Días de Vidas #DíaDeMuertos

El motivo por el que no había escrito ni publicado sobre el Día de Muertos es que estaba gozando de la vida.

Desde el primero de noviembre intenté tener unos minutos para reflexionar del tema, pero entre retiro en la escuela de los hijos, el abordaje de un avión, la compañía del actual dueño de mis suspiros y la escritura de la novela que traigo entre las yemas de los dedos, postergué la ejecución del proyecto… hasta este instante en el que un camastro frente a una alberca me proporcionó la tranquilidad necesaria para llevar a cabo la tarea de compartir la idea que ronda mi cabeza desde que esta mañana apareció en la pantalla de mi teléfono un recuerdo de Facebook.

La publicación dice así:

“De niña adopté el ocho como mi número de la suerte. No recuerdo por qué, y mucho menos puedo explicar por qué sigue siéndolo, si me ha hecho quedar mal en rifas, sorteos y agostos, pero me resulta irresistible su figura torneada y circular que se cruza. Después me enteré que acostado era el símbolo del infinito, y entonces mi fascinación creció.

“Hace ocho meses estaba sentada frente a una ventana, viviendo la primera tarde del resto de mi vida sin saber cómo continuaría el tiempo ni cuándo tendría que dejar de improvisar. Desde entonces cada día tres de cada mes (curioso cómo el tres es la mitad de un ocho, un infinito incompleto) hago un recuento de mi nuevo transitar por el mundo como en una alfombra voladora desde la que he sido testigo, víctima, victimaria y culpable de las cicatrices que me ha dejado volar cada vez más alto, en ocasiones con tan poco cuidado que he terminado llena de sangre y polvo; a veces con tal precisión que he recuperado la fe en mí.

“Hoy vivo un ocho mágico en mi vida. Un ocho irremplazable y que volvería a transitar mil veces. Hoy me deslizo entre las paredes de mi infinito: bailo desnuda, duermo con estrellas en las pupilas y amo profundamente lo milagroso que es sacar un pie de las sábanas cálidas para levantarme al frío de las mañanas, aún oscuras, que inundan de adrenalina mi amanecer.

“Mónica Soto Icaza, 3 de noviembre de 2016: un día maravilloso porque es el único hoy.”

A los 20 meses del primer día del resto de mi vida, y a una jornada del Día de Muertos, pienso en todas las veces que morimos y resucitamos en la vida terrenal: cuando la gente que amamos trasciende, al cambiarnos de casa, al tomar la decisión de terminar relaciones amorosas o renunciar a un empleo, cuando tocamos fondo y en el nuevo impulso modificamos hábitos dañinos o nos alejamos de amistades tóxicas.

La lista de muertes y resurrecciones resulta tan infinita como lo únicos que somos los seres humanos.

Por eso esta mañana post Día de Muertos es una buena oportunidad para congraciarse con las vidas que dejamos atrás, para disfrutar la nueva piel, las nuevas miradas, las nuevas huellas que vamos marcando en la tierra, en las almas; es un buen momento para reconocer las maravillas del pasado, tanto del dolor, como de la alegría, y dejarlo ir para experimentar las texturas del futuro, que, prometedor o no, es inminente. Y hay que vivirlo con mucha vida hasta el segundo preciso en que nos toque morir de nuevo.

 

 

*Imagen del Facebook del escritor Isaí Moreno.

 

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