Carta abierta a la mujer que me acosó durante 16 meses y amenazó mi integridad y la de mis hijos

“La vida se encoge o expande en proporción al coraje de uno”.

Anaïs Nin

Estimada mujer,

En abril de 2018 irrumpiste en mi vida. Primero en forma de mensajes insultantes, después intentando sabotear mis redes sociales, luego con amenazas a mi integridad y la de mi hija de nueve años. Esto no es algo que deba contarte, tú sabes que cuando llegabas al trabajo, a la hora de la comida y en ocasiones antes de irte te dedicabas a revisar qué había escrito en Twitter y Facebook, buscar en tu repertorio de insultos los que mejor se acomodaran a mis publicaciones e invertir tu tiempo y energía en hacerme saber tus opiniones sobre mi forma de vestir, mi edad, mi trabajo, mi vida privada.

No es sencillo abrir todos los días el correo electrónico y encontrarte una mentada de madre más, mucho menos cuando había días en que eran cinco, ocho, trece, dieciocho, veinticinco. Lo que nunca entendiste es que eso que me decías a mí en realidad lo pensabas sobre ti misma. Como dijo la gran Anaïs Nin: “No vemos las cosas como son, las vemos como somos nosotros”.

Soy escritora, persona pública (y púbica, no es ningún secreto), escribo de erotismo, de sexo, y entiendo que esos temas generan cierto escozor en algunas personas. Tengo bien claro que no soy perfecta, que como todas las personas he cometido muchos errores, pero tengo esa misma certeza para saber que a ti solo te he dado mi cariño, gratitud, sonrisas; contigo solo he compartido risas, abrazos, cordialidad, y justo por eso al enterarme que eres tú quien estuvo detrás de esa pantalla con la intención de lastimarme entré en una vorágine de emociones encontradas: tristeza, rabia, decepción, incredulidad.

No sé qué te motivó a hacerlo. No sé por qué eliges vivir de esa manera, atacando al prójimo por puro deporte, por puro resentimiento, por pura envidia. O porque no tienes nada mejor qué hacer. Pero no lo creo. La mujer que tú eres y yo conozco es una profesionista exitosa, con un trabajo estable, un matrimonio feliz, una gran familia que ha tenido en la unión y el respeto los máximos atributos; la mujer con la que crecí es bella, con unos ojos espectaculares y un cuerpo exuberante que roba miradas y detiene el tráfico.

Por eso hoy quise escribirte, para recordarte que los rencores que guardamos nos lastiman a nosotros, no a quienes los reciben, que los malos deseos nos rebotan y terminan dañándonos más a nosotros que a quienes teníamos la intención de quitarle el sueño.

Hoy quiero decirte mil cosas, pero la principal es recordarte esa increíblemente preciosa e inteligente mujer que eres, la que bailaba más sexy en las fiestas, la que sonreía con felicidad y frescura, la que fue tan lista que esperó a casarse hasta que se supo segura, decidida y convencida, a pesar de tener una lista de pretendientes extensa. La que tiene trabajando tantos años en la misma empresa porque es alguien valorada y querida por propios y extraños.

En octubre del año pasado puse una denuncia ante la Procuraduría General de la República (hoy Fiscalía General de la República). Lo hice porque de pronto tus mensajes de odio comenzaron a ser amenazas. Tú bien sabes que tengo dos hijos, una niña y un niño. Lo sabes porque los conoces. También sabes que soy divorciada. Lo sabes porque fuiste a mi boda, porque fui a tu boda con mi marido, porque al separarme le conté a todos lo sucedido.

Tú aprovechaste esa información para hacerme daño, para crear miedo, para provocar que yo dejara de ser quien soy. Pero eso es imposible. A pesar del temor, yo seguí haciendo mi vida, continué publicando mis poemas, mis fotos, todo como si nada sucediera. Lo hacía con miedo, claro, pero continuaba. Y la denuncia avanzaba.

No sé qué te sucedió para amenazar con violar y matar a una niña de nueve años solo por la ocupación de su madre. Claro que cumpliste tu objetivo de provocarme miedo, culpa, todo lo que querías… pero no contaste con que parte de mi mensaje hacia las mujeres es de fuerza, independencia, contra la violencia, y por eso no podía dejar de denunciar a quien resultara responsable. Tampoco sabías que soy la persona más miedosa que conozco, pero que el miedo a mí me sirve de gatillo: soy una miedosa muy valiente.

Hoy reconozco el trabajo de todos los Ministerios Públicos que me escucharon, de los fiscales de la FGR que hicieron su trabajo de forma tan impecable que logramos dar contigo mediante los recursos materiales y humanos con los que ellos cuentan. Hoy me siento un poco más segura en las calles, en mi propia casa porque ellos adquirieron el compromiso de llegar hasta el fondo del asunto, y lo lograron.

Ignoro cómo terminará todo esto. De corazón deseo que sea de la mejor manera posible. Creo que en el mundo hay tanta porquería que necesitamos evitar más violencia de todas las formas que estén a nuestro alcance, procurar que el camino esté adornado con armonía y libertad.

También ignoro cómo terminar esta carta, por eso solo voy a agradecerte por haberme hecho recordar mi fuerza, mi tenacidad, mi capacidad de enfrentar las dificultades de la vida con dignidad y coraje. Gracias por hacerme ver de nueva cuenta que uno decide cómo utiliza lo negativo para aprender y crecer.

Mónica Soto Icaza

Diciembre 1, 2019.

 

Foto: Artem Beliaikim

Frida Kahlo #homenaje

“Yo quiero construir. Pero no soy sino una parte insignificante pero importante de un todo del que todavía no tengo conciencia.”

Frida Kahlo

 

Rebelde por naturaleza y apasionada de la vida. Así fue Frida Kahlo, una de las mujeres más influyentes en la historia de nuestro país. Podría asegurar que es hoy en día el rostro femenino más evocado en el imaginario universal cuando se escucha la palabra “México”.

Para las mujeres mexicanas Frida es más que una representante de nuestro arte, y es definitivamente mucho más que la esposa de Diego Rivera. Para nosotras su nombre es sinónimo de libertad, de oportunidad, de trascendencia. ¿Cómo no ser fuente de inspiración, si en 1922 fue una de las 35 mujeres de entre dos mil alumnos del sexo masculino de la Preparatoria Nacional de México?

Su famosa frase “¿Pies, para qué los quiero, si tengo alas para volar?” es un reflejo de su espíritu guerrero. Después de haber sufrido poliomelitis en la infancia, y el terrible accidente que la paralizó durante meses, a los 18 años, pudo haber escrito una historia muy distinta para su propia vida. Pero ella optó por lo extraordinario.

“Todo puede tener belleza, aún lo más horrible”, dijo. Y vaya que hablaba con conocimiento de causa. ¿Habrá alguna vez imaginado que lo peor que le había sucedido, terminaría haciéndola trascender al tiempo? Su amor y pasión por el gran compañero de su vida, Diego Rivera, también la coloca entre los amores épicos del mundo, como el de Sartré y Beauvoir, Helena y Paris, Marco Antonio y Cleopatra… A Diego le escribió cartas arrebatadas, sin censura, vivía su relación como lo más hermoso y lo más terrible, pero lo que quiero rescatar es esa franqueza ante la vida que ojalá nos atreviéramos a experimentar para disfrutar del gozo que representa despertar cada día.

Cito un fragmento de una carta: “Mi amor, hoy me acordé de ti. Aunque no lo mereces tengo que reconocer que te amo. Cómo olvidar aquel día cuando te pregunté sobre mis cuadros por vez primera. Yo chiquilla tonta, tú gran señor con mirada lujuriosa…”

Definitivamente los grandes amores hacen milagros, y así, entre los dos mayores accidentes de su vida, encontró su camino. Pasaba tanto tiempo acostada que empezó a pintar; pasaba tanto tiempo pintando sola que comenzó a pintarse a sí misma. Su gesto en los autorretratos era siempre duro, sus imágenes impactantes, de interpretaciones tan diversas como existen criterios, como se pueden encontrar puntos de vista. ¿Quién no se ha parado frente a “Las dos Fridas” buscando algo nuevo? ¿Quién no lo ha encontrado?

Para André Bretón “El trabajo de Frida Kahlo es la mecha de una bomba”. Al conocerse, la invitó a París a exponer. A esto Frida respondió: “Realmente no sé si mis pinturas son surrealistas, pero sí sé que son la más franca expresión de mí misma, sin tomar jamás en consideración ni juicios ni prejuicios de nadie. He pintado poco, sin el menor deseo de gloria ni ambición, con la convicción de, antes que todo, darme gusto y después poder ganarme la vida con mi oficio”. Y más adelante apuntó: “Creían que yo era surrealista, pero no lo era. Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad”.

Tanto significa para las mujeres mexicanas porque rompió estereotipos. Su libertad nos liberó a todas. Su arrojo nos puso a todas un pie al borde del abismo. El testimonio de su vida nos hizo saber que hasta lo imposible puede cambiar de realidad, porque fue la primera artista mexicana en exponer su obra en el Museo de Louvre.

Termino con una de las últimas frases que escribió en su diario antes de morir:

“Recuerda que cada (tic tac) es un segundo de la vida que pasa y que no se repite, hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que sólo es el problema de saberla vivir. Que cada uno la resuelva como pueda”.

Definitivamente en su presente, Frida se pintó alas para el futuro.

 

Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

Lo que he desaprendido con esta nueva vida

Hace tres años deconstruí mi vida.

En la tarea de volver a armarme tuve que hacer un análisis muy profundo de todos aquellos aspectos de mi educación que ya no me servirían, aspectos tan profundos que tuve que conocer los límites de mi interior para hacerlos conscientes y conseguir una transformación profunda.

Hoy quiero compartirlos contigo, porque cuando la vida ya no fluye, cuando ya no funcionan las rutinas, las antiguas creencias, es necesario desaprenderlas para dar lugar a luces nuevas, a un camino distinto que te llevará a lugares insospechados, pero diferentes y te moverán hacia un sitio mejor.

Lo principal que he desaprendido hasta este momento es:

  1. No puedes hacer lo que se te dé la gana. ¡Claro que puedes! No quiere decir que no tengas obligaciones, quiere decir que lo que haces es una convicción, y las convicciones nacen de los objetivos claros. La persona que vive la vida dentro de tu piel eres tú, sólo tú.
  2. No existe la libertad. Se puede ser libre y estar acompañado, tener una pareja igual de libre que tú. Dos personas satisfechas con su vida construyen una relación feliz, que es campo fértil para crecer y crear.
  3. Las obligaciones implican sacrificio. La idea del sacrificio es victimista y provoca que haya una dosis de sufrimiento en lo que hacemos, cuando en realidad todo es cuestión de la actitud que tomes ante el trabajo, la rutina diaria, los hijos, la pareja: la cotidianidad. Si la vida es una consecución ininterrumpida de días que son prácticamente iguales, hay que hacer lo que uno ama y gozar el tiempo en el aquí y el ahora.
  4. Si eres una mujer inteligente y decidida, los hombres te van a tener miedo. Es simple: una mujer inteligente y decidida tiene la pareja que quiere, y esa pareja valora la importancia de las ideas y decisiones tuyas, porque valora las suyas.
  5. Finge demencia y hazte la inútil para que tu pareja sienta que sí lo necesitas. Esta es otra de las caras del victimismo, culpable de que nuestro amor propio sea relativo, así como relativa se vuelve nuestra relación. El victimismo es una enfermedad muy arraigada en nuestra cultura, muy sencilla de adoptar porque así nada de lo que hacemos resulta ser nuestra responsabilidad. Pero ser la víctima te quita la oportunidad de elegir con libertad. Alguien que se queja de todo, pero no toma acción sobre lo que le sucede, sencillamente deja que la consecución de días y noches suceda en su paso por la vida, sin ser un agente de transformación ni propio ni para los demás. Y tu vida, con todos los segundos que contiene, es sólo tuya.

Cuando eres una mujer libre, que ha decidido construir y transitar su propio camino, encontrarás la mayor resistencia en las personas que se han acostumbrado a una felicidad mediocre, y por eso ven como enemigas a quienes sí tienen la valentía de elegir cómo y con quién quieren vivir.

Tú no te conformes con menos de lo que deseas.

Mónica

Cicatrices. Una disertación sobre el desamor. #relato

Me vacié de casa. Empecé por los libros, la computadora; llené tres bolsas con mis vestidos y una valija con rencores añejos. Abrí cajones. De ellos separé la basura de las memorias, y convertí en desechos algunos de esos recuerdos.

Cuando eres feliz en un sitio esas paredes absorben partículas de tus fragmentos, hasta que te derrumbas y en la reconstrucción ya no puedes precisar quién posee a quién.

Todas las historias de amor son dignas de contar. No importa si conociste al sujeto de tu afecto por medio de una coincidencia épica, si fue amor a primera vista o un golpe de suerte, cada vuelta de tuerca, revolución o circunvolución para que dos personas se encuentren modifica para siempre el devenir del mundo.

Pero aún más dignas de contar son las historias de desamor: en ellas habitan las cicatrices —únicas, indivisibles y legendarias— que hablarán por nosotros en la mesa de autopsias, como el mapa infalible de cada existencia.

El camino del libro: de la creación a las manos del lector #noficción

Mi conducta de lector, tanto en mi juventud como en la actualidad, es profundamente humilde. Es decir, te va a parecer quizá ingenuo y tonto, pero cuando yo abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo; es decir, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso.

Julio Cortázar

 

Los libros son tan únicos como los seres humanos. El escritor argentino Jorge Luis Borges escribió: “de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. La riqueza literaria es aún mayor, una persona puede escribir varios libros y multiplicar pensamientos.

El principio de todo es una ocurrencia. Un día, estás inocentemente caminando por la calle, en la fila del banco, trabajando en tu oficina o teniendo un descanso reparador sobre tu cama y, de pronto, aparece la idea. Primero, tal vez, te mire tímida desde el rabillo del ojo, pero conforme le inspiras confianza, se va mostrando entera, hasta que toma posesión de tu ser durante semanas, meses e incluso años.

Convives con ella y juntos crean alquimia, convierten las palabras en combinaciones únicas; en ocasiones se odian, a veces se aman, pero no pueden abandonarse. Así, un día tras otro, con una fidelidad sin precedentes, inseparables, llegan a la meta: un texto que merece compartirse.

No hay un proceso creativo igual a otro. Algunos esperan a la caprichosa inspiración, otros la persiguen con trabajo constante, y otros creen que nacieron con ese talento. Pero, sin duda, ser un buen lector es importante para convertirse en un buen escritor.

Aquel texto que ya existe, fruto del idilio entre el escritor y las palabras, necesita entonces un acta de nacimiento que precise quién es su padre o madre intelectual. Es momento de pasar del trabajo creativo al mundano; se visita la oficina de registro de obra (Instituto Nacional del Derecho de Autor), para proteger al recién nacido de quienes pretendieran apropiarse de su origen.

Ya con el texto bajo un brazo y el certificado de registro bajo el otro, el escritor busca alternativas de publicación. La elección del editor es compleja y delicada: como será una relación estrecha y a largo plazo, ambos deben conocerse para saber si pueden convivir y trabajar de forma fluida y agradable. Así como el editor busca libros que le hagan ganar prestigio y dinero, el autor debe encontrar a quien le ofrezca el mejor balance entre costo y beneficio para potenciar al máximo los recursos que ya ha invertido en su producción.

Después de tocar puertas y entrar volando por algunas ventanas, ¡al fin! El escritor conoce al editor perfecto, quien lo invita a su casa editorial para platicar sobre las condiciones de la unión. Viene la lectura del contrato y la comprensión de todos los puntos que incluye: es una póliza de seguro para un futuro sonriente. Negociación. Firma. Apretón de manos.

Las letras transmutan en mercancía, en conceptos como edición y corrección de estilo. Primero, los archivos pasan a la pantalla del editor experto, quien ajusta la anécdota de ser necesario, retoca los personajes, revisa la temporalidad, pule todo lo posible para sacarle al texto las mejores formas (edición de contenido). Después, el libro brinca a los ojos de un profesional del idioma para transformarse en pulcritud de ortografía y sintaxis (edición técnica). Profesionales y escritor trabajan juntos. El objetivo: que ideas y anécdotas conserven fidelidad al original, sin errores.

El texto, perfumado como para una cena de gala, va al departamento de diseño. Ahí, junto con el editor y en ocasiones el autor, se encargan de construir el rostro que mejor hable de acuerdo con lo que el libro quiere compartir; se hacen pruebas, lluvia de ideas, propuestas y, después de considerar a los lectores, a los miles de libros en las librerías y de soñar con romper las expectativas de ventas, se define la portada con la que todos lo conocerán a partir de ese momento; también se forman las páginas interiores.

Estas tareas se llevan a cabo conforme el estilo de la editorial y la imagen de la colección en la que el texto se publicará; es importante precisar que hay diferentes tamaños de libros: de bolsillo [11×17 centímetros], tamaño trade[16×23 centímetros], media carta [14×21], y muchos más.

El libro, ya peinado para la ocasión, se convierte en archivos digitales impresos y aparece en escena el corrector de pruebas, encargado de revisar con lupa palabra por palabra, línea por línea, párrafo por párrafo, página por página. Sobre este personaje recae una gran responsabilidad, es el último en poder registrar correcciones antes de imprimir.

El corrector de pruebas busca errores de dedi y de hortografía, que no falen letras, incluso que el tipo y tamaño de letra sean uniformes; también revisa formato, márgenes, gráficas, líneas, fotografías e ilustraciones. En pocas palabras, cuida que todos los involucrados no se hayan equivocado.

El libro pasa entonces a los talleres de impresión, donde tintas y papel danzarán bajo manos expertas para convertir las ideas y el trabajo en grandes pliegos de colores que serán doblados y encuadernados (hay encuadernado rústico [cosido y pegado, o sólo pegado, con pasta blanda] y encuadernado en pasta dura [también se llama cartoné]).

La impresión es uno de los pasos más delicados porque cualquier error puede costar mucho tiempo, dinero y esfuerzo (y por qué no decirlo, también algunos empleos).

Mientras el libro está en proceso de materialización, empieza a funcionar el plan de mercadotecnia en los medios de comunicación tradicionales y digitales considerados en el presupuesto. La editorial, mediante el departamento de mercadotecnia y ventas trabajan para hacer la mayor difusión posible. Llega un nuevo libro y los lectores tienen que saberlo.

Cualquier hora de cualquier día es maravillosa para recibir LA llamada con la noticia que el escritor espera durante meses: al fin puede tener en sus manos el resultado de tanto esfuerzo y tantas ilusiones. Al fin puede hojear y percibir sus propias palabras en el aroma del papel y la tinta volcadas en libro.

Con esta aparición comienza otra etapa de la aventura. Se lleva a cabo una presentación: en alguna librería, biblioteca, centro cultural u otros lugares como tiendas, cafeterías, cantinas y restaurantes, según los límites de la creatividad y de las normas editoriales. La presentación es como la fiesta de XV años en la que el libro se lanza a la sociedad y los medios de comunicación son convocados.

A partir de cada presentación, el libro se convierte en moneda al aire con posibilidades infinitas. Llega a las mesas de novedades de las librerías, se convierte en protagonista de conversaciones, críticas y situaciones sorprendentes, propicia innumerables entrevistas a los autores y un sinfín de actividades.

La única manera de saberlo es iniciar la aventura y esperar a que suceda la magia…

 


  • Este texto forma parte de mi ensayo Libera tus libros: el arte de hacer y vender libros en México (2017). Si te interesa el libro completo puedes adquirirlo en físico (y dedicado) aquí:

Libera tus libros

¿Quién no ha pensado alguna vez escribir un libro?, ¿quién no ha soñado con publicar lo que ha escrito?, ¿quién no ha querido contarle algo al mundo? Libera tus libros es resultado de más de 15 años de trabajo en el mundo editorial mexicano. No es una autobiografía: constituye un manual con información, datos reales, golpes de suerte y paracaídas escrito en forma clara y concreta sobre todo lo relacionado con el mundo de los libros en este peculiar país. En estas páginas encontrarás desde los momentos que han transformado la historia del libro hasta recomendaciones legales para la firma de un contrato; temas como el funcionamiento de los diferentes tipos de editoriales, la forma en que ciertos libros se convierten en best sellers, pasando por los tipos de libros y las alternativas de publicación que han traído las nuevas tecnologías, entre otros asuntos de interés.

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Para decir adiós…

Hay días buenos para decir adiós. Días convenientes para despedirse, para continuar la vida sin ciertas cadenas. Hoy es uno de ellos: el cielo acumula agua en los lagrimales, la misma que esta mañana mis ojos sí convirtieron en tormenta.

Los días para decir adiós no suelen ser soleados, pero sí cálidos: así el viento se convierte en el par de brazos que la despedida esfumará del repertorio. Los días para decir adiós son irreversibles, más que los días para empezar; se quedan marcados en el calendario con tinta invisible para ojos ajenos, pero fluorescente para quien llevó a cabo la acción de desprenderse.

Los días para decir adiós son justo como hoy. Son esos que nos levantan los pies del suelo hacia direcciones y pupilas nuevas. Son días que borran el camino que vas dejando atrás e iluminan el sendero que aparece debajo de los pies mientras avanzas.

Los verdaderos días para decir adiós son caldo de cultivo para una despedida contundente, luminosa y sin retorno: como hoy.

 

Ama y Dueña de Mí

Desde hoy me doy cuenta

que así como me pertenecen mis tristezas,

también me pertenecen mis bendiciones.

 

Desde hoy decidiré cuándo llorar por ti,

sabiendo que puedo disfrutar de mi tristeza

sin remordimientos.

 

Desde hoy decidiré cuándo reír por mí,

sabiendo que puedo disfrutar de mi alegría,

también sin remordimientos.

 

Desde hoy viviré mis días como dueña de mis emociones,

abandonaré el traje de víctima.

 

Desde hoy regaré mis momentos con agua de belleza

y lluvia de gotas mágicas.

 

Desde hoy soy Ama de mis circunstancias

y Dueña de mis pensamientos.

Desde este momento Soy Ama y Dueña de Mí.

DESDE HOY Y PARA SIEMPRE.

 


Escribí este texto después de una experiencia muy amarga. Tenía enfrente el desamor personificado, así que en vez de rasgarme las vestiduras y darle energía e importancia a la situación que vivía, decidí que contrarrestaría lo terrible con poesía, la tristeza con hermosura,  lo trivial de un desengaño, con un compromiso eterno conmigo misma.

Así surgió no sólo este texto, sino mi novela Tacones en el armario, y a partir de ella, la obra que he ido desarrollando con los años.

Hoy sé que nada ni nadie me detiene y que conquistarme a mí es el mayor logro de mi existencia; lo demás ya son puras cerezas del pastel transformadas en guiños que hacen de mi paso por este mundo una serie de eventos deliciosos.

Gracias por leer mis líneas y así convertirte en parte de este gozo.


AMA Y DUEÑA DE MÍ. MÓNICA SOTO ICAZA

Confesiones de una mujer, mujer, mujer

El otro día salí con un prospecto de enamorado. Para rematar una bastante buena plática pronunció una sentencia que seguro consideró como un halago: “no eres como otras mujeres”.

Todo el camino de regreso sus palabras fueron rebotando en mi cerebro, hasta que llegando a casa me quité toda la ropa y me paré desnuda frente al espejo para buscar la diferencia a la que el susodicho se refería.

Después de un rato tuve que aceptar el fracaso: juro que tengo una cabeza, dos hombros, el consabido par de tetas, ombligo, cintura, pubis, cadera, piernas, pies… separé los muslos y con un espejito me escudriñé por dentro: clítoris, vulva, vellos, vagina. Todo en orden; nada de más ni nada de menos. Sólo una mujer.

Con mi desnudez expuesta frente a mí en la habitación del hogar en donde vivo sola, me puse a pensar en la cantidad de adjetivos que nos cuelgan y nos colgamos, como aretes, diademas, collares y toda clase de accesorios, para elevar o mermar nuestra autoestima, para “empoderarnos” o intentar hacernos creer que debemos luchar por todo, porque no nos pertenece por derecho y justicia.

Porque eso somos todas las integrantes del sexo femenino en este planeta tierra: sólo mujeres. Sin etiquetas, sin adjetivos: nada de “guerreras”. Ni “hermosas”. Ni “luchonas”. Ni “especiales” ni “comúnes”.

Ni “putas”, “atrastradas”, “frígidas”. Sin sentimientos de superioridad ni inferioridad. Ni “inteligentes” ni “tontas”.

Hay mujeres con oportunidades distintas, con realidades diversas, de edades diferentes, incluso con suerte favorecedora o no, porque nosotros no decidimos el lugar ni la situación en la que nacemos, y eso influye de manera determinante en el personal camino por el mundo.

Estoy harta de escuchar que entre mujeres nos destrozamos. De leer que una mujer se tenga que defender diciendo que es “pensante”. De seguir aceptando el término “minoría” para referirse a nosotras. De perpetuar la creencia de que no podemos trabajar juntas porque somos las primeras en traicionar a la otra. De pedir respeto y sean otras mujeres quienes se burlen. De permitir que otra persona nos ponga en rivalidad, ya sea por una posición, un empleo o por un hombre. Eso nos reduce a seres limitados, sin habilidades ni recursos personales suficientes para conquistar nuestras metas. Nada más lejano de la realidad.

Es momento de cambiar los discursos y afirmar de una vez por todas que no: no es un halago que nos digan que hacemos algo como hombres ni que somos mejores que otra mujer.

Hoy tenemos que aprender que los distintos tipos de feminismo, desde el más radical hasta el involuntario, a fin de cuentas aportan diferentes argumentos para lograr una mayor visión de la realidad y todos han sido necesarios para alcanzar este punto de la historia en el que las mujeres hemos alcanzado, además de otros derechos, el de levantar la voz y poner en evidencia las injusticias sin ser encarceladas por el marido ni lapidadas por la sociedad.

Seamos sin etiquetas, sin adjetivos. Las mujeres no necesitamos empoderarnos, y mucho menos que nos empoderen: ya poseemos ese poder desde el mismo momento que nacemos seres humanos; si acaso necesitamos algo, es recordarlo para ejercer sus prerrogativas con libertad.

 

¿Venganza? #cuento #Ámsterdam

Ámsterdam. Barrio rojo. Marihuana. Prostitutas. La recibe el cielo soleado. El viento frío. Sus ojos quieren sonreír ante tanta belleza, pero ella no lo hace. Debe estar triste. Se supone que cuando te rompen el corazón lo natural es la tristeza. Ella sólo piensa en venganza. Venganza estúpida: él jamás se enterará.

En el mapa abierto se dibuja el cuadro azul entre las calles Zeedijk, Damrak y Damstraat, detrás de la iglesia de San Nicolás de Bari –patrón de los marineros y las putas–, que el recepcionista del hotel marcó cuando ella preguntó dónde podía contratar una prostituée.

Camina por las calles empedradas, sobre múltiples puentes, entre canales, turistas, flores, restaurantes, bicicletas, coffee shops, con la mirada fija en el cielo. Se niega a disfrutar. El edificio de la Estación Central le roba la mirada, hace que llegue la incómoda sonrisa.

El viaje, planeado desde hacía meses, debía ser una segunda luna de miel; la celebración de su cuarto aniversario de bodas, pero se convirtió en platos rotos y bofetadas, en papeles firmados para finiquitar el matrimonio.

El asiento vacío junto al suyo en el avión le recordó todo el trayecto la conversación que acabó con su matrimonio: “voy a tener un hijo con Fulana”. Típico. Ojalá hubiera sido por alguna razón más sofisticada, pero no; era simplemente otra mujer, un hijo sorpresa: adiós planes. Porque a final de cuentas irse había sido su decisión, él quería conservarlas a las dos. ¿Con qué sentido? De golpe perdió al marido, la casa y las ilusiones.

Mira el letrero: “Live sex: hetero, homo, lesbian”. El siguiente local es un edificio bajo con tres vitrinas iluminadas de rojo. La primera tiene la cortina corrida; en la segunda una prostituta de lencería verde y rosa fluorescente la ve y con una sonrisa la invita a entrar. En la tercera la mujer textea en su celular. Da un paso atrás para mirar de nuevo a la chica fosforescente. Se le antoja el ombligo, la cintura, la cosquilla de su cabello en la cara. No se imagina haciendo el amor con otra mujer, pero esa rubia afina su idea de venganza.

Sigue caminando. Los edificios le ofrecen putas internacionales: asiáticas, latinas, europeas. Se detiene frente a una ventana. La chica del otro lado del vidrio la deja muda: alta, delgada, cabello negro. Ropa interior también negra, con un liguero anclado en la pierna derecha, cintura pequeñísima, pechos grandes. De unos 20 años. Decide que será ella.

Se acerca a la entrada. La mujer abre un poco la puerta y le pregunta de qué país viene. Ella responde “México”. Sonríe. El cristal se abre y ella da un paso adentro de un cuartito de tres por tres metros, con una cama de colcha roja en una esquina.

Paga por adelantado. Es la primera vez que compra sexo; es su primera mujer y el primer viaje a Ámsterdam. Ella creía que a su edad le quedaban pocas primeras veces, y ahí tiene tres al mismo tiempo.

Parálisis. Incertidumbre. Caricia.

Deshielo.

Piel despierta.

Torrente.

Uñas en las sábanas. En la espalda.

Grito.

Lágrimas.

Libertad.

Sale de ahí a la hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. Transita sobre los puentes como si sus huellas se hubieran convertido en una corriente distinta a la que pisaba hace unos segundos. Aprieta los párpados y cuando vuelve a abrirlos mira a su tristeza volar hacia un cielo dulce, como el nuevo aroma de su piel.


* Este cuento forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

Oda a las tetas…

Me deshice del sujetador un jueves. Di una conferencia sobre paz interior para una universidad de normalistas en el Estado con más habitantes del país, ocasión para la que elegí un jumpsuit negro con la parte superior blanca, escote pronunciado y espalda abierta, a usar, obviamente, sin brasier.

Parecería una historia normal: alguien que se compra una prenda bonita para un momento especial, en el que deberá sacrificar algo de comodidad en pos de la belleza y de no perder el estilo. El sostén es ropa interior y prefiero tener los pechos al aire, que dejarlo a la vista.

Meses antes me parecía algo impensable salir a la calle sin esa herramienta de seducción, por el simple hecho de que mis antes firmes y erguidas tetas, con la proporción adecuada con mi cuerpo, obedecieron la ley de gravedad y sucumbieron ante las bocas de mis lindos hijos, quienes absorbieron de ellas leche, seguridad y vida, dejándolas en una posición de reposo y comodidad que yo tardé años en adoptar con el amor necesario para mirarme al espejo y sonreír sin pensar en inconformidades ni cirugías estéticas.

El camino hacia la recuperación del amor por mis hermosos pechos empezó en junio del año antepasado. Me invitaron a un cocktail, para lo que me compré un vestido negro. Tenía la falda muy vaporosa, corta de enfrente, larga de atrás y una blusa transparente, con cierre en la espalda, los costados descubiertos. Lo vi colgado en la tienda y me lo probé, no con la intención de adquirirlo, sino de satisfacer mi curiosidad, pero en cuanto me miré en el espejo supe que debía llevármelo: era el más original que había visto en mi vida, y a mí siempre me ha gustado lo excéntrico.

El problema era que debía ir sin brasier. Entonces compré unas copas de gel color carne que se quedan sujetas a mis tetas con un potente adhesivo y en cuya etiqueta recomiendan usar un máximo de seis horas seguidas, para evitar “reacciones adversas en la piel”. Me puse las copas y el vestido, y soñada (expresión que usamos los mexicanos para decir que nos sentimos muy satisfechos con el resultado de nuestro arreglo personal o algún logro profesional) me dirigí hacia el lujoso y alto edificio donde daría lugar tal acontecimiento.

Claro que llamé la atención, parecía “un ángel muy sexy y muy negro”. Conversé, escuché los discursos correspondientes, tomé vino tinto, fui sintiendo conforme pasaba la noche cómo las copas pesaban cada vez más y la comezón aparecía.

Al llegar a casa lo primero que hice fue quitarme el vestido. Quedé parada frente al espejo de cuerpo entero. Lo que veía era mi cabello muy largo y muy liso, con algunos caireles que caían por aquí y por allá; mi rostro con los ojos enormes, maquillados con delineador oscuro; el cuello limpio, mis bragas de satín y encaje negros; mis piernas con el liguero donde coloqué el móvil y las llaves de la casa, y en mis pechos las copas de gel.

En ese instante descubrí lo que sobraba en la imagen, y eran esas dos cosas que intentaban emular la textura de mi piel debajo de ellas, pero a las que les faltaba el color café claro de mis pezones y sobre todo, el rastro de cada uno de los días que he disfrutado de estas dos tetas (*se pone las manos sobre ellas, con sutileza y fuerza*), sanas y perfectas, que claro que han cambiado con el tiempo, pero son las únicas que tengo.

Al liberarme del sujetador me liberé de más que de un pedazo de tela, resorte y encajes. Entendí que un par de tetas son mucho más que fuente de vida infantil y por supuesto, mucho más que armas de seducción adulta, son también testimonios de miedos superados, de empatía y lucha femenina.

Me deshice de expectativas ajenas, ignoré convenciones sociales, entré en una fase de mi vida en la que reconozco en mis transformaciones y cicatrices todos los milagros que han coincidido conmigo en el tiempo y el espacio, haciendo de mi tránsito por la vida una historia única, maravillosa y divertida.

Grab my happiness!

Dicen que hay dos momentos más importantes en la vida de todo ser humano: cuando naces y cuando descubres para qué.

Antier, martes 14 de noviembre de 2017, entre dos y cuatro y media de la tarde, recibí uno de esos regalos que te otorgan épocas determinadas, experiencias que te marcan, que imponen de manera dulce una huella indeleble en tu transitar por los días.

Llegué, café en mano, al auditorio de la Facultad de Ciencias de la Conducta (mejor conocida como FaCiCo) de la Universidad Autónoma del Estado de México a las dos de la tarde en punto. Al pie del proscenio se encontraba un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, cuya sonrisa se hizo pronunciada al escuchar el sonido de mis tacones bajar por la escalera.

Caminé por el pasillo entre las butacas, saludando a quienes ya se encontraban ahí, me dirigí a la mesa con tres sillas que se encontraba al frente y tomé mi sitio al centro. Junto a mí, del lado derecho, se sentó María Fernanda, de la licenciatura en Educación y del lado izquierdo, Fernando, de la licenciatura en Psicología.

Hablando en FaCiCo

He presentado libros desde hace muchos años en foros diversos, algunos tradicionales, como casas de cultura y bibliotecas, otros extraños, como tiendas temáticas o cantinas, incluso ya había estado antes en ese mismo auditorio… pero lo que sucedió ayer en la tarde fue único: los alumnos se organizaron para que los acompañara, me buscaron a través de las redes sociales, gestionando ellos mismos el proceso para que yo estuviera ahí, desafiando a algunos maestros y otras personas sólo para escucharme hablar de mi nuevo libro, “Grab my pussy!” y poder platicar conmigo.

No me alcanzan las palabras para describir la gratitud que sentí, la energía que me contagiaron, la esperanza, la sensación de saberme afortunada por el hecho de estar ahí.

Para una autora independiente, que lleva toda su vida profesional (y un poco más) luchando por escribir, por dar a conocer su trabajo, seducir a nuevos lectores para la poesía peleándose con propios y extraños, defendiendo ideales, buscando caminos y atreviéndose a romper todas las reglas, escuchar a Fernanda y Fernando hablar sobre mi trabajo, ver desde mi silla en el público las cabezas que asentían, las bocas con sonrisas o haciendo comentarios, el brillo en los ojos; escuchar las preguntas, ser testigo de las reacciones, fue ir de asombro en asombro, de deleite en deleite, de la incredulidad al gozo absoluto.

Antier un grupo de jóvenes me recordó el “para qué” de mi existencia. Antier un grupo de jóvenes me regaló una renovada certeza de que el cansancio que siento y el defender las convicciones con mi vida ha valido la pena.

Sé que la próxima vez que esté a punto de darme por vencida evocaré ese martes 14 de noviembre de 2017, de catorce a dieciséis treinta horas, y seguiré adelante.

Moni sonríe en la FaCiCo

Días de Vidas #DíaDeMuertos

El motivo por el que no había escrito ni publicado sobre el Día de Muertos es que estaba gozando de la vida.

Desde el primero de noviembre intenté tener unos minutos para reflexionar del tema, pero entre retiro en la escuela de los hijos, el abordaje de un avión, la compañía del actual dueño de mis suspiros y la escritura de la novela que traigo entre las yemas de los dedos, postergué la ejecución del proyecto… hasta este instante en el que un camastro frente a una alberca me proporcionó la tranquilidad necesaria para llevar a cabo la tarea de compartir la idea que ronda mi cabeza desde que esta mañana apareció en la pantalla de mi teléfono un recuerdo de Facebook.

La publicación dice así:

“De niña adopté el ocho como mi número de la suerte. No recuerdo por qué, y mucho menos puedo explicar por qué sigue siéndolo, si me ha hecho quedar mal en rifas, sorteos y agostos, pero me resulta irresistible su figura torneada y circular que se cruza. Después me enteré que acostado era el símbolo del infinito, y entonces mi fascinación creció.

“Hace ocho meses estaba sentada frente a una ventana, viviendo la primera tarde del resto de mi vida sin saber cómo continuaría el tiempo ni cuándo tendría que dejar de improvisar. Desde entonces cada día tres de cada mes (curioso cómo el tres es la mitad de un ocho, un infinito incompleto) hago un recuento de mi nuevo transitar por el mundo como en una alfombra voladora desde la que he sido testigo, víctima, victimaria y culpable de las cicatrices que me ha dejado volar cada vez más alto, en ocasiones con tan poco cuidado que he terminado llena de sangre y polvo; a veces con tal precisión que he recuperado la fe en mí.

“Hoy vivo un ocho mágico en mi vida. Un ocho irremplazable y que volvería a transitar mil veces. Hoy me deslizo entre las paredes de mi infinito: bailo desnuda, duermo con estrellas en las pupilas y amo profundamente lo milagroso que es sacar un pie de las sábanas cálidas para levantarme al frío de las mañanas, aún oscuras, que inundan de adrenalina mi amanecer.

“Mónica Soto Icaza, 3 de noviembre de 2016: un día maravilloso porque es el único hoy.”

A los 20 meses del primer día del resto de mi vida, y a una jornada del Día de Muertos, pienso en todas las veces que morimos y resucitamos en la vida terrenal: cuando la gente que amamos trasciende, al cambiarnos de casa, al tomar la decisión de terminar relaciones amorosas o renunciar a un empleo, cuando tocamos fondo y en el nuevo impulso modificamos hábitos dañinos o nos alejamos de amistades tóxicas.

La lista de muertes y resurrecciones resulta tan infinita como lo únicos que somos los seres humanos.

Por eso esta mañana post Día de Muertos es una buena oportunidad para congraciarse con las vidas que dejamos atrás, para disfrutar la nueva piel, las nuevas miradas, las nuevas huellas que vamos marcando en la tierra, en las almas; es un buen momento para reconocer las maravillas del pasado, tanto del dolor, como de la alegría, y dejarlo ir para experimentar las texturas del futuro, que, prometedor o no, es inminente. Y hay que vivirlo con mucha vida hasta el segundo preciso en que nos toque morir de nuevo.

 

 

*Imagen del Facebook del escritor Isaí Moreno.

 

Confesiones de una escritora auto-publicada

Me hice mi primer libro a los 20 años pensando en que algún día una importante editorial me publicaría alguna novela y me volvería una escritora famosa. En esa época no podría imaginar que me convertiría en una autora auto-publicada por convicción, y menos que diecisiete años después disfrutaría del placer de mirar la historia que he construido y sonreír ante la infinidad de trasgresiones que he cometido e hicieron nacer a esta mujer de 38 años y deleite infinito.

Me gusta ser una escritora de las lectoras, de mis lectores. Lo más emocionante que puede sucederme es saber que alguien experimente alegría, libertad, furia con una historia, que se asombre con un inicio o un desenlace, que me escriba al terminar de leer para compartir conmigo ideas y sensaciones.

Me gusta ser una provocadora innata. Desde niña me ocupé de hacer, por eso, cuando en la adolescencia leí el libro sobre un hacedor, definí un futuro construido sobre la valentía, el atrevimiento, fuera de zonas de confort.

Me gusta conocer las partes de atrás de los centros comerciales entregando libros en librerías (he descubierto que mientras más bonita y lujosa es la plaza de compras, más feas son sus catacumbas); hacer fila, con vestido y tacones, junto a mensajeros y choferes para entregar libros; sencillamente porque si me espero a que alguien lo haga por mí, o a tener el éxito económico con mis libros para lograrlo, el tiempo sigue pasando, los sueños se van alejando y las posibles realidades se hacen imposibles poco a poco.

Por eso ver mi libro en una mesa de novedades de una librería o en un estante me inyecta un pasón de adrenalina que me lleva a volverme adicta a hacer, hacer y hacer lo que más me gusta: escribir historias, releerlas, corregir las publicables, congraciarme con las no publicables (las coloco en la computadora en una carpeta llamada “textos random”); formar colecciones de poesía, de cuentos, proyectar los posibles nombres, imaginar el formato del libro (tengo predilección por los ejemplares fuera de formato); buscar la imagen de portada perfecta (ya sea una fotografía tomada por mí, o la obra de alguien más); hacer la formación; escribir los textos editoriales; mandar diseño de interiores y portada por WeTransfer a la imprenta de Fernando (tengo ocho años trabajando con Impresos Morales, que usa tintas amigables con el medio ambiente porque Fer es Ingeniero Ambiental); comprar el papel (las señoritas del mostrador y yo hemos envejecido al mismo tiempo, el otro día se asombraban de lo grandes que están mis hijos: me conocieron aún soltera); recoger los interiores de la imprenta, llevarlos a encuadernar con Antonio (quien lleva colaborando conmigo 12 años, y ahora no nada más es mi proveedor de doblez y encuadernación, sino un amigo invaluable junto con su esposa y sus tres hijos, a quienes vi graduarse de la Universidad); ir a recoger los libros con la emoción de conocerlos (claro, cuando no se me ocurre hacer ediciones que tengan que ser terminadas a mano, adivinen por quién); después hacer cartas de propuesta para venta en librerías; armar boletines de prensa; entregar todos esos documentos en empresas y medios de comunicación; llevar libros a las sucursales de Gandhi, El Sótano y el Fondo de Cultura Económica, las tres librerías que me han abierto las puertas, gracias a Toño Cerón, Luz Elena Silva e Israel Taboada, y todo lo demás que es necesario para que los libros tengan la posibilidad de llegar a las manos de la mayor cantidad posible de lectores.

Sé que a muchos escritores no les gusta hablar del esfuerzo que trasciende la escritura. Sé que para muchos resulta humillante vender sus propios libros, entregar sus propias invitaciones, servir el vino en sus presentaciones. Sé que muchos se sienten frustrados con sus editores, con sus colegas, pero hablar del trabajo detrás de dar a conocer un libro nos pone como comunidad en una dimensión distinta a los ojos de quienes nos hacen el regalo de leerlos.

Cuando quieres dedicarte a escribir, no basta con tener mucho talento, tiempo para escribir y encontrar quién te publique tu libro, sino tienes que buscar que la gente tenga tus ejemplares en las manos, que los lean, no puedes darte el lujo de no involucrarte.

Sé bien los sacrificios de no buscar un camino más institucional, uno donde tuviera el cobijo de empresas públicas o privadas, y más en un país donde la mayoría de la gente venera la fama, a las grandes corporaciones, y menosprecia la independencia. Pero no me importa. Yo vivo encantada con el placer de crear nuevos esquemas, con la satisfacción del esfuerzo, y sobre todo, con el valor de mi libertad. Cada logro, por pequeño que sea, me permite conocer la gloria.

Si alguna vez has leído uno de mis libros, has invertido tu dinero, tu tiempo, un fragmento de tu vida con los ojos sobre mis líneas, me has invitado a hablar de ellos o los has recomendado, tienes que saber que cuentas para siempre con mi aprecio y mi gratitud. Cada libro en tus manos es una recompensa a esta lucha por sembrar lo impensable y cosechar lo posible.

 

Mónica Soto Icaza

Julio de 2017

 

Libros Mónica Soto Icaza

El corazón de Australia: Uluru

Las estrellas de pronto se convirtieron en sueños. El aire se transformó en la mano que acaricia un rostro descansando en una bolsa de dormir y el sonido lejano de los insectos del desierto permutó en una apacible canción de cuna. A las 4:30 de la madrugada sonó el despertador. La noche que transcurrió a la intemperie en el campamento de Yulara, Territorio del Norte, Australia, había terminado, aunque todavía faltaba una hora y media para que comenzara a salir el sol.

Antes del amanecer el paisaje es engañoso, parece que no existe formación alguna en el desierto: la oscuridad es penetrante. Pero conforme la luz se devela, Uluru (llamada Ayers Rock por el topógrafo y explorador inglés William Goose), se empieza a definir en el horizonte, primero como una roca gigantesca sin forma ni color, después como un enorme corazón rojo que irrumpe entre arena, matorrales e incredulidad ante la belleza y asombro al demostrar la imponencia de la naturaleza ante los pequeños hombres que sólo la admiran e interpretan.

Uluru 2. Monica Soto Icaza
Uluru después de la salida del sol

Ayers Rock es el monolito más grande del mundo (el segundo es la bella Peña de Bernal, en el estado mexicano de Querétaro). Localizado en el Territorio del Norte de Australia, la hermosa mole de arenisca tiene una altura de 348 metros, 3.6 kilómetros de largo, dos de ancho y 9.2 de circunferencia; se ha estimado que por lo menos dos terceras partes de la roca se encuentran debajo de la superficie y que se formó en el fondo del mar hace alrededor de 600 millones de años.

Uluru 3. Monica Soto Icaza
Uluru al amanecer

Al amanecer Uluru es café, sus formas están contorneadas únicamente por los relieves que sufrió hace millones de años; pero mientras más sube el sol hacia el cenit, un color rojo intenso se va apoderando de cada centímetro del llamado corazón de Australia, dotándolo de los claroscuros mágicos que hacen comprender por qué los aborígenes lo eligieron como un lugar sagrado.

Hay varias opciones para acercarse a la Roca: escalarla, caminar alrededor de ella o dar uno de los paseos que se ofrecen (Mala Walk, Mutitjulu Walk y Liru Walk), los cuales varían en distancia y se eligen según los sitios sagrados que deseen visitarse. La cuestión de escalarla o no la eligen los aborígenes, porque en días sagrados o cuando hay mucho viento el ascenso está clausurado para los turistas, aunque los Anangu, poseedores originales de Uluru, piden a los visitantes que respeten el sitio sagrado y no la escalen. También hay tours en helicóptero o la cena “Los sonidos del silencio”, donde un guía explica los misterios del lugar y las constelaciones.

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Captura de pantalla de Uluru desde Google Maps

La caminata de 10 kilómetros alrededor de Ayers Rock es el paseo más común. Durante ella se pueden apreciar formas excéntricas y caprichosas, además de escuchar el sonido del viento entrar en cuevas y formas y salir emitiendo un sonido fuerte que combina a la perfección con el silencio y el canto de algún pájaro.

Por cuestiones tradicionales, los aborígenes prohíben tomar fotografías de algunos lugares y hay cuevas donde pueden entrar sólo hombres o nada más mujeres, para no hacer enojar a los espíritus que habitan ahí, que conceden años de mala suerte a los infractores; así que es necesario ir al centro de Australia para apreciar formas que de otra manera jamás se podrán ver, como mágicas pinturas rupestres, bordes, hondonadas y pequeñas cascadas. Para muchos esta situación es molesta, el primer impulso es querer compartir lo que se mira, pero los aborígenes tienen sus fundamentos y es positivo que los visitantes respeten las creencias de una cultura ancestral necesaria para conocer las raíces de los australianos.

A 32 kilómetros de Uluru se encuentra otro de los íconos del país, The Olgas o Kata Tjuta, compuesto por 36 enormes monolitos. Su formación más alta, Monte Olga, se levanta 546 metros del suelo. Uluru y Kata Tjuta son las dos maravillas que forman parte del Parque Nacional que lleva su nombre.

Uluru. Monica Soto Icaza
Incendio en el desierto de Australia: el sol enciende los matorrales secos. A lo lejos se ve Kata Tjuta

El camión se alejó de Uluru a las tres de la tarde. Todos los integrantes de la expedición se miraban con las palabras de admiración contenidas en el cuerpo. La roca los había dejado con la mente habitada, pero los labios en silencio: el poder de los espíritus ancestrales que rodean su misticismo es irresistible al estar frente a ella y tocarla.

Uluru 4. Monica Soto Icaza
Vista del desierto australiano, con The Olgas de fondo

*Reportaje publicado originalmente en la Revista Época de México, el 12 de mayo de 2003.

¿Lista para morir?

Dicen que lo mejor de la vida es gratis, pero vivir cuesta caro. Sobre todo cuando los días suceden sin la conciencia de que un segundo que transcurre en el pasado inmediato, es un segundo menos en todas las dimensiones del futuro.

La primera vez que escuché esa idea era muy joven para agobiarme por la persona en la que se convertiría mi adulta. A pesar de considerar que tenía demasiado tiempo para cumplir mis sueños, conquistar mis metas, experimentar mi vida con la tristeza o la belleza que yo eligiera, para tragarme el mundo de un solo bocado, he transitado por mis veinte y lo que va de mis treinta así. Desde el principio.

A veces, debo admitir, me he atragantado, pero la mayoría de las ocasiones he podido paladear los instantes, captar fotografías de esos momentos y darles eternidad; he gastado mi cuerpo, mi mente y mi corazón de tanto usarlos: los he utilizado para el aprendizaje y el deleite.

He vivido con adrenalina, tomado decisiones despiadadas, gozado tanto la cotidianidad como los acontecimientos; he llorado con fuerza, pero luchado por mi libertad con más fuerza. He sido humana hasta la rabia.

Creo que vez en cuando es rico detenerse a analizar y reconocer la importancia que le hemos dado a la vida, analizar si hemos sido ingratos con ella, si hemos maldecido lo que pasa, aunque hayamos sido nosotros mismos los causantes de las aparentes maldiciones; reconocer que hemos sido víctimas y victimarios y, sobre todo, hacer un recuento de lo que se quedaría en el tintero si muriéramos en unas horas o mañana.

Nos han dicho que somos nuestro legado, o el lugar que ocupamos en una empresa; nos han convencido de que somos lo que hacemos, lo que pensamos, o las ideas de los demás sobre nosotros, porque la vida de todos está sujeta, siempre, a interpretaciones ajenas. Pero no estoy de acuerdo:

Somos lo que nos devuelve el espejo del alma; la alegría, la tristeza o la libertad que nos habita, nuestra respuesta, certera y personal a la pregunta: ¿Estoy lista para morir mañana?

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Madres ilimitadas: hijos libres

 

Ganas fuerza, coraje y confianza por cada experiencia en la que realmente dejas de mirar al miedo a la cara. Te puedes decir a ti mismo: “He sobrevivido a este horror y podré enfrentarme a cualquier cosa que venga”. Debes hacer lo que te crees incapaz de hacer.

Eleanor Rossevelt

 

Las madres no renunciamos. Las madres elegimos. Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que somos una sociedad víctima: ahora resulta que por ser madre tengo que dejar de ser yo. Pues yo creo que no. Tengo dos hijos, una niña y un niño y por ningún motivo permitiría que cargaran en sus hombros de 7 y 9 años el peso de mis decisiones; no me imagino diciéndoles que por ellos no pude alcanzar mis metas y abandoné lo que me gustaba hacer. Al contrario, me veo predicando con el ejemplo, diciéndoles con mi propia vida que seguir tus sueños y conquistar tus metas es posible y te llena de satisfacción; decirles con mi propia vida que es posible vivir con decisión, con convicciones, con ideas propias, y ser una mamá cariñosa y presente también.

Ser una mujer con hijos y un proyecto profesional propio tiene implicaciones sociales importantes, porque a los demás les encanta sembrarte culpa y hacerte sentir que no eres tan buena madre porque, a su juicio, tus hijos no son tu prioridad. Pero eso nadie puede saberlo a ciencia cierta, porque nadie vive en tus zapatos 24/7, sólo tú.

Pensar que por ser madre debes renunciar a ti es lo que toda la vida nos han enseñado a las mujeres, pero yo creo que es una mentira:

Tener hijos no es un sacrificio. Las mujeres no somos sacrificadas, somos afortunadas de tener la oportunidad de formar a una persona con carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, pero no sólo eso, sino de formarlos como seres humanos, de trazar con ellos el camino que transitarán por sí mismos cuando llegue el momento.

Creo en la libertad de las personas, y la libertad nace de la independencia. Creo en el amor verdadero, y el amor verdadero nace de aceptar a las personas como son.

Claro que es doloroso ver las miradas que te juzgan: “deberías pasar más tiempo con tus hijos”, dicen, pero yo creo que tres horas bien concentrada en mis niños, sin contestar el teléfono ni estar viendo quien actualizó el Facebook, sin lavar platos ni ver la televisión, son mucho más valiosas que toda una tarde con el cuerpo de mamá presente, pero con la mente deseando estar en otro lugar. Lo compruebo cuando veo a mis hijos seguros de sí mismos, contentos, independientes, creativos y sin miedo al futuro.

Cada día de mi vida me esmero por ser una mejor madre para mis hijos, leo libros y revistas de crianza, los escucho, los conozco cada vez mejor. Y también cada día me miro al espejo y me digo a mí misma que esta es la mamá que soy, que esta es la mamá que les tocó en suerte a mis hijos, y que haré todo lo que esté en mis manos para que sean felices. Les estoy enseñando a ser personas plenas, pero no de dientes para afuera, sino con mi propia vida, ¿cómo vas a convencer a un niño de que se puede vivir con plenitud, si tú te quejas de tus circunstancias?

¿Cómo les voy a enseñar a ser auto suficientes, tanto económica como emocionalmente, si ellos me ven depender completamente de alguien más? ¿Cómo les voy a enseñar a luchar por lo que quieren lograr en la vida, si no me han visto hacerlo, o no han sido testigos del esfuerzo que implica?

Lograr el equilibrio es complejo. Para conseguirlo pasas por diferentes y distintas etapas. Los retos son enormes, las miradas que enjuician agudas, pero no hay nada más satisfactorio que estar presentando un libro y ver a mi familia sentada entre el público, con sus miradas de orgullo y las sonrisas cómplices, porque los únicos que de verdad saben todo lo que implica el éxito son ellos, y crecemos juntos. Lo que los demás piensen francamente me tiene sin cuidado.

No negaré que hay días más difíciles que otros, que a veces el cansancio amenaza con hacerme renunciar, pero entonces hago un recuento de mi propia historia e invariablemente me doy cuenta que seguir no vale la pena, seguir vale la alegría.

Ojalá la sociedad evitara juzgar de manera tan radical a las madres que decidimos trabajar. Creo que hay algunos avances y cambios encaminados a más libertad de pensamiento, pero todavía estamos en ese camino. No podemos esperar a que el mundo sea un lugar más propicio para nosotros: tenemos que provocarlo.

Cuando me preguntan cómo le hago para llevar a cabo tantas cosas en una sola vida, la verdad no sé bien qué responder, sólo sé que sigo mis sueños y soy adicta a experimentar el éxito. Sé que mis hijos no son obstáculos, son mis compañeros. No hay persona más fuerte que una mujer motivada y feliz, porque la felicidad y la plenitud son contagiosas.

Terminaré con un cuento de Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”. Se titula “El Mundo”:

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Definitivamente elijo ser un incendio.

El arte con nombre y apellido: Edward James

 

Porque he visto tanta belleza como rara vez se puede ver, estaré agradecido de morir en este pequeño cuarto, rodeado de la floresta, de la gran penumbra de los árboles. Mi única penumbra, y del murmullo, el murmullo del verdor…

Edward James

Eran las dos y media de la madrugada cuando al fin, diez horas después de la salida desde la Ciudad de México, apagamos el motor del auto. Estábamos frente a un portón metálico verde con contornos color óxido, rodeados de niebla, agotamiento y humedad.

La habitación se sintió como paraíso terrenal (gato gris con ojos azules incluido, para beneplácito de mi hija de siete años), y la cama como una promesa cumplida. La curiosidad nos llevó a abrir una puerta con forma de entrada a un cuento de hadas: lo que vimos confirmó la sospecha de que estábamos en un lugar mágico. Entre la niebla se levantaban cientos de bambúes, que bordeaban un camino hacia el que no alcanzábamos a ver más allá de los primeros metros.

Regresamos a la habitación con el estremecimiento aún alojado en los poros, y nos dispusimos a alcanzar la tan ansiada horizontalidad. En cuanto me acosté a mi mente chocarrera se le ocurrió la posibilidad de que en aquella cama me acompañaba alguna araña u otro insecto, especies propias del contexto vegetal del que nos aislaban cuatro paredes que por el cansancio no tuve el cuidado de revisar; poco me duró la inquietud, y caí en un sueño profundo. Eran las tres de la madrugada.

Desde muy joven soy apasionada de los viajes, herencia de los largos paseos en automóvil que hacía con mis padres de niña: cada vez que tenía un compromiso de negocios en otra ciudad, mi papá organizaba todo de forma tal que su familia pudiéramos acompañarlo. Ya más grande empecé a viajar sola: prefiero atesorar más experiencias que objetos.

Las risas de mis hijos me despertaron a las siete de la mañana: estaban ansiosos por salir a explorar el terreno. A través de las ventanas alcanzábamos a ver neblina, árboles y recovecos que se antojaban propios de una gran aventura. Nos pusimos los zapatos y como estábamos, en pijama, salimos de la habitación.

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El primer camino que tomamos fue el de los bambúes. Descubrimos que llegaba a una escalinata hacia un mirador. No alcanzábamos a ver muy lejos por la neblina densa que nos rodeaba, pero el entorno sugería un paisaje exuberante. La emoción de los niños por estar adentro de las nubes le imprimió una emoción extra al hallazgo.

Regresamos a bañarnos y cuando salimos a desayunar, la neblina había subido y al fin éramos testigos del paisaje más hermoso que mis ojos han visto: la Sierra Madre Occidental mostrando un homenaje a la belleza y la fertilidad. Terminamos la comida y nos dispusimos a caminar hacia Las Pozas y el Jardín Escultórico de Edward James, en Xilitla, San Luis Potosí.

Supe de Xilitla hace más de 20 años, curioseando sobre los lugares mágicos de mi país; desde entonces había querido estar ahí, pero por alguna circunstancia nunca organicé el viaje. Mientras bajábamos por el camino de terracería que lleva a la entrada del jardín pensé en el momento en que un día antes, viernes en la mañana, decidí que ese era el fin de semana para conocer aquellas escaleras que no llegan a ningún lado, esas columnas que no sostienen nada, la fusión de naturaleza y creación humana, que vi en fotos cientos de veces. Al fin caminaba hacia el objetivo de una locura materializada en la realidad.

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Xilitla es un Municipio del estado mexicano de San Luis Potosí, cercano a Hidalgo y Querétaro, que forma parte de las maravillas naturales de la Huasteca Potosina. Es un lugar de clima cálido, muy húmedo, con lluvias durante todo el año, lo que provoca una vegetación abundante, donde descubres infinidad de tonos de verde y las formas inverosímiles que llevaron a un artista escocés, Edward James, a construir en ese sitio la gran obra de su vida.

Edward James fue un poeta, escultor, editor y mecenas, muy relacionado con el movimiento surrealista, amigo de Salvador Dalí, Remedios Varo, Leonora Carrington, René Magritte, Pablo Picasso, Luis Buñuel, Aldous Huxley y otros artistas. Llegó a Xilitla recomendado por un jardinero de Cuernavaca, quien le habló de un lugar apropiado para cultivar orquídeas, flores que le fascinaban; ahí conoció al fotógrafo Plutarco Gastelum Esquerer, de ascendencia yaqui, con quien entabló una amistad que duró toda la vida, y cuya familia adoptó como un miembro más.

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Edward compró entonces, con ayuda de Plutarco como presta nombres, el terreno de las pozas, que se alimentan de hermosas caídas de agua. Ahí comenzó la construcción de su sueño surrealista, un conjunto de 40 estructuras de formas caprichosas, de concreto y metal, y que están en sintonía con el esplendor y la copiosidad de la vegetación donde están inmersas.

La entrada al Jardín Escultórico es a través del ojo de un anillo de piedra parado sobre el suelo, coronado por flechas que apuntan al cielo en distintas direcciones. De ahí en adelante lo que experimenté fue asombro tras asombro: en Las Pozas y el Jardín Escultórico de Edward James los afortunados visitantes podemos tocar, sentir, trepar, oler, respirar la obra, desde una cautivadora e intensa experiencia, y no desde atrás de una línea o a través de un cristal. La belleza de la fusión entre las formas, las texturas y los colores de la naturaleza y el concreto provoca a quienes la tienen enfrente una sensación de éxtasis que desemboca hasta en las lágrimas.

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Edward James consiguió en su jardín escultórico una descripción gráfica del verdadero significado del arte: una obra que trasciende al autor no nada más por su originalidad y calidad de ejecución, sino por la creación misma, que seguirá viva, transformándose de acuerdo a las estaciones del año o los caprichos de la naturaleza.

Dejo aquí la colección de fotografías que capturé en una de las tardes de sábado más increíbles, emocionantes e inolvidables de mi vida. Sé que la obra de Edward James, su visión del surrealismo, su legado personal y artístico, seguirán cautivando a propios y extraños, y sobre todo, seguirá haciéndonos sentir orgullosos de pertenecer al género humano al recordarnos las maravillas que somos capaces de construir.

 

 

Problemas de autoridad

Una de las frases que más me impactó en la infancia fue: “No puedes hacer lo que se te da la gana”. Aunque era una niña bien portada, con calificaciones sobresalientes e intolerancia a decepcionar al prójimo, me tomaba el tiempo para sacar a flote a la pequeña rebelde, lo que sucedía en las historias al interior de mi mente y en los textos en las últimas páginas de mis cuadernos. Si en ese entonces ni yo podría imaginar que me convertiría en la personificación de esas palabras tan socorridas por las autoridades para convencer a los subordinados de obedecer las reglas, so pena de castigos, vergüenza y culpas eternas, mucho menos los adultos que me vieron crecer con apariencia tranquila, sin conocimiento de los mundos que habitaban al interior de mi piel.

Más grande, como buena adolescente, me urgía independizarme. No quería tener hora de llegada ni avisar mi ubicación ni explicar mis decisiones, que normalmente no coincidían con lo que se esperaba de mí. Conquistar esa libertad me llevó muchos años, reflexiones, pleitos y hasta un divorcio, pero al fin puedo afirmar que la excepción del “no puedes hacer lo que se te da la gana” debería aparecer en la enciclopedia de las reglas rotas con mi nombre.

Hace poco, en la maravillosa coincidencia entre la realidad y la ficción, y dentro de las marañas que cohabitan en mi cerebro y a veces hacen relaciones temáticas inusuales, leí las anécdotas de Peter Fortune, el personaje principal del libro En las nubes, del escritor inglés Ian McEwan, un ejemplo de esos especímenes que resultan extraños a los demás y causan preocupación, cuando en realidad saben exactamente quiénes son y qué quieren: donde los demás ven hojas en blanco o la banca del autobús, ellos ven un papalote recortado en el cielo y el barandal de la escalera hacia un planeta inexplorado. No es que las reglas estorben, al contrario, son necesarias para la armonía, pero hay otras reglas, las propias, que rigen al interior del individuo y tienen como consecuencia sacar de la zona de confort a los que no comprenden.

Hablo de esa legión de exploradores de posibilidades entregados a la contemplación del mundo para actuar con empatía y aportar algo a la sociedad de acuerdo a las particulares ideas. No es que desprecien las normas que hacen posible la convivencia entre personas, sino que han encontrado en el razonamiento interno, en la asimilación de la experiencia y las sensaciones, que existen caminos aún no trazados para avanzar hacia los propósitos y las metas coloreando el viento de tonos infinitos.

El libro de McEwan narra las fantasías de Peter: muñecas que adquieren vida propia, un humano metido en el cuerpo de un gato, una tierna vecina que en realidad es una viejita homicida en potencia, y más. Todo sucede en lugares cotidianos del niño, como su habitación o la escuela, e involucra recuerdos e ilusiones del escritor, que pone en la mente de quien lee, como si se tratara de magia, la voz inquieta y la mente curiosa de un niño de diez años que nació con el don de la claridad interior; su cuerpo está sentado en un pupitre, mientras su mente explora aventuras sin geografía donde el tiempo se expande.

Conforme lees, entiendes que los problemas de autoridad no lo tenía Peter ni los poseen siempre los rebeldes: son de quienes viven con miedo a atreverse a “hacer lo que se les da la gana” y pretenden uniformar los pensamientos e ideas sólo porque los distintos les resultan incómodos e inconvenientes.

Pero como la vida no se trata de resistirse, sino de encontrar el propio río o la singular corriente de aire, McEwan lo explica de forma simple pero contundente en el libro del que hablamos: “y el propio Peter aprendió, al hacerse mayor, que, puesto que la gente no sabe lo que te pasa por la cabeza, lo mejor que puede hacerse, si quieres que te comprendan, es decirlo. (…) Cuando se hizo adulto se convirtió en inventor, escritor de cuentos y llevó una vida feliz”.

Se supone que de eso se trata este transitar por la crónica de nuestros días, ¿no?

 McEwan, Ian. (2007). En las nubes. Barcelona: Anagrama.

Confesiones de una mujer que ama los tacones

Desde niña sé que soy una mujer rara. No soy políticamente correcta ni anarquista. Ni celosa ni partidaria del drama, pero no permito, bajo ninguna circunstancia, que las ofensas se queden en el silencio. Como soy demasiado equilibrada para ser artista, escribo mis desequilibrios y los comparto en forma de poesía. Ayer fui mala esposa, hoy soy una soltera corregida y aumentada. En ocasiones una mala madre y casi siempre la mejor que conozco. Sé que mi cara no es la más linda ni mi cuerpo el más escultural, pero son los únicos que tengo, y los amo con sus poros abiertos y estas piernas de muslos abundantes que han caminado conmigo casi la mitad del mundo.

Dicen que soy sensual y estoy de acuerdo: me gusta el sexo y lo hago sólo con quien se me da la gana y cuando quiero. He sido más generosa que egoísta, en ocasiones mucho más de lo que otros merecían. He tenido la cartera vacía y también llena, sé que esa precisa circunstancia depende nada más de mí. Me gusta detenerme a mirar el cielo durante varios minutos al día, escuchar conversaciones ajenas en lugares públicos, sonreírle a extraños por curiosidad pura.

Confieso que me enamoro fácil, que me asombro fácil, que no me gustan las complicaciones y huyo de los problemas, por lo que es probable que jamás logre algo demasiado “importante” en la vida. Estoy tan segura que después de la muerte está la nada, que converso con mis muertos, aunque sean sordos. No comprendo a quienes no creen en Dios, pero no me peleo con nadie por lo que cree o deje de creer: seguramente ellos tampoco me comprenden a mí.

Como soy todo lo que tengo, valoro cada instante que comparto conmigo, y si al mismo tiempo coincido con familia y amigos, entonces la felicidad se multiplica. Me llamo Mónica y me gusta la vida. Cuando yo muera, no habrá quien se lamente por mis sueños sin cumplir o mis días sin gozo, porque no existen: he vivido sin miedo, amado sin medida; he hecho el amor con magia y conjurado mi presente, que se convierte en un futuro lleno de luz.