Conquistar con estilo

Bienquisto (de buena fama y generalmente estimado) lector,

Es bien sabido que en el juego del amor y la seducción la palabra es núcleo y espina dorsal; creadora de alacridad (alegría y presteza del ánimo para hacer algo) o andróminas (embustes, enredos). Por eso en esta ocasión es de mi apetencia compartir con usted este breve glosario de vocablos para fascinar con estilo y elocuencia a la persona blanco de sus diligencias erubescentes (que se pone rojo o que se sonroja).

Esta ineluctable (dicho de una cosa: contra lo cual no puede lucharse) historia de amor comienza en una de las horas más románticas de la noche: el conticinio, cuando todo está en silencio, la piel dispuesta a ser territorio para las yemas de los dedos y los ojos se convierten en naifes (diamante de calidad superior) fúlgidos (brillante, resplandeciente).

Los personajes son Ella y Él. La situación un sueño estuoso (caluroso, ardiente, como encendido o abrasado). No sabemos quién de los dos fantasea.

En un extremo de la banca de un parque está Ella: labios rusientes (que se pone rojo o candente con el fuego), epidermis ebúrnea (parecida al marfil), aladar (mechón de pelo que cae sobre una de las sienes) que cubre una mirada godible (alegre, placentera).

En la otra orilla de la misma banca está Él: jarifo (rozagante, vistoso, bien compuesto o adornado), cabello ubérrimo (muy abundante y fértil) y sonrisa leda (alegre, contenta, plácida).

Cada uno lee, atrapado en las páginas de su respectivo libro (o tal vez en las pantallas de sus teléfonos, pero esto es ficción y soy dueña de mis licencias poéticas).

Como si el árbol detrás de la banca hubiera sido sembrado justo en ese sitio para este preciso instante, el desprendimiento de una rama con su respectivo estruendo provoca que las pupilas de nuestros protagonistas converjan: Deliquio (éxtasis, arrobamiento), lampo (resplandor o brillo pronto y fugaz, como el del relámpago), amatividad (instinto del amor sexual); una certeza inefable (que no se puede explicar con palabras) del inicio de una mirífica (admirable, maravillosa) coincidencia.

El “hola” que obtiene respuesta indica un romance agible (factible o hacedero). Sus manos desean invocar a la decencia, pero la boca del uno y la lengua de la otra ignoran las formas y se dejan llevar por la salacidad (inclinación vehemente a la lascivia).

Ahí, parados sobre la tierra de este opimo (rico, fértil abundante) parque de ensueño sucede un liento (húmedo) beso que continúa en una habitación extraña inundada de sonidos gemebundos (que gime profundamente) y movimientos titilantes (agitarse con ligero temblor).

Minutos lautos (ricos, espléndidos, opulentos), en los que ellos luden (frotan, estregan, rozan algo con otra cosa) en una venusta (hermosa y agraciada) danza de mador (ligera humedad que cubre la superficie del cuerpo, sin llegar a ser verdadero sudor), digna de prosternarse (arrodillarse o inclinarse por respeto) y anotar en la bitácora coruscante (que brilla) de utopías a ras de alcoba.

El despertador interrumpe a quien sueña justo en el momento en que el sol dibuja el contorno de las montañas. El quillotro (amorío, enamoramiento) se ha esfumado, pero quedan en su cuerpo algunas escurrimbres (últimas gotas de un líquido que se ha quedado en una vasija) inolvidables.

*(Significados del Diccionario de la Real Academia Española).


Columna originalmente publicada en la revista Vértigo Político.

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