#LibroEnFrases para dar a desear: “Novecento: La leyenda del pianista en el océano”

El martes pasado me senté en una banca de un parque de diversiones al sur de la Ciudad de México, y mientras mis hijos jugaban, abrí el pequeño libro de portada rosa que por la mañana antes de salir de casa metí en la bolsa: “Novecento: La leyenda del pianista en el océano”, de Alessandro Baricco (Anagrama, 1999).

Al momento de separar las portadas, abrir las páginas y posar mi mirada en las letras, ignoraba que en las próximas horas experimentaría cómo las palabras pueden acariciar los ojos, las yemas de los dedos y el sistema nervioso central.

En cuanto empecé a leer empuñé un bolígrafo rojo (el único que descansaba debajo de suéteres, cartera y gel antibacterial), y me dispuse a subrayar aquellas frases que me resultaran memorables y hoy quiero compartir.

“En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto”.

“Porque es posible bajarse de un barco, pero del océano…”

“Tocábamos porque el océano es grande y da miedo, tocábamos para que la gente no notara el paso del tiempo, y se olvidara de dónde estaba, y de quién era. Tocábamos para hacer que bailaran, porque si bailas no puedes morir, y te sientes Dios. Y tocábamos ragtime, porque es la música con la que Dios baila cuando nadie lo ve”.

“… ¿qué demonios están haciendo aquí, a trescientas millas de cualquier jodidísimo mundo, y a dos minutos del próximo ataque de vómito?”

“No estás jodido verdaderamente mientras tengas una buena historia a cuestas y alguien a quién contársela.”

“… en aquellos veinte días de navegación cosían y cortaban, al final no encontrabas ni una sola cortina en el barco, ni una sábana, nada: se habían hecho el traje bueno para América. Toda la familia.”

“No es que apostara a las carreras: le gustaban los nombres de los caballos”.

“Sabía escuchar. Y sabía leer. No los libros, eso lo sabe hacer cualquiera, sabía leer a la gente.”

“Había empezado en los burdeles de Nueva Orleans, y allí había aprendido a rozar las teclas y a acariciar notas: en el piso de arriba hacían el amor y no querían jaleo”.

“Tenía unas manos que eran mariposas.”

“Era como cuando se sentaba al piano y empezaba a tocar, no había dudas en sus manos, y las teclas parecían haber estado esperando aquellas notas desde siempre, parecían haber acabado allí para ellas, y sólo para ellas.”

“Era necesario tener un gran cerebro para no perder el norte. Era necesario tener cualidades que yo no tenía. Yo sabía tocar la trompeta. Es sorprendente lo inútil que resulta tocar la trompeta cuando hay una guerra alrededor”.

“Las teclas empiezan. Las teclas acaban. Tú sabes que hay ochenta y ocho, sobre eso nadie puede engañarte. No son infinitas. eres infinito, y con esas teclas es infinita la música que puedes crear.”

“Yo nací en este barco. Y por aquí pasaba el mundo, pero a razón de dos mil personas cada vez. Y aquí había también deseos, pero no más de los que caben entre una proa y una popa.”

“No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos.”

“Y uno a uno los fui dejando detrás de mí. Geometría. Un trabajo perfecto. A todas las mujeres del mundo las conjuré tocando una noche entera para una mujer, una, la piel transparente, las manos sin joyas, las piernas delgadas, movía la cabeza al compás de mi música, sin una sonrisa, sin bajar la mirada, nunca, una noche entera, cuando se levantó no fue ella la que salió de mi vida, fueron todas las mujeres del mundo…”

 

¿Ven por qué me declaro enamorada de la obra de Alessandro Baricco?

 

Baricco, A. (2012). Novecento. México: Anagrama, pp.13, 14, 15, 16, 19, 20, 21, 23, 41, 44, 49, 61, 66, 68, 69, 73, 76, 77.

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