Orgasmos de Twitter

El avatar de Twitter era la imagen borrosa de un señor sentado con bata blanca y corbata roja. El nombre precedido por la abreviatura “Dr.” me hizo pensar que era uno de esos individuos insoportables cuya autoestima depende del empleo. Uno más en el follaje de hombres que escriben halagos en las redes sociales. La lógica es que si le escribes a 47 mujeres, seguramente alguna despistada caerá.

En esa ocasión la despistada fui yo. Y también la suertuda, si soy sincera.

Pasó de ser un avatar a un hombre de sonrisas y zapatos de vestir la tarde de mi lectura de poesía en un festival en Toluca, Estado de México, al que fui invitada para compartir algunos de mis textos eróticos y calenturientos. Al llegar al sitio se me acercó: “Hola, Mónica, soy J, tu fan de Twitter, ¿me puedo tomar una foto contigo?” además de la foto también tomó mi cintura y mi cachete en un beso algo húmedo.

Lo volví a ver en Metepec, durante la presentación de mi libro Lirios en el cielo. Llegó con algo más de confianza y empezó a tomarme fotos desde lejos, luego se me acercó y platicamos unos minutos. Esa vez me hizo prometerle que lo dejaría invitarme a comer en Toluca.

De los mensajes en el “inbox” de la red social pasamos al WhatsApp. De las respuestas en monosílabos, pasé a ser un poco más comunicativa. Él siguió acudiendo a cuanta presentación tenía yo, con flores, palabras bonitas y abrazos cada vez más apretados. 

Unas semanas después J vino a la Ciudad de México a comer conmigo, ya que yo no daba muestras de tener voluntad alguna de avisarle cuándo podía invitarme. Elegí un restaurante cercano a mi casa para no caminar mucho, pero él se ofreció a pasar por mí; raro en esta época, no pude negarme.

Como siempre sucede en esos casos, al entrar a la terraza donde nos sentaríamos los concurrentes de mesas aledañas no perdieron detalle del movimiento de mis nalgas ni de la marcada diferencia de edad entre J y yo. Nos sentamos. Pedimos el primer vodka tonic, unas empanadas, papas fritas y un bife de chorizo para compartir. 

En cuanto llegaron los alimentos, también aterrizó en la mesa el segundo vodka tonic; a media comida se materializó el tercero; al terminar, el cuarto y el quinto y el sexto. Ya para el séptimo empecé a cabecear de cansancio y la tarde ya era noche. Hora de irse.

Nos subimos a su auto. Yo aventé los tacones. Al ver mis pies descalzos se abultó la bragueta de sus pantalones y puso la mano sobre mi pierna izquierda. “¿Quieres que te lleve a tu casa, o vamos a un lugar más tranquilo?”. Lo miré unos segundos, preguntándome si era buena idea. Pensé en su conversación interesante, en su mirada transparente, en su buen sentido del humor. Dije que sí. 

Llegamos al “lugar más tranquilo” algo así como a la media noche. Ahí el señor de sonrisa y zapatos de vestir se convirtió en un hombre de erección y lengua milagrosas. 

Nos sentamos en la cama a platicar. De pronto se paró atrás de mí y metió las manos por mi escote. Mis pezones reaccionaron enseguida. Capturé sus labios con los dientes. Nos besamos largo y tendido. Él apretaba mis muslos, mi derrière con las yemas de los dedos, “qué cosas tan más grandes, caballero”, decía cada vez que presionaba mi piel, con delicadeza y deseo. Me rozó completa con boca y manos, me penetró con fuerza por arriba, por abajo, de un lado, del otro lado. Nos hicimos el amor sin conciencia ni tiempo, convirtiendo la materia en energía y la prudencia en quimera. Ignorábamos si volvería a suceder.

Desde entonces J me visita las mañanas entre semana para compartir carcajadas, los sucesos sobresalientes de los últimos días, largas pláticas de política, fotos de mi semi desnudez y sí, múltiples y copiosos orgasmos: orgasmos de Twitter.

***

Texto publicado originalmente en mi columna de la revista Playboy México.

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