Historias de Clítoris 3

La creencia popular de que no solo de placer se vive no aplica para mí. Yo soy el placer. Existo para el placer. Provoco nada más que placer (y distracciones, como a Mónica, que a veces debe suspender por algunos minutos la redacción de sus cuentos, novelas, poemas o columnas para atenderme; puedo ser algo demandante).

En esta ocasión quiero contarte, sujeto a veces objeto que me atiende con los ojos, la historia de cuando conocí a uno como yo.

Antes de esa noche memorable yo nada más los había visto en las películas porno, los hoteles nudistas, los bares swinger y alguna ocasión en un show de sexo en vivo en un antro de mala muerte de Ámsterdam. Los del club nocturno holandés y los de las películas porno déjame decirte que son muy distintos a los de los desnudistas amateurs o los concurrentes a los lugares de amor libre, que no están bien iluminados para la toma o no fueron elegidos en un casting, sino son como los de tu esposa, tu novia, tu mejor amiga, tu jefa. O como yo.

Pedro y Celeste llegaron a las ocho de la noche. Mónica y su amante los esperaban con una botella de champagne enfriándose y ellos calentándose. Entraron de jeans y chamarra, ella corrió al baño, salió con un vestido rojo muy entallado y unos tacones de plataforma. Mónica traía una túnica casi transparente, sin nada debajo, para dejarme ser testigo del encuentro. Descalza.

Se saludaron con besos, abrazos y las presentaciones pertinentes. Mónica ya conocía a los invitados, había jugado sola con ellos. Para su enamorado era la primera vez. Suele suceder que las fantasías sexuales son más agradables en la imaginación que en la realidad. El galán de mi dueña y ella intentaron hacer travesuras en otras oportunidades con resultados desastrosos: mujeres muy abiertas que terminaban celosas de que sus novios me tocaran, erecciones fallidas, parejas con deseos disparejos. Mónica sabía que Pedro y Celeste eran garantía.

Sirvieron el champagne. Comenzó la plática. Que si todo bien con la pandemia, el trabajo, el clima, la poesía erótica. Al vaciar la primera copa la conversación pasó a tratar límites e intenciones eróticas para las próximas horas. Al vaciar la segunda copa abandonaron los sillones: Celeste y Mónica se pusieron a bailar.

Yo palpité como cuando quiero llamar la atención de mi portadora. Ella me respondió dejándose quitar la túnica por Celeste, quien también se desvistió y botó los zapatos para estar más cómoda. Los señores las miraban desde el sillón. La mano de Celeste de pronto me buscó; la de Mónica buscó a mi colega entre los labios de Celeste. Se besaron, restregando tetas, vientre y entrepierna en el cuerpo de la otra. El anfitrión sugirió encaminarse a la recámara.

Se intercambiaron. El de Mónica con Celeste, el de Celeste con Mónica. Yo recibí lengüetazos, huellas dactilares. No sabía lo que estaba pasando del otro lado de la cama king size con edredón negro y tampoco era que me interesara demasiado. A Mónica evidentemente sí, porque de pronto abandonó la lengua de Pedro para acercarse al otro par de entes lujuriosos que se gozaban. Tomó a Celeste de la mano, le sacó a su compañero del cuerpo y la acostó. Se abrazaron.

La cadera de Mónica buscó la cadera de Celeste; yo a mi camarada. El primer toque, el de reconocimiento, inquietó un poco a Mónica. La hice impulsarse de nuevo y más y más y más. Los hombres en la habitación desaparecieron. Desapareció Celeste. Desapareció Mónica. Para mí solo quedamos Clítoris de Celeste, suave y duro, húmedo y ligero como el pétalo de una rosa, y yo, hasta el orgasmo simultáneo y mi consiguiente descubrimiento de una nueva adicción.

Y colorín, colorado, el resto es leyenda. Por lo menos para mí.


*Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

Poderosa…

Soy poderosa. En mí habitan todas las mujeres de mi historia: las que aman, las que odian, las que lloran, las que ríen a carcajadas, las que gozan, las que sufren, las que viven, las que desean morir.

Sin embargo, este fragmento de historia que me toca; este cuerpo que habito, esta mente que me habla, este corazón que a veces me rige y otras tantas yo domino, esta voluntad que me lleva y trae me pertenecen, y por eso hoy me libero de miedos herencia, hoy me libero de inseguridades forasteras y vuelvo a ser esa niña que algún día se miró al espejo con orgullo, antes de que el mundo la convenciera de ser inadecuada. Y soy esa mujer plena que jamás duda de sí misma ni de sus emociones y cuestiona sus propias ideas para crecer.

Soy poderosa. En mí habitan todas las mujeres de mi historia. En mí habito yo.

Y todas juntas somos invencibles.

Mónica Soto Icaza

#PorUnaVidaSexy


Foto: Sinhué Villalobos

Autofiesta literaria

Me autoinvité a la fiesta literaria de mi país. Es más, organicé mi propia fiesta. Me explico. Soy escritora independiente: no solicito becas del gobierno, no pertenezco a grupos artísticos, soy emprendedora cultural, autopublicar mis libros es mi actividad económica principal, por la que pago impuestos y genero trabajo para más personas. ¿Por qué? Como compusiera Candelario Macedo Frías Aréchiga para Paquita La Del Barrio en Tres veces te engañé, “la primera por coraje, la segunda por capricho, la tercera por placer”, aunque en mi caso fue la primera por capricho, la segunda por coraje y la tercera, y subsecuentes, por placer.


Sabía que mi vocación era ser escritora, quería tener un libro y me lo hice. Ignoraba el funcionamiento del mundo editorial, no vengo de familia de intelectuales o políticos, con la tía autora o el abuelo exgobernador, sino de una enfocada en la supervivencia cotidiana, como la mayoría; mi papá había quedado desempleado y un año antes inició su propia empresa, una pequeña fábrica y distribuidora de productos para la construcción, gracias al financiamiento de un ángel que decidió tenerle fe a la experiencia de toda una vida de mi papá en esa área laboral.


¿Me sirvió de ejemplo mi padre, quien empezó a trabajar en esa industria a los veintitantos como vendedor y llegó a director general para ser lanzado al desempleo a los 53 años, después de tres décadas de entregarse a los negocios de otros? Definitivamente. Si él ya había aprendido a la mala y dolorosa que, si tienes la posibilidad de gestar tus metas y no depender de la voluntad ajena, debes hacerlo, ¿por qué no me iba a atrever a fundar mi propio proyecto editorial?


Fundé una editorial independiente y empecé a publicar a otros autores, siempre cuidando de no aceptar financiamiento de gobiernos ni empresas que quisieran coartar la libertad de los contenidos. Quince años trabajé, aprendí, luché, lloré a aguaceros, hasta que decidí dedicarme solo a mis propios libros; el sueño de la editorial independiente era imposible de cumplir con las condiciones de respeto mínimas que yo deseaba para los autores; es muy precario que reciban regalías del 10% del precio de venta al público o que la editorial reserve los derechos patrimoniales de la obra por siete, diez, quince años y se venda el libro o no, esté en exhibición o en una bodega, el autor queda imposibilitado para moverlo por su cuenta. Y yo quería vivir de mi trabajo.


Total, terminé como autora autopublicada y tarde vine a enterarme de que ese es el pecado capital de un escritor con ínfulas de grandeza, porque de inmediato entras en una clasificación de “artista de segunda” que impacta en tu reputación, como si creer en ti y en tu trabajo e invertir en él fuera algo para avergonzarse. Marcel Proust, sin embargo, autopublicó su primera obra, Los placeres y los días; también Margaret Atwood, Edgar Allan Poe y hasta la mismísima Virginia Woolf optaron por tener la iniciativa de hacer sus propios libros.


La concentración de las propuestas literarias en pocas empresas limita la diversidad, los temas de discusión, la calidad de las obras; quienes denuestan a los escritores que no somos publicados por editoriales públicas o privadas se están perdiendo de un enorme fragmento de las expresiones culturales del mundo. Hay una manera distinta de hacer las cosas, una manera que roza la valentía y la imprudencia, pero funciona. Sé que funciona porque lo he demostrado, mi primera novela erótica, Tacones en el armario, ha vendido más de 30 mil ejemplares, he asistido a las ferias de libro más importantes del país con ventas de más de mil ejemplares en días, y aun así por ser independiente me marginan, por ejemplo, los medios de comunicación, porque no existe en mis portadas el nombre de una editorial famosa. Y esa es solo la punta del iceberg.


Hoy quiero decir que los escritores independientes existimos. Existimos creadores que optamos por la libertad y no por condicionamientos para ver nuestro nombre amparado por algún corporativo que avale la calidad que ya tenemos. No soy la única, conozco más de una historia como la mía.


Tengo 21 años dedicándome a este oficio y he visto ir y venir gobiernos de todos los partidos, funcionarios de todos los niveles, promesas rotas de todas las calañas, directores comerciales de editoriales, editores, y aunque ellos van y vienen, las personas como yo seguimos aquí. Por eso hoy, estimado lector, te quiero invitar a mi fiesta.


*Este artículo fue originalmente publicado en el periódico Reforma.

@monicasotoicaza
Mónica Soto Icaza es escritora. Ha publicado varios libros de literatura erótica y defiende la libertad personal de todos los individuos.

De libros abiertos

Amantes mutuos y amantes de los libros, cada martes a las cuatro de la tarde él y yo convertimos su biblioteca en parque de diversiones. La palabra es algo más que herramienta de descripción: es vida eterna, por eso me gusta leerla con la espalda desnuda y la sonrisa en la punta del apetito.

Él camina hacia el librero más cercano, estira el brazo, la mano aterriza en un lomo amarillo: El amor en los tiempos del cólera. Lo abre al azar: “Además, la clandestinidad compartida con un hombre que nunca fue suyo por completo, y en la que más de una vez conocieron la explosión instantánea de felicidad, no le pareció una condición indeseable.”

Suspiro. Nuestras miradas rebotan en las pupilas. Sabe de mi atracción hacia los hombres prohibidos, como él: argumenta que no tiene nada qué esconder, pero el noventa por ciento de su vida es un misterio. Para mí es perfecto. Recuerdo la idea de Esther Perel en su ensayo El dilema de la pareja: “En nuestros esfuerzos para protegernos a nosotros mismos de la traición íntima, demandamos acceso, control y transparencia. Y, sin saber, corremos el riesgo de erradicar el preciso espacio entre nosotros que mantiene al deseo vivo. El fuego necesita de oxígeno.” Él y yo somos hoguera, una hoguera con aire de seis días para alimentarse.

Antes de utilizar mi turno me acerco a su boca. Repito mi frase favorita, la única que me sé de memoria de esa obra de Gabriel García Márquez, con los labios sobre los suyos: “Le gustaba decir que aquel amor había sido el fruto de una equivocación clínica”.

Su espalda –y algo más que su espalda– se pone rígida. Intenta atraparme en un abrazo. Le digo que ya habrá tiempo para remediar la tiesura. Este es momento de jugar.

Me paro sobre el edredón para cazar uno de los libros sobre la cabecera. La casualidad elige La ridícula idea de no volver a verte. Rosa Montero me mira desde la contraportada. Cierro los ojos, siento el canto con las yemas de los dedos, elijo una página y leo en voz alta: “Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien. Actividades todas ellas importantísimas”.

Reímos al unísono. Como polos opuestos de pronto ya nos deslizamos por el piso de madera: los dos amamos bailar, amamos escribir y amamos hacer el amor.

Se detiene. La inercia me sienta a la orilla de la cama. Le toca a él. Lo toco para encaminarlo a la estantería de caoba y casi al llegar le coloco un antifaz. Me alejo de él no sin antes rozarle la cadera con las palmas de las manos.

Hace su selección, abre el tomo, me lo ofrece. Yo lo agarro y pronuncio las oraciones que señala: “una mujer podía tener relaciones sexuales y formar lazos íntimos con varios hombres (y mujeres) simultáneamente, y todos los adultos de la banda cooperaban en el cuidado de sus hijos. Puesto que ningún hombre sabía a ciencia cierta cuál de los niños era el suyo, los hombres demostraban igual preocupación por todos los jóvenes”.

Él abre los ojos. El volumen que yace en su poder es Sapiens. De animales a dioses: una breve historia de la humanidad. Yuval Noah Harari es el autor, quien ignora que acaba de formar parte un acto de magia literaria. Esta vez el regocijo se manifiesta con una carcajada.

Cuando voy por la siguiente cita sorpresa él decide que ya es tiempo de transitar a otro pasatiempo, uno que también provoca adicción y jamás te quita el hambre. Entonces nos engarzamos sobre las sábanas blancas para crear otro recuerdo que sí, probablemente trasmute en ficción.

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*Este texto fue originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

Foto: Jorge Charcot

Besémonos

Escribo este sábado #PorUnaVidaSexy a mediodía. El tema era una carta de renuncia a un enamorado tibio, de esos seductores intermitentes que te mensajean cuando coinciden con alguna publicación en redes sociales que les hace recordar que les gustas. Es la clase de hombre más aburrida para mí, la que me resulta menos excitante, confiable y sugerente.


De repente Él, mi novio semiclandestino, se acerca a mí por detrás, me rodea con ambos brazos y atrapa intempestivamente mis labios entre los suyos. El beso es largo y profundo, con el equilibrio perfecto entre dientes, humedad y paladares; perfecto, también, porque es Él. Se separa de mí y va al sillón de enfrente para darme espacio para terminar este texto. En cuanto lo veo sentarse las miles de mariposas en mi vientre revolotean de alegría y es cuando lo decido: la despedida al galán mediocre puede esperar. Hoy quiero hablar de los besos, de los soberbios, grandiosos, estupendos besos.


No de los besos de amor hacia hijos, padres, hermanos, sobrinos, tías, amigos, sino de los ósculos de pasión, esos que liberan oxitocina, serotonina, dopamina, las hormonas de la felicidad que son capaces de componer hasta el día más nublado –del cielo y/o del corazón– para provocar pasos más ligeros, sonrisas más auténticas y, por consiguiente, ese magnetismo que nos vuelve irresistibles al prójimo.


Hay besos de piquito, de belfos, de colmillos. Besos por obligación, rutina, espontaneidad. Besos de novedad, sorpresa, cotidianos. Besos como invitación a la lascivia y otros como resignación al adiós. Besos por consenso y besos robados. Besos entre los ojos, en la nariz, en el cuello. Besos en el plexo solar, los muslos, entre las piernas. Besos que terminan historias y besos que salvan vidas.


Son tan importantes los besos en el desarrollo de las relaciones de pareja, que existe una ciencia que los estudia: la Filematología. Gracias a ella se han hecho algunos hallazgos sorprendentes. Los besos con mucha saliva, por ejemplo, hace que los hombres transmitan testosterona y además, que midan la cantidad de estrógenos de una mujer, con lo que instintivamente saben si son sexualmente compatibles para procrear a la mejor descendencia.


Los besos también mejoran el sistema inmune, regulan la presión arterial, queman calorías, tonifican los músculos faciales (mientras más apasionados, mejor), previenen las caries, disminuyen el estrés, aminoran distintos tipos de dolores, como dentales, de cabeza, menstruales, y además generan una conexión más profunda entre los involucrados. Por eso vale la pena invertir unos minutos al día en este ejercicio de amor propio y al enamorado en cuestión.


Me distraigo. Voy hacia Él para, de nuevo, conseguir algo más de inspiración. Diana Krall canta Fly me to the moon, Él me abraza de nuevo, se balancea al ritmo de la música. Bailamos con los ojos cerrados y los labios tan adheridos como los ombligos. “In other words, please be true/ in other words, in other words/ I love you.” Termina la canción. Vuelvo a sentarme frente a la computadora y recuerdo que también existen los besos de colores, como el negro y el blanco. De esos hablaré en otra ocasión.


Por lo pronto, Él responde una llamada mientras yo tecleo con ímpetu las palabras finales de esta página y me preparo para soltar las amarras de la responsabilidad para arrastrarlo hacia la superficie de su cama. Lo miro. Me mira. Nos incendiamos. Suspiro y dejo aletear la palabra mágica desde mi garganta, hasta su piel: “¡Besémonos!”

☆ Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

Defender la seducción

Cuando alguien me atrae no soy inofensiva. Una vez conocí a un señor que me gustó desde que lo vi, sentado en la mesa de un restaurante, esperándome.


Soy una coqueta confesa. Por eso en cuanto lo saludé supe que lo quería en mi cama. No por eso le expuse mis intenciones de inmediato o le acaricié la pierna “accidentalmente”, claro que no, sino que tracé una estrategia para enamorarlo.


Tengo bien claro que el cuerpo ajeno es territorio tocable solo después de haber recibido autorización del poseedor. Si tomas de la mano a alguien que apenas conoces es romántico; si es la pierna o la cintura estás trasgrediendo su espacio personal. Ya de rozarle las nalgas ni robarle un beso hablamos. Aunque me moría de ganas.


Como el del erotismo y la pornografía, el límite entre seducción y acoso es muy difuso y se desdibuja fácil cuando entran en la ecuación el instinto, los impulsos, las hormonas trazando fuegos artificiales.


La comida transcurrió entre una plática con humor, inteligencia y muchas sonrisas, y sí, me dejó con deseo de más. Bien se sabe que en la seducción lo transparente y lo honesto es muy atractivo.


Pasaron las semanas. Seguíamos comunicándonos de vez en cuando, pero yo no veía claro. Tenía mil dudas: ¿le habré gustado? ¿Cómo me acerco para ser alguien agradable sin acosarlo? La literatura, como siempre, me dio el pretexto perfecto y le mandé un libro que acababa de publicar.
Le envié otro mensaje: “¿Ya recibiste mi libro?” Él respondió con un indiferente e impersonal: “Sí, gracias. Déjame ver en qué te podemos ayudar”.


A pesar de haberle escrito en la portadilla una dedicatoria sexy, el hombre no parecía haberse dado cuenta de mis intenciones. Eso me llevó a hacer el último intento; si después de lo que iba a redactar no me hacía caso dejaría el asunto como un instante de deleite unidireccional y lo borraría del mapa.


Mi filosofía es: si una persona me dice “no”, entonces es “no”. Si le digo a alguien “no”, entonces es “no”; muchos de los problemas entre hombres y mujeres radican en que a veces queremos que nos adivinen el pensamiento, y eso provoca equívocos incómodos o réplicas aleatorias.


Mi mensaje decía: “¿Y quién te está pidiendo ayuda? Yo lo que quiero es volver a verte”. Su respuesta tardó menos de un minuto en llegar; nos pusimos de acuerdo y una semana después ya estábamos sentados de nuevo en otro restaurante, con él diciéndome que lo anotara en la lista de los hombres que querían hacerme el amor y conmigo sonrojada y caliente.


Al terminar de comer me ofreció ir a su casa. Las palabras que pronuncié fueron las culpables no solamente de que consiguiera mi objetivo de llevarlo a la cama, sino de que se quedara pensando en mí siete días más: “Sí voy a ir a tu casa, pero no vamos a tener sexo hoy, sino hasta la próxima vez”. Así fue. Una semana tras otra, hasta convertirnos en pareja y tejer a diario un “fueron felices para siempre” muy a nuestro estilo.


Transitamos por un momento emocionante de la historia; un tiempo de feminidad renovada y masculinidad que es necesario repensar. Hombres y mujeres necesitamos recordar que vivimos en la misma contaminada y poco pacífica esfera flotante en el universo y sentarnos a explorar nuevas formas de interacción.


Utilicemos la nueva información disponible respecto a los temores y deseos de ambos sexos para unir y no para separar: la seducción y el erotismo son herramientas para la defensa y felicidad de nuestra condición de humanos. Por eso abogo por defenderlos desde la plenitud y la libertad.

La foto es de Juan Carlos Rocha, Séptimo Pecado.

Duelos, renuncias, lejanías…

«También el alma tiene lejanías…»

Francisco A. De Icaza

De eso está confeccionada la vida. De bocacalles con múltiples destinos que se borran en el mismo instante en que ponemos los pies en el camino de nuestra elección. Así, el tú que serías si hubieras tomado otro rumbo muere en ese instante, y nace otro tú, el que calza tus zapatos y responde al llamado de tu nombre.

Algunas renuncias están hechas con fuerza de voluntad, pero también existen los duelos impuestos, esos que por más que te resistes no son opción tuya. Esas lejanías suelen ser las más dolorosas, las que te hacen manejar tu corazón con pinzas al rojo vivo, las que al final de cuentas moldean tu experiencia en algo más fuerte y que se parecen mucho más a ti que cualquier otro de los esqueletos externos que vas desperdigando por donde pasas.

Eso me sucedió al divorciarme, cuando llegué a este departamento de piso de madera y paredes blancas, muy altas, construido el mismo año en que las bombas atómicas culminaron con la Segunda Guerra Mundial.

Por eso es tan importante esta noche, mi última aquí, en este sitio que me sirvió de refugio para volver. Por eso hoy imaginaré mi cuerpo en esos hombres que creyeron poseerme y terminaron siendo ficciones para deleite de mi memoria. Bien lo dijo alguien alguna vez: cuando me conoces no sabes si terminarás siendo uno de mis personajes.

Aquí dejo los torrentes que caían de la espalda de Tristán al agarrarme de la cadera para poseerme hasta hacerme gritar; se quedan también los dedos como pinzas de Bastián en mis pezones; Uriel y nuestros espasmos en el sillón de la sala y la forma en que corría al baño después porque le daba asco el semen, trauma legado de siete años en un seminario en Italia; Cillian y sus problemas matemáticos escritos con plumones de colores en la piel de mi espalda; las mordidas en la espalda del Limerente; los dedos de Oswaldo provocándome el primer squirt de mi vida; Yan y sus 1.60 y su enseñanza de que la correlación entre el tamaño del pie y el miembro viril es una leyenda urbana; la mirada enamorada de Brais, llena de dudas certeras y de tanto miedo; el coraje acumulado de Lisandro que se convirtió en lujuria; Cedric y su piercing y su lengua y su cuerpo caliente junto al mío; la ternura de Acfred, con la perfecta combinación de seducción; el arrepentimiento de Agni, con su olor a sudor y ropa limpia que pasó de provocarme deleite a causarme repulsión; la espontaneidad de Ulises, mi único one night stand; los músculos de Areu, que llegó con un líquido para provocarme estallidos y huyó despavorido de amor; el chorro de Colombia y la manera en que temblaba porque “nunca me lo habían agarrado así”; el “todavía estás en mi top three” de Catriel, que volvió a hacerme el amor para que yo quisiera que fuera la última vez; los músculos de Rímper, con sus reparos y su magia para convertirme en cascada; Axel y sus masajes de pies a cabeza, que me dejaban semi dormida y lujuriosa; y el último orgasmo que tuve sobre esta cama, confeccionado con las yemas de mis dedos y la voluptuosidad de mis recuerdos.

En mi bocacalle particular decidí no volver a ser la esposa, la mujer a la que los demás le tengan consideración especial porque es la pareja de alguien. Sé bien que en mis elecciones borré mis huellas de ese camino para siempre. Sé que habrá temporadas de soledad y otras de compañía, que el amor está conmigo de una manera distinta, pero con una certeza fuera de dudas.

Después de duelos, renuncias y lejanías reconozco a esa otra mujer de espíritu gigante que me habitó siempre y no me cabía adentro. Hasta hoy.

La foto es de Sinhué Villalobos 🌹

Historias de Clítoris 2

Hola. Soy Clítoris de Mónica y quiero contarte que ayer en la noche me consintieron mucho. Soy afortunado. Ella había tenido un muy mal día, de esos que suceden cuando decides trepar tu destino a una alfombra mágica y resulta que el viento era demasiado fuerte para mantenerla en pie y por poco se estrella contra el pavimento de una calle cualquiera. Entonces por fortuna encontró una lengua dispuesta a hacerla olvidar a través de mí. Ya sabes que esa es mi vocación y única meta en la vida: provocar placer, humedad y olvidos. Pero olvidos lindos, como de angustias, problemas o desamores.

La lengua de la que hablo pertenece a un señor de mirada brillante, voz indiscreta y piel cálida, uno de esos seres que tienen un cuerpo y bailan y brincan y corren; un corazón y comparten y aman y asombran; un cerebro y comprenden y provocan y ríen a carcajadas. Alguien fuera de este mundo viviendo una experiencia terrenal.

Antes de llegar a mí abrazó a Mónica, quien le puso la cabeza en el hombro y recibió como respuesta un beso en la frente y un suspiro. Después de un rato de conversación y algunos roces casi furtivos de labios, pasaron del pasillo iluminado en la estancia, a las sábanas blancas de la oscura recámara principal, de paredes de madera, ventana circular y el librero en donde por igual se encuentran fotos viejas, esculturas, libros y toda clase de objetos mágicos y muy personales, testimonios del sujeto que los posee.

Decía que se acostaron. No, no se desnudaron de inmediato, o bueno, sí, de otra manera. Se hicieron el amor con las palabras, con las pupilas, con complicidad naciente y tan sólida que hasta podía verse en las partículas del espacio entre la cama y las cortinas. Una vez alcanzados los acuerdos de pronto sentí cómo la ropa sobre mí desaparecía. Me saludaron con suavidad y lascivia. Los dedos de esa mano pueden ser delicados o fuertes, me tocan como si me conocieran desde hace años, aunque experimentamos nuestros primeros encuentros.

Mónica acercó más el cuerpo a él, buscando atrapar la erección entre los muslos para restregarme con ella; él se levantó rápido, pasó a saludarme con esos labios prodigiosos, que junto con los labios de Mónica han convertido en amor a la lujuria, y en indispensable a lo que podría haber sido la aventura de una noche. Ahí me besó con movimientos en vertical, horizontal, con círculos y succiones; me hizo crecer, endurecerme, y yo hice que mi dueña levantara la cadera y dirigiera al universo unos quejidos suaves que también lo excitaron más a él.

Este hombre me gusta. En mi vasto encuentro y reencuentro con individuos masculinos he conocido pocos que me miman así. Al parecer han podido convencer a las mujeres de que son más convenientes y poderosas si consiguen el clímax solo con penetración y así pueden obviar la escala por mí, como si el acto sexual nada más consistiera en llegar, besar los pezones, la boca, entrar por la vagina, explotar dentro y abrazarse después, o agarrar el celular. ¡Si supieran que quien me frota, manipula, orgasmea una, dos tres veces, se gana un sitio eterno en mi gloria personal!

Como él, que esa noche convirtió el cuerpo, el cerebro y el corazón de Mónica en un solo terremoto; en huracán, en tromba en pleno otoño. Y a mí, que soy algo difícil de comprender y con una alta dosis de capricho, me descifró con la sincronía de las gaviotas cuando vuelan al ras de las olas del mar.

*Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

Nicolás y las prostitutas

El viento en Ámsterdam es delgado y travieso: voltea sombrillas, roba carcajadas y se graba en la memoria como en piedra de arcilla. Lo sé porque con sus calles, puentes y canales es una ciudad de hallazgos.

Uno especial para mí fue el que se encuentra en el número 73 de Prins Hendrikkade, justo donde inicia la famosa zona roja, emblemática por las prostitutas que desde vitrinas iluminadas de carmín seducen o rechazan a los turistas. Hablo de la Basílica de San Nicolás de Bari, dedicada al personaje histórico que sirvió de referencia para la creación del señor más popular entre los niños de todo el mundo, muy de moda en esta época del año: Santa Claus, también conocido como San Nicolás.

A estas alturas seguro tienes ya varias preguntas. ¿Qué tiene de hallazgo una vieja iglesia europea en una de las atracciones más visitadas? ¿Qué hay en común entre las mujeres de la vida galante y un santo? ¿Por qué el aire de un sitio hace diabluras? Y es que la angelical celebridad con la que cada año se fotografían millones de familias y es patrono del citado templo resulta ser de lo más interesante y políticamente incorrecta para los cánones actuales, sobre todo para la iglesia católica.

San Nicolás de Bari es el santo de marineros, pescadores, prestamistas, personas condenadas injustamente, niños y… prostitutas, como las que trabajan apenas a unos metros de ese lugar.

Sobre Nicolás se han escrito infinidad de historias, incluso en algunas versiones se duda de su existencia real. Por lo que sabemos, nació en el siglo IV en Patara de Licia, Asia Menor, y murió cerca del mar Mediterráneo, en Mira, lugar de donde fue obispo (sus reliquias descansan en Bari, Italia, de ahí su apelativo), por lo que es adorado tanto en oriente como en occidente. Es tan popular que en el mundo hay más de dos mil santuarios dedicados a él.

Está representado como un hombre de tez muy blanca, pelo escaso y barba abundante, ambos encanecidos. Usa túnica de obispo o capa roja con plateado y casi siempre está rodeado de niños, ¿coincidencia? Por supuesto que no.

Desde pequeño vivió con comodidades económicas. Al morir sus padres heredó una cuantiosa herencia, la cual utilizó para ayudar a todo aquel que lo necesitara, además de habituarse a repartir juguetes, dulces y otros regalos a los niños durante el invierno. Cuenta la leyenda que se convirtió en obispo en Mira por un golpe de suerte: resulta que el anterior falleció y cuando los demás sacerdotes y obispos deliberaban quién sería el sucesor dijeron: “el siguiente sacerdote que entre al templo será el elegido”; ya te imaginarás quién venía llegando tan campante a una reunión cotidiana y salió de ahí estrenando investidura.

Otra anécdota que se cuenta acerca de él es la de un padre que tuvo que prostituir a sus tres hermosas hijas para salir de la miseria. Entonces para ayudarlos Nicolás deslizó tres monedas de oro que de milagro cayeron en los calcetines que las chicas habían dejado secar cerca del fuego, dando origen a la costumbre de colocar botas de tela a la mano la noche de Navidad para recibir los presentes.

Por obvias razones en la tradición de la iglesia católica se omite el pequeñísimo detalle de que el mismo santo que regala cachivaches a los niños en Nochebuena en su existencia terrenal ayudó indistintamente hasta a féminas pecaminosas. Definitivamente es un hallazgo interesante de cómo a pesar de nuestras imperfecciones y más allá de religiosidades, ideas y dogmas, todavía podemos sorprendernos con este tipo de datos curiosos de la historia. Por lo menos a mí sí me devolvió un poco de fe en la humanidad.

Y ya que estamos en estos trotes y estas fechas aprovecho esta oportunidad para desearte estabilidad, asombro y profusión: ¡Felices fiestas!


* Columna publicada originalmente en la revista Vértigo Político.

Carta a mi abuela

Querida Marcela,

Eres la abuela que no conocí, la que durante veinte años creí muerta en un accidente de auto. Eres la abuela de vacío estridente, de quien no se hablaba más que en los aniversarios luctuosos, justo un día antes del cumpleaños de mi madre, tu hija.

La noche de tu muerte supongo, según el todo que he armado con las múltiples piezas de tu biografía que he logrado descifrar desde diferentes interlocutores, tú sufrías en silencio y soledad, con el estoicismo propio de las personas que necesitan demostrar control absoluto sobre el juicio propio. El motivo no era nada original para las mujeres de este país: amores fallidos, el del padre de mi madre y el del padre de tu hija más pequeña.

Nunca había querido narrar tu ausencia, me sentía sin el derecho a decir cualquier palabra relacionada contigo; hasta ahora que, al fin, y después de años de trabajo interno y aceptación, de saber lo desgraciadamente común que es nuestra historia, puedo decir que soy nieta de un feminicidio. El tuyo, abuela, decenas de años antes de que el asesinato de una mujer por el hecho de serlo adoptara ese vocablo.

Tu homicida salió de la cárcel hace poco. Cuando me enteré las emociones fueron el ojo de un vórtice en lo profundo de mis vísceras: beneplácito, porque el crimen no fue uno más impune, fuera de las estadísticas, sino bien sentenciado, el culpable pasó varias décadas en el reclusorio; rabia, porque su mal manejo del alcohol y la furia condenaron a mi mamá a una adolescencia adulta y a un destino sin ti; tristeza, porque me robó el reflejarme en tus pupilas, me robó tus abrazos, me robó la sazón de tu comida, me robó tus gestos, me robó tu sonrisa al conocer a tu nieta y saber que se parece tanto a ti, me robó el tono de tu voz, me robó la textura de tus manos, me robó tu risa, me robó tu sentido del humor, me robó el color de tus uñas, me robó tus regaños, me robó tus consejos, me robó tu casa como refugio, me robó la existencia sin el hueco perenne que crea el saber que las personas amadas han sufrido, como mi mamá, que ha tenido que aprender a vivir con el recuerdo de ti respirando el último suspiro entre sus brazos sobre una ambulancia.

Por ti, abuela, por todas aquellas mujeres y hombres que han perdido la vida o que están muertos en vida en relaciones asesinas, por aquellos hombres y mujeres que no han aprendido a gestionar sus apegos, sus celos, sus inseguridades, sus miedos, su falta de empatía, el respeto a quienes piensan o desean distinto, su necesidad de dominar, su compulsión por tener la razón, su carencia de conciencia y autoconocimiento, no vuelvo a permitir un solo maltrato, un solo grito, un solo castigo de silencio, una sola palabra que desacredite mi inteligencia, mis ideas o mis decisiones, un solo sentimiento de desamparo por indiferencia.

Porque sí, con mucha vergüenza te confieso que he permitido todo eso en nombre del amor, y me he hecho añicos el alma en múltiples ocasiones y me he traicionado más de una vez para ser esa persona perfecta a quien quisieran con locura, sin saber lo fácil que es enloquecer en el proceso y lo degradante que resulta.

Hasta hoy, Marcela. Hoy que decidí que tus huesos en la tierra no tienen que ser solo restos mortuorios, sino semillas. Semillas de muerte a la culpa, semillas de muerte al síndrome del impostor, semillas de muerte a la resignación, semillas de muerte al miedo a la soledad, semillas de muerte a la dependencia, semillas de muerte a la necesidad de aprobación, semillas de muerte al temor a incomodar.

Tus huesos enterrados antes de tiempo son semillas de fuerza, semillas de valentía, semillas de franqueza, semillas de audacia, semillas de determinación.
Semillas de vida. Semillas de «Yo».

@monicasotoicaza


Mónica Soto Icaza es escritora especializada en literatura erótica. Ha publicado varios libros y colabora en revistas, periódicos y programas de radio y televisión.

Sexo y libros #PorUnaVidaSexy

Ante la pregunta: ¿por qué escribes literatura erótica? La respuesta es inminente: porque el sexo y los libros son lo que más me gusta en la vida. La justificación podría ser innecesaria, pero —supongo que en mi interior habita una exhibicionista— encuentro un deleite exquisito en contar mis intimidades.


Descubrí el sexo antes que los libros, por humanas razones. Me apasioné primero por los libros que por el sexo, por sociales razones. A los 14 años la voluptuosidad de las imágenes provocadas en mi mente por ese artefacto de tinta y papel encuadernado que tenía en las manos me hizo adicta al deleite de leerlo todo, desde las etiquetas del champú en la regadera, hasta las dos enciclopedias de casa (pasando por carteles, folletos, boletos de estacionamiento, instructivos). Todo.


Entonces llegaron mis 15 años. Primero de preparatoria. La profesora de literatura nos dejó leer Arráncame la vida de Ángeles Mastretta. Atrapada desde las primeras páginas, fueron unas cuantas palabras las que releí una y otra vez, intrigada: “Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa.” El resultado fue humedad inminente en mi entrepierna.

Las primeras veces son acontecimientos importantes en la vida de toda persona. Para mí esa lo fue. Descubrí que toda pieza literaria es erótica, no solamente porque contiene algún capítulo con contenido sexual propio de la cotidianidad, sino por la cantidad de emociones y sensaciones que viven en el cuerpo, como si al leer te convirtieras en uno de los personajes.


El siguiente libro que me erizó los vellos de la espalda fue Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig, que sin contener sexo de pronto me sorprendió con los puños cerrados y las uñas enterradas en las palmas de mis manos.


Varios años después, ya adulta, tuve el hallazgo de un ejemplar que en la portada ilustra a cuatro personajes desnudos, entrelazados entre miembros viriles, lenguas y piernas: el Erotica Universalis de Gilles Néret, un compendio de imágenes sexuales que van desde el año 5000 a.C., hasta la década de los 70 del siglo XX. En él las escenas son un verdadero festín para el lector: algunas son tan alucinantes que provocan rubor en las mejillas.


Otro de los textos que me emociona hasta las lágrimas es La esposa joven, del italiano Alessandro Baricco. Uno de sus fragmentos memorables: “La Esposa joven se preguntó dónde había visto ya ese gesto y era tan nueva ante lo que estaba descubriendo que al final se acordó, y fue el dedo de su madre que buscaba en una caja de botones uno pequeño de madreperla que había guardado para los puños de la única camisa de su marido.” Erotismo puro.


Poseo una biblioteca personal de ejemplares, tanto físicos como electrónicos, que son mi espejo particular de pasiones y perversiones. Algunos títulos que viven en ella son: Historia de O, de Pauline Réage, regalo del periodista Ricardo Rocha; Ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad, ganador del VIII premio La sonrisa vertical; uno de mis favoritos, que ha influido mucho el estilo de mis cuentos: La máquina de follar, de Charles Bukowski, y una cantidad más obscena que Filosofía del tocador del Marqués de Sade, de volúmenes.


Cómo no amar el sexo y los libros, si ambos son origen y destino de la historia particular de cada uno de los mundos que interactúan al interior de nosotros. Si quien ha leído no percibe más de su humanidad en esas ficciones que tire la primera piedra.


*Texto publicado originalmente en mi columna #PorUnaVidaSexy de la revista Vértigo Político 🙂

Mujer esquirla #PorUnaVidaSexy

“Tu negocio no sirve para nada. Eres un fraude. Eres mala en la cama. Odio hasta tu peinado. No me gusta cómo eres con los niños. Eres un desastre en la vida. Eres una puta. Eres insuficiente, no te importa más que tu trabajo. Eres una loca. Eres tonta. Coges mal, no me gusta tu ritmo. Me molesta tu cara. Llévate todas tus cosas. No quiero ver ni una de esas mierdas aquí. Llévate nada más lo que tú te compraste. Después de años de matrimonio no te mereces nada por puta. Te voy a matar. Te voy a perseguir. Voy a hacer que vivas con miedo, con temor, con fracaso. Eres una perdedora. No haces nada bien. Solo sirves para gastar el dinero, para estirar la mano. No aportas nada. Eres mala para todos. Ni tu mamá cree en ti. Estás sola. La gente que amas siempre elige a otros. No eres suficiente, por eso no te eligen a ti. Eres problemática. No entiendes razones. Solo quieres hacer lo que se te da la gana. No puedes cumplir tus sueños. Tus metas no son importantes. Eres una mala mamá. Abandonas a tus hijos. Pierdes el tiempo. Vives en las nubes. Eres estúpida. Estás confundida. Tomas malas decisiones. No te vas a ir porque no puedes. Sin mí no eres nada. Sin mi ayuda te vas a morir de hambre. No tienes a dónde ir. No sabes ganar dinero. Con dos hijos nadie va a quererte. Tienes la nariz enorme. Ya ni siquiera conservas el buen cuerpo que tenías. Te vistes como prostituta. Escribes puras pendejadas. Nadie va a querer comprarte tus libros. Si te matara, te haría un favor…”

El hombre que amaba apretó el gatillo y yo me convertí en esquirlas de mujer. En fragmentos de ser humano con el único fin de sobrevivir el día. Porque en un país de machos a las mujeres libres hay que destruirlas. Hay que quebrarles la voluntad y las piernas; ensuciar su sexo y sus sueños. Porque a una mujer que goza del erotismo puedes maltratarla, convertirla en blanco de dedos índices purificados por la tibieza de vivir sin consecuencias.

Me convertí en una mujer débil. Una mujer fea. Una mujer triste. Una mujer sola. Metí la sonrisa en el sitio más seguro: las páginas de los libros, ese lugar en donde no había corazones rotos ni palabras equívocas, en donde podía ser libre a mis anchas. Ignoraba que cada tomo devorado configuraba en mí a una mujer rebelde. Una mujer idealista. Y poco a poco volví a ser una mujer con alas de papel y tinta, con tantas capas que alcanza a volar alto, y también con predisposición a caer desde esa altura. Soy una mujer que se ha raspado las rodillas. Una mujer que ha perdido todo para conservarse a ella. Una mujer que ha llorado a solas. Una mujer que ha dado la mano, aunque en el otro extremo no hubiera otra mano abierta. Soy una mujer puta. Una mujer ligera. Una mujer de libido desbordada. Una mujer de fotos atrevidas. Una mujer libre. Una mujer con suerte. Una mujer con el corazón de multifamiliar. Una mujer que quiere a más de un hombre y ama a uno. Una mujer que juega con sus hijos a escribir el mundo. Una mujer arrepentida. Una mujer rebosante de certezas. Una mujer de imaginación traviesa. Una mujer que ya no tiene miedo. Una mujer que ya no está triste. Una mujer multiacompañada. Una mujer joven. Una mujer guapa. Una mujer que sigue con la sonrisa metida en los libros. Una mujer metáfora. Una mujer personaje. Una mujer carcajada. Una mujer sarcasmo en la punta lengua. Una mujer energía de la naturaleza.

Soy una mujer hasta nunca. Una mujer hasta siempre. Una mujer en sus marcas, listos, fuera. Una mujer búnker. Una mujer meta. Una mujer hola. Una mujer adiós. Una mujer Yo.


*Este texto fue originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

Historias de Clítoris 1

Hola, soy el clítoris de Mónica. Me llamo así, Clítoris, porque a ella no le gustan los nombres propios, patronímicos ni diminutivos que algunas personas usan a veces para referirse a los órganos sexuales propios o ajenos. Yo estoy de acuerdo con ella. Alguna vez un señor me dijo “Amiguita” y me costó mucho trabajo vibrar con su lengua. Aunque cada quien, ¿no?

Sé que cuando le preguntan a mi poseedora cuál es la parte favorita de su cuerpo y ella responde “los ojos” o “las piernas”, en realidad está pensando en mí. He sentido cómo me aprieta mientras contesta, como si quisiera disculparse conmigo por ser políticamente correcta. A mí no me interesa lo que responda; a fin de cuentas, cuando estamos a solas o al elegir a un acompañante, su comportamiento es lo menos políticamente correcto. Eso es lo importante.

Me conoció a los once. Era su segunda o tercera menstruación. Mientras lavaba mi casa y los terrenos circundantes se metió el dedo corazón de la mano derecha en la vagina para ver si así lograba que la sangre se terminara más rápido. Como le gustó la sensación decidió introducirlo más adentro… y entonces la palma de su mano invocó el deseo de saber qué más había en esa área al rozarse con mi glande. No le importó que se enfriara el agua: siguió tocándolo todo. Fue así como ahí, en una regadera del segundo piso de una casa de tres recámaras pintada de blanco con columpios en el jardín, Mónica tuvo uno de los más grandes hallazgos de su vida que, como buena materialización de asombro, siempre estuvo en ella misma.

Mónica y yo gozamos impunemente durante varios meses, hasta una fatídica mañana en la clase de Moral. La escuela religiosa en la que la inscribieron sus papás con las intenciones más puras: que los valores familiares fueran reforzados, se encargó de arruinar sus corridas correrías eróticas, porque ahí le dijeron que el onanismo era un pecado, y de los graves. Como ella no deseaba irse al infierno, así, sentada en un pupitre del segundo piso de un centro educativo de tres edificios de ladrillos expuestos y una pista de carreras, la suscrita volvió a enterrarme entre sus piernas durante más años que los que hoy le gusta admitir.

Pero como no hay día que no llegue, ni plazo que no se cumpla, ni lujuriosa que lo soporte, Mónica cumplió 18 años. Sí, tuvo algunos encuentros semieróticos con los seis novios que había tenido, pero ninguno de ellos alcanzó a tocarme; yo esperé paciente el momento porque algo de entretenimiento tuve cuando mi dueña, amante del ejercicio, haciendo abdominales en la clase de educación física tenía orgasmos que no contemplaba como pecados al no ser provocados directamente por ella. ¿Ya ves por qué me cae tan bien?

Decía entonces que mi propietaria cumplió 18. Sus papás le hicieron una fiesta para celebrar la mayoría de edad, con amigos, familia y sí, su sexto novio, quien dicho sea de paso estaba algo frustrado con las continuas negativas de Mónica para irse a la cama, o por lo menos agarrarle algo más que la mano. Se acabó la reunión, familia y amigos se despidieron, los padres se fueron a dormir. Ella le dijo que lo acompañaba a la puerta para despedirlo. Ya ahí, antes de abrirla, se dieron un abrazo en la oscuridad, un beso de película romántica francesa y con las manos metidas en los mutuos jeans reaparecí en escena para no volver a esconderme jamás.

Pero ya luego te contaré de cuando conocí en piel y humedad a otro como yo, porque de tanto hablar de mí a Mónica ya le dieron ganas de saludarme con las yemas de los dedos. Y quién soy yo para hacer caso omiso a esa propuesta imposible de rechazar.


  • Texto publicado originalmente en la revista Vértigo Político en julio de 2020.

De ficción y carne y hueso: todos son personajes

Una mujer me mira fijo. Tiene los brazos en jarra y pisa a las integrantes de una línea de hormigas con la punta de sus botas negras de tacón. Es rubia, mide 175 centímetros y su impaciencia nace de mi sordera hacia su historia. Se encuentra de pie en la esquina izquierda de mi imaginación, junto a mis sueños guajiros, mi tolerancia a la frustración y mi propensión hacia el chiste fácil; como sabe que es la próxima en la fila de mis personajes de cuento está casi harta de esperar; es bien sabido que toda espera es más incómoda cuando nos sabemos cerca del final. Está ahí, presionándome, con mal gesto, lo que provoca que no encuentre un sitio dónde colocarla: tengo predilección por la alegría y la susodicha no muestra ni un poco.


Me recrimina como El Padre de Luiggi Pirandello en sus Seis personajes en busca de autor: “… el autor que nos creó vivos, no quiso después, o no pudo, materialmente, colocarnos en el mundo del arte. Y fue una verdadera lástima: ya que quien tiene la ventura de nacer personaje vivo, puede burlarse hasta de la muerte, porque no muere jamás.”


Por eso me gusta pensar en la cantidad de orgasmos que personajes que no recuerdo tienen a diario en mi cabeza, en las parejas seducidas por conversaciones y roces de los que no tengo registro, cuerpos con todas las fisonomías posibles y rostros semejantes a mis objetos de deseo masculinos y femeninos, por supuesto; una de las ventajas de ser la autora es que mis personajes se ven como a mí mejor me place y en mis historias sucede lo que a mí se me antoja que ocurra. Una de las ventajas de ser el lector es que los personajes que descubres se parecen también a tus propios entes de anhelo.


Alguna vez le cambié el nombre al protagonista de una de mis novelas después de conocer en una comida a un señor que se llamaba Andrónico, era alto, de pelo castaño oscuro, ojos enormes, guapo como el hombre de mi libro. ¿Cómo resistir la tentación de nombrar a un inquilino de la ficción con el apellido de alguien que habita la no ficción, sobre todo cuando la descripción que configuraste se ajusta de forma tan perfecta a un perfecto desconocido?


Hace años un director de teatro que pretendía montar la obra de mi Tacones en el armario me presentó a quien haría el rol principal. No podía dejar de mirarla: sencillamente era mucho mejor que la Ángela de mi invención; su estatura, su tono de voz, su sonrisa, su complexión, su falda, sus tacones. Aunque no se realizó el proyecto, para mí ella tomó posesión de mi heroína.


Pasa también que la naturaleza chismosa de un progenitor de artificios se vuelve aliada. Otros paraísos terrenales para descubrir protagonistas y sus historias son aeropuertos, restaurantes donde grupos de señoras organizan desayunos mientras sus vástagos están en la escuela, funerarias, cafeterías de hoteles, supermercados, foros de Facebook. Acostumbro a visitarlos junto con mi libreta de apuntes, como una cazadora de palabras e ideas para llevar. A final de cuentas toda la gente que tiene la buena o la mala suerte de cruzarse en mi camino es susceptible de convertirse en habitante de mis mundos de ficción.


Así que ya sabes, si alguna vez nos encontramos y vivimos un momento de alguna especie de universo paralelo o cotidianidad extraordinaria, no dudes en que te convertiré en personaje de mis historias. Si resultas la estrella o uno secundario o incidental dependerá de la intensidad de nuestra interacción.
Bajo advertencia, no hay engaño.


* Texto originalmente publicado en la revista Vértigo Político.

Erotismo cotidiano

Una pareja tomada de la mano detona fantasías en mi imaginación, puede ser para escribir una historia o simplemente para entretenerme en ratos de ocio. Al mirar a dos individuos con los brazos entrelazados y la lengua en sincero coloquio, mi cuerpo insinúa las sensaciones de yemas de los dedos a los costados de mi vientre –mi punto débil– y entonces despierta el deseo de posar las manos en el teclado o empuñar la pluma y trazarme en la página en blanco para recorrer mi inventario particular de sonrisas:

La voz de ese hombre. La obsesión por la humedad relativa de un explorador en los Andes. El sexo infinito de un extranjero. Las uñas pintadas de negro del amante del jardín de higueras. Las visitas a los museos del viajero con el beso furtivo en la punta de la apetencia.

Las erratas en las páginas de las enciclopedias. Los poemas que el de los dedos como extensión de cuerdas de guitarra dejó en pedazos en la puerta de casa. El cronómetro de cristal donde se reflejó el asombro de un hallazgo. La boca que me dijo con certeza que sabría besar.

Las cicatrices en las falanges por unas baquetas. Los días oscuros del poeta con la gloria y el infierno entre los vocablos. El miedo de uno, ese y el otro. Mi miedo. La imperfección para hablar, junto a la perfección para seducirnos. Las quinientas noches de Sabina. Los despertares con Bach. La nostalgia por la muerte de Joao Gilberto.

Así es cómo en mi piel nacen las historias que se recrean en los ojos de los lectores; cómo en mis labios sucede la génesis de los personajes que se convertirán en entrañables o incómodos de aquellos dispuestos a compartir conmigo un fragmento de su tiempo en forma de prosa o poesía: entre la realidad y la ficción de mi propia vida que trasmuta en recuerdos a conveniencia.

Entonces pienso en quién pudo haber sido la musa de Carlos Fuentes cuando tecleó estas líneas en su libro La muerte de Artemio Cruz: “Ese cuerpo no era de él: Regina le había dado otra posesión: lo había reclamado con cada caricia. No era de él. Era más de ella.” Esa precisión al elegir las palabras, el aleteo de mariposa que detona en las emociones no pueden ser solamente ficción: tuvo que experimentarlo para describir con tan dolorosa exactitud, tuvo que haber sido poseído por alguien que más tarde inmortalizó en Regina.

Mientras leía El hombre que fue jueves cuestioné, llegando casi al final de la novela, ¿en qué terreno de qué país y con qué nivel de silencio habrá estado Chesterton para escribir: “El amor de la vida lo invadía todo. Hasta se figuró que oía crecer la hierba”? ¿Quién, que haya visitado un campo de espigas un día de viento, puede evitar el estremecimiento de ese sonido apenas perceptible, pero de una fuerza arrebatadora?

O algo tan simple como lo que Alain de Botton convirtió en literatura en su magistral El placer del amor: “El teléfono se vuelve un instrumento de tortura en las demoníacas manos del ser amado que no llama”, que no necesita explicación para nosotros, integrantes de la sociedad occidental que han sido educados por el amor romántico, y además adictos irredentos a la tecnología.

Si yo te preguntara a qué huele el cuello de la mujer que amas o cómo describirías la textura de las gotas que se desprenden de la regadera cada mañana y te refresca de calores y pesadillas, la respuesta seguramente sería un poema.

Así es como el erotismo es amo y señor de la cotidianidad.


*Este texto fue publicado originalmente en mi columna Por una vida sexy de la revista Vértigo Político.

Conquistar con estilo

Bienquisto (de buena fama y generalmente estimado) lector,

Es bien sabido que en el juego del amor y la seducción la palabra es núcleo y espina dorsal; creadora de alacridad (alegría y presteza del ánimo para hacer algo) o andróminas (embustes, enredos). Por eso en esta ocasión es de mi apetencia compartir con usted este breve glosario de vocablos para fascinar con estilo y elocuencia a la persona blanco de sus diligencias erubescentes (que se pone rojo o que se sonroja).

Esta ineluctable (dicho de una cosa: contra lo cual no puede lucharse) historia de amor comienza en una de las horas más románticas de la noche: el conticinio, cuando todo está en silencio, la piel dispuesta a ser territorio para las yemas de los dedos y los ojos se convierten en naifes (diamante de calidad superior) fúlgidos (brillante, resplandeciente).

Los personajes son Ella y Él. La situación un sueño estuoso (caluroso, ardiente, como encendido o abrasado). No sabemos quién de los dos fantasea.

En un extremo de la banca de un parque está Ella: labios rusientes (que se pone rojo o candente con el fuego), epidermis ebúrnea (parecida al marfil), aladar (mechón de pelo que cae sobre una de las sienes) que cubre una mirada godible (alegre, placentera).

En la otra orilla de la misma banca está Él: jarifo (rozagante, vistoso, bien compuesto o adornado), cabello ubérrimo (muy abundante y fértil) y sonrisa leda (alegre, contenta, plácida).

Cada uno lee, atrapado en las páginas de su respectivo libro (o tal vez en las pantallas de sus teléfonos, pero esto es ficción y soy dueña de mis licencias poéticas).

Como si el árbol detrás de la banca hubiera sido sembrado justo en ese sitio para este preciso instante, el desprendimiento de una rama con su respectivo estruendo provoca que las pupilas de nuestros protagonistas converjan: Deliquio (éxtasis, arrobamiento), lampo (resplandor o brillo pronto y fugaz, como el del relámpago), amatividad (instinto del amor sexual); una certeza inefable (que no se puede explicar con palabras) del inicio de una mirífica (admirable, maravillosa) coincidencia.

El “hola” que obtiene respuesta indica un romance agible (factible o hacedero). Sus manos desean invocar a la decencia, pero la boca del uno y la lengua de la otra ignoran las formas y se dejan llevar por la salacidad (inclinación vehemente a la lascivia).

Ahí, parados sobre la tierra de este opimo (rico, fértil abundante) parque de ensueño sucede un liento (húmedo) beso que continúa en una habitación extraña inundada de sonidos gemebundos (que gime profundamente) y movimientos titilantes (agitarse con ligero temblor).

Minutos lautos (ricos, espléndidos, opulentos), en los que ellos luden (frotan, estregan, rozan algo con otra cosa) en una venusta (hermosa y agraciada) danza de mador (ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser verdadero sudor), digna de prosternarse (arrodillarse o inclinarse por respeto) y anotar en la bitácora coruscante (que brilla) de utopías a ras de alcoba.

El despertador interrumpe a quien sueña justo en el momento en que el sol dibuja el contorno de las montañas. El quillotro (amorío, enamoramiento) se ha esfumado, pero quedan en su cuerpo algunas escurrimbres (últimas gotas de un líquido que se ha quedado en una vasija) inolvidables.

*(Significados del Diccionario de la Real Academia Española).


Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

Sexo y libros

«¿Por qué escribes literatura erótica?» es la pregunta que más he escuchado. La respuesta es inminente: porque el sexo y los libros son lo que más me gusta en la vida. La justificación podría ser innecesaria, pero —en mi interior habita una exhibicionista— encuentro un deleite exquisito en contar mis intimidades.


Descubrí el sexo antes que los libros, por humanas razones. Me apasioné primero por los libros que por el sexo, por sociales razones. A los 14 años la voluptuosidad de las imágenes provocadas en mi mente por ese artefacto de tinta y papel encuadernado que tenía en las manos me hicieron adicta al deleite de leerlo todo, desde las etiquetas del champú en la regadera, hasta las dos enciclopedias de casa (pasando por carteles, folletos, boletos de estacionamiento, instructivos). Todo.


Llegaron mis 15 años. Primero de preparatoria. La profesora de literatura nos dejó leer Arráncame la vida de Ángeles Mastretta. Atrapada desde las primeras páginas, fueron unas cuantas palabras las que releí una y otra vez, intrigada: “Yo había visto caballos y toros irse sobre yeguas y vacas, pero el pito parado de un señor era otra cosa.” El resultado fue humedad inminente en mi entrepierna.


Las primeras veces son acontecimientos importantes en la vida de toda persona. Para mí esa lo fue. Descubrí que toda pieza literaria es erótica, no solamente porque contiene algún capítulo con contenido sexual propio de la cotidianidad, sino por la cantidad de sensaciones que viven en el cuerpo, como si al leer te convirtieras en uno de los personajes.


El siguiente libro que me erizó los vellos de la espalda fue Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig, que sin contener sexo de pronto me sorprendió con los puños cerrados y las uñas enterradas en las palmas de mis manos.

Espejo


Varios años después, ya adulta, tuve el hallazgo de un ejemplar que en la portada ilustra a cuatro personajes desnudos, entrelazados entre miembros viriles, lenguas y piernas: el Erotica Universalis de Gilles Néret, un compendio de imágenes sexuales que van desde el año 5000 a.C., hasta la década de los 70 del siglo XX. En él las escenas eróticas son un verdadero festín para el lector: algunas son tan alucinantes que provocan rubor en las mejillas.


Otro de los textos que me emociona hasta las lágrimas es La esposa joven, del italiano Alessandro Baricco. Uno de sus fragmentos memorables: “La Esposa joven se preguntó dónde había visto ya ese gesto y era tan nueva ante lo que estaba descubriendo que al final se acordó, y fue el dedo de su madre que buscaba en una caja de botones uno pequeño de madreperla que había guardado para los puños de la única camisa de su marido.” Erotismo puro.
Poseo una biblioteca personal de ejemplares, tanto físicos como electrónicos, que son mi espejo particular de pasiones y perversiones.

Algunos títulos que habitan en ella son: Historia de O, de Pauline Réage, regalo de un periodista amigo; Ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad, ganador del VIII premio La sonrisa vertical; uno de mis favoritos, que ha influido mucho el estilo de mis cuentos: La máquina de follar, de Charles Bukowski, y una cantidad más obscena que mi adorado Filosofía del tocador del Marqués de Sade, de volúmenes.


Cómo no amar el sexo y los libros, si ambos son origen y destino de la historia particular de cada uno de los mundos que interactúan al interior de nosotros. Si quien ha leído no percibe más de su humanidad en esas ficciones, que tire la primera piedra.


*Texto publicado originalmente en mi columna «Por una vida sexy» de la revista Vértigo Político en abril de 2018.

Defender la seducción

Cuando alguien me atrae no soy inofensiva. Una vez conocí a un señor que me gustó desde que lo vi, sentado en la mesa de un restaurante, esperándome.

Soy una coqueta confesa. Por eso en cuanto lo saludé supe que lo quería en mi cama. No por eso le expuse mis intenciones de inmediato o le acaricié la pierna “accidentalmente”, claro que no: tracé una estrategia para enamorarlo.

Tengo bien claro que el cuerpo ajeno es territorio tocable solo después de haber recibido autorización del poseedor. Si tomas de la mano a alguien que apenas conoces es romántico; si es la pierna o la cintura estás trasgrediendo su espacio personal. Ya de rozarle las nalgas ni robarle un beso hablamos. Aunque me moría de ganas.

Como el del erotismo y la pornografía, el límite entre seducción y acoso es muy difuso y se desdibuja fácil cuando entran en la ecuación el instinto, los impulsos, las hormonas trazando fuegos artificiales.

La comida transcurrió entre una plática con humor, inteligencia y muchas sonrisas, y sí, me dejó con deseo de más. Bien se sabe que en la seducción lo transparente y lo honesto es muy atractivo.

Pasaron las semanas. Seguíamos comunicándonos de vez en cuando, pero yo no veía claro. Tenía mil dudas: ¿le habré gustado? ¿Cómo me acerco para ser alguien agradable sin acosarlo? La literatura, como siempre, me dio el pretexto perfecto y le mandé un libro que acababa de publicar.

Le envié otro mensaje: “¿Ya recibiste mi libro?” Él respondió con un indiferente e impersonal: “Sí, gracias. Déjame ver en qué te podemos ayudar”.

Repensar

A pesar de haberle escrito en la portadilla una dedicatoria sexy, el hombre no parecía haberse dado cuenta de mis intenciones. Eso me llevó a hacer el último intento; si después de lo que iba a redactar no me hacía caso dejaría el asunto como un instante de deleite unidireccional y lo borraría del mapa.

Mi filosofía es: si una persona me dice “no”, entonces es “no”. Si le digo a alguien “no”, entonces es “no”; muchos de los problemas entre hombres y mujeres radican en que a veces queremos que nos adivinen el pensamiento, y eso provoca equívocos incómodos o réplicas aleatorias.

Mi mensaje decía: “¿Y quién te está pidiendo ayuda? Yo lo que quiero es volver a verte”. Su respuesta tardó menos de un minuto en llegar; nos pusimos de acuerdo y una semana después ya estábamos sentados de nuevo en otro restaurante, con él diciéndome que lo anotara en la lista de los hombres que querían hacerme el amor y conmigo sonrojada y caliente.

Al terminar de comer me ofreció ir a su casa. Las palabras que pronuncié fueron las culpables no solamente de que consiguiera mi objetivo de llevarlo a la cama, sino de que se quedara pensando en mí siete días más: “Sí voy a ir a tu casa, pero no vamos a tener sexo hoy, sino hasta la próxima vez”. Así fue. Una semana tras otra, hasta convertirnos en pareja y tejer a diario un “fueron felices para siempre” muy a nuestro estilo.

Transitamos por un momento emocionante de la historia; un tiempo de feminidad renovada y masculinidad que es necesario repensar. Hombres y mujeres necesitamos recordar que vivimos en la misma contaminada y poco pacífica esfera flotante en el universo y sentarnos a explorar nuevas formas de interacción.

Utilicemos la información disponible respecto a los temores y deseos de ambos sexos para unir y no para separar: la seducción y el erotismo son herramientas para la defensa y felicidad de nuestra condición de humanos. Por eso abogo por defenderlos desde la plenitud y la libertad.


*Esta columna fue la primera que publiqué en la revista Vértigo Político #PorUnaVidaSexy, hace justo dos años, en abril de 2019.