Jamás pretendí ser inmaculada

Doscientas páginas de poemas eróticos y fotografías en blanco y negro, Jamás pretendí ser inmaculada es mi más nuevo deleite literario.

Entré a la escuela, aprendí a escribir, me enamoré, me rompieron el corazón, rompí algunos corazones, llené los márgenes de mis cuadernos con historias, todo ello mientras se afianzaba mi fascinación por el hallazgo más importante de mi vida: los libros y las infinitas maravillas que se encuentran entre sus páginas.

Así llegaron mis XV años. Era 1995 y yo decidí que escribir sería mi ocupación principal. Luego llegaron mis 29. Era 2009 y yo decidí que enfrentaría la vida con el sexo abierto y dispuesto, que estar aquí era un regalo y yo no podía ser ingrata: debía celebrarla con cada partícula de mí, hacerle el amor a través de cuerpos ajenos en territorios políticamente correctos y también algunos clandestinos.

Jamás pretendí ser inmaculada. De niña me soñé aventurera, alguien que bien pudiera ser el personaje de un libro, y con eso en mente he creado las situaciones que configuran mis recuerdos. Aquella quinceañera que deseaba comerse al mundo sigue sazonándolo desde esta mujer de 41 con incontables recetas para la lujuria entre los dedos.

Si quieres tener este libro único y especial para mí entre las manos, lo encuentras aquí:

Historias de Clítoris 1

Hola, soy el clítoris de Mónica. Me llamo así, Clítoris, porque a ella no le gustan los nombres propios, patronímicos ni diminutivos que algunas personas usan a veces para referirse a los órganos sexuales propios o ajenos. Yo estoy de acuerdo con ella. Alguna vez un señor me dijo “Amiguita” y me costó mucho trabajo vibrar con su lengua. Aunque cada quien, ¿no?

Sé que cuando le preguntan a mi poseedora cuál es la parte favorita de su cuerpo y ella responde “los ojos” o “las piernas”, en realidad está pensando en mí. He sentido cómo me aprieta mientras contesta, como si quisiera disculparse conmigo por ser políticamente correcta. A mí no me interesa lo que responda; a fin de cuentas, cuando estamos a solas o al elegir a un acompañante, su comportamiento es lo menos políticamente correcto. Eso es lo importante.

Me conoció a los once. Era su segunda o tercera menstruación. Mientras lavaba mi casa y los terrenos circundantes se metió el dedo corazón de la mano derecha en la vagina para ver si así lograba que la sangre se terminara más rápido. Como le gustó la sensación decidió introducirlo más adentro… y entonces la palma de su mano invocó el deseo de saber qué más había en esa área al rozarse con mi glande. No le importó que se enfriara el agua: siguió tocándolo todo. Fue así como ahí, en una regadera del segundo piso de una casa de tres recámaras pintada de blanco con columpios en el jardín, Mónica tuvo uno de los más grandes hallazgos de su vida que, como buena materialización de asombro, siempre estuvo en ella misma.

Mónica y yo gozamos impunemente durante varios meses, hasta una fatídica mañana en la clase de Moral. La escuela religiosa en la que la inscribieron sus papás con las intenciones más puras: que los valores familiares fueran reforzados, se encargó de arruinar sus corridas correrías eróticas, porque ahí le dijeron que el onanismo era un pecado, y de los graves. Como ella no deseaba irse al infierno, así, sentada en un pupitre del segundo piso de un centro educativo de tres edificios de ladrillos expuestos y una pista de carreras, la suscrita volvió a enterrarme entre sus piernas durante más años que los que hoy le gusta admitir.

Pero como no hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla, ni lujuriosa que lo soporte, Mónica cumplió 18 años. Sí, tuvo algunos encuentros semieróticos con los seis novios que había tenido, pero ninguno de ellos alcanzó a tocarme; yo esperé paciente el momento porque algo de entretenimiento tuve cuando mi dueña, amante del ejercicio, haciendo abdominales en la clase de educación física tenía orgasmos que no contemplaba como pecados al no ser provocados directamente por ella. ¿Ya ves por qué me cae tan bien?

Decía entonces que mi propietaria cumplió 18. Sus papás le hicieron una fiesta para celebrar la mayoría de edad, con amigos, familia y sí, su sexto novio, quien dicho sea de paso estaba algo frustrado con las continuas negativas de Mónica para irse a la cama, o por lo menos agarrarle algo más que la mano. Se acabó la reunión, familia y amigos se despidieron, los padres se fueron a dormir. Ella le dijo que lo acompañaba a la puerta para despedirlo. Ya ahí, antes de abrirla, se dieron un abrazo en la oscuridad, un beso de película romántica francesa y con las manos metidas en los mutuos jeans reaparecí en escena para no volver a esconderme jamás.

Pero ya luego te contaré de cuando conocí en piel y humedad a otro como yo, porque de tanto hablar de mí a Mónica ya le dieron ganas de saludarme con las yemas de los dedos. Y quién soy yo para hacer caso omiso a esa propuesta imposible de rechazar.


  • Texto publicado originalmente en la revista Vértigo Político en julio de 2020.

De ficción y carne y hueso: todos son personajes

Una mujer me mira fijo. Tiene los brazos en jarra y pisa a las integrantes de una línea de hormigas con la punta de sus botas negras de tacón. Es rubia, mide 175 centímetros y su impaciencia nace de mi sordera hacia su historia. Se encuentra de pie en la esquina izquierda de mi imaginación, junto a mis sueños guajiros, mi tolerancia a la frustración y mi propensión hacia el chiste fácil; como sabe que es la próxima en la fila de mis personajes de cuento está casi harta de esperar; es bien sabido que toda espera es más incómoda cuando nos sabemos cerca del final. Está ahí, presionándome, con mal gesto, lo que provoca que no encuentre un sitio dónde colocarla: tengo predilección por la alegría y la susodicha no muestra ni un poco.


Me recrimina como El Padre de Luiggi Pirandello en sus Seis personajes en busca de autor: “… el autor que nos creó vivos, no quiso después, o no pudo, materialmente, colocarnos en el mundo del arte. Y fue una verdadera lástima: ya que quien tiene la ventura de nacer personaje vivo, puede burlarse hasta de la muerte, porque no muere jamás.”


Por eso me gusta pensar en la cantidad de orgasmos que personajes que no recuerdo tienen a diario en mi cabeza, en las parejas seducidas por conversaciones y roces de los que no tengo registro, cuerpos con todas las fisonomías posibles y rostros semejantes a mis objetos de deseo masculinos y femeninos, por supuesto; una de las ventajas de ser la autora es que mis personajes se ven como a mí mejor me place y en mis historias sucede lo que a mí se me antoja que ocurra. Una de las ventajas de ser el lector es que los personajes que descubres se parecen también a tus propios entes de anhelo.


Alguna vez le cambié el nombre al protagonista de una de mis novelas después de conocer en una comida a un señor que se llamaba Andrónico, era alto, de pelo castaño oscuro, ojos enormes, guapo como el hombre de mi libro. ¿Cómo resistir la tentación de nombrar a un inquilino de la ficción con el apellido de alguien que habita la no ficción, sobre todo cuando la descripción que configuraste se ajusta de forma tan perfecta a un perfecto desconocido?


Hace años un director de teatro que pretendía montar la obra de mi Tacones en el armario me presentó a quien haría el rol principal. No podía dejar de mirarla: sencillamente era mucho mejor que la Ángela de mi invención; su estatura, su tono de voz, su sonrisa, su complexión, su falda, sus tacones. Aunque no se realizó el proyecto, para mí ella tomó posesión de mi heroína.


Pasa también que la naturaleza chismosa de un progenitor de artificios se vuelve aliada. Otros paraísos terrenales para descubrir protagonistas y sus historias son aeropuertos, restaurantes donde grupos de señoras organizan desayunos mientras sus vástagos están en la escuela, funerarias, cafeterías de hoteles, supermercados, foros de Facebook. Acostumbro a visitarlos junto con mi libreta de apuntes, como una cazadora de palabras e ideas para llevar. A final de cuentas toda la gente que tiene la buena o la mala suerte de cruzarse en mi camino es susceptible de convertirse en habitante de mis mundos de ficción.


Así que ya sabes, si alguna vez nos encontramos y vivimos un momento de alguna especie de universo paralelo o cotidianidad extraordinaria, no dudes en que te convertiré en personaje de mis historias. Si resultas la estrella o uno secundario o incidental dependerá de la intensidad de nuestra interacción.
Bajo advertencia, no hay engaño.


* Texto originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

De letras, vida y lecturas…

Los libros siempre han estado ahí, a mi alcance. Primero de mi apatía, después de mi curiosidad, ahora de mi fascinación. Desde mis primeros recuerdos los libreros llenos de lomos con títulos sugerentes y grosores tan diversos como la humanidad son habitantes de los espacios donde respiro, como cómplices incondicionales de mis locuras.

Los primeros que recuerdo son El nuevo tesoro de la juventud, enciclopedia con 20 tomos gris con rojo que fueron fuente de todos mis trabajos de primaria y secundaria. También Mi primera enciclopedia, de Disney, que leí completa de niña; después de comer agarraba un tomo y me sentaba en la escalera de la entrada de la casa a leerlo de principio a fin; en ella aprendí sobre Beethoven y que no todos los pájaros negros con el pico alargado son cuervos, sino arrendajos.

Me acuerdo de Por quién doblan las campanas, de Hemingway, que me llamaba la atención porque el significado que existía en mi mente de la palabra doblar no tenía nada que ver con campanas, que por naturaleza son de materiales no maleables. De Las tentaciones de San Antonio, de Gustave Flaubert, que mi mamá me leía acostadas en la sala y yo imaginaba con los ojos cerrados. De Mujercitas, de Louisa May Alcott, que me hizo empezar a cuestionarme el papel de las mujeres en la sociedad, y a sospechar que mi historia se saldría de las rayas de los cuadernos. Tenía ocho años.

Otro libro que se fijó en mi memoria fue el de la portada con una niña de gesto irreverente tras las rejas, Motín en el reformatorio, de Jack Thomas, que nunca leí, pero cuyo nombre me resultaba confuso a los diez años; yo creía que la niña se llamaba Motín, lo cual me parecía raro, pero no improbable. De Un instante de optimismo, que era una compilación de fragmentos de la obra de varios autores, donde leí por primera vez a Benedetti, el Poema 20 de Neruda, partes del famoso Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, que años después leí completo, y otros más que me hicieron enamorarme de la poesía. Aunque no entendía bien a qué se refería Cortázar con el capítulo siete de Rayuela, no podía dejar de leer. Los libreros estaban llenos de universos, y entonces yo empecé a intuir que más allá de las repisas de madera de mi casa se encontraba un mundo entero de letras sobre papel. Y yo quería explorarlo entero.

Tenía 14 años. Vacaciones. La época no era económicamente propicia para salir de viaje: quienes vivimos en México ese verano de 1994 lo sabemos. Mis padres trabajaban, mis hermanas salían con amigos, yo me aburría sola en casa y lo natural fue ir hacia el librero para ver qué encontraba.

Había un lomo amarillo, ancho, que decía El corazón de piedra verde. No recordaba haberlo visto antes por ahí y el verde era mi color favorito, así que la elección fue sencilla. Lo tomé, le di la vuelta y empecé a leer la contraportada. Era una historia situada en México Tenochtitlan en la época de la Conquista, tema que me interesaba por mi predilección hacia lo prehispánico.

Fui a mi recámara, me recosté en la cama y mis ojos empezaron a recorrer las líneas de sus 827 páginas sin saber que conforme iba devorando los párrafos como alguien que no ha comido en días, también iba trazando las líneas de mi destino. A partir de esa novela escrita por Salvador de Madariaga y publicada por primera vez en 1942 para mí el mundo estrenó colores, sonidos, aromas, texturas y sabores. Desde entonces los libros jamás me han quitado el hambre.

Los libros te cambian la vida. Los libros reconfiguran las ideas. No imponen, invitan. No denotan, transigen. No sólo enseñan, sino que convocan a explorar. Cuando lees es inevitable que cambie la vida a tu alrededor.

No sé si hubiera sido buena abogada, una científica que transformara el rumbo del planeta o una empresaria que aportara miles de empleos a la sociedad, no me interesa: desde la mitad de la segunda década de mi existencia supe que la transitaría con los dedos manchados de tinta y los ojos inundados de letras. Ni un segundo he soñado con que sea de otra manera.

Si quieres leer mis libros, puedes conseguirlos aquí:

Dos soledades #LibrosQueMeGustan

Si quieres escribir, escribes o convives con un escritor y deseas comprender su obsesión por las palabras y las historias, entonces tienes que leer el libro que recomiendo en este #ViernesDeLectura: Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina.

Era 1967, Gabriel García Márquez acababa de publicar Cien años de soledad con un éxito rotundo e inesperado. En ese contexto fue invitado a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Ingeniería, en Lima, para tener una conversación con el recién galardonado con el premio Rómulo Gallegos: Mario Vargas Llosa.

Ahí, los dos futuros premios Nobel de Literatura hablaron del Boom latinoamericano, de la creación literaria, del proceso creativo detrás de los libros de García Márquez, pero, sobre todo, del espíritu de los escritores, sus motivaciones personales y políticas; de sus obsesiones.

Aquella plática fue compartida de mano en mano en fotocopias, durante años, con el título La novela en América Latina y ahora podemos recuperarla, junto con otros testimonios de la época, en Dos soledades, para beneplácito de los amantes de los libros, la ficción y algo de chisme literario.

Para mí leerlo fue tan revelador, que me provocó sonrisas, suspiros y lágrimas de felicidad.

El invencible verano de Liliana #recomendaciónliteraria

Liliana Rivera Garza fue asesinada hace poco más de treinta años. La mató el hombre que supuestamente la amaba. La mató porque ella ya no lo amaba a él. La tan famosa frase «si no eres mía, no serás de nadie», pronunciada incontables veces en la ficción, romantizada tantas veces en la realidad, para Liliana significó el fin. Tenía 20 años y el mundo a sus pies. ¿Cuántas Lilianas han tenido que pagar el mismo precio por intentar vivir siendo amas y señoras de sus decisiones?

En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza, autora del libro y hermana de Liliana, escribió un retrato narrativo de la mujer detrás del morbo de nota roja, además de contarle al lector el viacrucis que implica tratar de encontrar el expediente de un asesinato que sucedió hace treinta años y que quedó impune.

Estudiante de arquitectura con vocación de escritora, Liliana era amante de escribir cartas y notas en incontables libretas y papeles sueltos. Gracias a esos recuerdos y a los testimonios de sus amigos más cercanos y parientes más queridos, Cristina Rivera Garza trae a la vida a la mujer intensa, apasionada amiga, estudiante dedicada, locuaz, joven soñadora con mil futuros distintos al alcance de su gran imaginación, para compartirnos un texto que es al mismo tiempo homenaje y protesta, narrado, además, con una mezcla de rabia y belleza que por igual contagia indignación, que sonrisas melancólicas y muchas lágrimas.

El invencible verano de Liliana es un libro obligado en este país en el que matan a 10 mujeres diariamente por el simple hecho de ser mujeres. Porque ya es tiempo de acabar con esta impunidad.

Mientras escribo #LibrosQueMeGustan

Llegué al libro que les recomiendo hoy buscando alguna respuesta a una angustia de novelista que no lograba desentrañar para terminar la historia que estoy escribiendo, y lo que encontré fue un libro que desde las primeras páginas se convirtió ya en uno de mis favoritos: Mientras escribo, de Stephen King.

Mientras escribo es la autobiografía novelada y manual de escritura de Stephen King. Escrito con el sentido del humor, la ironía y la vasta imaginación, estilo inconfundible del autor, es un viaje de inmersión hacia su mente, su proceso creativo, los golpes afortunados y desafortunados de suerte en su trayecto a convertirse en autor referente de la literatura de terror, fantástica y ciencia ficción.

Por otro lado, también es un cúmulo de consejos de escritura directos de su experiencia, desde la infancia con Dave, su hermano y cómplice, pasando por su etapa de adicciones a alcohol y drogas, y la redención al lado de su principal lectora, secuaz y esposa Tabitha.

Mientras escribo es el libro perfecto para quien busca leer una historia humana y extraordinaria, para quien necesita algún norte al crear sus propias ficciones y, sobre todo, para curiosos irredentos de la vida y obra de un creador tan prolífico como Stephen King.

Sexo y libros

«¿Por qué escribes literatura erótica?» es la pregunta que más he escuchado. La respuesta es inminente: porque el sexo y los libros son lo que más me gusta en la vida. La justificación podría ser innecesaria, pero —en mi interior habita una exhibicionista— encuentro un deleite exquisito en contar mis intimidades.


Descubrí el sexo antes que los libros, por humanas razones. Me apasioné primero por los libros que por el sexo, por sociales razones. A los 14 años la voluptuosidad de las imágenes provocadas en mi mente por ese artefacto de tinta y papel encuadernado que tenía en las manos me hicieron adicta al deleite de leerlo todo, desde las etiquetas del champú en la regadera, hasta las dos enciclopedias de casa (pasando por carteles, folletos, boletos de estacionamiento, instructivos). Todo.


Llegaron mis 15 años. Primero de preparatoria. La profesora de literatura nos dejó leer Arráncame la vida de Ángeles Mastretta. Atrapada desde las primeras páginas, fueron unas cuantas palabras las que releí una y otra vez, intrigada: “Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa.” El resultado fue humedad inminente en mi entrepierna.


Las primeras veces son acontecimientos importantes en la vida de toda persona. Para mí esa lo fue. Descubrí que toda pieza literaria es erótica, no solamente porque contiene algún capítulo con contenido sexual propio de la cotidianidad, sino por la cantidad de sensaciones que viven en el cuerpo, como si al leer te convirtieras en uno de los personajes.


El siguiente libro que me erizó los vellos de la espalda fue Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig, que sin contener sexo de pronto me sorprendió con los puños cerrados y las uñas enterradas en las palmas de mis manos.

Espejo


Varios años después, ya adulta, tuve el hallazgo de un ejemplar que en la portada ilustra a cuatro personajes desnudos, entrelazados entre miembros viriles, lenguas y piernas: el Erotica Universalis de Gilles Néret, un compendio de imágenes sexuales que van desde el año 5000 a.C., hasta la década de los 70 del siglo XX. En él las escenas eróticas son un verdadero festín para el lector: algunas son tan alucinantes que provocan rubor en las mejillas.


Otro de los textos que me emociona hasta las lágrimas es La esposa joven, del italiano Alessandro Baricco. Uno de sus fragmentos memorables: “La Esposa joven se preguntó dónde había visto ya ese gesto y era tan nueva ante lo que estaba descubriendo que al final se acordó, y fue el dedo de su madre que buscaba en una caja de botones uno pequeño de madreperla que había guardado para los puños de la única camisa de su marido.” Erotismo puro.
Poseo una biblioteca personal de ejemplares, tanto físicos como electrónicos, que son mi espejo particular de pasiones y perversiones.

Algunos títulos que habitan en ella son: Historia de O, de Pauline Réage, regalo de un periodista amigo; Ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad, ganador del VIII premio La sonrisa vertical; uno de mis favoritos, que ha influido mucho el estilo de mis cuentos: La máquina de follar, de Charles Bukowski, y una cantidad más obscena que mi adorado Filosofía del tocador del Marqués de Sade, de volúmenes.


Cómo no amar el sexo y los libros, si ambos son origen y destino de la historia particular de cada uno de los mundos que interactúan al interior de nosotros. Si quien ha leído no percibe más de su humanidad en esas ficciones, que tire la primera piedra.


*Texto publicado originalmente en mi columna «Por una vida sexy» de la revista Vértigo Político en abril de 2018.

Defender la seducción

Cuando alguien me atrae no soy inofensiva. Una vez conocí a un señor que me gustó desde que lo vi, sentado en la mesa de un restaurante, esperándome.

Soy una coqueta confesa. Por eso en cuanto lo saludé supe que lo quería en mi cama. No por eso le expuse mis intenciones de inmediato o le acaricié la pierna “accidentalmente”, claro que no: tracé una estrategia para enamorarlo.

Tengo bien claro que el cuerpo ajeno es territorio tocable solo después de haber recibido autorización del poseedor. Si tomas de la mano a alguien que apenas conoces es romántico; si es la pierna o la cintura estás trasgrediendo su espacio personal. Ya de rozarle las nalgas ni robarle un beso hablamos. Aunque me moría de ganas.

Como el del erotismo y la pornografía, el límite entre seducción y acoso es muy difuso y se desdibuja fácil cuando entran en la ecuación el instinto, los impulsos, las hormonas trazando fuegos artificiales.

La comida transcurrió entre una plática con humor, inteligencia y muchas sonrisas, y sí, me dejó con deseo de más. Bien se sabe que en la seducción lo transparente y lo honesto es muy atractivo.

Pasaron las semanas. Seguíamos comunicándonos de vez en cuando, pero yo no veía claro. Tenía mil dudas: ¿le habré gustado? ¿Cómo me acerco para ser alguien agradable sin acosarlo? La literatura, como siempre, me dio el pretexto perfecto y le mandé un libro que acababa de publicar.

Le envié otro mensaje: “¿Ya recibiste mi libro?” Él respondió con un indiferente e impersonal: “Sí, gracias. Déjame ver en qué te podemos ayudar”.

Repensar

A pesar de haberle escrito en la portadilla una dedicatoria sexy, el hombre no parecía haberse dado cuenta de mis intenciones. Eso me llevó a hacer el último intento; si después de lo que iba a redactar no me hacía caso dejaría el asunto como un instante de deleite unidireccional y lo borraría del mapa.

Mi filosofía es: si una persona me dice “no”, entonces es “no”. Si le digo a alguien “no”, entonces es “no”; muchos de los problemas entre hombres y mujeres radican en que a veces queremos que nos adivinen el pensamiento, y eso provoca equívocos incómodos o réplicas aleatorias.

Mi mensaje decía: “¿Y quién te está pidiendo ayuda? Yo lo que quiero es volver a verte”. Su respuesta tardó menos de un minuto en llegar; nos pusimos de acuerdo y una semana después ya estábamos sentados de nuevo en otro restaurante, con él diciéndome que lo anotara en la lista de los hombres que querían hacerme el amor y conmigo sonrojada y caliente.

Al terminar de comer me ofreció ir a su casa. Las palabras que pronuncié fueron las culpables no solamente de que consiguiera mi objetivo de llevarlo a la cama, sino de que se quedara pensando en mí siete días más: “Sí voy a ir a tu casa, pero no vamos a tener sexo hoy, sino hasta la próxima vez”. Así fue. Una semana tras otra, hasta convertirnos en pareja y tejer a diario un “fueron felices para siempre” muy a nuestro estilo.

Transitamos por un momento emocionante de la historia; un tiempo de feminidad renovada y masculinidad que es necesario repensar. Hombres y mujeres necesitamos recordar que vivimos en la misma contaminada y poco pacífica esfera flotante en el universo y sentarnos a explorar nuevas formas de interacción.

Utilicemos la información disponible respecto a los temores y deseos de ambos sexos para unir y no para separar: la seducción y el erotismo son herramientas para la defensa y felicidad de nuestra condición de humanos. Por eso abogo por defenderlos desde la plenitud y la libertad.


*Esta columna fue la primera que publiqué en la revista Vértigo Político #PorUnaVidaSexy, hace justo dos años, en abril de 2019.

Somoza #LibrosQueMeGustan

Mucho se ha hablado de Anastasio Somoza Debayle, el dictador nicaragüense responsable de tanta represión y sangre, pero en el libro que recomiendo hoy, Somoza, de Ligia Urroz, vemos a un «Tachito» humano, cariñoso, desde la visión de una niña de once años que lo admira y aprecia.

La obra no es una biografía novelada del personaje ni un tratado histórico sobre aquella época en Nicaragua, sino una combinación de ficción y no ficción con algunas conversaciones, lecturas, programas de televisión y sobre todo, el testimonio que hace la autora desde la perspectiva que vivió de los hechos como punto de partida y destino.

Es un libro de fragmentos, empieza con las recreaciones de la conspiración para asesinarlo y el operativo en el que lo ejecutaron, para continuar con los recuerdos de la autora, quien lo conoció viendo películas en la casa o dando paseos por la playa y experimentó incomprensión y disonancia cognitiva: ¿cómo comprender que ese mismo señor amable con el que un día comiste chocolates, puede ser el mismo que provocó la muerte de tantas personas?

Los secretos de las brujas de Salem #LibrosQueMeGustan

Miedo a lo diferente, sensación de amenaza ante lo desconocido, pero sobre todo, terror a la independencia femenina, son los temas centrales que hay detrás de las narraciones del libro que les recomiendo hoy: Los secretos de las brujas de Salem, de Guadalupe Vera, Maru Diéguez, Gaby Trejo Rodea y Sara Jiménez.

Los secretos de las brujas de Salem es una serie de relatos que cuentan, en primera o en tercera persona, las historias de aquellas mujeres (y algunos hombres) que fueron llevadas a la horca acusadas de brujería principalmente por las llamadas «niñas afligidas», que, ya fuera por revancha, animadversión o para sostener una serie de mentiras, buscaron deshacerse de aquellos quienes las intimidaban.

Los veinte testimonios inmortalizados en esta obra dan cuenta del cuidado que debemos tener ante el fanatismo, el temor irracional, la intolerancia: los asesinos más dolorosos, y también los más inútiles.

Al mismo tiempo nos recuerda el poder que habita dentro de nosotras. A pesar de haber sido perseguidas, incomprendidas y maltratadas durante siglos, seguimos conjurando nuestra fuerza interior para vivir con libertad… y compartir con otras esa libertad.

«Somos las brujas. Las hechiceras. Las mujeres dormidas que despiertan, las que sanan y bendicen a todas las mujeres que antes de ellas las forzaban a olvidar.

«Somos las nuevas brujas, las de siempre. Las mujeres que deben a su pasado arrullar. Ombligos de galaxias que caminan y saben enseñar».

Guadalupe Vera

Semillas para el Año 2021

Que tus palabras sean ciertas, tus certidumbres tengan raíces; tus sonrisas orígenes verdaderos.

Que la magia se traduzca en creencias sólidas, el amor en los brazos cálidos que calmen la adrenalina de los días, el insomnio en ideas que germinen hacia la belleza.

Que tu cuerpo sea armonía; tus recuerdos texturas suaves; tus nuevas memorias motivos para encontrar la felicidad en los momentos amargos.

Que el miedo sea aliado, la tristeza trampolín, la conciencia de la muerte pretexto para existir con los sentidos despiertos y disfrutar de la hermosura del mundo.

Que tus amigos sean nobles y tus enemigos dignos. Que seas un amigo honorable y un enemigo prudente.

Que el amor por ti crezca. Que la empatía se multiplique. Que la alteridad sea la constante.

Que el 2021 sea un año de paz. Que el 2021 sea un año de salud. Que el 2021 sea un año de ternura. Que el 2021 sea un año de triunfo para la ciencia. Que el 2021 sea un año de victoria para la fe.

Que tus dolores sanen, tus rencores se conviertan en arte, tus animadversiones en raíces para la libertad.

Mónica Soto Icaza

Fenalem #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura no recomendaré un solo libro, sino un lugar virtual en el que habrá cientos de libros: la Fenalem.

La cancelación de la FIL de Guadalajara en su formato presencial trajo especial frustración para los escritores y escritoras menos visibles de México. Es por esto que un grupo de valientes y entusiastas escritoras, conformado por Guadalupe Vera García, Magdalena Pérez Selvas, Patricia Bermúdez, Carla Cejudo, Julia Cuéllar, Elsa D. Solórzano, Kiara Fernández, Jazmín García Vázquez, Mayahuel Zárate, Fanny Morán, Camelia Rosío Moreno, Alejandra R. Montelongo, Maru San Martín, Perla Santos y Marisol Vega respondió a la inquietud de la fundadora de Escritoras Mexicanas, Cristina Liceaga y así, con pura voluntad, amor al arte y determinación, dieron forma a la primera Feria nacional de libro de Escritoras Mexicanas, que será del 8 al 11 de diciembre de manera virtual a través de la página de Facebook de Escritoras Mexicanas: EscritorasMx | Facebook

El objetivo de la feria es hacer visible la literatura escrita por mujeres, y vaya que será así: durante tres días, de las 11 de la mañana a las 9 de la noche, la red será tomada por más de cien escritoras de todo el territorio nacional, Norte, Bajío, Centro y Sur estarán representados, además de autoras que viven en el extranjero y en lenguas originarias. También habrá talleres literarios.

Así que ya sabes, nos quisieron convencer de que «mujeres juntas, ni difuntas», y hoy una vez más mujeres talentosas, sororas y con amor por compartir provocan un evento sin precedentes que estoy segura será un éxito y se convertirá en uno de los más importantes del año: una celebración de la palabra a través de novelas, ensayos, antologías, microficciones, poesía y cuentos.

Fenalem:

Transmisión en vivo desde el canal de Facebook: EscritorasMx | Facebook

La obra de las autoras estará a la venta en Escritoras Mexicanas – Proyecto cultural para la difusión de la obra de escritoras mexicanas de todas las épocas y en escritorasmx@gmail.com

Las actividades quedarán grabadas en la cuenta de YouTube @EscritorasMx

Fecha: 8 al 11 de diciembre de 2020

Horario: 11 am a 21 pm

Encuentra más información en: Escritoras Mexicanas – Proyecto cultural para la difusión de la obra de escritoras mexicanas de todas las épocas


Y ya que estamos en esto, te invito a la participación que tendré en la Fenalem, el 10 de diciembre a las 8 de la noche:

Medio siglo con Borges #LibrosQueMeGustan

Un Mario Vargas Llosa lector y un Jorge Luis Borges enamorado son los hallazgos que regala el libro que recomiendo este #ViernesDeLectura: Medio siglo con Borges, de Mario Vargas Llosa.

Se trata de un tomo de entrevistas que el autor peruano hizo al escritor argentino a lo largo de 50 años y en contextos diversos, desde congresos literarios en París, hasta la austera casa en que vivía Borges.

En esta obra vemos los distintos contactos entre Mario Vargas Llosa y Jorge Luis Borges, desde que el primero es un joven autor latinoamericano en Europa y el segundo es un escritor maduro que había estado encerrado en una biblioteca y experimentaba sus primeros viajes, sorprendiéndose de que tanta gente conociera su obra.

La relación entre ambos va avanzando. Las interacciones se van haciendo profundas, también los ensayos sobre la complejidad y universalidad y por qué no decirlo, las paradojas de la obra del argentino.

Pero lo que más me gustó de este libro fue el último capítulo, el último artículo, donde aparece un Borges ciego, ya avejentado, pero en vez de vivir encerrado en la biblioteca, encuentra el amor en una joven estudiante, María Kodama, quien le leyó, acompañó y cuidó e incluso hacia el final de su vida lo hizo dudar de su ateísmo.

De gustos culposos

Las escenas de sexo del Libro Vaquero. Ese fue mi primer gusto culposo. Curiosa de las diferentes manifestaciones periodísticas y literarias, de adolescente cayó una de esas historietas que publicaba editorial Novedades (ahora lo hace HEVI Editores) en mis manos. Con todo el morbo por leer algo no prohibido, pero sí ajeno a la esmerada educación que recibía, descubrí en esas páginas las historias más apasionadas, los diálogos más ingeniosos, las mujeres en topless más exuberantes: la combinación perfecta para que una niña de 14 años comenzara a coleccionarlos, porque por fortuna siempre había números atrasados en los puestos de periódicos.

Un día en reunión familiar se me escapó un “cabrón” frente a mis tíos, entre los cuales se encontraba Alfonso, quien siempre me había tenido en alta estima por mi inteligencia y mi corrección política. En cuanto mi lengua chocó con la parte interna de mis dientes frontales al terminar de hablar, vi cómo el tío abría los ojos como platillos voladores, me miró con decepción y pronunció: “te acabas de caer del pedestal donde te tenía”, a lo que yo respondí: “¿y yo qué culpa tengo de que tú me pusieras ahí?” Mi querido pariente ignoraba que en mi normalmente buen léxico de vez en cuando aparecen palabras altisonantes, las que hoy pronuncio libre de ataduras mentales.

Los gustos culposos surgen de los prejuicios, del miedo a hacer el ridículo, del sentimiento (o la fantasía) de orgullo que implica pertenecer a cierto grupo refinado, culto y educado de la sociedad; existen en función de qué tanta culpa experimentamos al disfrutar de algo que supuestamente no corresponde al lugar que ocupamos, a la imagen que los demás tienen de nosotros.

La culpa es una traición a nuestra autoimagen, a los ideales propios, a la expectativa de los otros, por eso hay que ignorar aquello que nos provoca ese gozo prohibido, como una negación a la verdadera naturaleza que nos habita. 

Sin embargo: está ahí. 

Por eso no le platico a nadie que me encantan los huevitos de chocolate; sí, esos blancos que venden en una bolsa amarilla en el supermercado o en máquinas expendedoras por un peso.

¿Cuántas veces te has sorprendido llevando el ritmo con el pie al escuchar una canción con música adictiva, pero letra ignominiosa; mirando de reojo un capítulo de los programas de televisión que hacen toda una farsa para emparejar personas, y te da coraje si tienes que irte antes de saber si Brayan eligirá a Débora y si Débora le dirá que sí; mirándole el escote pronunciado a una mujer o la entrepierna abultada a un hombre?

Todos somos, además, el gusto culposo de alguien; puede ser del ex, que encuentra irresistible arrancarle el vestido a la fémina perversa que le rompió el corazón, o cuando compañeros del pasado prefieren negarnos ante sus amigos por vergüenza a decir que siguen enamorados a pesar de haber enumerado en diversas ocasiones un detallado y amplio inventario de los defectos por los que nos dejaron (qué oso, ¿no?).

Porque sí, hay que admitirlo: todos disfrutamos de cosas y situaciones que avergonzarían a nuestras madres, hijos o incluso a nosotros mismos, como dejar escapar el chorro de orina en la regadera o masturbarse viendo el video de una orgía, pero a fin de cuentas es sano olvidarse de las convenciones sociales y el autocontrol en algunos momentos para gozar de los placeres de la vida, por más culposos que parezcan.

Por eso hoy quiero preguntarte: ¿qué deleite te abochorna compartir?

*****

Este texto fue publicado originalmente en mi columna Por una vida sexy en la revista Vértigo Político.

(Y sí, subir mis fotos en poses sugerentes para agitar a la concurrencia también es uno de mis gustos culposos…)

Las chicas rudas del pasado #LibrosQueMeGustan

Piratas, bailarinas, luchadoras sociales, guerreras, científicas, chefs, espías, inventoras, artistas. Durante siglos se difuminó el trabajo y papel de las mujeres como protagonistas de la historia. Por fortuna hoy eso ha cambiado y los libros tienen mucho que ver con la transformación, justo como el que recomiendo: Las chicas rudas del pasado, de Mackenzi Lee.

Como muchas de las joyas que se encuentran de pronto en las redes sociales, este libro nació en Twitter. La autora compartía una vez a la semana historias de mujeres, no las renombradas, «blancas, heterosexuales, cisgenero, sin discapacidades», sino las olvidadas. Aquí hay mujeres de diversas épocas, lugares, morales, colores, ideales.

Lo que me gustó de este libro fue que las 52 elegidas no son mostradas como seres perfectos, víctimas ni celestiales. Estas mujeres son también personas, despiadadas, rudas, fuertes, respondonas;  humanas a fin de cuenta.

Así que si quieres leer un libro escrito de manera ligera y divertida, pero sobre todo que te deje con una emoción intensa al ser testigo del nacimiento, desarrollo y muerte de leyendas, entonces este título es para ti.

Las mujeres de más de 40

Las mujeres de más de 40 vivimos cada día realizando nuestros sueños de niñas. Tenemos pocos temores y muchos aprecios; sabemos emprender el vuelo, pero ponemos los pies en la tierra para estar con quienes amamos en los momentos y lugares precisos.

Las mujeres de más de 40 somos románticas, mas hemos aprendido a escuchar también a nuestro intelecto, lo que nos hace independientes cuando es necesario y solidarias si se trata de secar lágrimas y curar heridas.

Las mujeres de más de 40 además de esculturales cuerpos, hemos forjado esculturales almas; poseemos un brillo misterioso en la mirada, y con certeza digo que más de un secreto para quitarnos la tristeza.

Las mujeres de más de 40 conocemos los tiempos difíciles, sabemos resolver problemas con sutileza; nada es demasiado grande para nuestro ímpetu ni demasiado pequeño como para pasar desapercibido.

Las mujeres de más de 40 tenemos arrugas en la frente y varias canas en el cabello, con orgullo portamos nuestras cicatrices, sobre las que han sanado amores y nacido personas.

Las mujeres de más de 40 elegimos con cuidado los apegos, defendemos nuestra dignidad con humildad y soberbia, seducimos con elegancia y de nuestros dedos surge magia cuando compartimos humedades en la cama.

Las mujeres de más de 40 somos inocentes a voluntad, encontramos la respuesta correcta hasta a preguntas necias. A veces también somos malcriadas; nos regalamos placeres enormes disfrazados de mínimos detalles.

Las mujeres de más de 40 somos expertas en varios artes solo conocidos por nosotras, sentimos la adrenalina de la libertad y jamás dudaremos en lanzarnos descalzas a cualquier abismo, desnudas y con unas alas nuevas.

La era del ego

Sí. En las redes las fotos son para llamar la atención. Los escotes son para llamar la atención. Los minivestidos son para llamar la atención. Los ojos son para llamar la atención. La belleza es para llamar la atención. El chiste fácil o la agresión gratuita son para llamar la atención. Porque llamar la atención es lo que se hace en las redes sociales. 

Quien diga lo contrario y tenga una cuenta de Facebook, Instagram, TikTok, Twitter y otras, definitivamente practica la falsa modestia. Si no es para ganar seguidores, obtener “likes”, vender algún producto o servicio, que la gente se entere de la genialidad de tus pensamientos, ¿para qué querrías publicar contenido en un sitio virtual en donde tus brillantes ideas trasciendan tu cerebro con más alcance que el de tus conocidos y amigos?

Porque si admitimos que esta es la era del ego desbordado, en la que una cuenta con más de mil seguidores representa un triunfo ante la anonimidad, entonces podremos poner el ego en perspectiva y usarlo para algo más que satisfacción personal. Si dejamos de demonizar al otro, de ser insensibles ante quienes piensan diferente sólo porque nos protege una pantalla, entonces será posible pensar dos o tres o más veces antes de escribir un mensaje destructivo.

El parámetro para responder algo en las redes sociales debería ser la respuesta a la pregunta: ¿Pronunciarías estas mismas palabras mirando a los ojos al destinatario?

Así que sí, yo sí publico lo que publico para llamar la atención, por mis muy egoístas razones: difundir la literatura, el erotismo, mi trabajo poético, narrativo y periodístico o cualquier imagen o texto que considere valioso. Y sí, cuando soy agredida respondo pensando en que la otra persona también tiene que convivir consigo misma 24/7 y no requiere de mi negatividad, porque si está siendo violenta es porque algo no le permite sentirse feliz y plena y necesita desquitarse con una desconocida.

¿Qué opinas tú, que llegaste hasta aquí por la foto que ilustra este texto?

Si fue así, entonces aprovecho para darte las gracias por leerme además de mirarme, y por esta oportunidad de pensar juntos.

Brujas literarias #LibrosQueMeGustan

Existen libros sobre libros, libros sobre escritores, libros sobre la obra de los escritores, libros de conjuros… pero también existen conjuros en libros. Ese es el caso de Brujas literarias, un libro de Taisia Kitaiskaia y Katy Horan.

Brujas literarias es un aquelarre de papel y tinta en el que convergen 30 escritoras por medio de una pequeña reseña biográfica. De Norte a Sur del mundo, de Oeste a Este y una fusión de líneas temporales, en pocas páginas el lector encontrará los rasgos de personalidad y experiencia de las autoras seleccionadas, que van desde Emily Dickinson, hasta María Sabina; desde Safo, hasta Yumiko Kurahashi.

Si bien los capítulos son en extremo cortos y te dejan con ganas de más, este tomo es una excelente opción para quien desee conocer la obra de mujeres, quienes, no es secreto, habían sido menospreciadas como creadoras hasta hace poco tiempo. Al final de cada uno vienen algunas lecturas recomendadas de cada una para empezar a leerlas.

Por ser una obra que provoca curiosidad, Brujas literarias es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

Autoconjuro de madrugada

Desde niña sé que soy una mujer rara. No soy políticamente correcta ni anarquista. Ni celosa ni partidaria del drama, pero no permito, bajo ninguna circunstancia, que las ofensas se queden en el silencio. Como soy demasiado equilibrada para ser artista, escribo mis desequilibrios y los comparto en poesía.

Ayer fui mala esposa, hoy soy una soltera corregida y aumentada. En ocasiones una mala madre y casi siempre la mejor que conozco. Sé que mi cara no es la más linda ni mi cuerpo el más escultural, pero son los únicos que tengo, y los amo con sus poros abiertos y estas piernas de muslos abundantes que han caminado conmigo casi la mitad del mundo.

Dicen que soy sensual y estoy de acuerdo: me gusta el sexo y lo hago sólo con quien se me da la gana y cuando quiero. He sido más generosa que egoísta, en ocasiones mucho más de lo que otros merecían. He tenido la cartera vacía y también llena, sé que esa precisa circunstancia depende nada más de mí.

Me gusta detenerme a mirar el cielo durante varios minutos al día, escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos, sonreír a extraños por curiosidad pura.

Confieso que me enamoro fácil, que me asombro fácil, que no me gustan las complicaciones y huyo de los problemas, por lo que es probable que jamás logre algo demasiado “importante” en la vida. Estoy tan segura que después de la muerte está la nada, que converso con mis muertos, aunque sean sordos. No comprendo a quienes no creen en Dios, pero no me peleo con nadie por lo que cree o deje de creer: seguramente ellos tampoco me comprenden a mí.

Como soy todo lo que tengo, valoro cada instante que comparto conmigo, y si al mismo tiempo coincido con familia y amigos, entonces la felicidad se multiplica.

Me llamo Mónica y me gusta la vida. Cuando yo muera, no habrá quien se lamente por mis sueños sin cumplir o mis días sin gozo, porque no existen: he vivido sin miedo, amado sin medida; he hecho el amor con magia y conjurado mi presente, que se convierte en un futuro lleno de luz.

Hembra humana…

Soy un ejemplar de la raza humana,
hembra mestiza;
mis orgasmos son silenciosos,
poseen la humedad milenaria
de mis realidades antiguas;
sé que en mi historia de almas
siempre he sido mujer,
me lo dijo un sueño de niña,
me lo dice la sabiduría de pieles
que se conocen
sin haberse visto jamás.

Prefiero la nieve de limón blanca,
el regocijo de escuchar las gotas de lluvia
chocar contra cualquier superficie.
Me gusta decirle su hermosura
a quien considero hermoso
y prefiero el silencio
cuando de mi boca amenazan
con salir balas en vez de palabras.

Admiro a las mujeres de tenacidad incorruptible,
de ojos que esconden secretos
para salvar tristezas;
a los hombres que cambian pañales
con la misma destreza
con que llevan a cabo estados financieros
y proyecciones de ventas.

No me gustan las religiones,
pero amo a Dios;
ni los políticos
cuando sólo son políticos;
aborrezco la injusticia
y prefiero las verdades
a las mentiras piadosas.

A diario me miro al espejo en las noches
y el reflejo me susurra que si muero mañana
mis huellas ya no serán de arena.
Desde que escucho esa voz
tengo predilección por los deportes extremos
y por cumplir mis promesas.

Creo en los fantasmas,
en la vida después de la vida,
creo en lo que puedo lograr por mí misma,
y también creo en el talento de otros.

Tengo un brazo izquierdo diestro
y un derecho zurdo,
dos ojos que miran bien de cerca
y de lejos.
Un cuerpo sano
que ha dado a luz dos veces
y más de cinco sentidos
para percibir el Universo.

Escribo poemas en los cuadernos
y en las horas,
soy buena para deleitarme
y mala para sufrir,
amo amar
y no conozco el odio,
aunque estoy segura
que me he acercado a él algunas veces.

Soy una hembra humana afortunada,
con finas arrugas en los ojos
por haber sonreído tanto
y llorado tan poco.

Mónica Soto Icaza

Acto de fe

La vida es un acto de fe. A veces te quiebra como rama o te eleva hacia el cielo como hoja y te permite conocer algunos milagros. Usa sus mejores ropas para iluminar los días nublados, y de repente deja un charco en el suelo para que resbales y aprendas a mirar los días de sol.

Cuando te conviertes en maniquí la vida se encarga de colocarte un corazón en el pecho, de golpearte con un dedo en el hombro para señalar los caminos que tienen tu nombre.

Tan maravillosa es la vida que es cielo abierto y también pozo sin fondo, te deja nadar en agua fresca y zambullirte de placer en el ensueño antes de permitirte despertar.

Por eso los días exigen romper las reglas que quieren romperte, abrazar a quien pretende ahorcarte; tener buenos deseos para los que odian. Ha llegado el tiempo de escuchar a la luz: abandona las armas y abre los brazos a la libertad.

Enciclopedia de malos alumnos #LibrosQueMeGustan

¿Qué tienen en común John Lennon, Alejandro Dumas, Salvador Dalí, el conde de Buffon y Charles Darwin?

Para descubirlo hay que leer el libro que recomiendo hoy: Enciclopedia de malos alumnos y rebeldes que llegaron a genios, de Jean-Bernard Pouy, Serge Bloch y Anne Blanchard, un tomo ideal para niños y adultos inquietos e incomprendidos que descubrirán las historias de algunos de los grandes genios de la humanidad.

A Agatha Christie, por ejemplo, cuando era niña le regalaron un perro para que no leyera tanto… pero ella se las ingenió para escabullirse en la biblioteca.

Walt Disney fue muy mal alumno, todo el tiempo dibujaba, igual que Picasso: la queja de los maestros era que se la pasaba trazando palomas y corridas de toros. Como Dalí, que también se aburría a montones en la escuela.

Albert Einstein era un rebelde nato, desde los siete años amó la irreverencia.

Alejandro Dumas era desordenado e impulsivo… y a los 12 años todavía no sabía leer.

El común denominador de estos personajes fue la curiosidad, una tan intensa que al encontrar respuestas lo único que surgían eran más preguntas. Todos eran grandes observadores de su entorno.

En cuatro páginas por celebridad, los autores narran, en ocasiones como si el aludido hablara con el lector, la niñez y juventud de estos artistas, políticos y científicos de una manera divertida, muy humana, que provoca ganas de saber más.

Otros genios que aparecen son Honorato de Balzac, Charlie Chaplin, Leonardo da Vinci, Alexander Graham Bell y Jack London, en total 28.

Este libro es un pretexto encantador para acercarse a la vida de las personas que cambiaron el rumbo del mundo, y por eso lo recomiendo en este #ViernesDeLectura.

#LibrosQueMeGustan

Confesionario erótico de una libidinosa irredenta

1.

Soy una mujer excepcionalmente lúbrica. Me gusta el sexo desde muy joven. El reconocimiento al deleite que me causa inició como lo mejor de la vida: por azar. Tenía 12 años. Clase de educación física en la secundaria. El colegio se inscribió en el concurso interescolar de baile y tres días de la semana daban clases especiales de danza a las adolescentes seleccionadas, entre ellas yo.

La escena se desarrolló en el gimnasio. Dieciocho niñas acostadas en el suelo. Yo vestía los shorts del uniforme de deportes. Llegó la hora de las abdominales para fortalecer el bajo vientre. La maestra gritaba enérgica: Uno, dos, tres, cuatro. Estiren bien las rodillas. Cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once. No se detengan. Doce, trece, catorce. La que pare va a tener que iniciar de nuevo. Quince, dieciséis, diecisiete. Muy bien, ¡sigan así! Dieciocho, diecinueve. En el veinte mi audición se redujo como cuando en carretera cambias de altitud intempestivamente. Veintiuno. Veintidós (léanse con un sonido sordo y un suspiro ahogado en medio). Veintitrés y el lugar donde algunas veces había cólicos menstruales se contrajo con un impulso dulce que una triada de segundos después se liberó, dejando a su paso una humedad copiosa en el puente de algodón de mis calzones de púber. Las uñas clavadas en el suelo. Los ojos cerrados. Las rodillas se estiraron fuerte y luego se fueron doblando lento. Los pies en el piso. El ¡Mónica, empieza de cero! La sangre trepó a mi cara. El volumen habitual volvió a mis oídos. Perdí la cuenta de abdominales y me estiré como estrellita de mar sobre las tablas. 

Esa mañana en el salón de gimnasia de la secundaria hallé una de las pistas del rumbo que habría de tomar mi vida, y claro, inició mi adicción al abdomen plano.

2.

Me decidí por la literatura erótica porque los libros y el sexo son lo que más me gusta, así que tenerlos juntos me resulta, por decir lo menos, orgásmico. Cualquier mediodía de cualquier época del año me sirvo un café, un tequila o un vodka tónic y me siento frente a la computadora a narrar una fantasía o un recuerdo delicioso. Lo primero que me asombra es la cantidad de universos que pueden crearse en las setenta y ocho teclas de mi ordenador rosa con pantalla retina de once pulgadas, mi pequeño capricho de escritora con pocas manías y una estabilidad mental y emocional inusitada para un artista. El segundo asombro proviene de la vista que miro desde mi ventana: un panorama mitad cielo, mitad síndrome de acumulación compulsiva de edificios, avenidas y jacarandas que es capaz de inspirar hasta al más insensible.

La secuencia acontece, teclazos más, minutos menos, así:

Los personajes, un hombre o una mujer, o tres hombres y una mujer, o dos mujeres y seis hombres, se ubican en un escenario que puede irse transformando conforme avanza el relato; cuando confeccionas una historia hay una gran posibilidad de que adquiera voluntad propia y el sorprendido sea quien se creía, Vicente Huidobro dixit, un pequeño dios.

En la narración de hoy habrá solamente una ella y un él. Ella cierra la puerta de la habitación con seguro. Se acerca a él, que la espera de pie junto a la cama. Se abrazan. Las manos de ambos viajan hacia las nalgas mutuas; los labios hacia los labios del otro. El beso es de lenguota, de esos que hinchan la boca y te dejan como Angelina Jolie. La blusa de ella y la camisa de él se desvanecen. Los torsos desnudos. Braguetas de los pantalones abiertas. De la de ella se escapa un calzón rosa fuerte de encajes delicados; de la de él unos boxers negros de gran resorte con las letras de una marca de ropa cómoda y cara. Los dedos de él muy abiertos aprietan las tetas de ella; los dedos de ella el pene erguido. Los pantalones se disipan. Él le quita los calzones a ella. Ella le quita los bóxers a él. Él la pone de espaldas, el tórax de ella se inclina hacia la cama, se sostiene con los brazos semiflexionados. Él le acaricia la espalda, el coxis, la cadera. Ase fuerte los costados de ella. Coloca el glande en la vulva. Se introduce lento. Ella cierra los ojos, sonríe leve, la separación de los labios suficiente como para que pueda escabullirse la rebeldía de un gemido.

En plena acción erótica en comunión de mis huellas dactilares en el teclado, las imágenes que se suceden en mi mente, la perspectiva de lo que causará el cuento en quien lo lea, de repente siento un hormigueo en el pubis, percibo un escurrimiento difícil de explicar con palabras en las paredes de mi vagina. Una de las dimensiones de mi mente desea seguir escribiendo hasta la extenuación, pero otra desea levantarme de la silla, encaminarme hacia el sillón de la sala o mi recámara y terminar con los dedos lo que inicié con el cerebro. Si no tengo prisa gana la segunda. Ya bien autoatendida regreso a concluir también lo que dejé iniciado.

Varias veces me han hecho una misma pregunta, dado que los creadores en su mayoría son propensos a consumir sustancias psicotrópicas.

            —Mónica, ¿qué te metes para escribir?

            —Hombres*.

*Solteros. Que respeten a las mujeres. Cero machos, posesivos o celosos. Que se cuiden y me cuiden.

Homenaje a los hombres #poesíaMSI

Hay hombres que duelen.
Hombres que salvan.

Hombres de una noche que se quedan para siempre
y hombres cotidianos que se pierden entre los recuerdos.

Hay hombres lobo y hombres sirena
hombres con voz de volcán
y hombres con garganta de arpa.

Existen hombres de papel moneda y autos caros
Hombres de castillos en el aire
y promesas imposibles.

Los innombrables, los cliché, los de lengua fácil y corazón complicado. Los de mentiras, los de rosas rojas. Los de piel y sangre. Los de vinil y lágrimas.

Hombres de asbesto. Hombres de papel de lija. Hombres de satín y hombres de agua. Hombres de alarido y hombres de sonrisa.

Hombres como todos. Hombres como ninguno.

Y tú.

#poesía

Mónica Soto Icaza

Manifiesto contra el amor romántico #LibrosQueMeGustan

Hablar acerca de la violencia contra las mujeres es un triunfo de la sociedad, aunque no lo parezca.

Lo que sucedía de manera callada al interior de los hogares, el miedo, la resignación, el terror, el insomnio, los golpes, antes eran entendidos como problemas individuales, hasta que la misma sociedad se vio rebasada, y por fortuna ahora son problemas colectivos, y como tales, está en manos de todos ayudar en su solución.

Es un gran momento para las mujeres, y también para los hombres.

En este contexto orbita mi recomendación literaria de esta semana: Manifiesto contra el amor romántico, de Carla Castelo, un tomo formado por diversos ensayos acerca de la construcción social de las relaciones amorosas y cómo la idea de ese amor romántico, idealizado e idealizante, ha provocado muchas de las costumbres que provocan la violencia.

Es un libro que debe leer todo hombre y toda mujer interesados en comprender cómo hemos llegado a este punto de la historia, provocando en el lector la oportunidad de reflexionar la propia vida, las percepciones, elecciones y aspectos de cada quién que ayudan a avanzar o perpetúan actitudes dañinas en nuestra convivencia.

Me gusta porque es equilibrado; sus argumentos no atacan al sexo masculino ni al femenino, reconociendo que la violencia existe en todos y la responsabilidad de un cambio y mejora inicia con la comprensión personal.

Por ser un texto necesario para iluminar un tema que causa escozores, Manifiesto contra el amor romántico es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

El dilema de la pareja #LibrosQueMeGustan

Infidelidad. ¿Quién quiere vivirla? ¿Qué motiva al tercero en discordia a involucrarse con alguien que tiene una relación? ¿Por qué una mujer satisfecha con su pareja en todos los sentidos, casada con un hombre guapo y exitoso, de repente tiene una aventura con el jardinero? ¿Por qué un hombre con una esposa tan hermosa como muñeca pierde el deseo sexual por ella y solo consigue recuperarlo con otra mujer, y menos agraciada? ¿Si sucedió en el mundo virtual es infidelidad?

Estas y muchas otras respuestas se encuentran en mi recomendación de hoy: El dilema de la pareja, de Esther Perel, terapeuta de parejas que ha recorrido el mundo con conferencias basadas en sus años de experiencia frente al diván.

Recomiendo este libro a quienes se van a casar, a quienes han batallado y sufrido tristeza patrocinada por la infidelidad, a los interesados en el comportamiento humano relacionado con la sexualidad. Como la autora lo aclara, no es un manual para superar una infidelidad, sino una serie de testimonios de personas de distintos países, nacionalidades y orientaciones sexuales para comprender este fenómeno con mayor apertura y aprender una manera nueva y más sana para relacionarse con él.

Porque al terminarlo mi alma suspiró de alivio al saber que no tiene nada de malo ser infiel hasta para leer, El dilema de la pareja es mi recomendación de este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan

Tiempos recios #ViernesDeLectura

Desde que leí La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, este autor ha sido uno de mis escritores favoritos. Mi gusto por sus historias creció al leer Pantaleón y las visitadoras, por eso al enterarme que había publicado una nueva novela la descargué en mi Kindle ni tarda ni perezosa. Fue así como llegué a Tiempos recios.

Tiempos recios cuenta diversas historias alrededor de un mismo hecho: el derrocamiento del presidente de Guatemala Jacobo Árvenz en 1954. Es una novela de conspiraciones internacionales, venganzas personales, hechos históricos mezclados con la ficción y personajes entrañables, como el de Martha Borero, una mujer fuera de serie que resulta ser el hilo conductor de varias de las historias.

La narración está estructurada con saltos temporales y geográficos. En este libro la verdadera protagonista es la naturaleza humana, que por ambición, sed de poder, avaricia puede transformar el destino de países enteros; lo único que hace el autor es colocar esa naturaleza en fragmentos de la vida de los personajes que narra, lo que la hace una novela de breves estampas que coincidieron en el tiempo y el espacio.

Tiempos recios no es mi novela favorita de Vargas Llosa. Está impecablemente escrita, al estilo del autor, pero me dejó sedienta de algunos desenlaces, que se quedan a la deriva; podría pensarse que al estar basada en hechos reales no hace falta que la ficción cierre todos los círculos, pero más bien me da la impresión de que hubo prisa en concluirla.

Aún así, me gusta que la narrativa no es lo que estoy acostumbrada de Mario Vargas Llosa, y eso lo aplaudo, porque animarse a innovar cuando ya eres una leyenda viviente tiene su mérito, Tiempos recios es el libro que recomiendo en este #ViernesDeLectura.

La palabra y los escritores #LibrosQueMeGustan

La entrevista es mi género periodístico favorito porque puede ser el más enriquecedor para ambos factores de la ecuación: entrevistador y entrevistado; si conjuntas pericia y profundidad de conocimiento del que pregunta, con inteligencia y sentido del humor de ambos, el resultado confecciona leyendas.

En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de este 2019, el sábado 7 de diciembre, se presentó el libro de uno de los entrevistadores más conocidos de México: La palabra y los escritores, de Sergio Sarmiento (aquí declararé interés particular en el autor, no nada más porque esta colaboración existe por su programa de radio).

La palabra y los escritores es un compendio de entrevistas a 16 escritores como José Saramago, Jesús Reyes Heroles, Rosa Montero, Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte, Xavier Velasco, Irvine Welsh y Mario Vargas Llosa. Todos ellos conversaron con Sarmiento en su famoso programa de televisión La entrevista, que se transmite desde hace 22 años y ha juntado en la misma pantalla tanto a políticos, presidentes y expresidentes, como empresarios y todo tipo de personajes que de alguna manera influyen con su vida u obra cierto momento de la historia.

La característica principal de este libro es que en las entrevistas el lector encontrará no nada más declaraciones hechas y datos, sino la parte humana de los autores de libros, historias de la creación de sus protagonistas, sino procesos creativos y fuertes revelaciones.

Uno de los aspectos que resulta más enriquecedor es que en algunos casos aparecen más de dos conversaciones con el mismo autor con cinco, diez o más años de diferencia, lo que te permite ser testigo del crecimiento, la madurez y las modificaciones a las que todo ser humano está sometido en su transitar por la vida.

Por ser un documento histórico, literario y periodístico que garantiza al lector diversos ratos de entretenimiento, cultura y palabras precisas, La palabra y los escritores es mi recomendación este #ViernesDeLectura en #LibrosQueMeGustan.

Vivir Adrede #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura voy a hablarles de una joyita del escritor uruguayo Mario Benedetti, uno de los más populares de América Latina: su libro Vivir Adrede, un conjunto de breves ensayos que es una muestra de la sabiduría que el ser humano adquiere conforme transita por la vida.

En textos muy breves y contundentes divididos en Vivir y Adrede, esta obra nos cuenta en prosa que roza la poesía el punto de vista del autor acerca de cosas, objetos y asuntos varios, tales como el miedo, fulgores, sobre suicidios, los dioses y hasta picazones y rascacielos. Cada uno es entrañable por su equilibrio entre los suspiros y las risas que provoca en el lector.

Al final encontramos 83 «Cachivaches», aforismos e historias de apenas unas líneas con el mismo toque de solemnidad y humor que los hace inolvidables, como «Los ascensores suben al décimo piso y luego vuelven a planta baja, pero nadie los llama descensores».

Porque para mí fue un hallazgo y mucho deleite Vivir Adrede, de Mario Benedetti es mi recomendación de esta semana en #LibrosQueMeGustan

Carta abierta a la mujer que me acosó durante 16 meses y amenazó mi integridad y la de mis hijos

“La vida se encoge o expande en proporción al coraje de uno”.

Anaïs Nin

Estimada mujer,

En abril de 2018 irrumpiste en mi vida. Primero en forma de mensajes insultantes, después intentando sabotear mis redes sociales, luego con amenazas a mi integridad y la de mi hija de nueve años. Esto no es algo que deba contarte, tú sabes que cuando llegabas al trabajo, a la hora de la comida y en ocasiones antes de irte te dedicabas a revisar qué había escrito en Twitter y Facebook, buscar en tu repertorio de insultos los que mejor se acomodaran a mis publicaciones e invertir tu tiempo y energía en hacerme saber tus opiniones sobre mi forma de vestir, mi edad, mi trabajo, mi vida privada.

No es sencillo abrir todos los días el correo electrónico y encontrarte una mentada de madre más, mucho menos cuando había días en que eran cinco, ocho, trece, dieciocho, veinticinco. Lo que nunca entendiste es que eso que me decías a mí en realidad lo pensabas sobre ti misma. Como dijo la gran Anaïs Nin: “No vemos las cosas como son, las vemos como somos nosotros”.

Soy escritora, persona pública (y púbica, no es ningún secreto), escribo de erotismo, de sexo, y entiendo que esos temas generan cierto escozor en algunas personas. Tengo bien claro que no soy perfecta, que como todas las personas he cometido muchos errores, pero tengo esa misma certeza para saber que a ti solo te he dado mi cariño, gratitud, sonrisas; contigo solo he compartido risas, abrazos, cordialidad, y justo por eso al enterarme que eres tú quien estuvo detrás de esa pantalla con la intención de lastimarme entré en una vorágine de emociones encontradas: tristeza, rabia, decepción, incredulidad.

No sé qué te motivó a hacerlo. No sé por qué eliges vivir de esa manera, atacando al prójimo por puro deporte, por puro resentimiento, por pura envidia. O porque no tienes nada mejor qué hacer. Pero no lo creo. La mujer que tú eres y yo conozco es una profesionista exitosa, con un trabajo estable, un matrimonio feliz, una gran familia que ha tenido en la unión y el respeto los máximos atributos; la mujer con la que crecí es bella, con unos ojos espectaculares y un cuerpo exuberante que roba miradas y detiene el tráfico.

Por eso hoy quise escribirte, para recordarte que los rencores que guardamos nos lastiman a nosotros, no a quienes los reciben, que los malos deseos nos rebotan y terminan dañándonos más a nosotros que a quienes teníamos la intención de quitarle el sueño.

Hoy quiero decirte mil cosas, pero la principal es recordarte esa increíblemente preciosa e inteligente mujer que eres, la que bailaba más sexy en las fiestas, la que sonreía con felicidad y frescura, la que fue tan lista que esperó a casarse hasta que se supo segura, decidida y convencida, a pesar de tener una lista de pretendientes extensa. La que tiene trabajando tantos años en la misma empresa porque es alguien valorada y querida por propios y extraños.

En octubre del año pasado puse una denuncia ante la Procuraduría General de la República (hoy Fiscalía General de la República). Lo hice porque de pronto tus mensajes de odio comenzaron a ser amenazas. Tú bien sabes que tengo dos hijos, una niña y un niño. Lo sabes porque los conoces. También sabes que soy divorciada. Lo sabes porque fuiste a mi boda, porque fui a tu boda con mi marido, porque al separarme le conté a todos lo sucedido.

Tú aprovechaste esa información para hacerme daño, para crear miedo, para provocar que yo dejara de ser quien soy. Pero eso es imposible. A pesar del temor, yo seguí haciendo mi vida, continué publicando mis poemas, mis fotos, todo como si nada sucediera. Lo hacía con miedo, claro, pero continuaba. Y la denuncia avanzaba.

No sé qué te sucedió para amenazar con violar y matar a una niña de nueve años solo por la ocupación de su madre. Claro que cumpliste tu objetivo de provocarme miedo, culpa, todo lo que querías… pero no contaste con que parte de mi mensaje hacia las mujeres es de fuerza, independencia, contra la violencia, y por eso no podía dejar de denunciar a quien resultara responsable. Tampoco sabías que soy la persona más miedosa que conozco, pero que el miedo a mí me sirve de gatillo: soy una miedosa muy valiente.

Hoy reconozco el trabajo de todos los Ministerios Públicos que me escucharon, de los fiscales de la FGR que hicieron su trabajo de forma tan impecable que logramos dar contigo mediante los recursos materiales y humanos con los que ellos cuentan. Hoy me siento un poco más segura en las calles, en mi propia casa porque ellos adquirieron el compromiso de llegar hasta el fondo del asunto, y lo lograron.

Ignoro cómo terminará todo esto. De corazón deseo que sea de la mejor manera posible. Creo que en el mundo hay tanta porquería que necesitamos evitar más violencia de todas las formas que estén a nuestro alcance, procurar que el camino esté adornado con armonía y libertad.

También ignoro cómo terminar esta carta, por eso solo voy a agradecerte por haberme hecho recordar mi fuerza, mi tenacidad, mi capacidad de enfrentar las dificultades de la vida con dignidad y coraje. Gracias por hacerme ver de nueva cuenta que uno decide cómo utiliza lo negativo para aprender y crecer.

Mónica Soto Icaza

Diciembre 1, 2019.

 

Foto: Artem Beliaikim

Frida Kahlo #homenaje

“Yo quiero construir. Pero no soy sino una parte insignificante pero importante de un todo del que todavía no tengo conciencia.”

Frida Kahlo

 

Rebelde por naturaleza y apasionada de la vida. Así fue Frida Kahlo, una de las mujeres más influyentes en la historia de nuestro país. Podría asegurar que es hoy en día el rostro femenino más evocado en el imaginario universal cuando se escucha la palabra “México”.

Para las mujeres mexicanas Frida es más que una representante de nuestro arte, y es definitivamente mucho más que la esposa de Diego Rivera. Para nosotras su nombre es sinónimo de libertad, de oportunidad, de trascendencia. ¿Cómo no ser fuente de inspiración, si en 1922 fue una de las 35 mujeres de entre dos mil alumnos del sexo masculino de la Preparatoria Nacional de México?

Su famosa frase “¿Pies, para qué los quiero, si tengo alas para volar?” es un reflejo de su espíritu guerrero. Después de haber sufrido poliomelitis en la infancia, y el terrible accidente que la paralizó durante meses, a los 18 años, pudo haber escrito una historia muy distinta para su propia vida. Pero ella optó por lo extraordinario.

“Todo puede tener belleza, aún lo más horrible”, dijo. Y vaya que hablaba con conocimiento de causa. ¿Habrá alguna vez imaginado que lo peor que le había sucedido, terminaría haciéndola trascender al tiempo? Su amor y pasión por el gran compañero de su vida, Diego Rivera, también la coloca entre los amores épicos del mundo, como el de Sartré y Beauvoir, Helena y Paris, Marco Antonio y Cleopatra… A Diego le escribió cartas arrebatadas, sin censura, vivía su relación como lo más hermoso y lo más terrible, pero lo que quiero rescatar es esa franqueza ante la vida que ojalá nos atreviéramos a experimentar para disfrutar del gozo que representa despertar cada día.

Cito un fragmento de una carta: “Mi amor, hoy me acordé de ti. Aunque no lo mereces tengo que reconocer que te amo. Cómo olvidar aquel día cuando te pregunté sobre mis cuadros por vez primera. Yo chiquilla tonta, tú gran señor con mirada lujuriosa…”

Definitivamente los grandes amores hacen milagros, y así, entre los dos mayores accidentes de su vida, encontró su camino. Pasaba tanto tiempo acostada que empezó a pintar; pasaba tanto tiempo pintando sola que comenzó a pintarse a sí misma. Su gesto en los autorretratos era siempre duro, sus imágenes impactantes, de interpretaciones tan diversas como existen criterios, como se pueden encontrar puntos de vista. ¿Quién no se ha parado frente a “Las dos Fridas” buscando algo nuevo? ¿Quién no lo ha encontrado?

Para André Bretón “El trabajo de Frida Kahlo es la mecha de una bomba”. Al conocerse, la invitó a París a exponer. A esto Frida respondió: “Realmente no sé si mis pinturas son surrealistas, pero sí sé que son la más franca expresión de mí misma, sin tomar jamás en consideración ni juicios ni prejuicios de nadie. He pintado poco, sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción de, antes que todo, darme gusto y después poder ganarme la vida con mi oficio”. Y más adelante apuntó: “Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad”.

Tanto significa para las mujeres mexicanas porque rompió estereotipos. Su libertad nos liberó a todas. Su arrojo nos puso a todas un pie al borde del abismo. El testimonio de su vida nos hizo saber que hasta lo imposible puede cambiar de realidad, porque fue la primera artista mexicana en exponer su obra en el Museo de Louvre.

Termino con una de las últimas frases que escribió en su diario antes de morir:

“Recuerda que cada (tic tac) es un segundo de la vida que pasa y que no se repite, hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que sólo es el problema de saberla vivir. Que cada uno la resuelva como pueda”.

Definitivamente en su presente, Frida se pintó alas para el futuro.

 

Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

De lo humano, lo secular y lo serio

Claro que un día no es nada más que un día, una consecución común y corriente de horas y tonos de luces en el cielo. Claro que el cielo no es nada más que el cielo, vapor de agua y atmósfera que lucha por su supervivencia contra la mierda humana. Claro que la gente es lo más común que existe, hay más de siete mil quinientos millones de nosotros jodiendo al prójimo por asuntos que al fin de cuentas se evaporan para formar parte de los grandes conflictos de la sociedad.

Por eso no pasa nada si tú o yo nos morimos mañana, salvo algunas personas que nos aman, los demás dirán “qué lástima, (ponga el nombre aquí) era tan buena gente”, y continuarán lavando la loza del desayuno y jalando la palanca del escusado día tras día. Porque sí: un día no es nada más que un día, luces, sombras y algunos matices a veces, como un atardecer que las nubes confeccionaron con un encanto involuntario, y a algunos provoca cierto asombro.

Claro que un amanecer no es más que un fenómeno de dispersión de la luz. Pero también es lo que obliga a levantarse de la cama para bien pasar o mal transitar la jornada, que corresponde a equis número de mediodías de la existencia en la que deberemos sobrevivir mientras resolvemos las cuestiones que aderezan con dulzura o salan el lugar del cerebro donde se alojan los recuerdos que, esto sí no maravilla a nadie, también morirán cuando nos hayamos ido.

Entonces aquí estamos: preocupados por cuestiones como si el vecino fue poco amable esta tarde, si el niño no hizo la tarea o si tenemos el corazón roto, mientras el mundo se prepara para reemplazarnos por otro individuo con sus propios problemas, enojos y metas por cumplir.

Y nosotros tomándonos tan en serio.

 

Mónica Soto Icaza

Marzo de 2019