dio su amigo Matías jugando fútbol la semana pasada, con la diferencia que este nuevo dolor resultaba dulce, bello como la zona muy gris del cielo cuando aparece el arcoíris después de una tormenta. Era la imagen de la niña más hermosa que había visto en su vida, con su corona de flores, las palmas de sus manos encontradas y su vestido rosa con blanco.

Se acercó al reclinatorio vacío frente a la niña, puso las rodillas en el cojín rojo y la saludó con timidez, como si ella pudiera escucharlo. “Hola, soy Pablo. ¿Tú cómo te llamas?”. Como respuesta recibió la mirada enojada de la señora que rezaba junto a él, que se puso el dedo índice en la boca. Se fijó mejor en el entorno de la figura, y leyó su nombre con letras hechas de flores ya un poco marchitas: “Me llamo Filomena. Santa Filomena”, escuchó como un secreto. Iba a empezar a platicar con ella, pero se acordó de su mamá. Miró hacia el antebrazo de la señora que rezaba junto a él y vio que su madre volvería en cinco minutos a casa, y si no lo encontraba le haría falta algo más que un milagro para no meterse en dificultades.

“Adiós, Filomena”. Ella pareció sonreírle con los ojos, como cuando las pupilas de alguien titilan unos segundos antes de ver hacia otro lado.

Regresó a casa un poco más tarde de la hora acostumbrada, pero como por fortuna la vecina de cubículo de mamá, Lupita, se cayó de los tacones cuando ya sólo quedaban ellas dos en la oficina, tuvo que llevarla al hospital.

Pablo cenó en silencio, lo que no representó un motivo de preocupación para su madre, porque esa noche no llegó a tiempo ni siquiera para acostarlo cuando al niño le ganó el sueño, después de varios minutos de imaginar la sonrisa de la hermosa santa de nombre raro.

Al siguiente día tuvo que dar dos giros de más para volver a encontrarse con Filomena. Entró a la iglesia intentando hacer el menor ruido posible. La misma señora de ayer estaba hincada sobre el Cristo negro, ¿se habrá ido a su casa en algún momento?

Miró al nuevo objetivo de su afecto. Estaba lejos de ella varios metros, pero casi alcanzaba a escuchar que lo llamaba. Pensó que le hubiera llevado un detalle de esos que les gustan a las mujeres, como unas flores, pero no se lo ocurrió antes.

Al llegar al reclinatorio notó que había un ramo nuevo y percibió otra sensación en la boca del estómago, pero esta vez fue como si alguien hubiera intentado inflar un globo en su panza sin lograrlo. No permitió que su mirada amorosa cambiara por la del reproche, tenía poco tiempo para platicar con ella, para observar su corona de flores alrededor de la cabeza y las flechas debajo, como para desperdiciarlo en peleas absurdas, sobre todo si no estaba seguro de que le había llevado las flores algún otro enamorado y sí una viejecita de pasado dudoso, pero presente angelical.

El siguiente día era sábado, la mañana en que Pedro se levantaba más temprano. Le gustaba subirse a la azotea de su casa para ver en el amanecer la línea del horizonte que se abre como una boca luminosa. Tenía meses haciéndolo, y le sorprendió que era la primera vez que se fijó en las torres de la enorme casa donde vivía Filomena, francamente difíciles de pasar desapercibidas.

Escuchó la música de fin de semana de su mamá. Bajó a desayunar. Sus tripas ya cantaban al unísono de las sinfonías que cantaba la pequeña bocina de sonido inverosímil que descansaba sobre la mesa de centro de la sala. Al verlo, su madre caminó hacia él con los brazos abiertos: en la mano derecha tenía una pala de cocina, y en la otra un plato de Spider Man con un par de hot cakes.

El desayuno fue bastante más silencioso de lo habitual, lo que extrañó a la progenitora de Pedro, acostumbrada a las constantes historias de su hijo acerca de los acontecimientos de la escuela. También el fin de semana fue peculiar para la familia de dos, porque Pedro se la pasó encerrado en su habitación rascándose la cabeza, como si en las partículas de sus fibras capilares se alojaran las respuestas a las preguntas más trascendentales del mundo.

Llegó el lunes, momento de ir a la escuela. Todo apuntaba a un primer día de la semana normal, y había sido así hasta las 10:35 de la mañana, hora en que a Pedro se le ocurrió pedirle a la maestra de Geografía para ir al baño.

Nuestro protagonista caminaba casi pegado a la pared del pasillo, el dedo índice trazando una línea en el polvo de los ladrillos rojos barnizados. Iba a abrir la puerta del baño, pero un sonido parecido al que a veces escuchaba surgir desde la recámara de su mamá por las madrugadas lo distrajo de su objetivo de relajar los esfínteres y encendió un nuevo foco de atención en su cerebro, decidido a encontrar el origen del rumor.

Avanzó, ahora con la oreja izquierda casi pegada a la pared. El volumen del murmullo aumentó súbitamente: entre las ramas del seto de aproximadamente un metro y medio que hacía las veces del remate del pasillo, Pedro vio a una niña de pelo negro, suelto, parada sobre la tierra; tenía la falda levantada, los calzones sobre uno de los calcetines.

En la parte de atrás había un niño sentado en el borde donde comenzaba el pasto del otro lado, con la cara casi metida entre las nalgas de ella. Con una mano le abría los labios vaginales. Con el dedo de la otra le acariciaba el clítoris (cabe mencionar, en este momento del relato, que en ese momento Pedro desconocía la nomenclatura de las partes íntimas del cuerpo mamífero, vetada por su madre por temor a despertar en él instintos que en realidad son imposibles de enterrar en el desentendimiento).

Ella gemía y cerraba los ojos de vez en cuando. Era evidente que le tocaba ser la vigía para evitar ser sorprendidos por otros adolescentes en ciernes o las autoridades escolares. Objetivo fracasado. Tenía la mirada perdida. De tanto en tanto le temblaban los muslos, no demasiado abundantes, pero sí lo suficiente como para poner en evidencia que el efecto de ese dedo ajeno en su anatomía le causaba un placer que deseaba perpetuar.

Pedro intentaba no respirar para que no lo fueran a cachar. Una parte de sí quería salir corriendo para no ver eso; su mamá le dijo miles de veces que si estaba en algún lugar en donde estuviera sucediendo algo que él no deseaba tener que recordar después, o no quería mirar porque sabía que era incorrecto, debía darse la vuelta y huir. Pero, ¡era tan difícil despegar los ojos del coño abierto de la niña!, que además escurría una sustancia transparente que parecía aceite de bebé y humedecía el dedo del niño.

A fin de cuentas terminó corriendo hacia el salón de nuevo sin pasar por el baño: de repente la cara de la niña se transformó en la de Filomena; el uniforme de playera blanca y falda verde de la niña, en el vestido rosa con blanco de la moradora del ala derecha de la iglesia del pueblo, y Pedro sintió cómo creció el bulto de su pantalón a la altura de la bragueta, algo que le había sucedido de vez en cuando al abrir los ojos alguna mañana.

Esa tarde decidió no ir a visitar a la niña. Sentía una vergüenza incontenible en el cuerpo, sobre todo de la cintura a los pies. Por fortuna su mamá llegó tarde de nuevo y no tuvo que explicarle el motivo de la hinchazón de sus ojos, extenuados de tantas lágrimas.

Martes. Pedro se aguantó todo el día las ganas de ir a hacer pipí, sobre todo porque en la mañana al levantarse, en su escala diaria al baño, cuando se agarró el pene para descargar la orina nocturna, no pudo evitar acariciárselo pensando en su compañera de escuela semidesnuda, claro, con la respectiva cara de Filomena.

Sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases. Afortunado porque las maestras no se dieron cuenta que Pedro no trazó ni una línea en los cuadernos.  Nuestro héroe fue hacia su bicicleta y la montó. Empezó a pedalear con prisa rumbo a la iglesia; tenía que pedirle perdón a su niña hermosa, confesarle su pecado, pero también su amor.

Se sentó en la banca justo enfrente de la niña que colonizó sus pensamientos hacía apenas unos días. No se atrevía a mirarla a los ojos, prefería perderse en los labios de porcelana, pintados del color rosa que se usa para no darle a las niñas imagen sexualizada ni confusa, aunque eso el niño tampoco tenía por qué saberlo, dada su edad y su escasa experiencia en el mundo adulto, limitado a su mamá y su maestra de la escuela, y ahora también a la señora que lo acompañaba en la iglesia, demasiado familiar como para ser apenas la tercera vez que coincidía con ella, pero él también ignoraba que son necesarias horas de coexistencia y demostraciones de bondad para generar confianza entre dos seres humanos.

Filomena. Hola. Soy otra vez yo. Sonrió tímido. Los labios de ella se quedaron tan inmóviles como su cuerpo de porcelana. Tenía buenas razones para estar enojada. Pedro entonces adivinó que los santos deben ser adivinos, y además, podían verlo todo, así que ir a confesarle sus pensamientos malos había sido inútil, porque ella ya los sabía. ¡Qué ingenuo! Y eso no era todo.

Pedro estaba seguro que Filomena no le sonreía porque también se daba cuenta que le miraba de manera tan penetrante los labios para no bajar los ojos hacia la falda del vestido. Lo único que el niño podía imaginar en ese momento era cómo sería su coño de porcelana.

De todas formas, la presencia de la señora, ahora amiga y cómplice, era su seguro contra imprudencias; mientras ella estuviera ahí él no podía llevar a cabo la ejecución de su fantasía, y como parecía que vivía en ese reclinatorio, era un área segura.

El sitio dejó de ser fianza ante su ímpetu justo tres minutos después. La mujer rezadora hizo la señal de la cruz, lo miró con justificada desconfianza, y se fue.

En cuando Pedró dejó de escuchar los tacones de su sin duda próxima enemiga, supo que su voluntad de mirar esa parte de la anatomía de Filomena era tan sólida como el morador de sus pantalones. Se puso de pie.

Caminó con cautela, volteando hacia atrás cada dos pasos. Estiró la mano hacia la imponente figura de la niña varias veces antes de poner sus dedos índice y pulgar en posición de pinza para cerrarlo en el encaje inmaculado del borde del vestido, que levantó despacio, con el corazón retumbando hasta la parte más alta del edificio de forma abovedada con frescos de escenas religiosas adornadas con pintura dorada.

Lo más que llegó a ver fueron tres segundos de unos calzones bombachos, que eran lo que le daba la consistencia amplia a la falda de la ropa de Filomena, antes de que una mano hiciera con los dedos índice y pulgar lo mismo que él con el encaje del vestido y lo arrastrara hacia la sacristía, donde Pedro se convirtió en el futuro adulto más fiel que ha existido sobre la faz de la tierra. Su época de explorador de vulvas había vivido su debut y despedida en la pubertad.

“El quinto cristal” #librosquemegustan

Hay libros que nos dejan con un humor extraño, con sensaciones incómodas orbitando en el ánimo. Por eso tienes que leerlos, para experimentar la adrenalina de asombrarte con una historia, para saber qué resuelve el autor al final, para que el aire vuelva al cuerpo.

Eso me sucedió con El quinto cristal, cuento largo o novela corta de Inés Récamier, una obra sorprendente, que, como el más descarado de los intrusos, se introduce en las profundidades de la quietud para colocarle al lector una especie de piedrita en el zapato, o un pensamiento inquietante en el insomnio.

El quinto cristal es un libro breve, de apenas 124 páginas. Posee la intensidad del cuento, con las palabras exactas y las imágenes precisas para mantenerte con los ojos adheridos a las palabras. Su lectura no es sencilla, no porque el lenguaje sea complejo, sino porque los nervios te piden tregua, y tú no tienes más remedio que otorgarla.

Hay dos tipos de lectores: los que pasean los ojos por las páginas, y los que introducen el alma en los personajes. Inés Récamier tuvo el acierto de escribir una historia redonda, cuyos detalles escapan a los primeros; pero su mayor virtud, la cual se agradece, es que confía en la inteligencia del lector que es capaz de vivir el dolor y la desesperación de Dolores, que descansa conforme se desatan los nudos y se planchan las arrugas.

A mí no me queda más que recomendar este libro a los amantes de la buena literatura, y agradecerle a Inés la novela que más me ha emocionado en los últimos tiempos.


*Récamier, Inés. (2018). El quinto cristal. México: Endira.

Cicatrices. Una disertación sobre el desamor. #relato

Me vacié de casa. Empecé por los libros, la computadora; llené tres bolsas con mis vestidos y una valija con rencores añejos. Abrí cajones. De ellos separé la basura de las memorias, y convertí en desechos algunos de esos recuerdos.

Cuando eres feliz en un sitio esas paredes absorben partículas de tus fragmentos, hasta que te derrumbas y en la reconstrucción ya no puedes precisar quién posee a quién.

Todas las historias de amor son dignas de contar. No importa si conociste al sujeto de tu afecto por medio de una coincidencia épica, si fue amor a primera vista o un golpe de suerte, cada vuelta de tuerca, revolución o circunvolución para que dos personas se encuentren modifica para siempre el devenir del mundo.

Pero aún más dignas de contar son las historias de desamor: en ellas habitan las cicatrices —únicas, indivisibles y legendarias— que hablarán por nosotros en la mesa de autopsias, como el mapa infalible de cada existencia.

What happens in Caracas… primera entrega. Una historia de amor y hallazgos #periodismonarrativo

A veces se quedan fragmentos del corazón por otros lares, cuando un viaje inocente desafía a tu experiencia para vivir y continuar con tu cotidianidad como si nada, pero resulta que no regresas a casa intacta. Eso me sucedió en Venezuela.

Cinco días, sólo cinco, pero a cada paso se me iban desprendiendo pedazos de piel sin darme cuenta. En cada esquina donde experimenté regocijo, incertidumbre o asombro se quedaron algunas partículas que durante años pertenecieron a mis ojos y hoy danzan al sur de un continente.

Mi llegada a horas extrañas para una turista sola

Desde que llegas al Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar sabes que es un país distinto: los espacios donde antes había anuncios comerciales, ahora están pintados de blanco, sólo en algunos hay propaganda del gobierno o invitaciones a conocer las atracciones naturales de su territorio.

No es una instalación que busque el lujo o la belleza, sino la funcionalidad; el duty free es de unas cuatro tiendas. En migración me preguntaron, como en todas partes, el motivo de mi visita y en dónde me alojaría, y al salir me sorprendió que solamente entregué mi formato de aduana y deslicé mi maleta por unos rayos X de los que nadie estaba mirando la pantalla. No me dirigieron la palabra más que para desearme los buenos días. Afuera encontré tiendas de regalos, cafeterías, una farmacia, todo cerrado porque llegué a la 1:30 de la madrugada. Salí de ahí como si llegara a casa.

Para llegar al hotel es necesario tener disponible el transporte de antemano, porque si no traes muchos billetes en efectivo, te quedas varado en el aeropuerto. Por fortuna a mí me esperaba Javier, un hombre amable y platicador. A pesar de que eran las dos de la madrugada hizo el camino, de una media hora por grandes avenidas rodeadas de vegetación abundante, muy agradable y plagado de datos curiosos del país, como las estaciones del año, que para una mexicana como yo podrían ser un verano eterno.

El recorrido hacia el hotel me mostró una ciudad vacía, no vi ni un automóvil ni una persona. Al llegar me encontré con una construcción muy bonita y muy nueva, completamente apagada: Waldorf Hotel Boutique. Me bajé del automóvil y toqué el vidrio de la puerta de herrería. Un policía abrió y con una sonrisa me dio el paso. En cuanto puse un pie en el lobby todas las luces se encendieron y hasta la música de fondo comenzó a sonar: a pesar de que unos segundos antes todos dormían, la vida que experimenté se me quedará grabada siempre en la memoria, fue una forma maravillosa de darme la bienvenida.

El hotel es precioso, de lujo moderado, pero elegante. Me habían comentado en México de la escasez de productos de higiene personal, y sí, el papel del baño era delgado, pero había shampoo y jabones, aunque no gel de baño ni crema corporal, como en otros lugares del mundo. Para mí la habitación a esa hora (casi las tres de la mañana) y después de toda una tarde y noche de vuelo era el paraíso, y la cama resultó algo parecido a la gloria.

El día uno y sus mil maravillas

De aquí en adelante voy a hablarte mucho de ti, de mí, de la gente alegre y optimista en medio de lo escaso; pero también de la inconforme y triste entre la abundancia. Te hablaré de cómo el hombre que me trajo de la mano se convirtió en hermano en unas cuantas horas y en amante otras tantas horas después.

Te contaré acerca del desayuno de la primera mañana, sin buffet y con poca fruta en los platos; del delicioso café con leche, de la carrera de bicicletas que había en ESPN 3 y me acompañó a probar por primera vez una omelette con arepitas.

Tendré que confesarte que en cuanto llegó quien se encargaría de mostrarme la ciudad, amigo de una amiga mía, con sus 1.96 metros de estatura y su sonrisa en esos labios suculentos, supe que el viaje podría tornarse todavía más interesante (ya me conoces y sabes de mi afición por los hombres).

Ese primer día fue un hallazgo de miradas, de sabores, de la textura de sus manos abiertas que tomaban las mías para cruzar la calle. En Caracas cruzar las calles es como un deporte de alto riesgo, los conductores no respetan la luz de los semáforos (los peatones tampoco), así que es necesario desarrollar cierta habilidad para no morir atropellado.

La escala inicial fue la Plaza de la Candelaria, una de las primeras de la ciudad, inaugurada en 1708, con su iglesia de fachada azul y su escultura de un caballo y su jinete, ejecutada por el artista Francisco Narváez. Me hubiera gustado sacar el teléfono para tomar algunas fotos, pero la recomendación de mi guía fue que mejor no lo hiciera, los smartphones son muy solicitados por los ladrones de todos los barrios, porque en Venezuela son caros y difíciles de conseguir.

También pasamos debajo del puente de las Fuerzas Armadas, donde desde hace más de 30 años reposan libros usados para compra, venta y trueque. Ahí se pueden encontrar ejemplares de todos los temas y múltiples épocas, convirtiéndose en un paraíso para una amante de los libros como yo.

Siempre me ha resultado fascinante estar en lugares nuevos. La Plaza El Venezolano no fue la excepción. Su primer antecedente es de 1595, con el establecimiento de los Dominicos en la Ciudad. Posee uno de los monumentos más característicos de la ciudad: de 47 metros de alto, es una imponente antena pintada de rojo y negro junto a la que en las tardes se congregan decenas de personas mayores a bailar y enamorarse.

En uno de los extremos, la esquina de San Jacinto, mi guapo guía y yo nos sentamos en Chocolate con Cariño, un local de comida y bebida donde probé por primera vez el cocuy, una bebida de agave, con un sabor bastante parecido al mezcal, pero que ellos mezclan de diversas maneras: ahí tomamos uno de maracuyá y otro de mojito.

También ahí él me habló del tipo de cambio Dólar-Bolívar, que para efectos prácticos es regido por la página no oficial dolartoday.com. Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el tipo de cambio: así como puede ser de cien mil bolívares por dólar, también puede ser de tres millones cuatrocientos mil, como lo pagué yo. Si no conoces a alguien que te facilite el contacto con quien cambie dólares y te ayude a pagar, será muy difícil que puedas comprar algo. Eso provoca que sean tiempos difíciles para el turismo en el país.

Más tarde me encontré por primera vez con el ícono de los ojos de Hugo Chávez que durante los siguientes días aparecerían en mi camino por todos lados. En esa ocasión estaban en las escalinatas de El Calvario, un parque que existe desde 1883 y tiene en su parte alta un jardín francés desde donde tomé discretamente algunas fotografías de Caracas, sus edificios, montañas y sus nubes como de dibujos animados.

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Bajando de El Calvario probé una exquisita arepa de chicharrón con chicharronada, acompañadas de una bebida de papelón con limón. Ahí se me notó la poca experiencia para ese tipo de comida, y sobre todo, para comer de pie, porque terminé con la grasa en la ropa y varios pedazos de chicharrón en el suelo. El local estaba lleno de gente antojadiza como nosotros, comiendo y bebiendo a placer.

De ahí caminamos a la Plaza Bolívar de Caracas, donde se encuentra la Catedral Metropolitana de Santa Ana, una iglesia de estilo neoclásico construida a mediados del siglo XVII. En la plaza había un mitin chavista. Tiene al centro una escultura de Simón Bolívar sobre un caballo.

En otro de los extremos está el Teatro Principal, donde vi por primera vez una figura de cartón de Hugo Chávez de tamaño original. Entramos al Palacio Municipal a ver una exposición de pintura acerca de las raíces negras de la población venezolana.

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En Plaza de la Candelaria comimos cachapas, que son una especie de hot cake de maíz doblado sobre un pedazo de queso, y que comen con mantequilla. Ahí probé también por primera vez Maltín, que es malta venezolana en un envase de vidrio muy frío, y de la que tomé también incontables cantidades los siguientes días, porque en México no se consigue y es deliciosa.

La tarde nos llevó al teatro Teresa Carreño para sentarnos en “La Patana”, un bar y restaurante, y a su cocuy en diferentes presentaciones y varias cervezas; ahí sentados él y yo confesamos nuestro gusto mutuo por las bebidas alcohólicas, que nos mantendría, también, tomando cerveza y platicándonos la vida entera en los días por venir.

Ya con la lengua más suelta y la confianza peligrosamente propicia, caminamos al Parque Sucre Los Caobos, donde se desarrollaba la Feria de Libro de Caracas, con sus 65 editoriales públicas y privadas mostrando su oferta temática e ideológica. Compré por un millón y medio de bolívares en Editorial Trinchera el libro El chavismo salvaje, de Reinaldo Iturriza. El tema de la feria era Caracas Insurgente.

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Al oscurecer nos fuimos a la terraza del hotel a tomarnos otra cerveza y delicioso ron seco del que no recuerdo el nombre. Curiosamente ahí el mesero se portó amable hasta enterarse de que yo era huésped, porque antes había sido cordial, pero poco tolerante.

Nos despedimos en el lobby con la promesa de encontrarnos al siguiente día más temprano. Nos dimos un abrazo y un beso de buenas noches, y me fui a dormir.

(Aquí entre nos, esa fue la última noche que dormí sola, pero no se lo cuentes a nadie).

Continuará…

Manifiesto contra la sopa tibia #ficción #cuento

“Si el mesero llega en cuatro minutos le digo que sí”, pensó Susana después de escuchar a Federico pronunciar las consabidas y anticuadas, pero románticas palabras: “¡quieres ser mi novia?” Para hacer honor a la verdad, Susana no estaba nada segura de que el amor que Fede le ofrecía era siquiera cercano al que ella quería en la vida, con eso de que su anterior novio era amoroso tan del tipo mediocre que parecía una sopa de cebolla fría: en vez de tragarse con tersura y deleite, terminaba apelmazado en el paladar.

Atinado como siempre, pero inoportuno como nunca, el mesero, con el nombre “Julián” prendido del uniforme marrón con beige, llegó justo a los 240 segundos a tomar la orden: la dama ensalada César con el aderezo aparte, el caballero una hamburguesa con tocino, nada perfecta para una primera cita.

Acto seguido, ella procedió a darle a Federico la respuesta positiva por culpa del mesero. Y digo por culpa, porque la historia de amor entre Susana y Federico, por más que iniciara un 14 de febrero, pronto se convirtió en una de esas malas coincidencias de la vida chocarrera que vivimos la mayoría de los mortales.

A pesar del vaticinio nefasto que implica dejarle el futuro sentimental a un golpe de suerte, sobre todo cuando está involucrado un mesero en la ecuación, meses después Federico se hallaba ante la disyuntiva de hacerle caso a su madre y al fin sentar cabeza, o continuar con sus breves y temporales aventuras.

Entonces sucedió que una tarde, sentado en el banco de un parque al Centro de la Ciudad, mientras observaba a un vendedor de algodones de azúcar preparar sus manjares, se dijo a sí mismo: “si el niño elige el algodón rosa, le doy a Susana el anillo de compromiso”, lo que hizo esa misma noche, después de que el escuincle eligiera el dulce casi rojo de tanto colorante, y de la única forma en que sabría que Susana le daría un “Sí” rotundo: en la cama mientras se abrazaban desnudos; todo lo mal que se llevaban sobre el suelo, lo contrarrestaban en el colchón, lo que, a final de cuentas, termina sin ser garantía.

Con el paso de los años la cotidianidad se impuso en Susana y Federico, así como las decisiones basadas en el lado de la escalera por la que subiría una viejita a la planta alta del centro comercial, el color de la corbata del siguiente señor que cruzara por la puerta o la cantidad de personas que se bajaran de un taxi, mismas que les cobraron la factura, algo así como cuando el atún fresco se pasa de cocción y en vez de ser un manjar se vuelve una bola seca, difícil de masticar: potencialmente delicioso, pero arruinado, y su siguiente éxito como pareja fue una firma en el documento de divorcio, donde se asentaba lo estéril de su matrimonio: no hubo ni propiedades qué negociar, ni hijos a consolar, y sus pocas pertenencias terminaron abandonadas por aquello de no conjurar desagradables recuerdos.

Después de varios sucesos en la vida de Susana y Federico, como el aumento en la graduación de sus anteojos, la aparición de algunas canas o el descubrimiento de nuevos platillos favoritos, una noche Susana estaba sentada frente a otro hombre con intenciones amorosas, en otro restaurante con meseros llamados Julián y uniformes beige con marrón. Cuando escuchó la pregunta que su interlocutor le hizo con la misma indiferencia con la que años atrás Federico lo hiciera, miró a su alrededor para buscar una señal, pero sólo se encontró con un plato extraordinario frente a ella, lo que la hizo pensar en que las decisiones son como la confección de un buen platillo: tienes una sola oportunidad para alcanzar la perfección o el fracaso.

Y antes de dar una respuesta positiva o negativa, se dio cuenta que desde ese momento se convertiría en alguien que lucha por el amor como vapor contra válvula de olla chifladora: no se escapa hasta que está bien caliente.

 


*Este texto fue publicado en la revista “El Gourmet de México” de febrero de 2018.

Cara o cruz #cuento #ficción

¿La fecha? Un día de principios de febrero. ¿La hora? 14:30 de la tarde. ¿El lugar? Uno de los rascacielos que bordean el hermoso Paseo de la Reforma, la avenida más emblemática de la Ciudad de México. ¿El motivo? Jugar con fuego. ¿Lo que sucedió? He aquí esta historia:

Dos días antes, el mensaje inesperado del personaje inimaginable: “Ya quiero que sea lunes”. Corazón acelerado, choque de adrenalina sin control.

La noche anterior: el insomnio. Recordar cómo se veía su rostro en versión carne y hueso. Las preguntas que resuenan tan fuerte en la cabeza que no dejan escuchar los pensamientos.

Unos minutos previos: apagar el auto con manos temblorosas. Mirarse en el espejo retrovisor con un gesto nuevo, uno de esos gestos que incitan a la aventura, a buscar lo desconocido. Poner un pie en el suelo y sentir la fuerza de los tacones sobre el concreto. Caminar erguido, sonrisa incontenible. Alisar el vestido, retocar los labios. Revisar en el teléfono móvil y encontrarse con la notificación correspondiente al: “Ya estoy aquí”.

Subir a la cima de la escalera eléctrica. Avanzar algunos pasos al encuentro lejano de miradas. El sonido de pasos acorta la distancia convertida en el vórtice que converge en el otro. Latidos como tambor en desfile militar. El entorno desaparece. Saludo. Beso en la mejilla del lado izquierdo, mano con los dedos abiertos en la espalda. Caminar del brazo por una calle conocida que de pronto muestra colores nuevos.

Llegar a la puerta del restaurante. Sentir todos los ojos encima. Gozar con cada poro el presente inmediato. Saborear el instante como si pudiera controlarse el tiempo.

Sentarse a la mesa en dos sillas contiguas. El “este es mi restaurante favorito” que rompe el pudor. Servilletas en las piernas. Botella de vino. Agua mineral de burbujas miniatura. Ostiones sobre una cama de hielo. Dejarse consentir por el deseo convertido en hombre. Choque de copas en un sonido casi imperceptible. Los labios apenas tocan el borde del cristal, la lengua danza con el sabor dulce que en segundos se convierte en ácido; el líquido se desliza por la garganta como listón de seda.

Seducir con las papilas gustativas, con la sonrisa que se abre para saborear el primer bocado: frescura de tacto suave con sabor a mar de Baja California y olor a sal de grano con trufa, lo más parecido a la gloria. Juguetear con las palabras y las pupilas, con las yemas de los dedos en la piel del antebrazo, pronunciar la consigna: “anótame en la lista de quienes quieren hacerte el amor”, provocar rubor, sorpresa, una sensación cercana a caminar sin alas.

Romper las reglas de etiqueta y cruzar tenedores para compartir el deleite de una elección acertada: combinación de textura rugosa y lisa con aroma a cilantro y origen de memorias. Crear la expectativa del encuentro que seguirá al levantarse de la mesa. Prometer un tal vez en el pastel de chocolate con frutos rojos. Repartir las gotas de la felicidad antes de dar una respuesta.

Salir del lugar con un ligero mareo, más por culpa de Cupido que del vino. Poner un beso en la comisura de los labios. Caminar por la acera otra vez del brazo. Detenerse en la esquina. El semáforo en rojo es la excusa perfecta. Echar una moneda al aire: cara será una despedida disfrazada de “hasta pronto”; y cruz, la invitación a continuar el juego, con la ropa en el suelo frente a un ventanal a 80 metros hacia el cielo.

Cruz.


Este cuento apareció publicado en la revista El Gourmet de México en febrero de 2016 y forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

ABECEDARIO #CUENTOS I-M #minificciones

¿Valdrá la pena?

Las desveladas, las vueltas en carro, el sacrificio de tiempo, el llanto por hambre en medio del tráfico, la impotencia de mirar a través del espejo retrovisor el sufrimiento de su Antonio. A Isabel le daba pena propia pensar que un bebé no le resultara suficiente, querer hacer de su vida algo distinto a una madre. No se daba cuenta que cada día sus pasitos se borraban más suelo, cada vez se despertaba menos en las madrugadas, hasta que no abría los ojos si no la escuchaba junto a la cuna. Ya no había llantos ni sonrisas. Cuando entró a la recámara infantil y notó que podía ver a través de la cabeza de su hijo, lo tomó entre sus brazos y jugó con él hasta el momento de merendar. En la madrugada, un hombre llamó a los bomberos y la policía: su vecina, dueña de una casa editorial, hacía una hoguera en el jardín y aventaba cientos de libros a las llamas, que ya rebasaban la altura de la casa.

 

¿Mande?

Un viaje largo en taxi con los hijos pequeños de su hermana. Después de dos horas de regaños, gritos y peleas a ella le sorprende cómo el conductor maneja con toda tranquilidad, incluso hasta le sonríe con cierta sorna por el espejo cada cierta distancia. Cuando Julia ya no puede soportar un segundo más el escándalo, toda la tensión acumulada durante el camino sale disparada en forma de carcajadas: detrás de la oreja del taxista se asoma un pequeño aparato de sordera.

 

¿Sueños? ¡Ja!

Cansada de cumplir los sueños de otros, Karla decidió salir a dar un paseo en su automóvil de lujo para buscar sueños propios. Después de varias horas y muchas vueltas por diversos barrios de la gran ciudad, decidió preguntarle a una viejita que vendía chicles en un semáforo si ella creía que los sueños sí se hacían realidad. La mujer se quedó mirándola unos instantes y respondió: “¿tú crees que estar aquí, vieja, cansada, con mis hijos desaparecidos y durmiendo en una banqueta es lo que siempre quise en mi vida?”

Muda, miró cómo el espejo retrovisor se hacía enorme conforme el dedo medio levantado de la señora se alejaba, perdiéndose entre el humo de los mofles.

 

… Y punto

Se fueron de paseo en familia a un zoológico en las afueras de la ciudad, de esos que vas en tu automóvil y los animales caminan en relativa libertad.

Leonor y Enrique estaban al borde del divorcio, pero ella decidió ir al lugar donde se enamoraron para recordar por qué alguna vez creyó a su marido el hombre de su vida, antes de darle a firmar los papeles. Él por su parte, deseaba complacerla una última ocasión previa a anunciarle su salida de la casa conyugal.

El problema de ambos se resolvió cuando ninguno vio venir a un alce corriendo hacia su auto compacto rojo, que cayó sobre el techo en la jaula de los leones.

 

Hartazgo

Estimado decadente (póngase el saco si se siente aludido): le solicito atentamente voltear los ojos hasta que le queden en blanco, ¿ya? Ahora míreme de nuevo. ¿Se dio cuenta o no? Si puede reflejarse en mis ojos con el verdadero rostro que posee, más allá de un peinado de moda, unos anteojos de cliché, unos zapatos incómodos pero que lo ayudan a sentirse parte de un subgrupo social, déjeme decirle que no soy yo el detonante de sus problemas.

 


Estos cuentos forman parte de mi sección del libro Con las alas grandes, que publiqué junto con Ylianna Mercado y Fabiola Andrade en 2014.

¿Venganza? #cuento #Ámsterdam

Ámsterdam. Barrio rojo. Marihuana. Prostitutas. La recibe el cielo soleado. El viento frío. Sus ojos quieren sonreír ante tanta belleza, pero ella no lo hace. Debe estar triste. Se supone que cuando te rompen el corazón lo natural es la tristeza. Ella sólo piensa en venganza. Venganza estúpida: él jamás se enterará.

En el mapa abierto se dibuja el cuadro azul entre las calles Zeedijk, Damrak y Damstraat, detrás de la iglesia de San Nicolás de Bari –patrón de los marineros y las putas–, que el recepcionista del hotel marcó cuando ella preguntó dónde podía contratar una prostituée.

Camina por las calles empedradas, sobre múltiples puentes, entre canales, turistas, flores, restaurantes, bicicletas, coffee shops, con la mirada fija en el cielo. Se niega a disfrutar. El edificio de la Estación Central le roba la mirada, hace que llegue la incómoda sonrisa.

El viaje, planeado desde hacía meses, debía ser una segunda luna de miel; la celebración de su cuarto aniversario de bodas, pero se convirtió en platos rotos y bofetadas, en papeles firmados para finiquitar el matrimonio.

El asiento vacío junto al suyo en el avión le recordó todo el trayecto la conversación que acabó con su matrimonio: “voy a tener un hijo con Fulana”. Típico. Ojalá hubiera sido por alguna razón más sofisticada, pero no; era simplemente otra mujer, un hijo sorpresa: adiós planes. Porque a final de cuentas irse había sido su decisión, él quería conservarlas a las dos. ¿Con qué sentido? De golpe perdió al marido, la casa y las ilusiones.

Mira el letrero: “Live sex: hetero, homo, lesbian”. El siguiente local es un edificio bajo con tres vitrinas iluminadas de rojo. La primera tiene la cortina corrida; en la segunda una prostituta de lencería verde y rosa fluorescente la ve y con una sonrisa la invita a entrar. En la tercera la mujer textea en su celular. Da un paso atrás para mirar de nuevo a la chica fosforescente. Se le antoja el ombligo, la cintura, la cosquilla de su cabello en la cara. No se imagina haciendo el amor con otra mujer, pero esa rubia afina su idea de venganza.

Sigue caminando. Los edificios le ofrecen putas internacionales: asiáticas, latinas, europeas. Se detiene frente a una ventana. La chica del otro lado del vidrio la deja muda: alta, delgada, cabello negro. Ropa interior también negra, con un liguero anclado en la pierna derecha, cintura pequeñísima, pechos grandes. De unos 20 años. Decide que será ella.

Se acerca a la entrada. La mujer abre un poco la puerta y le pregunta de qué país viene. Ella responde “México”. Sonríe. El cristal se abre y ella da un paso adentro de un cuartito de tres por tres metros, con una cama de colcha roja en una esquina.

Paga por adelantado. Es la primera vez que compra sexo; es su primera mujer y el primer viaje a Ámsterdam. Ella creía que a su edad le quedaban pocas primeras veces, y ahí tiene tres al mismo tiempo.

Parálisis. Incertidumbre. Caricia.

Deshielo.

Piel despierta.

Torrente.

Uñas en las sábanas. En la espalda.

Grito.

Lágrimas.

Libertad.

Sale de ahí a la hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. Transita sobre los puentes como si sus huellas se hubieran convertido en una corriente distinta a la que pisaba hace unos segundos. Aprieta los párpados y cuando vuelve a abrirlos mira a su tristeza volar hacia un cielo dulce, como el nuevo aroma de su piel.


* Este cuento forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

Taller de erotismo para la creación literaria

Por una vida sexy

Taller de erotismo 7 de febrero 2018

Explora tus sentidos para conectarte de forma más intensa con el mundo en mi delicioso Taller de Erotismo para la Creación Literaria.

La mañana del miércoles 7 de febrero de 2018, de 10 a 14 horas vivirás una experiencia única, de la que te acordarás toda la vida, al mismo tiempo que crearás textos de diversas extensiones basados en distintos estímulos sensoriales que te llevarán a explorar las múltiples facetas de tu creatividad.

En este curso aprenderás a:

  • Caminar por el mundo y relacionarte con él de manera más abierta, haciéndote consciente de los estímulos que te rodean para utilizarlos a tu favor.
  • Descubrir y explotar tu potencial erótico para la creación (y para todo lo demás).
  • Trazar personajes que transmitan al lector sensaciones intensas.
  • Crear textos que provoquen reacciones extremas en el lector.

Es un curso práctico, en el que tendrás la oportunidad de interactuar con tus sentidos de…

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De cómo la literatura erótica potencia el placer sexual…

Somos seres de imágenes en la mente, de memorias, de acciones y reacciones que tienen que ver con la imaginación. Lo que nos hace humanos es el arte, esas manifestaciones de la profundidad de nuestra experiencia. Es aquí donde la literatura hace acto de aparición; donde la acción de leer puede adquirir proporciones épicas, provocar deleite no sólo en las fantasías, sino en el cuerpo.

Cuando imaginamos la mente se confunde y le cuesta trabajo distinguir entre imágenes que suceden en la vida real y las que ocurren en la fantasía, por eso es tan placentero soñar despiertos. Lo mismo sucede cuando leemos, y mucho más si el autor tiene la capacidad de formar esas imágenes con sus palabras en nuestra mente. Así, leer se convierte en un acto de sufrimiento, reflexión o deleite.

Hoy quiero hablar del disfrute que se experimenta al leer literatura erótica, de las sensaciones que el erotismo despierta en los sentidos, de lo que el cuerpo pide, de las manos que traviesas se deslizan debajo de la ropa para rozar aquellos lugares que en segundos empezarán a inundarse.

La literatura erótica provoca mayor apertura hacia el sexo, nos da ideas, sensaciones nuevas y nos regala historias. A diferencia de una película con escenas de poca ropa, al leer tenemos la oportunidad de colocarnos en el lugar del héroe o la heroína, de desdoblarnos y asumir que somos un personaje que alguien imaginó para darle una vida de placer.

La vida se siente distinta después de un orgasmo. Los sonidos adquieren musicalidad, los colores tonos más intensos, los olores se dispersan como una explosión de mil maravillas. Después de un orgasmo los poros de la piel despiertan a las texturas, las neuronas retoman los pensamientos, el mundo se aparece ante nuestros ojos como un lugar menos hostil, y quedamos dispuestos a explorarlo sin miedo. Lo mismo sucede con los orgasmos intelectuales, esos que experimentamos al leer algo que nos parece genial, creado en un momento de trance en la inspiración.

¿Quién no ha oído hablar del legendario Kamasutra, el clásico de la literatura oriental que se ha posicionado como el ejemplo de erotismo por excelencia? Es el libro erótico más popular de todos los tiempos. En él no solamente aparecen las famosas posturas para hacer el amor, sino que habla de los tipos de mujeres y hombres según el tamaño de su sexo, de su compatibilidad. Es un manual de seducción, con los rituales y requisitos necesarios para que el disfrute de la unión sea más intenso, más perfecto.

La sensualidad, junto con el amor, es uno de los temas más recurrentes en los libros de ficción. Ambos forman parte de esa otra dimensión que nos habita a las personas: la de la trascendencia. El sexo es tan poderoso porque es capaz de generar vida, de darle continuidad a la especie humana, de transformar absolutamente el ánimo de quien lo practica, de quien lo lee o quien lo escribe.

El sexo es una necesidad básica del ser humano, que adquiere mayor importancia al estar insertada en todos los niveles de la motivación que bien describió Abraham Maslow en su famosa pirámide, en el siglo XX. Desde las necesidades fisiológicas, donde lo incluye de manera explícita, pasando por las necesidades de seguridad, sociales, de estima y autorrealización. El sexo lo transforma todo. Y todo es culpa de las endorfinas, de la dopamina, de la oxitocina, esas drogas naturales que estimulan la manera en que nos enfrentamos con el mundo.

Cuando leemos literatura erótica nuestro cuerpo libera estas sustancias, porque fantasea con que somos nosotros los personajes, o imagina que lo que leemos está sucediendo justo frente a nuestros ojos. Desde la primera vez que tenemos una experiencia sexual, en nuestro cuerpo se guardará la memoria de las sensaciones que vivimos, por lo que el puro recuerdo es suficiente para que surja el deseo de repetirla, a pesar de haberla llevado a cabo una y otra vez. Aquí es donde la literatura erótica encuentra la ventana para influir en las relaciones íntimas que compartimos con otros, incluso con nosotros mismos.

Hay a quienes les gusta hacer una distinción entre literatura erótica y pornografía, porque es definitivo que se encuentran separadas por una línea muy delgada, tal vez demasiado. Esta diferenciación parece dividir al erotismo en dos categorías, una superior a la otra, pero no necesariamente es así. Todo depende del lector. Tal vez una mujer que siente incomodidad al ver una escena de sexo explícito en una película, al leerla se encuentra más cómoda. Quizás un hombre sí requiere un estímulo visual que no le deje nada a la imaginación para encontrar el placer que busca. A fin de cuentas vivimos en un mundo diverso y es maravilloso que existan propuestas para repartir.

Se dice mucho que leer aumenta el bagaje cultural, que provoca conexiones cerebrales nuevas, que abona al criterio, a la empatía de las personas. Por esto mismo al tomar entre las manos un libro de tema erótico, estamos ampliando los límites del marco de referencia sobre el que creamos y nos basamos en la toma de decisiones, y así nuestro cuerpo se enciende en automático y reacciona de forma instintiva recordando lo que leímos, enriqueciendo el contacto con el erotismo.

Nada puede crearse de la nada. No tenemos la capacidad de generar acciones sin el conocimiento previo, sin haber introducido a nuestro cerebro la información que pretendemos utilizar. Al leer, de inmediato hacemos que crezcan las respuestas que damos ante los estímulos, y podemos ejecutar esas ideas nuevas, que en el caso del sexo, por supuesto que provoca mayor satisfacción. El conocimiento genera también valentía. El autoconocimiento hace crecer la autoestima. No importa si estamos solos o acompañados, leer una escena erótica que nos parece deliciosa, nos lleva de inmediato a experimentar el cosquilleo previo al deseo.

También de la literatura han surgido los nombres de algunas de las perversiones más atractivas. Basta recordar a Donatien Alphonse Francois de Sade, el famoso y polémico Marqués de Sade, quien le dio nombre a una tendencia muy en boga en los últimos tiempos: el Sadomasoquismo. O el Bovarismo, inspirado en el personaje Madame Bovary, de Gustav Flaubert, que consiste en inventar historias excitantes hasta llegar al orgasmo.

Una novela, un cuento o un poema erótico no sólo puede ayudar a potenciar la vida sexual de las personas al ponerse en contacto con ellos desde un acto de soledad, sino también en pareja. ¿Qué puede ser más delicioso que compartir la lectura de un texto que aumente el ritmo cardiaco, leer lo que el autor describe y ejecutarlo en tiempo real con el compañero de aventuras? ¿Encontrar las palabras que tú querías decir, escritas de manera en que puedes adoptarlas y dedicarlas, porque alguien más supo expresarlas mejor que ti mismo?

La lectura de libros eróticos provoca que las personas disfruten más su sexualidad. Les abre mayores posibilidades, les ayuda a ver este aspecto de la vida humana de una manera menos artificial y racional, más en contacto con sus instintos. Escribirlos también conecta al escritor con su parte más animal, porque se convierte en el portavoz de lo que típicamente sucedía en las alcobas con las puertas cerradas y las cortinas corridas, y provoca que salga para compartir el deleite con más personas.

La información es poder. El poder es afrodisíaco. Mientras más información tengamos sobre el tema erótico, de mayor satisfacción serán las propias sensaciones. Mientras más experiencia se tenga, mejores serán esos encuentros, más memorables. De una intensidad adictiva.

Te invito a leer las líneas de Trópico de cáncer, de Henry Miller; Delta de Venus, de Anais Nïn; Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; Historia de O, de Pauline Reage, La vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, y otras obras que han trascendido por ser atrevidas, originales y trasgresoras, por crear polémica y adelantarse a tu tiempo. No te pierdas la oportunidad de dejarte sorprender por esos fragmentos de genialidad ajena que termina sintiéndose como propia.

Los libros sí pueden cambiar vidas. El sexo también. Por eso juntos constituyen una de las mejores experiencias del ser humano. En el juego de la literatura erótica te garantizo que no hay manera de perder.

Libera tus libros. El arte de hacer y vender libros en México

“¿Tú eres la editora?”, preguntaban con asombro en la mirada. “Sí”, respondía yo con regocijo. Tenía 24 años. Después de una llamada telefónica donde el autor me contaba el propósito de su publicación de libro, nos encontrábamos en algún café, parque, área de comida rápida de algún centro comercial o mi oficina, para conocernos, hablar de las condiciones comerciales, reparar con poesía alguna veta accidentada del mundo, y darnos un apretón de manos, que nos colocaba, al autor y a mí, en esa bitácora mutua de acontecimientos que transforman la historia.

 

Se sumaron los días, los meses, los años, los libros. Ejemplares, autores y afortunada editora pisaron infinidad de foros, desde cafeterías de barrio, hasta palacios de mármol, pasando por universidades, ferias de libros, bibliotecas, librerías, camellones, más parques. Cada nuevo autor se convertía en familia; cada nuevo libro en hijo de papel y tinta; cada presentación en momento único e irrepetible.

 

Mi pasión por los libros se convirtió entonces en mi modo de vida, en la razón por la que me levantaba todos los días para continuar creciendo en publicaciones, en las sonrisas de quienes al fin habían conseguido llevar a la realidad por lo menos una parte del sueño.

 

El año seis de Amarillo Editores llegó con el libro número cien del catálogo. Había conseguido lo imposible: cien libros financiados íntegramente de manera autónoma, sin dinero de empresas públicas o privadas, sino con el esfuerzo de autores y editorial, quienes, juntos, lográbamos llegar a la celebración de seis años de hacer libros; algunos eran pagados por sus autores, otros por mí. Y yo estaba muy orgullosa de tener en mis manos la distribución de libros independientes más amplia en el mercado, con la característica de ser libros de literatura: poesía, cuento, novela, teatro y ensayo. Y absoluta libertad.

 

Esa publicación número cien, una antología de cuentos, a mí me cambió la vida. En ella se encontraba, a manera de cuento erótico rayando en la pornografía, la primera versión de mi Tacones en el armario. Digo que mi vida cambió porque ese libro, ya reeditado fuera de la antología, nos colocó a la editorial y a mí en las grandes ligas.

 

Así, lográbamos de nuevo lo imposible: un libro con una exhibición en librerías del 1400 % más que cualquiera de sus compañeros de escaparate, que lleva 39 presentaciones en varias ciudades de la República Mexicana y una cobertura de prensa impensable para una autora desconocida.

 

La suma de esas experiencias: de la editora con más de 200 libros publicados, y la de la escritora de un Best Seller involuntario, más la oportunidad de convertirme en docente de materias sobre Edición, que me llevaron a llevar la práctica a la teoría, dieron como resultado la concepción, escritura, publicación (más lo que se acumule), de Libera tus libros. El arte de hacer y vender libros en México.

 

Libera tus libros está dirigido a todas aquellas personas interesadas en el mundo editorial mexicano: escritores (manifestados o de clóset), maestros, editores, alumnos, libreros, bibliotecarios y curiosos. En él escribí no desde un palco, sino desde el campo de juegos, lo que la experiencia me ha enseñado que es importante conocer antes de aventurarse a publicar un libro.

 

Libera tus libros es un manual con información, golpes de suerte y paracaídas para que el escritor a publicar tome decisiones informadas sobre el panorama de la edición en México.

 

Algunos temas que trato en él son:

  • Las editoriales en México. Qué publican y cómo publicar en ellas
  • Derechos de autor y otras peculiaridades
  • Auto-publicación en plataformas digitales
  • La venta de libros. Distribuidores, librerías, ferias de libros, tiendas en línea y más
  • Ser un Best Seller
  • Consideraciones antes de publicar un libro
  • Recomendaciones para quien desea ser editor independiente

 

Los libros, como decía Borges, son el instrumento más asombroso del hombre, por eso hoy es un placer tener esta oportunidad de compartir 16 años de este tránsito por el mundo del libro, un camino lleno de maravillas, una vida en constante estado de aprendizaje y admiración, de ser cautivada cada día por la belleza y la diversidad de la humanidad.

 

Puedes comprarlo en: https://www.kichink.com/buy/1322356/porunavidasexy/libera-tus-libros

 

Soto, Mónica. (2017). Libera tus libros. El arte de hacer y vender libros en México. México: Amarillo Editores.

Confesiones de una mujer que ama los tacones

Desde niña sé que soy una mujer rara. No soy políticamente correcta ni anarquista. Ni celosa ni partidaria del drama, pero no permito, bajo ninguna circunstancia, que las ofensas se queden en el silencio. Como soy demasiado equilibrada para ser artista, escribo mis desequilibrios y los comparto en forma de poesía. Ayer fui mala esposa, hoy soy una soltera corregida y aumentada. En ocasiones una mala madre y casi siempre la mejor que conozco. Sé que mi cara no es la más linda ni mi cuerpo el más escultural, pero son los únicos que tengo, y los amo con sus poros abiertos y estas piernas de muslos abundantes que han caminado conmigo casi la mitad del mundo.

Dicen que soy sensual y estoy de acuerdo: me gusta el sexo y lo hago sólo con quien se me da la gana y cuando quiero. He sido más generosa que egoísta, en ocasiones mucho más de lo que otros merecían. He tenido la cartera vacía y también llena, sé que esa precisa circunstancia depende nada más de mí. Me gusta detenerme a mirar el cielo durante varios minutos al día, escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos, sonreírle a extraños por curiosidad pura.

Confieso que me enamoro fácil, que me asombro fácil, que no me gustan las complicaciones y huyo de los problemas, por lo que es probable que jamás logre algo demasiado “importante” en la vida. Estoy tan segura que después de la muerte está la nada, que converso con mis muertos, aunque sean sordos. No comprendo a quienes no creen en Dios, pero no me peleo con nadie por lo que cree o deje de creer: seguramente ellos tampoco me comprenden a mí.

Como soy todo lo que tengo, valoro cada instante que comparto conmigo, y si al mismo tiempo coincido con familia y amigos, entonces la felicidad se multiplica. Me llamo Mónica y me gusta la vida. Cuando yo muera, no habrá quien se lamente por mis sueños sin cumplir o mis días sin gozo, porque no existen: he vivido sin miedo, amado sin medida; he hecho el amor con magia y conjurado mi presente, que se convierte en un futuro lleno de luz.

Carta de disculpa anticipada a los adultos que serán mis hijos

Hijos amados y adorados,

Hace poco más de un mes su papá y yo nos separamos. Sé que no ha sido fácil, pero el paso de los días nos ha mostrado que vamos a estar bien. Aunque desde antes que nacieran les he dirigido varias cartas, esta es sin duda la más dura y la que jamás creí escribir. Y heme aquí.

Lo primero que quiero decirles es que de su papá sólo tengo cosas buenas de qué hablar, nuestras diferencias y el motivo de la separación se han ido diluyendo con el paso de los días; él será siempre una persona muy importante para mí, y siempre lo querré: es el papá de las dos personas que más amo. Sé que todo lo que he tenido que vivir, tanto el sufrimiento, como el regocijo a su lado, fue para que ustedes sean precisamente las personas que son, y eso se lo agradeceré hasta el final de mi vida.

El motivo de escribirles esta carta a modo de disculpa, hoy que tienen siete y ocho años, es porque quiero que me perdonen por no haber elegido el camino fácil: con esta elección mía, a ustedes también les toca y les tocará sufrir. Aun así, deben saber que detrás de mis decisiones han estado y estarán ustedes en mi prioridad número uno, todo lo hago pensando en que ustedes estén bien, seguros y con una sonrisa en los ojos y en el corazón.

No es fácil ser una mujer que elige el camino fuera de la zona de confort, el camino de los sueños a realizar, el camino de romper esquemas de la sociedad. No sé en qué momento pasé de ser una niña que quería quedar bien siempre y agradar, a una adulta rebelde, que defiende sus ideales, vive de acuerdo a ellos y cree que las cosas mejoran con convicciones y esfuerzo. Desde muy chica supe que inventaría mi propia cotidianidad.

Quiero pedirles perdón porque seré una mamá soñadora, que viaja, crea, transforma, y eso tal vez en ocasiones no los pondrá en la situación más cómoda; sé que habrá momentos en que desearán tener a una mamá como la de sus primos o algunos amigos de la escuela, en vez de una que batalle contra molinos de viento, pero también sé que a la larga, cuando llegue el tiempo de volar para ustedes, yo seré la primera en impulsar sus sueños y apoyarlos, por muy disparatados que pudieran parecer.

Les ofrezco disculpas por las ausencias que ya hubo y las que habrá; porque mis ganas de gastar las alas en mi espalda me separaron de su padre, y a ustedes conmigo. Les ofrezco disculpas por no sentirme culpable.

Caminaremos los tres juntos, juntos construiremos una vida extraordinaria, con una mente ilimitada y experiencias que hagan de nuestros días un verdadero deleite. Sé que serán adultos que encontrarán y aprovecharán su máximo potencial en talentos, tiempo y experiencia.

Hijo e hija, vienen algunos días tristes, pero también vienen muchos días felices. Que todo este proceso les ayude también a ser personas independientes, futuros adultos sin miedo a expresarse ni a defender quiénes son, porque a fin de cuentas, la única persona que uno tiene en la vida es uno mismo; aunque tengamos cómplices, quienes transitamos cada día sobre nuestros pies y quienes nos acompañamos en la mente cada momento somos nada más nosotros mismos.

Cuentan conmigo y contarán conmigo siempre. Yo sé que viviremos una vida llena de aventura, encanto y pasión. Sé que estaremos juntos de alma y corazón cada día, y que los adultos que serán se sentirán muy orgullosos de pertenecer a esta familia.

Los ama, su mamá:

Mónica Soto Icaza