El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde #LibrosQueMeGustan

Es bien sabido que al interior de todo ser humano habita una dualidad luz-oscuridad que se manifiesta según la voluntad o los instintos; así como podemos ser buenas personas, también nos es natural ser miserables: la manera en que interactuamos con el mundo, para individuos mentalmente sanos, depende de la capacidad de elección.

De este tema sencillito y carismático trata El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, una novela gótica de Robert Louis Stevenson publicada por primera vez en 1886 que se encuentra clasificada tanto como thriller psicológico, como drama, misterio, horror y ciencia ficción. Todo eso en apenas unas cien páginas (depende de la edición que leas).

Con una narración estructurada como una consecución de habladurías, el autor va desentrañando la intriga para llegar a un desenlace inesperado, de esos que te dejan de un humor extraño al terminar las páginas.

El libro es un clásico de la literatura universal que yo recomiendo leer porque para mí las obras más valiosas son aquellas que nos asombran y son memorables sin necesidad de grandes pretensiones, las historias que, como esta, sacan al lector sin piedad de la zona de confort.

Nos leemos y escuchamos el próximo #ViernesDeLectura con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

Momo #LibrosQueMeGustan

Este #ViernesDeLectura quiero recomendar uno de esos libros encantadores que cuando los lees se quedan siempre en la memoria: Momo, del escritor alemán Michael Ende, famoso por ser el autor de La historia interminable, obra que los cuarentones conocemos muy bien porque en ella está basada la película La historia sin fin, que hizo época.

Publicada en 1973, Momo es un clásico por la vigencia de su historia y sus emociones. El título completo es: Momo, o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres.

La protagonista es una niña que vive sola en una gran ciudad. Es muy especial porque posee una cualidad difícil de encontrar en el mundo de prisa y adicción al trabajo productivo: sabe escuchar, por eso sus amigos animales y humanos la quieren y la cuidan… hasta que de pronto ya casi nadie tiene tiempo para ella y cada vez se va quedando más sola.

Esta heroína, junto con Casiopea, la tortuga que puede adivinar lo que sucederá, se enfrenta a pequeñas batallas contra los hombres grises, unos seres que empiezan a aparecer en la vida de la gente y los convencen de ahorrar tiempo, diciéndoles que los momentos de contemplación, de juego, de convivencia con la familia y amigos les restan productividad. Así se genera una sociedad con cosas, sin espíritu y de gente triste con prisa.

Este es un libro catalogado como novela juvenil por su naturaleza fantástica, pero como El Principito debería ser una lectura obligada, sobre todo cuando los adultos olvidamos que en realidad no somos tan importantes y sobre todo, que el tiempo que no compartimos con la gente que amamos por estar distraídos con personas, cosas o situaciones sin verdadera trascendencia para nuestra vida no va a volver jamás.

Estoy segura que todos conocemos a alguien a quien le urge leerla (si no es que a nosotros mismos).

Con esto me despido, pero nos vemos el próximo viernes con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan

El viejo y el mar #LibrosQueMeGustan

La narración épica de la batalla de un hombre contra la naturaleza que es al mismo tiempo una lucha contra sí mismo y contra una sociedad que pretende imponer la idea de que la vejez es un lugar estéril.

Leí esta novela o cuento largo de adolescente y desde entonces he vuelto a él en varias ocasiones; Santiago, su protagonista, me atrevo a decir que es uno de los personajes más entrañables de la literatura porque Ernest Hemingway provoca que el lector experimente una cercanía total con sus angustias y miedos, pero también con sus motivaciones para no dejarse vencer por los tiburones en la lucha por un pez vela de más de cinco metros. Como lectores lo acompañamos en pensamientos y diálogos consigo mismo, en los que por fuerza también encontramos esas palabras que todos nos hemos dicho en múltiples ocasiones.

El viejo y el mar, escrita en La Habana pre Fidel, está inspirada en los pescadores cubanos y en 1953 le dio a Hemingway el Premio Pulitzer de ficción (el siguiente año, 1954, el autor obtuvo el Premio Nobel de Literatura).

El viejo y el mar es el libro que siempre recomiendo cuando alguien a quien no le gusta leer me pregunta con qué puede empezar; mis hijos lo leyeron a los 10 años.

Cada vez que releo las páginas de este gran libro vuelvo a ser aquella adolescente de 14 años que fue cautivada por las pasiones que el autor dejó plasmadas en una historia breve en páginas, pero eterna en legado, y vuelvo a sentir la emoción de ser esta lectora que sufrió con sus personajes como si ese dolor sucediera en mi propia piel.

¡Hasta el próximo viernes con otra recomendación de #LibrosQueMeGustan!

¿Cuál título me recomiendas?

Oda a las canas #reflexión #noficción

Los 40 son la nueva adolescencia. Lo afirmo con la contundencia de mi tránsito por los últimos meses rumbo al inicio de la quinta década de mi vida. Como cuando te cambia la voz o empiezas a detectar que comienzan a crecer delicados vellos donde antes todo era piel tersa, de pronto al peinarte descubres un grueso pelo blanco en el copete, en franca rebeldía a la textura, el color y la dirección de los demás, o al tomarte una selfie en picada con bikini te das cuenta que hay un exceso de carne alrededor del ombligo, y ya no desaparece con cien abdominales, como antes.

A los 40 vuelves a cuestionarte todo, con la ventaja de que ahora sí te has equivocado tanto que si no tienes certeza de qué quieres, por lo menos sabes qué es lo que no estás dispuesta a tolerar; como en la adolescencia, caes en la cuenta de que necesitas comerte al mundo, pero ahora con la certidumbre de que, por estadística, probablemente estás en la mitad del camino (la esperanza de vida en México es de 75.5 años según el INEGI –dato de 2018–), así que vuelve esa urgencia por probar, aventurarte, por serle fiel a esa idea de que “más vale arrepentirte de lo que hiciste, que de lo que dejaste de hacer”.

Pero lo mejor de los 40 es esta sensación de libertad, de haber dejado atrás los dolores viejos o los enconos rancios; esta facilidad con la que abrazas incluso hasta a quienes te hicieron daño en algún momento. A esta edad las hormonas siguen haciéndote bullying, pero como ya conoces su potencial de destrucción, has aprendido a negociar con ellas, y también, por qué no, a gozar de las crestas y derrumbes que juegan con tu estado de ánimo continuamente.

Así es como día a día celebro la aparición de otra cana o de una sonrisa más pronunciada al costado de los ojos, y me regocijo en el ejemplo de las mujeres que abrazan con alegría las transformaciones de su cuerpo, pero sobre todo, la plenitud de su espíritu, con el candor adolescente, pero la sabiduría del paso del tiempo.

Sí. Es maravilloso crecer.

Cicatrices. Una disertación sobre el desamor. #relato

Me vacié de casa. Empecé por los libros, la computadora; llené tres bolsas con mis vestidos y una valija con rencores añejos. Abrí cajones. De ellos separé la basura de las memorias, y convertí en desechos algunos de esos recuerdos.

Cuando eres feliz en un sitio esas paredes absorben partículas de tus fragmentos, hasta que te derrumbas y en la reconstrucción ya no puedes precisar quién posee a quién.

Todas las historias de amor son dignas de contar. No importa si conociste al sujeto de tu afecto por medio de una coincidencia épica, si fue amor a primera vista o un golpe de suerte, cada vuelta de tuerca, revolución o circunvolución para que dos personas se encuentren modifica para siempre el devenir del mundo.

Pero aún más dignas de contar son las historias de desamor: en ellas habitan las cicatrices —únicas, indivisibles y legendarias— que hablarán por nosotros en la mesa de autopsias, como el mapa infalible de cada existencia.

El camino del libro: de la creación a las manos del lector #noficción

Mi conducta de lector, tanto en mi juventud como en la actualidad, es profundamente humilde. Es decir, te va a parecer quizá ingenuo y tonto, pero cuando yo abro un libro lo abro como puedo abrir un paquete de chocolate, o entrar en el cine, o llegar por primera vez a la cama de una mujer que deseo; es decir, es una sensación de esperanza, de felicidad anticipada, de que todo va a ser bello, de que todo va a ser hermoso.

Julio Cortázar

 

Los libros son tan únicos como los seres humanos. El escritor argentino Jorge Luis Borges escribió: “de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. La riqueza literaria es aún mayor, una persona puede escribir varios libros y multiplicar pensamientos.

El principio de todo es una ocurrencia. Un día, estás inocentemente caminando por la calle, en la fila del banco, trabajando en tu oficina o teniendo un descanso reparador sobre tu cama y, de pronto, aparece la idea. Primero, tal vez, te mire tímida desde el rabillo del ojo, pero conforme le inspiras confianza, se va mostrando entera, hasta que toma posesión de tu ser durante semanas, meses e incluso años.

Convives con ella y juntos crean alquimia, convierten las palabras en combinaciones únicas; en ocasiones se odian, a veces se aman, pero no pueden abandonarse. Así, un día tras otro, con una fidelidad sin precedentes, inseparables, llegan a la meta: un texto que merece compartirse.

No hay un proceso creativo igual a otro. Algunos esperan a la caprichosa inspiración, otros la persiguen con trabajo constante, y otros creen que nacieron con ese talento. Pero, sin duda, ser un buen lector es importante para convertirse en un buen escritor.

Aquel texto que ya existe, fruto del idilio entre el escritor y las palabras, necesita entonces un acta de nacimiento que precise quién es su padre o madre intelectual. Es momento de pasar del trabajo creativo al mundano; se visita la oficina de registro de obra (Instituto Nacional del Derecho de Autor), para proteger al recién nacido de quienes pretendieran apropiarse de su origen.

Ya con el texto bajo un brazo y el certificado de registro bajo el otro, el escritor busca alternativas de publicación. La elección del editor es compleja y delicada: como será una relación estrecha y a largo plazo, ambos deben conocerse para saber si pueden convivir y trabajar de forma fluida y agradable. Así como el editor busca libros que le hagan ganar prestigio y dinero, el autor debe encontrar a quien le ofrezca el mejor balance entre costo y beneficio para potenciar al máximo los recursos que ya ha invertido en su producción.

Después de tocar puertas y entrar volando por algunas ventanas, ¡al fin! El escritor conoce al editor perfecto, quien lo invita a su casa editorial para platicar sobre las condiciones de la unión. Viene la lectura del contrato y la comprensión de todos los puntos que incluye: es una póliza de seguro para un futuro sonriente. Negociación. Firma. Apretón de manos.

Las letras transmutan en mercancía, en conceptos como edición y corrección de estilo. Primero, los archivos pasan a la pantalla del editor experto, quien ajusta la anécdota de ser necesario, retoca los personajes, revisa la temporalidad, pule todo lo posible para sacarle al texto las mejores formas (edición de contenido). Después, el libro brinca a los ojos de un profesional del idioma para transformarse en pulcritud de ortografía y sintaxis (edición técnica). Profesionales y escritor trabajan juntos. El objetivo: que ideas y anécdotas conserven fidelidad al original, sin errores.

El texto, perfumado como para una cena de gala, va al departamento de diseño. Ahí, junto con el editor y en ocasiones el autor, se encargan de construir el rostro que mejor hable de acuerdo con lo que el libro quiere compartir; se hacen pruebas, lluvia de ideas, propuestas y, después de considerar a los lectores, a los miles de libros en las librerías y de soñar con romper las expectativas de ventas, se define la portada con la que todos lo conocerán a partir de ese momento; también se forman las páginas interiores.

Estas tareas se llevan a cabo conforme el estilo de la editorial y la imagen de la colección en la que el texto se publicará; es importante precisar que hay diferentes tamaños de libros: de bolsillo [11×17 centímetros], tamaño trade[16×23 centímetros], media carta [14×21], y muchos más.

El libro, ya peinado para la ocasión, se convierte en archivos digitales impresos y aparece en escena el corrector de pruebas, encargado de revisar con lupa palabra por palabra, línea por línea, párrafo por párrafo, página por página. Sobre este personaje recae una gran responsabilidad, es el último en poder registrar correcciones antes de imprimir.

El corrector de pruebas busca errores de dedi y de hortografía, que no falen letras, incluso que el tipo y tamaño de letra sean uniformes; también revisa formato, márgenes, gráficas, líneas, fotografías e ilustraciones. En pocas palabras, cuida que todos los involucrados no se hayan equivocado.

El libro pasa entonces a los talleres de impresión, donde tintas y papel danzarán bajo manos expertas para convertir las ideas y el trabajo en grandes pliegos de colores que serán doblados y encuadernados (hay encuadernado rústico [cosido y pegado, o sólo pegado, con pasta blanda] y encuadernado en pasta dura [también se llama cartoné]).

La impresión es uno de los pasos más delicados porque cualquier error puede costar mucho tiempo, dinero y esfuerzo (y por qué no decirlo, también algunos empleos).

Mientras el libro está en proceso de materialización, empieza a funcionar el plan de mercadotecnia en los medios de comunicación tradicionales y digitales considerados en el presupuesto. La editorial, mediante el departamento de mercadotecnia y ventas trabajan para hacer la mayor difusión posible. Llega un nuevo libro y los lectores tienen que saberlo.

Cualquier hora de cualquier día es maravillosa para recibir LA llamada con la noticia que el escritor espera durante meses: al fin puede tener en sus manos el resultado de tanto esfuerzo y tantas ilusiones. Al fin puede hojear y percibir sus propias palabras en el aroma del papel y la tinta volcadas en libro.

Con esta aparición comienza otra etapa de la aventura. Se lleva a cabo una presentación: en alguna librería, biblioteca, centro cultural u otros lugares como tiendas, cafeterías, cantinas y restaurantes, según los límites de la creatividad y de las normas editoriales. La presentación es como la fiesta de XV años en la que el libro se lanza a la sociedad y los medios de comunicación son convocados.

A partir de cada presentación, el libro se convierte en moneda al aire con posibilidades infinitas. Llega a las mesas de novedades de las librerías, se convierte en protagonista de conversaciones, críticas y situaciones sorprendentes, propicia innumerables entrevistas a los autores y un sinfín de actividades.

La única manera de saberlo es iniciar la aventura y esperar a que suceda la magia…

 


  • Este texto forma parte de mi ensayo Libera tus libros: el arte de hacer y vender libros en México (2017). Si te interesa el libro completo puedes adquirirlo en físico (y dedicado) aquí:

Libera tus libros

¿Quién no ha pensado alguna vez escribir un libro?, ¿quién no ha soñado con publicar lo que ha escrito?, ¿quién no ha querido contarle algo al mundo? Libera tus libros es resultado de más de 15 años de trabajo en el mundo editorial mexicano. No es una autobiografía: constituye un manual con información, datos reales, golpes de suerte y paracaídas escrito en forma clara y concreta sobre todo lo relacionado con el mundo de los libros en este peculiar país. En estas páginas encontrarás desde los momentos que han transformado la historia del libro hasta recomendaciones legales para la firma de un contrato; temas como el funcionamiento de los diferentes tipos de editoriales, la forma en que ciertos libros se convierten en best sellers, pasando por los tipos de libros y las alternativas de publicación que han traído las nuevas tecnologías, entre otros asuntos de interés.

MX$140,00

 

O si te interesa adquirirlo para Kindle, lo encuentras aquí:

El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton #LibroEnFrases #JuevesDeLibros

Me gusta compartir mis lecturas con las frases memorables que encuentro en ellas. En esta ocasión presento esta imponente obra de Gilbert Keith Chesterton, El hombre que fue jueves, publicada por primera vez en inglés en 1908 y que leí con traducción del maravilloso Alfonso Reyes (1923).

Es, sin duda, uno de los mejores libros que he leído este 2018:

“… la esencia de las buenas maneras consiste en disimular el bostezo. Y el bostezo puede definirse como un aullido silencioso.”

“… la exageración es el análisis, la exageración es el microscopio, es la balanza.”

“… de precisión sensible a lo inefable.”

“Aquel joven —cabellos largos y castaños y cara insolente—, si no era un poeta, era ya un poema.”

“… dijerais que está el cielo lleno de plumas, y que éstas bajan hasta cosquillearos la cara.”

“El artista niega todo gobierno, acaba con toda convención. Sólo el desorden place al poeta. De otra suerte, la cosa más poética del mundo sería nuestro tranvía subterráneo.”

“… aquel silencio era un silencio vivo, no muerto.”

“No estoy seguro de que pudiera usted ver el farol a la luz del árbol.”

“… su voz rodó por la calle…”

“Esto de que una pesadilla acabe en langosta es, para mí, de una novedad encantadora.”

“… fue una de esas emociones arbitrarias, como la que impele a saltar de una roca o a enamorarse.”

“¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos de aguantar el mareo?”

“Todas las manos se levantan formando un bosque de ramas.”

“Rojo estaba el río donde el cielo rojo se reflejaba, y ambos remedaban su cólera.”

“Hay quien le llame buena a la noche en que ha de sobrevenir el fin del mundo.”

“El detective vulgar, hojeando un libro mayor o un diario, adivina un crimen pasado. Nosotros, hojeando un libro de sonetos, adivinamos un crimen futuro.”

“Afirmamos que el criminal peligroso es el criminal culto; que hoy por hoy, el más peligroso de los criminales es el filósofo moderno que ha roto con todas las leyes.”

“La aventura podrá ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo.”

“… el traje elegante le sentaba como cosa propia.”

“El crepúsculo escondido y hosco se adivinaba tras la cúpula de San Pablo, entre colores ahumados y siniestros: verde enfermizo, rojo moribundo, bronce desfalleciente…”

“Syme tuvo por un instante la impresión de que el cosmos se había vuelto de revés, de que los árboles estaban creciendo para abajo, y bajo sus pies lucían las estrellas.”

“… su compañero caminaba activamente hacia el extremo de la calle, donde un trozo iluminado del río fingía como un muro de llamas.”

“… cada vez que él decía algo que sólo él podía entender, yo contestaba algo que ni yo mismo entendía.”

“… aunque no entiendo mucho de casuística, no me decido a quebrantar la palabra dada a un pesimista moderno.”

“Parece que todos tenemos la misma moralidad o la misma inmoralidad.”

“Syme no pudo menos de advertir el contraste cómico de aquella procesión funeraria en aquel prado tan gozoso, brillante y florido.”

“Y decapitó una florecilla con el bastón.”

“La hierba, bajo sus plantas, parecía vivir.”

“El amor de la vida lo invadía todo. Hasta se figuró que oía crecer la hierba.”

“Todo lo que en él había de bueno cantó en el aire como en los árboles las alas del viento.”

“En tal desazón, casi se preguntaba qué es un amigo y qué es un enemigo. Las cosas, aparte de su apariencia, ¿tendrían alguna realidad?”

“Uno de ellos llevaba un antifaz negro, y torcía la boca en gesto nervioso, de modo que la mota de la barba iba de aquí para allá con inquietud viviente.”

“Una energía limitada se traduce en violencia. La energía suprema se demuestra en la levedad.”

“… ¿cómo va uno a resistir diez horas mortales en la compañía de un hombre distraído?”

“El mal es tan malo, que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno, que, junto a él, hasta el mal resulta explicable.”

“¿Quieren ustedes que les diga el secreto del mundo? Pues el secreto está en que sólo vemos las espaldas del mundo. Sólo lo vemos por detrás, por eso parece brutal.”

“Nada tenía de extraño, salvo el color de su traje, que era el de las sombras violáceas, y el de su cara, que era el del cielo rojo, oscuro y dorado.”

“Sintió que los setos eran lo que deben ser muros vivientes. Que un seto vivo es como un ejército humano, disciplinado, pero todavía más vital.”

“Y es que aquel disfraz no lo disfrazaba: lo revelaba.”

“Si Syme hubiera podido verse a sí mismo, hubiera apreciado hasta qué punto él también parecía existir por primera vez plenamente.”

“Cada pareja parecía una novela aparte.”

GKChesterton_DominioPblico_140616

Fuente: Chesterton, G. K. Reyes, Alfonso. (1985). El hombre que fue jueves (Pesadilla).Biblioteca Universitaria de Bolsillo. México.

Fragmentos del «Discurso sobre el estilo» del Conde de Buffon #librosclásicos

Georges-Louis Leclerc, mejor conocido como «Conde de Buffon», estudió Botánica, Matemáticas y Medicina. Nació en Francia en 1707 y dedicó su vida al estudio de la naturaleza. Pronunció su famoso «Discurso sobre el estilo» al ingresar a la Academia Francesa el 25 de agosto de 1753.

Transcribo los fragmentos que me parecen más aleccionadores y luminosos para todo aquel interesado en seguir mejorando su estilo, para tener bien abiertos los ojos a esos hallazgos que te encuentras a la hora de escribir:

 

Siempre ha habido hombres que han sabido mandar a los demás por el poder de la palabra.

La verdadera elocuencia supone El ejercicio del intelecto y la cultura del espíritu.

No es suficiente hacerse oír y atraer la mirada; es preciso influir en el alma e impresionar el corazón hablando al espíritu.

El estilo no es sino el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos.

… quienes escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; quienes abandonan al primer arranque de su imaginación toman un tono que no pueden sostener; quienes temen desperdiciar los pensamientos aislados, fugitivos y en distintas ocasiones escribe en trozos sueltos, no los reúnen jamás sin transiciones forzadas; ésta es la razón, en una palabra, de que haya tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un solo golpe.

… el gran número de divisiones, lejos de hacer más sólida una obra, destruye su coherencia, el libro parece más claro a la vista pero la intención del autor permanece oscura; no puede impresionar el espíritu del lector ni puede hacerse sentir sino por la ilación, por la dependencia armónica de las ideas, por un desarrollo sucesivo, una gradación sostenida, un movimiento uniforme que toda interrupción destruye o hace languidecer.

Por la falta de plan, por no haber reflexionado suficientemente sobre su tema, un hombre agudo puede meterse en embrollos y no saber por dónde comenzar a escribir.

Pero cuando haya hecho un plan, una vez que haya juntado y puesto en orden los pensamientos esenciales es su tema, percibirá fácilmente el instante en que debe tomar la pluma, sentir el punto de madurez de la producción del espíritu, estará obligado a ser la brotar y no tendrá seguramente sin el placer de escribir: las ideas se sucederán sin dificultad y el estilo cera natural y fácil, la demencia nacerá de este placer, lo esparcida por doquier y dará vida a cada expresión, todo se animará más y más, el tonos se elevará, los objetos tomarán color y el sentimiento, juntándose a la claridad, la aumentará, la llevará más lejos, la hará pasar de lo que se dice a lo que se va a decir y el estilo resultará interesante y luminoso.

Cuanto más ingenio nimio y brillante se ponga en un escrito, menos vigor tendrá, menos claridad, menos vehemencia y estilo; a no ser que este ingenio sea el fondo mismo del asunto y que el escritor no haya querido hacer otra cosa que chancear: en este caso el arte de decir pequeñas cosas resulta posiblemente más difícil que el arte de decir las grandes.

Este es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan, pues, sobre las palabras y se imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases, haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones.

El estilo debe grabar los pensamientos, ellos no saben si no trazar palabras.

Para escribir bien es necesario, pues, dominar plenamente el tema.

Las reglas no pueden suplir el genio; si éste falta, aquéllas serán inútiles. Escribir bien es pensar bien y a la vez sentir bien y expresar bien, es tener a un mismo tiempo Ingenio, alma y gusto.

El tono no es sino la adecuación del estilo con la naturaleza del tema y no debe nunca ser forzado, nacerá naturalmente del fondo mismo de la cosa y dependerá mucho del grado de generalidad a que se hayan llevado los pensamientos.

… si se le puede agregar la energía del dibujo, la belleza del colorido, si se pueden una palabra representar cada idea por una imagen vida y bien acabada y formar en cada serie de ideas un cuadro armonioso y elegante el tono será no solamente elevado, sino sublime.

Las obras bien escritas eran las únicas que pasarán a la posteridad: el caudal de los conocimientos, la singularidad de los hechos, la novedad misma de los descubrimientos, no son garantía segura de inmortalidad.

… el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede, pues, ni arrebatarse, ni transferirse, ni alterarse;

… un estilo bello no lo es, en efecto, sino por el número infinito de verdades que presente.

Lo sublime no puede encontrarse sin los grandes temas. La poesía, la historia y la filosofía tienen todas el mismo objeto, un objeto muy grande: el hombre y la naturaleza.

… el tono del orador y del poeta, cuando el tema es grande, debe ser siempre sublime, puesto que ellos son dueños de agregar a la grandeza de su tema tanto color, tanto movimiento, tanta ilusión cuanto les plazca.

 

Conde de Buffon


Discurso sobre el estilo,de Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon. Tomado de la Colección Pequeños Grandes Ensayos. UNAM, 2003.

 

Manifiesto contra la sopa tibia #cuento

“Si el mesero llega en cuatro minutos le digo que sí”, pensó Susana después de escuchar a Federico pronunciar las consabidas y anticuadas, pero románticas palabras: “¡quieres ser mi novia?”

Para hacer honor a la verdad, Susana no estaba nada segura de que el amor que Fede le ofrecía era siquiera cercano al que ella quería en la vida, con eso de que su anterior novio era amoroso tan del tipo mediocre que parecía una sopa de cebolla fría: en vez de tragarse con tersura y deleite, terminaba apelmazado en el paladar.

Atinado como siempre, pero inoportuno como nunca, el mesero, con el nombre “Julián” prendido del uniforme marrón con beige, llegó justo a los 240 segundos a tomar la orden: la dama ensalada César con el aderezo aparte, el caballero una hamburguesa con tocino, nada perfecta para una primera cita.

Acto seguido, ella procedió a darle a Federico la respuesta positiva por culpa del mesero. Y digo por culpa, porque la historia de amor entre Susana y Federico, por más que iniciara un 14 de febrero, pronto se convirtió en una de esas malas coincidencias de la vida chocarrera que vivimos la mayoría de los mortales.

A pesar del vaticinio nefasto que implica dejarle el futuro sentimental a un golpe de suerte, sobre todo cuando está involucrado un mesero en la ecuación, meses después Federico se hallaba ante la disyuntiva de hacerle caso a su madre y al fin sentar cabeza, o continuar con sus breves y temporales aventuras.

Entonces sucedió que una tarde, sentado en el banco de un parque al Centro de la Ciudad, mientras observaba a un vendedor de algodones de azúcar preparar sus manjares, se dijo a sí mismo: “si el niño elige el algodón rosa, le doy a Susana el anillo de compromiso”, lo que hizo esa misma noche, después de que el escuincle eligiera el dulce casi rojo de tanto colorante, y de la única forma en que sabría que Susana le daría un “Sí” rotundo: en la cama mientras se abrazaban desnudos; todo lo mal que se llevaban sobre el suelo, lo contrarrestaban en el colchón, lo que, a final de cuentas, termina sin ser garantía.

Con el paso de los años la cotidianidad se impuso en Susana y Federico, así como las decisiones basadas en el lado de la escalera por la que subiría una viejita a la planta alta del centro comercial, el color de la corbata del siguiente señor que cruzara por la puerta o la cantidad de personas que se bajaran de un taxi, mismas que les cobraron la factura, algo así como cuando el atún fresco se pasa de cocción y en vez de ser un manjar se vuelve una bola seca, difícil de masticar: potencialmente delicioso, pero arruinado, y su siguiente éxito como pareja fue una firma en el documento de divorcio, donde se asentaba lo estéril de su matrimonio: no hubo ni propiedades qué negociar, ni hijos a consolar, y sus pocas pertenencias terminaron abandonadas por aquello de no conjurar desagradables recuerdos.

Después de varios sucesos en la vida de Susana y Federico, como el aumento en la graduación de sus anteojos, la aparición de algunas canas o el descubrimiento de nuevos platillos favoritos, una noche Susana estaba sentada frente a otro hombre con intenciones amorosas, en otro restaurante con meseros llamados Julián y uniformes beige con marrón. Cuando escuchó la pregunta que su interlocutor le hizo con la misma indiferencia con la que años atrás Federico lo hiciera, miró a su alrededor para buscar una señal, pero sólo se encontró con un plato extraordinario frente a ella, lo que la hizo pensar en que las decisiones son como la confección de un buen platillo: tienes una sola oportunidad para alcanzar la perfección y el fracaso.

Y antes de dar una respuesta positiva o negativa, se dio cuenta que desde ese momento se convertiría en alguien que lucha por el amor como vapor contra válvula de olla chifladora: no se escapa hasta que está bien caliente.

 


* Texto publicado en la revista El Gourmet de México, en febrero de 2018.

Ama y Dueña de Mí

Desde hoy me doy cuenta

que así como me pertenecen mis tristezas,

también me pertenecen mis bendiciones.

 

Desde hoy decidiré cuándo llorar por ti,

sabiendo que puedo disfrutar de mi tristeza

sin remordimientos.

 

Desde hoy decidiré cuándo reír por mí,

sabiendo que puedo disfrutar de mi alegría,

también sin remordimientos.

 

Desde hoy viviré mis días como dueña de mis emociones,

abandonaré el traje de víctima.

 

Desde hoy regaré mis momentos con agua de belleza

y lluvia de gotas mágicas.

 

Desde hoy soy Ama de mis circunstancias

y Dueña de mis pensamientos.

Desde este momento Soy Ama y Dueña de Mí.

DESDE HOY Y PARA SIEMPRE.

 


Escribí este texto después de una experiencia muy amarga. Tenía enfrente el desamor personificado, así que en vez de rasgarme las vestiduras y darle energía e importancia a la situación que vivía, decidí que contrarrestaría lo terrible con poesía, la tristeza con hermosura,  lo trivial de un desengaño, con un compromiso eterno conmigo misma.

Así surgió no sólo este texto, sino mi novela Tacones en el armario, y a partir de ella, la obra que he ido desarrollando con los años.

Hoy sé que nada ni nadie me detiene y que conquistarme a mí es el mayor logro de mi existencia; lo demás ya son puras cerezas del pastel transformadas en guiños que hacen de mi paso por este mundo una serie de eventos deliciosos.

Gracias por leer mis líneas y así convertirte en parte de este gozo.


AMA Y DUEÑA DE MÍ. MÓNICA SOTO ICAZA

“La infidelidad de Mónica Soto Icaza”, por Ricardo Sevilla

En el último apartado de Libera tus libros, Mónica Soto Icaza recomienda que nos pongamos muy guapetones a la hora de ir a presentar un libro y que, si es en domingo, elijamos que la salutación sea en punto del mediodía. Como me gustan mucho los consejos, aquí estoy, a la hora sugerida, y vestido lo más decentemente que he podido: cual si fuese a conmemorar los quince años de una amiga o sobrina muy querida. Yo sé que no he conseguido hacer gran cosa para subsanar mi fealdad ingénita, pero de eso ya no me culpen: la herencia genética no es algo que se pueda uno sacudir fácilmente.

Pero es mejor dejar a un lado las asimetrías de mi físico y entrar, en corto y por lo derecho, a conversar sobre Grab my pussy!, el más reciente libro de Mónica.

Narradora, poeta, pianista, editora y defensora arriesgada de la autoedición, Soto Icaza  es, por si fuera poco, una mujer que, a la hora de escribir, esgrime un discurso políticamente insolente. Hay que escucharla debatir ─y, en serio, nos divertiremos horrores─ sobre aquellos temas que escuecen los ánimos de las malhumoradas buenas conciencias, de las que ya bien nos alertaba Carlos Fuentes hace 59 años.

Dicen sus comentaristas ─que no son pocos─ que Mónica es una transgresora y una infractora. En efecto, lo es. ¿Pero qué reglas profana, qué estatutos contraviene? De entrada, la ramplona idea de que la literatura debe ser aburridota, ladrillesca y montada sobre un discurso presuntuoso. Y eso hay que celebrarlo. No es fácil encontrar en el actual concierto literario mexicano ─tan lleno de autores pretensiosos y sabelotodos─ a personalidades cuya principal apuesta sea la claridad.

¿Y de qué se trata este libro, por lo demás? ¿Son cuentos eróticos, como se dice? Sí, desde luego. Y no hay forma de equivocarse, el título nos lo dice en tres palabras: Grab my pussy! Basta, simplemente, traducirlo. ¿Y qué será, por otra parte? ¿Una obra pornográfica, erótica, licenciosa?, se preguntará más de un curioso. Sí, también es eso. Pero es más cosas. Pese a que el erotismo y la sensualidad laten en cada una de las briosas descripciones que la autora nos obsequia en estos diecisiete relatos, no estamos hablando sólo de una obra de corte erótico. Afirmar semejante cosa sería reducir drásticamente el resto de sus aportaciones. Aunque no puede negarse que los enredos lúbricos juegan en estas piezas un papel primordial, lo cierto es que aquí también encontramos una enorme ─y nítida─ riqueza verbal.

Alguna vez, en cierto programa de televisión de cuyo nombre no quiero acordarme, escuché a Mónica defender la idea de que el ser humano es por naturaleza polígamo. Haciendo gala de una gran técnica pugilística, se subió a un ring, se puso los guantes, y se dispuso a propinarle una tunda proverbial a cierto contrincante acartonado, arrojándole a la cara una serie de argumentos, como yunques, que tenían que ver con los neurotransmisores ─la oxitocina, la vasopresina, la dopamina y otros conceptos que, por mi habitual distraimiento, no logro recordar. Si como alega Mónica, la infidelidad está dentro de la naturaleza humana, supongo que creerá que la poligamia también existe en la literatura. ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Acaso estoy sugiriendo que Mónica le ha sido infiel a la literatura? No, por cierto. Lo que estoy acusando es algo más concreto: Mónica le ha puesto el cuerno a todos y cada uno de los géneros literarios con los que ha tratado. Hay que leer Grab my pussy! para darnos cuenta de que nuestra amiga no ha resistido la tentación de solazarse con todos los géneros que ha podido. Ha coqueteado con la lírica cotidiana, la épica amorosa y el drama pasional. Y no conforme con eso, también ha flirteado con cuanto subgénero le ha salido al paso: la sátira, la epístola y la epopeya, por mencionar sólo a unos cuantos. Y qué bien que lo haya hecho. Los resultados no podrían haber sido más provechosos. Por fortuna, el escritor israelí Amos Oz nos enseñó que las vidriosas ─y estúpidas─ fronteras entre los llamados géneros literarios se desplomaron hace mucho tiempo. ¿Entonces? ─se preguntarán, desesperados y tirándose del cabello los catalogadores─, ¿dónde colocamos este libro? ¿Serán crónicas, relatos escritos con recursos líricos, autoficción? Ellos pueden colocarlo en donde gusten y manden que, en donde sea que se les ocurra implantarlo, cabrá muy bien.

Pero si, aun con todo, alguien me apurara a adjetivarlo, yo diría sin temor a equivocarme que se trata de un libro irónico, irreverente y desfachatado. Y es que otra de las características de Grab my pussy! es su descomedido acento narrativo. Pero tampoco debe creerse que todo es jugar a la insolencia. De hecho, su discurso puede ser cualquier cosa, menos descuidado. Al contrario: todo el entramado prosístico ─e incluso el atmosférico─ está perfectamente vigilado. Su prosa ─que ha cuidado concienzudamente las imágenes, las metáforas, los diálogos─ combina perfectamente los recursos narrativos con los poéticos. Pese a que lo que narra son escenas habituales de una muy activa vida amorosa, asombra el celo estilístico que Mónica ha puesto en narrar estas menudencias. Hay párrafos donde la autora se concentra pertinazmente en la exaltación artística del detalle, en la descripción morosa de lo aparentemente insignificante. En cierto sentido, Icaza no escribe: dibuja con las palabras. Su narrativa me recuerda las técnicas de los pintores que, con trazos aéreos, saben delinear las sutiles líneas tras las que se filtran los secretos más íntimos del corazón.

Decir que Soto Icaza posee una visión poco convencional sobre el amor y el erotismo también es describir ─y reducir─ sus aportaciones con torpes lugares comunes. Su visión, en realidad, es más fecunda. Con enunciados cortos pero precisos, la autora nos habla en estos cuentos sobre asuntos que logran tocar zonas muy íntimas.

Ya se ha dicho suficiente que todos estos relatos tienen como denominador común el erotismo y que el hilo conductor son los amores transgresores e inconfesados. Pero la escritora no sólo rinde su obra al hedonismo. Hay más. Mucho más. Grab my pussy! puede leerse como un tratado sobre las perversiones sexuales de la época. No se equivocaba Mario Vargas Llosa cuando decía que “no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias”.

Y aunque en esta obra el tratamiento de lo erótico, más que atrevido, es absolutamente desinhibido, jamás cede a la chabacanería. Por el contrario: cada uno de los relatos de Mónica Soto Icaza son piezas refinadas que caen suavemente sobre la piel del lector como la seda. O dicho en otras palabras: son una caricia voluptuosa, un gusto para almas sibaritas.

La autora nos enseña que siempre hay algo inconfesado ─y bestialmente atractivo─ en los deseos más íntimos. Y lo mejor de todo es que no sólo se ha quedado en una introspección erótica, sino que ha sabido cómo sacar esas reflexiones a la luz. Sospecho que desde hace mucho tiempo la autora ha estado muy conectada con su cuerpo y las múltiples sensaciones y percepciones que la envuelven. Es probable que Soto Icaza coincida con Margaret Atwood cuando, en La mujer comestible, escribió que “lo erótico radica en concederle al acto sexual un decorado, una teatralidad que sirve para añadirle al sexo una dimensión artística al sexo”.

En resumen: no tengo duda de que quien se anime a cursar las procelosas aguas del Grab my pussy! se encontrará inmerso en un mundo literario fértil e inquietante. Estoy persuadido, además, de que el lector de estos relatos ─como me ocurrió a mí─ saldrá con los deseos inflamados.


Texto creado por Ricardo Sevilla a propósito de la presentación del libro Grab my pussy!, cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito, en la FIL Minería, el 4 de marzo de 2018, en punto de las 12 del día. No me alcanzan las palabras para agradecerle su compañía y su confianza en mis letras.


*Ricardo Sevilla. (Ciudad de México, 1974). Ha sido editor de política, cultura y literatura en el Fondo de Cultura Económica, Excélsior y La Razón en diferentes periodos. También ha sido colaborador de revistas, suplementos culturales y literarios, dentro y fuera de México: Tiempo Libre, La Mosca en La Pared, Quimera (Madrid), La Jornada Semanal, Ovaciones en la Cultura, Novedades en la Cultura, Sábado del periódico Unomásuno y Paréntesis. Ha sido columnista de Arena de Excélsior, del periódico Folha de São Paulo (Brasil) y de la revista La Rabia del Axolotl. En 2001 obtuvo el Premio Internacional de traducción João Guimarães Rosa. Alternativamente, ha sido profesor de español y literatura en varias escuelas y universidades, como el ITAM y la Universidad Iberoamericana, ha sido lector y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidade Federal de Minas Gerais, en Belo Horizonte, Brasil. Es autor de los libros Según dijo o mintió, Elogio del desvarío, Álbum de fatigas y Pedazos de mí mismo.


Si te interesó el libro puedes adquirirlo en electrónico para Kindle aquí:

Palabras VS Ideas

Libertad. Felicidad. Fe. Amor. Sexo. Abundancia. Prosperidad. Valentía. Vocación. Todas ellas palabras muy manoseadas, compradas por el mejor postor, erigidas en pedestales a veces, emputecidas en ocasiones, pero dichas por toda la gente en cualquier idioma: freedom, happiness, faith, love, sex, prosperity, freiheit, felicitat, amour, cesaret, kön…

De nada sirven si no las convertimos en verbos cotidianos. Por ejemplo, en mujeres tomando decisiones, en desigualdad acotada, en políticos incorruptibles, en gente que invierta con fe en las ideas de otros, en quienes dan su vida por llevar sus utopías a la práctica, porque las palabras son así: estériles cuando solo son pronunciadas y todo cuando trascienden su condición de conceptos para simplemente ser consecuencias en algunos, o al menos en alguien de carne y hueso.

Es inútil una retórica impecable si no puedes asirla entre los dedos…

Sobre amar la vida… y el erotismo #pensandoenvozalta

Podría escribir sobre los pueblos de mi tierra o sobre bicicletas, hacerle poesía al cambio climático, la inmensidad del océano o la belleza de las nubes… o sangrar con palabras los dolores ajenos para sanar los propios y ser espejo que se multiplique al infinito.

Tal vez lo haga algún día. En esta o en otra vida.

Pero hoy. Hoy prefiero escribir sobre orgasmos, buscar distintas formas de describir el milagro que descubro en otro cuerpo dentro del mío. Quiero nombrar lo innombrable, hablar de lo que pasa debajo de las faldas, entre las piernas, liberar las mariposas de las panzas para enamorarse con la piel, pero también con las neuronas.

Hoy tengo predilección por las aventuras, por las medias rasgadas y los dientes en los pezones. Tengo inclinación por las humedades nuevas, por la expectativa de otras formas y la sorpresa de sabores. Por las diagonales-experimentos-hallazgo de la doble cara de los dedos: uña-piel-corrientes subterráneas.

¿Que el mundo es demasiado terrible para hablar solo de lo bello? ¿Que si uso los sustantivos explícitos para hablar de vaginas, masturbación, penes, orgasmos? ¿Que si mi gusto por aclararle a los hombres cuando solo quiero sexo me hace frívola? ¿Que si prefiero la verdad aunque se confunda con cinismo, a las mentiras piadosas que terminan rompiendo el corazón?

A fin de cuentas he descubierto que escribir el sexo y experimentarlo con abundancia es vivir con libertad.

¿Venganza? #cuento #Ámsterdam

Ámsterdam. Barrio rojo. Marihuana. Prostitutas. La recibe el cielo soleado. El viento frío. Sus ojos quieren sonreír ante tanta belleza, pero ella no lo hace. Debe estar triste. Se supone que cuando te rompen el corazón lo natural es la tristeza. Ella sólo piensa en venganza. Venganza estúpida: él jamás se enterará.

En el mapa abierto se dibuja el cuadro azul entre las calles Zeedijk, Damrak y Damstraat, detrás de la iglesia de San Nicolás de Bari –patrón de los marineros y las putas–, que el recepcionista del hotel marcó cuando ella preguntó dónde podía contratar una prostituée.

Camina por las calles empedradas, sobre múltiples puentes, entre canales, turistas, flores, restaurantes, bicicletas, coffee shops, con la mirada fija en el cielo. Se niega a disfrutar. El edificio de la Estación Central le roba la mirada, hace que llegue la incómoda sonrisa.

El viaje, planeado desde hacía meses, debía ser una segunda luna de miel; la celebración de su cuarto aniversario de bodas, pero se convirtió en platos rotos y bofetadas, en papeles firmados para finiquitar el matrimonio.

El asiento vacío junto al suyo en el avión le recordó todo el trayecto la conversación que acabó con su matrimonio: “voy a tener un hijo con Fulana”. Típico. Ojalá hubiera sido por alguna razón más sofisticada, pero no; era simplemente otra mujer, un hijo sorpresa: adiós planes. Porque a final de cuentas irse había sido su decisión, él quería conservarlas a las dos. ¿Con qué sentido? De golpe perdió al marido, la casa y las ilusiones.

Mira el letrero: “Live sex: hetero, homo, lesbian”. El siguiente local es un edificio bajo con tres vitrinas iluminadas de rojo. La primera tiene la cortina corrida; en la segunda una prostituta de lencería verde y rosa fluorescente la ve y con una sonrisa la invita a entrar. En la tercera la mujer textea en su celular. Da un paso atrás para mirar de nuevo a la chica fosforescente. Se le antoja el ombligo, la cintura, la cosquilla de su cabello en la cara. No se imagina haciendo el amor con otra mujer, pero esa rubia afina su idea de venganza.

Sigue caminando. Los edificios le ofrecen putas internacionales: asiáticas, latinas, europeas. Se detiene frente a una ventana. La chica del otro lado del vidrio la deja muda: alta, delgada, cabello negro. Ropa interior también negra, con un liguero anclado en la pierna derecha, cintura pequeñísima, pechos grandes. De unos 20 años. Decide que será ella.

Se acerca a la entrada. La mujer abre un poco la puerta y le pregunta de qué país viene. Ella responde “México”. Sonríe. El cristal se abre y ella da un paso adentro de un cuartito de tres por tres metros, con una cama de colcha roja en una esquina.

Paga por adelantado. Es la primera vez que compra sexo; es su primera mujer y el primer viaje a Ámsterdam. Ella creía que a su edad le quedaban pocas primeras veces, y ahí tiene tres al mismo tiempo.

Parálisis. Incertidumbre. Caricia.

Deshielo.

Piel despierta.

Torrente.

Uñas en las sábanas. En la espalda.

Grito.

Lágrimas.

Libertad.

Sale de ahí a la hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. Transita sobre los puentes como si sus huellas se hubieran convertido en una corriente distinta a la que pisaba hace unos segundos. Aprieta los párpados y cuando vuelve a abrirlos mira a su tristeza volar hacia un cielo dulce, como el nuevo aroma de su piel.


* Este cuento forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

MonoRetrato AutoLogo #Minificciones para gente con sentido del humor

Cristina

Quería escribirte un cuento, pero recordé la imagen de ustedes dos en un portaretratos de tu recámara. Llevábamos tres días de novios y todavía estaba ahí: restregándome en la cara su relación de tanto tiempo. Una hora busqué inspiración, caminé, escuché música, leí poemas de amor. Al final mi pluma te escupió una mentada de madre.

La sonrisa de mantarraya, foto por Mónica Soto Icaza

Once pasos

“ “El que siga se muere” ”. Dijo mientras doblaba una esquina. Dio once pasos. Se encontró de frente con el cañón de una pistola sostenida por un hombre dispuesto a disparar a la siguiente persona que se cruzara en su camino.

El mirón

La cantidad de mujeres que volteas a ver cuando salimos a la calle es directamente proporcional al número de hombres que me ven a mí, no tiene sentido enojarme por eso. Tu problema es que si no dejas de ser tan descarado, un día esos besitos en los ojos que tanto te gustan se convertirán en un arma mortal.

Para que no te atropellen. Foto Mónica Soto Icaza

Martina

Creí que Martina era la persona más civilizada en la faz de la tierra hasta que la vi sacarse un moco. Tenía varios meses sin encontrarme con ella, cuando nuestros automóviles coincidieron en la esquina de Reforma y Río Tiber. En el momento que iba a tocar la bocina para hacerla voltear, metió su dedo en la nariz, hizo una bolita entre sus dedos, bajó el cristal de la ventana y lo lanzó hacia la calle. Yo me hice de la vista gorda y miré hacia otro lado, pero ella reconoció mi automóvil amarillo. En ese instante no tuvo más remedio que saludarme. Le sonreí entre cómplice y burlona. La luz verde separó nuestras miradas, tal vez para siempre.

Después de todo Martina sí era poco civilizada, no me ha vuelto a llamar desde hace cuatro años.

El martillo

Cuando él le mostro el martillo ella sonrió. Al fin podría colgar los cuadros guardados durante años para cuando tuviera su primera casa. Él se paró frente a la pared con los brazos extendidos para medir el centro, ella se recostó en el piso para mirarlo. Él tomó el martillo, colocó el primer clavo. Ella se levantó para verificar si estaba derecho. Él volteó para preguntarle a ella si estaba derecho el cuadro. La cabeza de ella se convirtió en una mezcla de sangre y lágrimas cuando las inevitables leyes de la física los hizo comprobar que dos objetos no pueden estar en el mismo sitio al mismo tiempo.

Vestido de novia

A los 21 años imaginaba el día de mi boda. Siempre que veía un vestido de novia en los aparadores de las tiendas mi mente volaba hacia el futuro día más feliz de mi vida. Me encantaba contemplarlos y escoger uno. En diversas ocasiones decidía cuál me gustaría usar pero cambié de idea muchas veces. Un día tuve que elegir al fin uno de ellos: era el vestido de novia de mis sueños: blanco, entallado, con una crinolina enorme y hermosas flores bordadas a mano. No recuerdo bien la cara de mi novio, creo que mi único recuerdo de esa boda es mi preciosísimo vestido blanco. Me ha sucedido lo mismo nueve veces.

Supongo que he desarrollado una manía por los vestidos de novia.

Antropólogo

Este mesero fue un antropólogo cansado de estudiar la miseria humana. Después de unos meses y algunos cientos de comensales atendidos, se da cuenta que le avergüenza haber nacido humano y se tira de cabeza en un puente.

Cebolla

Cortaba cebolla como pretexto para llorar… por eso Andrea aprendió a cocinar sopa de cebolla gratinada, aros empanizados de cebolla, huevos a la mexicana (con jitomate, cebolla y chiles jalapeños), cochinita pibil con cebolla morada, hígado encebollado… así podía llorar de forma descarada y con cada vez más frecuencia. Pero la vida siguió y un día se le acabaron los motivos. Cuando esto sucedió empezó a quemarse con las ollas y sartenes, incluso con el horno. Un tres de abril, la mamá de Andrea entendió al fin que su hija es adicta al sufrimiento.

El vendedor de vírgenes

Eran dos hermanas. Las vi en el tren. Hablaban y reían mucho. A su alrededor había un aura de felicidad que no había visto antes en alguien. Pero también las rondaba un espíritu bromista. De esos que se roban lo bueno que encuentran en su camino. Entonces me acerqué a ellas y les regalé un par de Vírgenes. Eran las ocho de la noche y no había vendido, pero al momento de verlas una voz gritó desde el fondo de mi estómago hasta mis neuronas. Era un alarido desesperado, el aviso que rodea a quien va a morir. Y eran ellas. Las dos. Iban en un viaje de tres semanas. Por eso me acerqué y le regalé una Virgen de cinco dólares a cada una. Y también les di la continuación de su vida. Aunque ellas nunca lo sepan. Las semanas siguientes busqué en el periódico la noticia fatal de su accidente. Pero no la encontré. Supongo que regresaron a su casa con vida. El estómago no me ha vuelto a arder desde aquel día.

Selfie antes del tiempo de las selfies. Reflejo en el tren. Foto de Mónica Soto Icaza

El diario

Escribo esta noche para conciliar el sueño, pero en vez de lograrlo, mi mente inventa palabras nuevas para narrar experiencias viejas. Ahora entiendo por qué algunas personas escriben un diario, es cansado recordar los días cuando ya hay un humo de años sobre ellos, las experiencias acumuladas van haciendo insignificante a la cotidianeidad. Cuando escucho hablar a una persona mayor me doy cuenta cabal de eso, para ellos treinta años se resumen en unas cuantas palabras, pero en este momento yo misma no los tengo, ¿quiere decir que cuando tenga 70 mi vida hasta ahora va a ser un resumen de tres o cuatro cosas importantes?

Desde mañana empezaré a escribir un diario.

*Este libro fue publicado en enero de 2008 y contenía una colección de fotografías en blanco y negro, algunas de las que muestro aquí.

Una musa accidental

¿Quién le dijo a mi ex-adorado-ex-novio, que tiene el derecho de utilizar nuestros incipientes meses de relación como inspiración literaria? ¿Nuestras pláticas como diálogos convertidos en ficción? La respuesta puede sonar un poco imposible, pero la culpable es la Historia. Historia con mayúsculas, porque gracias a ella, una persona compuesta por infinidad de personas, las mujeres somos quienes somos hoy, o por lo menos somos lo que no se supone deberíamos ser. Tal vez eso ya es ganancia.

Me explico.

En 1762 apareció el tratado Emilio o de la educación, del célebre Juan Jacobo Rousseau. En el capítulo cinco, Rousseau expone el ideal educativo para Sofía, el cual es distinto al de Emilio por la razón de que las mujeres y los hombres poseemos diferentes naturalezas racionales, y por ende, pertenecemos a esferas distintas: los hombres están dentro de la esfera pública, o sea, en la acción cotidiana que hace girar el mundo social y financiero, y las mujeres estamos en la esfera privada, limitada a los ámbitos de la domesticidad y la familia. ¿Qué significa esto? Por supuesto que dependencia, convirtiendo a los hombres en los fuertes y a las mujeres en las débiles; a los hombres en los activos y a los hombres en las pasivas. En estas líneas se trasluce el meollo del asunto: la educación de la mujer es responsabilidad del hombre, así, la mujer alcanza una virtud familiar de esposa y madre, y el hombre, la virtud social, lo que quiere decir que una mujer que hace las cosas de una manera distinta, no es una mujer valiosa.

Cito a Rousseau: “(…) toda la educación de las mujeres debe referirse a los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos de jóvenes, cuidarlos de adultos, aconsejarlos, consolarlos, hacerles la vida agradable y dulce: he ahí los deberes de las mujeres en todo tiempo, y lo que debe enseñárseles desde su infancia. Mientras no nos atengamos a este principio nos alejaremos de la meta, y todos los preceptos que se les den de nada servirán para su felicidad ni para la nuestra.” Ahí está entonces: la educación, y sobre todo, uno de los grandes ideólogos que ha dado la Historia, le da el derecho a los hombres de hacernos musas, sin preguntarnos, sin saber a ciencia cierta si estamos de acuerdo o no, ¿y cómo reaccionamos nosotras? Seamos sinceras: nos encanta cuando nos conviene y despotricamos cuando no.

En fin. Aquí dejamos de lado a Rousseau para abrirle paso a una mujer que en ese mismo siglo XVIII decidió rebelarse a las opiniones y costumbres de sus tiempos: Mary Wollstonecraft, una inglesa de la segunda mitad del siglo, madre de la novelista Mary Shelley. ¿pero qué creen? Que ser la madre de la autora de Frankenstein no fue lo que la hizo pasar a la Historia, de hecho, murió unos días después de dar a luz; sino su “Vindicación de los derechos de la mujer”, el primer tratado feminista que, como ya se imaginarán, causó escozor en la sociedad de su época. De hecho, fue un arma de doble filo, porque por un lado la hizo célebre, y por el otro, provocó que gran cantidad de personas la rechazara.

La intención de Mary era ayudar a las mujeres a conseguir una mejor calidad de vida, no sólo para ellas mismas, sino para sus hijos y para sus maridos; ella rechazaba el papel de la mujer como adorno inútil y encantador que sólo se dedicara a atender y embellecer su hogar, como demasiado sentimentales y tontas. Para ella, la educación era la llave para lograr un sentido de respeto a sí mismas y era necesaria una nueva auto-imagen que permitiera a las mujeres explotar sus capacidades para un mejor uso de ellas. ¿Les suena conocido?

Mary Wollstonecraft defendió la igualdad entre hombres y mujeres, sabía que la educación que habían recibido las mujeres era lo que las tenía en una situación de desventaja. Lo expresó así:  “debo declarar que creo con firmeza que todos los escritores que han tratado el tema de la educación y los modales femeninos, desde Russeau hasta el doctor Gregory, han contribuido a hacer a las mujeres más artificiales, caracteres débiles que de otro modo no habrían sido y, como consecuencia, miembros más inútiles de la sociedad.” Más adelante dice: “las mujeres, consideradas no sólo criaturas morales, sino también racionales, deben tratar de adquirir las virtudes humanas (o perfecciones) por los mismos medios que los hombres, en lugar de ser educadas como una especie de fantásticos seres a medias, una de las extravagantes quimeras de Rousseau”.

Algunos días todavía me siento en el siglo XVIII, cuando hay quienes intentan hacernos creer que estamos hechas sólo para musas, cuando intentan convencernos de que nuestro valor como mujeres radica en la importancia del hombre que tenemos como pareja o en la ausencia de alguien que nos ame, cuando en realidad somos las más grandes hacedoras, seres llenos de talentos, de visión ilimitada.

No pretendo ser feminista radical ni hacer menos a los hombres, por supuesto que no, soy una hija agradecida, novia orgullosa y madre de una niña y un niño… y por qué no, admito que también, en aquellas noches de inspiración y fuerza creadora suspiro por mis musos, quienes mueven mi pluma sobre el papel en blanco y me permiten crear a través de ellos, ¿eso me convertirá en algo así como una mujer masculina?

Dicen que nadie sabe para quién trabaja, ¿tú qué crees?

Grab my happiness!

Dicen que hay dos momentos más importantes en la vida de todo ser humano: cuando naces y cuando descubres para qué.

Antier, martes 14 de noviembre de 2017, entre dos y cuatro y media de la tarde, recibí uno de esos regalos que te otorgan épocas determinadas, experiencias que te marcan, que imponen de manera dulce una huella indeleble en tu transitar por los días.

Llegué, café en mano, al auditorio de la Facultad de Ciencias de la Conducta (mejor conocida como FaCiCo) de la Universidad Autónoma del Estado de México a las dos de la tarde en punto. Al pie del proscenio se encontraba un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, cuya sonrisa se hizo pronunciada al escuchar el sonido de mis tacones bajar por la escalera.

Caminé por el pasillo entre las butacas, saludando a quienes ya se encontraban ahí, me dirigí a la mesa con tres sillas que se encontraba al frente y tomé mi sitio al centro. Junto a mí, del lado derecho, se sentó María Fernanda, de la licenciatura en Educación y del lado izquierdo, Fernando, de la licenciatura en Psicología.

Hablando en FaCiCo

He presentado libros desde hace muchos años en foros diversos, algunos tradicionales, como casas de cultura y bibliotecas, otros extraños, como tiendas temáticas o cantinas, incluso ya había estado antes en ese mismo auditorio… pero lo que sucedió ayer en la tarde fue único: los alumnos se organizaron para que los acompañara, me buscaron a través de las redes sociales, gestionando ellos mismos el proceso para que yo estuviera ahí, desafiando a algunos maestros y otras personas sólo para escucharme hablar de mi nuevo libro, “Grab my pussy!” y poder platicar conmigo.

No me alcanzan las palabras para describir la gratitud que sentí, la energía que me contagiaron, la esperanza, la sensación de saberme afortunada por el hecho de estar ahí.

Para una autora independiente, que lleva toda su vida profesional (y un poco más) luchando por escribir, por dar a conocer su trabajo, seducir a nuevos lectores para la poesía peleándose con propios y extraños, defendiendo ideales, buscando caminos y atreviéndose a romper todas las reglas, escuchar a Fernanda y Fernando hablar sobre mi trabajo, ver desde mi silla en el público las cabezas que asentían, las bocas con sonrisas o haciendo comentarios, el brillo en los ojos; escuchar las preguntas, ser testigo de las reacciones, fue ir de asombro en asombro, de deleite en deleite, de la incredulidad al gozo absoluto.

Antier un grupo de jóvenes me recordó el “para qué” de mi existencia. Antier un grupo de jóvenes me regaló una renovada certeza de que el cansancio que siento y el defender las convicciones con mi vida ha valido la pena.

Sé que la próxima vez que esté a punto de darme por vencida evocaré ese martes 14 de noviembre de 2017, de catorce a dieciséis treinta horas, y seguiré adelante.

Moni sonríe en la FaCiCo

Hombre de fuego -tres poemas-

Él es mi hombre de olas e historias

guardián de mis noches

desde su insomnio.

Sus dedos largos

toman posesión de mi espalda

trazan poemas entre sus lunares

y abrevan al fondo de mi vientre.

 

Mi hombre de lumbre en las pupilas

me mira y calcina sus ausencias

ilumina mi lecho con mareas de antaño

y calienta el aire por donde paso.

 

Este hombre de recuerdos

es el dueño de mis más nuevas humedades

me toca con sabiduría de años

y susurra promesas en mis sueños.

 

De los ojos de mi hombre de hogueras

aprendo más de mil formas

de invocar al fuego.

 

foto moni contrastada

 

Esta noche

regresarás a tu cama

donde estuvimos juntos

apenas hace unas horas.

Encontrarás mis cabellos en tu almohada

el olor de mi sexo impregnado en las sábanas.

 

Intentarás dormir creyendo que tienes el control

que soy una entre las demás

que podrás olvidarme y continuar tu vida cotidiana.

 

Pero ahí acostado

en la oscuridad

aparecerán mis ojos en tu mente

mi voz danzará en el aire

rebotará en las paredes

se meterá entre las páginas de tus libros

escucharás mis respuestas

y sentirás mis piernas abrazándote la espalda.

 

Sabes que si te duermes

quizá me confundas con un sueño.

 

Esta noche no quieres despertar.

 

19250301_814848458681815_95634720_o

 

Soy puta. Puta entre las putas. Porque no quise quedarme. Porque decidí abandonar esa sonrisa mentirosa. Porque me robé las llaves del cofre donde escondiste mis alas. Soy la peor puta. La más puta entre las putas. Porque dejé de regalarte mi sexo. Porque a cambio de gritos no se dan orgasmos, sino despedidas. Hoy me autoproclamo la más puta de entre todas las putas. Y elevo mi putez como bandera. Que ondee en el viento para que la vean bien quienes opinan. Quienes inventan estrados en mi alcoba, en mis espejos, en mis poemas, y se visten de jueces para arreglarme la vida sin permiso. No me importa que me llames puta. Soy la puta que te dejó.

 

19349310_814848538681807_1787453132_o

 

Textos: Mónica Soto Icaza

Fotografía: Érik Marváz

Confesiones de una escritora auto-publicada

Me hice mi primer libro a los 20 años pensando en que algún día una importante editorial me publicaría alguna novela y me volvería una escritora famosa. En esa época no podría imaginar que me convertiría en una autora auto-publicada por convicción, y menos que diecisiete años después disfrutaría del placer de mirar la historia que he construido y sonreír ante la infinidad de trasgresiones que he cometido e hicieron nacer a esta mujer de 38 años y deleite infinito.

Me gusta ser una escritora de las lectoras, de mis lectores. Lo más emocionante que puede sucederme es saber que alguien experimente alegría, libertad, furia con una historia, que se asombre con un inicio o un desenlace, que me escriba al terminar de leer para compartir conmigo ideas y sensaciones.

Me gusta ser una provocadora innata. Desde niña me ocupé de hacer, por eso, cuando en la adolescencia leí el libro sobre un hacedor, definí un futuro construido sobre la valentía, el atrevimiento, fuera de zonas de confort.

Me gusta conocer las partes de atrás de los centros comerciales entregando libros en librerías (he descubierto que mientras más bonita y lujosa es la plaza de compras, más feas son sus catacumbas); hacer fila, con vestido y tacones, junto a mensajeros y choferes para entregar libros; sencillamente porque si me espero a que alguien lo haga por mí, o a tener el éxito económico con mis libros para lograrlo, el tiempo sigue pasando, los sueños se van alejando y las posibles realidades se hacen imposibles poco a poco.

Por eso ver mi libro en una mesa de novedades de una librería o en un estante me inyecta un pasón de adrenalina que me lleva a volverme adicta a hacer, hacer y hacer lo que más me gusta: escribir historias, releerlas, corregir las publicables, congraciarme con las no publicables (las coloco en la computadora en una carpeta llamada “textos random”); formar colecciones de poesía, de cuentos, proyectar los posibles nombres, imaginar el formato del libro (tengo predilección por los ejemplares fuera de formato); buscar la imagen de portada perfecta (ya sea una fotografía tomada por mí, o la obra de alguien más); hacer la formación; escribir los textos editoriales; mandar diseño de interiores y portada por WeTransfer a la imprenta de Fernando (tengo ocho años trabajando con Impresos Morales, que usa tintas amigables con el medio ambiente porque Fer es Ingeniero Ambiental); comprar el papel (las señoritas del mostrador y yo hemos envejecido al mismo tiempo, el otro día se asombraban de lo grandes que están mis hijos: me conocieron aún soltera); recoger los interiores de la imprenta, llevarlos a encuadernar con Antonio (quien lleva colaborando conmigo 12 años, y ahora no nada más es mi proveedor de doblez y encuadernación, sino un amigo invaluable junto con su esposa y sus tres hijos, a quienes vi graduarse de la Universidad); ir a recoger los libros con la emoción de conocerlos (claro, cuando no se me ocurre hacer ediciones que tengan que ser terminadas a mano, adivinen por quién); después hacer cartas de propuesta para venta en librerías; armar boletines de prensa; entregar todos esos documentos en empresas y medios de comunicación; llevar libros a las sucursales de Gandhi, El Sótano y el Fondo de Cultura Económica, las tres librerías que me han abierto las puertas, gracias a Toño Cerón, Luz Elena Silva e Israel Taboada, y todo lo demás que es necesario para que los libros tengan la posibilidad de llegar a las manos de la mayor cantidad posible de lectores.

Sé que a muchos escritores no les gusta hablar del esfuerzo que trasciende la escritura. Sé que para muchos resulta humillante vender sus propios libros, entregar sus propias invitaciones, servir el vino en sus presentaciones. Sé que muchos se sienten frustrados con sus editores, con sus colegas, pero hablar del trabajo detrás de dar a conocer un libro nos pone como comunidad en una dimensión distinta a los ojos de quienes nos hacen el regalo de leerlos.

Cuando quieres dedicarte a escribir, no basta con tener mucho talento, tiempo para escribir y encontrar quién te publique tu libro, sino tienes que buscar que la gente tenga tus ejemplares en las manos, que los lean, no puedes darte el lujo de no involucrarte.

Sé bien los sacrificios de no buscar un camino más institucional, uno donde tuviera el cobijo de empresas públicas o privadas, y más en un país donde la mayoría de la gente venera la fama, a las grandes corporaciones, y menosprecia la independencia. Pero no me importa. Yo vivo encantada con el placer de crear nuevos esquemas, con la satisfacción del esfuerzo, y sobre todo, con el valor de mi libertad. Cada logro, por pequeño que sea, me permite conocer la gloria.

Si alguna vez has leído uno de mis libros, has invertido tu dinero, tu tiempo, un fragmento de tu vida con los ojos sobre mis líneas, me has invitado a hablar de ellos o los has recomendado, tienes que saber que cuentas para siempre con mi aprecio y mi gratitud. Cada libro en tus manos es una recompensa a esta lucha por sembrar lo impensable y cosechar lo posible.

 

Mónica Soto Icaza

Julio de 2017

 

Libros Mónica Soto Icaza

De cómo la literatura erótica potencia el placer sexual…

Somos seres de imágenes en la mente, de memorias, de acciones y reacciones que tienen que ver con la imaginación. Lo que nos hace humanos es el arte, esas manifestaciones de la profundidad de nuestra experiencia. Es aquí donde la literatura hace acto de aparición; donde la acción de leer puede adquirir proporciones épicas, provocar deleite no sólo en las fantasías, sino en el cuerpo.

Cuando imaginamos la mente se confunde y le cuesta trabajo distinguir entre imágenes que suceden en la vida real y las que ocurren en la fantasía, por eso es tan placentero soñar despiertos. Lo mismo sucede cuando leemos, y mucho más si el autor tiene la capacidad de formar esas imágenes con sus palabras en nuestra mente. Así, leer se convierte en un acto de sufrimiento, reflexión o deleite.

Hoy quiero hablar del disfrute que se experimenta al leer literatura erótica, de las sensaciones que el erotismo despierta en los sentidos, de lo que el cuerpo pide, de las manos que traviesas se deslizan debajo de la ropa para rozar aquellos lugares que en segundos empezarán a inundarse.

La literatura erótica provoca mayor apertura hacia el sexo, nos da ideas, sensaciones nuevas y nos regala historias. A diferencia de una película con escenas de poca ropa, al leer tenemos la oportunidad de colocarnos en el lugar del héroe o la heroína, de desdoblarnos y asumir que somos un personaje que alguien imaginó para darle una vida de placer.

La vida se siente distinta después de un orgasmo. Los sonidos adquieren musicalidad, los colores tonos más intensos, los olores se dispersan como una explosión de mil maravillas. Después de un orgasmo los poros de la piel despiertan a las texturas, las neuronas retoman los pensamientos, el mundo se aparece ante nuestros ojos como un lugar menos hostil, y quedamos dispuestos a explorarlo sin miedo. Lo mismo sucede con los orgasmos intelectuales, esos que experimentamos al leer algo que nos parece genial, creado en un momento de trance en la inspiración.

¿Quién no ha oído hablar del legendario Kamasutra, el clásico de la literatura oriental que se ha posicionado como el ejemplo de erotismo por excelencia? Es el libro erótico más popular de todos los tiempos. En él no solamente aparecen las famosas posturas para hacer el amor, sino que habla de los tipos de mujeres y hombres según el tamaño de su sexo, de su compatibilidad. Es un manual de seducción, con los rituales y requisitos necesarios para que el disfrute de la unión sea más intenso, más perfecto.

La sensualidad, junto con el amor, es uno de los temas más recurrentes en los libros de ficción. Ambos forman parte de esa otra dimensión que nos habita a las personas: la de la trascendencia. El sexo es tan poderoso porque es capaz de generar vida, de darle continuidad a la especie humana, de transformar absolutamente el ánimo de quien lo practica, de quien lo lee o quien lo escribe.

El sexo es una necesidad básica del ser humano, que adquiere mayor importancia al estar insertada en todos los niveles de la motivación que bien describió Abraham Maslow en su famosa pirámide, en el siglo XX. Desde las necesidades fisiológicas, donde lo incluye de manera explícita, pasando por las necesidades de seguridad, sociales, de estima y autorrealización. El sexo lo transforma todo. Y todo es culpa de las endorfinas, de la dopamina, de la oxitocina, esas drogas naturales que estimulan la manera en que nos enfrentamos con el mundo.

Cuando leemos literatura erótica nuestro cuerpo libera estas sustancias, porque fantasea con que somos nosotros los personajes, o imagina que lo que leemos está sucediendo justo frente a nuestros ojos. Desde la primera vez que tenemos una experiencia sexual, en nuestro cuerpo se guardará la memoria de las sensaciones que vivimos, por lo que el puro recuerdo es suficiente para que surja el deseo de repetirla, a pesar de haberla llevado a cabo una y otra vez. Aquí es donde la literatura erótica encuentra la ventana para influir en las relaciones íntimas que compartimos con otros, incluso con nosotros mismos.

Hay a quienes les gusta hacer una distinción entre literatura erótica y pornografía, porque es definitivo que se encuentran separadas por una línea muy delgada, tal vez demasiado. Esta diferenciación parece dividir al erotismo en dos categorías, una superior a la otra, pero no necesariamente es así. Todo depende del lector. Tal vez una mujer que siente incomodidad al ver una escena de sexo explícito en una película, al leerla se encuentra más cómoda. Quizás un hombre sí requiere un estímulo visual que no le deje nada a la imaginación para encontrar el placer que busca. A fin de cuentas vivimos en un mundo diverso y es maravilloso que existan propuestas para repartir.

Se dice mucho que leer aumenta el bagaje cultural, que provoca conexiones cerebrales nuevas, que abona al criterio, a la empatía de las personas. Por esto mismo al tomar entre las manos un libro de tema erótico, estamos ampliando los límites del marco de referencia sobre el que creamos y nos basamos en la toma de decisiones, y así nuestro cuerpo se enciende en automático y reacciona de forma instintiva recordando lo que leímos, enriqueciendo el contacto con el erotismo.

Nada puede crearse de la nada. No tenemos la capacidad de generar acciones sin el conocimiento previo, sin haber introducido a nuestro cerebro la información que pretendemos utilizar. Al leer, de inmediato hacemos que crezcan las respuestas que damos ante los estímulos, y podemos ejecutar esas ideas nuevas, que en el caso del sexo, por supuesto que provoca mayor satisfacción. El conocimiento genera también valentía. El autoconocimiento hace crecer la autoestima. No importa si estamos solos o acompañados, leer una escena erótica que nos parece deliciosa, nos lleva de inmediato a experimentar el cosquilleo previo al deseo.

También de la literatura han surgido los nombres de algunas de las perversiones más atractivas. Basta recordar a Donatien Alphonse Francois de Sade, el famoso y polémico Marqués de Sade, quien le dio nombre a una tendencia muy en boga en los últimos tiempos: el Sadomasoquismo. O el Bovarismo, inspirado en el personaje Madame Bovary, de Gustav Flaubert, que consiste en inventar historias excitantes hasta llegar al orgasmo.

Una novela, un cuento o un poema erótico no sólo puede ayudar a potenciar la vida sexual de las personas al ponerse en contacto con ellos desde un acto de soledad, sino también en pareja. ¿Qué puede ser más delicioso que compartir la lectura de un texto que aumente el ritmo cardiaco, leer lo que el autor describe y ejecutarlo en tiempo real con el compañero de aventuras? ¿Encontrar las palabras que tú querías decir, escritas de manera en que puedes adoptarlas y dedicarlas, porque alguien más supo expresarlas mejor que ti mismo?

La lectura de libros eróticos provoca que las personas disfruten más su sexualidad. Les abre mayores posibilidades, les ayuda a ver este aspecto de la vida humana de una manera menos artificial y racional, más en contacto con sus instintos. Escribirlos también conecta al escritor con su parte más animal, porque se convierte en el portavoz de lo que típicamente sucedía en las alcobas con las puertas cerradas y las cortinas corridas, y provoca que salga para compartir el deleite con más personas.

La información es poder. El poder es afrodisíaco. Mientras más información tengamos sobre el tema erótico, de mayor satisfacción serán las propias sensaciones. Mientras más experiencia se tenga, mejores serán esos encuentros, más memorables. De una intensidad adictiva.

Te invito a leer las líneas de Trópico de cáncer, de Henry Miller; Delta de Venus, de Anais Nïn; Las edades de Lulú, de Almudena Grandes; Historia de O, de Pauline Reage, La vida sexual de Catherine M., de Catherine Millet, El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, y otras obras que han trascendido por ser atrevidas, originales y trasgresoras, por crear polémica y adelantarse a tu tiempo. No te pierdas la oportunidad de dejarte sorprender por esos fragmentos de genialidad ajena que termina sintiéndose como propia.

Los libros sí pueden cambiar vidas. El sexo también. Por eso juntos constituyen una de las mejores experiencias del ser humano. En el juego de la literatura erótica te garantizo que no hay manera de perder.

Problemas de autoridad

Una de las frases que más me impactó en la infancia fue: “No puedes hacer lo que se te da la gana”. Aunque era una niña bien portada, con calificaciones sobresalientes e intolerancia a decepcionar al prójimo, me tomaba el tiempo para sacar a flote a la pequeña rebelde, lo que sucedía en las historias al interior de mi mente y en los textos en las últimas páginas de mis cuadernos. Si en ese entonces ni yo podría imaginar que me convertiría en la personificación de esas palabras tan socorridas por las autoridades para convencer a los subordinados de obedecer las reglas, so pena de castigos, vergüenza y culpas eternas, mucho menos los adultos que me vieron crecer con apariencia tranquila, sin conocimiento de los mundos que habitaban al interior de mi piel.

Más grande, como buena adolescente, me urgía independizarme. No quería tener hora de llegada ni avisar mi ubicación ni explicar mis decisiones, que normalmente no coincidían con lo que se esperaba de mí. Conquistar esa libertad me llevó muchos años, reflexiones, pleitos y hasta un divorcio, pero al fin puedo afirmar que la excepción del “no puedes hacer lo que se te da la gana” debería aparecer en la enciclopedia de las reglas rotas con mi nombre.

Hace poco, en la maravillosa coincidencia entre la realidad y la ficción, y dentro de las marañas que cohabitan en mi cerebro y a veces hacen relaciones temáticas inusuales, leí las anécdotas de Peter Fortune, el personaje principal del libro En las nubes, del escritor inglés Ian McEwan, un ejemplo de esos especímenes que resultan extraños a los demás y causan preocupación, cuando en realidad saben exactamente quiénes son y qué quieren: donde los demás ven hojas en blanco o la banca del autobús, ellos ven un papalote recortado en el cielo y el barandal de la escalera hacia un planeta inexplorado. No es que las reglas estorben, al contrario, son necesarias para la armonía, pero hay otras reglas, las propias, que rigen al interior del individuo y tienen como consecuencia sacar de la zona de confort a los que no comprenden.

Hablo de esa legión de exploradores de posibilidades entregados a la contemplación del mundo para actuar con empatía y aportar algo a la sociedad de acuerdo a las particulares ideas. No es que desprecien las normas que hacen posible la convivencia entre personas, sino que han encontrado en el razonamiento interno, en la asimilación de la experiencia y las sensaciones, que existen caminos aún no trazados para avanzar hacia los propósitos y las metas coloreando el viento de tonos infinitos.

El libro de McEwan narra las fantasías de Peter: muñecas que adquieren vida propia, un humano metido en el cuerpo de un gato, una tierna vecina que en realidad es una viejita homicida en potencia, y más. Todo sucede en lugares cotidianos del niño, como su habitación o la escuela, e involucra recuerdos e ilusiones del escritor, que pone en la mente de quien lee, como si se tratara de magia, la voz inquieta y la mente curiosa de un niño de diez años que nació con el don de la claridad interior; su cuerpo está sentado en un pupitre, mientras su mente explora aventuras sin geografía donde el tiempo se expande.

Conforme lees, entiendes que los problemas de autoridad no lo tenía Peter ni los poseen siempre los rebeldes: son de quienes viven con miedo a atreverse a “hacer lo que se les da la gana” y pretenden uniformar los pensamientos e ideas sólo porque los distintos les resultan incómodos e inconvenientes.

Pero como la vida no se trata de resistirse, sino de encontrar el propio río o la singular corriente de aire, McEwan lo explica de forma simple pero contundente en el libro del que hablamos: “y el propio Peter aprendió, al hacerse mayor, que, puesto que la gente no sabe lo que te pasa por la cabeza, lo mejor que puede hacerse, si quieres que te comprendan, es decirlo. (…) Cuando se hizo adulto se convirtió en inventor, escritor de cuentos y llevó una vida feliz”.

Se supone que de eso se trata este transitar por la crónica de nuestros días, ¿no?

 McEwan, Ian. (2007). En las nubes. Barcelona: Anagrama.

De letras, vidas y lecturas…

Los libros siempre han estado ahí, a mi alcance. Primero de mi apatía, después de mi curiosidad, ahora de mi fascinación. Desde mis primeros recuerdos los libreros llenos de lomos con títulos sugerentes y grosores tan diversos como la humanidad son habitantes de los espacios donde respiro, como cómplices incondicionales de mis locuras.

Los primeros que recuerdo son El nuevo tesoro de la juventud, enciclopedia con 20 tomos gris con rojo que fueron fuente de todos mis trabajos de primaria y secundaria. También Mi primera enciclopedia, de Disney, que leí completa de niña; después de comer agarraba un tomo y me sentaba en la escalera de la entrada de la casa a leerlo de principio a fin; en ella aprendí sobre Beethoven y que no todos los pájaros negros con el pico alargado son cuervos, sino arrendajos.

Me acuerdo de Por quién doblan las campanas, de Hemingway, que me llamaba la atención porque el significado que existía en mi mente de la palabra doblar no tenía nada que ver con campanas, que por naturaleza son de materiales no maleables. De Las tentaciones de San Antonio, de Gustave Flaubert, que mi mamá me leía acostadas en la sala y yo imaginaba con los ojos cerrados. De Mujercitas, de Luise May Alcott, que me hizo empezar a cuestionarme el papel de las mujeres en la sociedad, y a sospechar que mi historia se saldría de las rayas de los cuadernos. Tenía ocho años.

Otro libro que se fijó en mi memoria fue el de la portada con una niña de gesto irreverente tras las rejas, Motín en el reformatorio, de Jack Thomas, que nunca leí, pero cuyo nombre me resultaba confuso a los diez años; yo creía que la niña se llamaba Motín, lo cual me parecía raro, pero no improbable. De Un instante de optimismo, que era una compilación de fragmentos de la obra de varios autores, donde leí por primera vez a Benedetti, el Poema 20 de Neruda, partes del famoso Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, que años después leí completo, y otros más que me hicieron enamorarme de la poesía. Aunque no entendía bien a qué se refería Cortázar con el capítulo siete de Rayuela, no podía dejar de leer. Los libreros estaban llenos de universos, y entonces yo empecé a intuir que más allá de las repisas de madera de mi casa, se encontraba un mundo entero de letras sobre papel. Y yo quería explorarlo entero.

Tenía 14 años. Vacaciones. La época no era económicamente propicia para salir de viaje: quienes vivimos en México ese verano de 1994 lo sabemos. Mis padres trabajaban, mis hermanas salían con amigos, yo me aburría sola en casa y lo natural fue ir hacia el librero para ver qué encontraba.

Había un lomo amarillo, ancho, que decía El corazón de piedra verde. No recordaba haberlo visto antes por ahí y el verde era mi color favorito, así que la elección fue sencilla. Lo tomé, le di la vuelta y empecé a leer la contraportada. Era una historia situada en México Tenochtitlan en la época de la Conquista, tema que me interesaba por mi predilección hacia lo prehispánico.

Fui a mi recámara, me recosté en la cama y mis ojos empezaron a recorrer las líneas de sus 827 páginas sin saber que conforme iba devorando los párrafos como alguien que no ha comido en días, también iba trazando las líneas de mi destino. A partir de esa novela escrita por Salvador de Madariaga y publicada por primera vez en 1942 para mí el mundo estrenó colores, sonidos, aromas, texturas y sabores. Desde entonces los libros jamás me han quitado el hambre.

Hay quien afirma: “Los libros te cambian la vida”, yo no estoy de acuerdo. Los libros reconfiguran las ideas. No imponen, invitan. No denotan, transigen. No sólo enseñan, sino que convocan a explorar. Cuando lees, es inevitable que seas tú quien cambie la vida a tu alrededor.

No sé si hubiera sido buena abogada, una científica que transformara el rumbo del planeta o una empresaria que aportara miles de empleos a la sociedad, no me interesa: desde la mitad de la segunda década de mi existencia supe que la transitaría con los dedos manchados de tinta y los ojos inundados de letras. Ni un segundo he soñado con que sea de otra manera.