Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

Sobre amar la vida… y el erotismo #pensandoenvozalta

Podría escribir sobre los pueblos de mi tierra o sobre bicicletas, hacerle poesía al cambio climático, la inmensidad del océano o la belleza de las nubes… o sangrar con palabras los dolores ajenos para sanar los propios y ser espejo que se multiplique al infinito.

Tal vez lo haga algún día. En esta o en otra vida.

Pero hoy. Hoy prefiero escribir sobre orgasmos, buscar distintas formas de describir el milagro que descubro en otro cuerpo dentro del mío. Quiero nombrar lo innombrable, hablar de lo que pasa debajo de las faldas, entre las piernas, liberar las mariposas de las panzas para enamorarse con la piel, pero también con las neuronas.

Hoy tengo predilección por las aventuras, por las medias rasgadas y los dientes en los pezones. Tengo inclinación por las humedades nuevas, por la expectativa de otras formas y la sorpresa de sabores. Por las diagonales-experimentos-hallazgo de la doble cara de los dedos: uña-piel-corrientes subterráneas.

¿Que el mundo es demasiado terrible para hablar solo de lo bello? ¿Que si uso los sustantivos explícitos para hablar de vaginas, masturbación, penes, orgasmos? ¿Que si mi gusto por aclararle a los hombres cuando solo quiero sexo me hace frívola? ¿Que si prefiero la verdad aunque se confunda con cinismo, a las mentiras piadosas que terminan rompiendo el corazón?

A fin de cuentas he descubierto que escribir el sexo y experimentarlo con abundancia es vivir con libertad.

Días de Vidas #DíaDeMuertos

El motivo por el que no había escrito ni publicado sobre el Día de Muertos es que estaba gozando de la vida.

Desde el primero de noviembre intenté tener unos minutos para reflexionar del tema, pero entre retiro en la escuela de los hijos, el abordaje de un avión, la compañía del actual dueño de mis suspiros y la escritura de la novela que traigo entre las yemas de los dedos, postergué la ejecución del proyecto… hasta este instante en el que un camastro frente a una alberca me proporcionó la tranquilidad necesaria para llevar a cabo la tarea de compartir la idea que ronda mi cabeza desde que esta mañana apareció en la pantalla de mi teléfono un recuerdo de Facebook.

La publicación dice así:

“De niña adopté el ocho como mi número de la suerte. No recuerdo por qué, y mucho menos puedo explicar por qué sigue siéndolo, si me ha hecho quedar mal en rifas, sorteos y agostos, pero me resulta irresistible su figura torneada y circular que se cruza. Después me enteré que acostado era el símbolo del infinito, y entonces mi fascinación creció.

“Hace ocho meses estaba sentada frente a una ventana, viviendo la primera tarde del resto de mi vida sin saber cómo continuaría el tiempo ni cuándo tendría que dejar de improvisar. Desde entonces cada día tres de cada mes (curioso cómo el tres es la mitad de un ocho, un infinito incompleto) hago un recuento de mi nuevo transitar por el mundo como en una alfombra voladora desde la que he sido testigo, víctima, victimaria y culpable de las cicatrices que me ha dejado volar cada vez más alto, en ocasiones con tan poco cuidado que he terminado llena de sangre y polvo; a veces con tal precisión que he recuperado la fe en mí.

“Hoy vivo un ocho mágico en mi vida. Un ocho irremplazable y que volvería a transitar mil veces. Hoy me deslizo entre las paredes de mi infinito: bailo desnuda, duermo con estrellas en las pupilas y amo profundamente lo milagroso que es sacar un pie de las sábanas cálidas para levantarme al frío de las mañanas, aún oscuras, que inundan de adrenalina mi amanecer.

“Mónica Soto Icaza, 3 de noviembre de 2016: un día maravilloso porque es el único hoy.”

A los 20 meses del primer día del resto de mi vida, y a una jornada del Día de Muertos, pienso en todas las veces que morimos y resucitamos en la vida terrenal: cuando la gente que amamos trasciende, al cambiarnos de casa, al tomar la decisión de terminar relaciones amorosas o renunciar a un empleo, cuando tocamos fondo y en el nuevo impulso modificamos hábitos dañinos o nos alejamos de amistades tóxicas.

La lista de muertes y resurrecciones resulta tan infinita como lo únicos que somos los seres humanos.

Por eso esta mañana post Día de Muertos es una buena oportunidad para congraciarse con las vidas que dejamos atrás, para disfrutar la nueva piel, las nuevas miradas, las nuevas huellas que vamos marcando en la tierra, en las almas; es un buen momento para reconocer las maravillas del pasado, tanto del dolor, como de la alegría, y dejarlo ir para experimentar las texturas del futuro, que, prometedor o no, es inminente. Y hay que vivirlo con mucha vida hasta el segundo preciso en que nos toque morir de nuevo.

 

 

*Imagen del Facebook del escritor Isaí Moreno.

 

¿Lista para morir?

Dicen que lo mejor de la vida es gratis, pero vivir cuesta caro. Sobre todo cuando los días suceden sin la conciencia de que un segundo que transcurre en el pasado inmediato, es un segundo menos en todas las dimensiones del futuro.

La primera vez que escuché esa idea era muy joven para agobiarme por la persona en la que se convertiría mi adulta. A pesar de considerar que tenía demasiado tiempo para cumplir mis sueños, conquistar mis metas, experimentar mi vida con la tristeza o la belleza que yo eligiera, para tragarme el mundo de un solo bocado, he transitado por mis veinte y lo que va de mis treinta así. Desde el principio.

A veces, debo admitir, me he atragantado, pero la mayoría de las ocasiones he podido paladear los instantes, captar fotografías de esos momentos y darles eternidad; he gastado mi cuerpo, mi mente y mi corazón de tanto usarlos: los he utilizado para el aprendizaje y el deleite.

He vivido con adrenalina, tomado decisiones despiadadas, gozado tanto la cotidianidad como los acontecimientos; he llorado con fuerza, pero luchado por mi libertad con más fuerza. He sido humana hasta la rabia.

Creo que vez en cuando es rico detenerse a analizar y reconocer la importancia que le hemos dado a la vida, analizar si hemos sido ingratos con ella, si hemos maldecido lo que pasa, aunque hayamos sido nosotros mismos los causantes de las aparentes maldiciones; reconocer que hemos sido víctimas y victimarios y, sobre todo, hacer un recuento de lo que se quedaría en el tintero si muriéramos en unas horas o mañana.

Nos han dicho que somos nuestro legado, o el lugar que ocupamos en una empresa; nos han convencido de que somos lo que hacemos, lo que pensamos, o las ideas de los demás sobre nosotros, porque la vida de todos está sujeta, siempre, a interpretaciones ajenas. Pero no estoy de acuerdo:

Somos lo que nos devuelve el espejo del alma; la alegría, la tristeza o la libertad que nos habita, nuestra respuesta, certera y personal a la pregunta: ¿Estoy lista para morir mañana?

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