Erotismo cotidiano

Una pareja tomada de la mano detona fantasías en mi imaginación, puede ser para escribir una historia o simplemente para entretenerme en ratos de ocio. Al mirar a dos individuos con los brazos entrelazados y la lengua en sincero coloquio, mi cuerpo insinúa las sensaciones de yemas de los dedos a los costados de mi vientre –mi punto débil– y entonces despierta el deseo de posar las manos en el teclado o empuñar la pluma y trazarme en la página en blanco para recorrer mi inventario particular de sonrisas:

La voz de ese hombre. La obsesión por la humedad relativa de un explorador en los Andes. El sexo infinito de un extranjero. Las uñas pintadas de negro del amante del jardín de higueras. Las visitas a los museos del viajero con el beso furtivo en la punta de la apetencia.

Las erratas en las páginas de las enciclopedias. Los poemas que el de los dedos como extensión de cuerdas de guitarra dejó en pedazos en la puerta de casa. El cronómetro de cristal donde se reflejó el asombro de un hallazgo. La boca que me dijo con certeza que sabría besar.

Las cicatrices en las falanges por unas baquetas. Los días oscuros del poeta con la gloria y el infierno entre los vocablos. El miedo de uno, ese y el otro. Mi miedo. La imperfección para hablar, junto a la perfección para seducirnos. Las quinientas noches de Sabina. Los despertares con Bach. La nostalgia por la muerte de Joao Gilberto.

Así es cómo en mi piel nacen las historias que se recrean en los ojos de los lectores; cómo en mis labios sucede la génesis de los personajes que se convertirán en entrañables o incómodos de aquellos dispuestos a compartir conmigo un fragmento de su tiempo en forma de prosa o poesía: entre la realidad y la ficción de mi propia vida que trasmuta en recuerdos a conveniencia.

Entonces pienso en quién pudo haber sido la musa de Carlos Fuentes cuando tecleó estas líneas en su libro La muerte de Artemio Cruz: “Ese cuerpo no era de él: Regina le había dado otra posesión: lo había reclamado con cada caricia. No era de él. Era más de ella.” Esa precisión al elegir las palabras, el aleteo de mariposa que detona en las emociones no pueden ser solamente ficción: tuvo que experimentarlo para describir con tan dolorosa exactitud, tuvo que haber sido poseído por alguien que más tarde inmortalizó en Regina.

Mientras leía El hombre que fue jueves cuestioné, llegando casi al final de la novela, ¿en qué terreno de qué país y con qué nivel de silencio habrá estado Chesterton para escribir: “El amor de la vida lo invadía todo. Hasta se figuró que oía crecer la hierba”? ¿Quién, que haya visitado un campo de espigas un día de viento, puede evitar el estremecimiento de ese sonido apenas perceptible, pero de una fuerza arrebatadora?

O algo tan simple como lo que Alain de Botton convirtió en literatura en su magistral El placer del amor: “El teléfono se vuelve un instrumento de tortura en las demoníacas manos del ser amado que no llama”, que no necesita explicación para nosotros, integrantes de la sociedad occidental que han sido educados por el amor romántico, y además adictos irredentos a la tecnología.

Si yo te preguntara a qué huele el cuello de la mujer que amas o cómo describirías la textura de las gotas que se desprenden de la regadera cada mañana y te refresca de calores y pesadillas, la respuesta seguramente sería un poema.

Así es como el erotismo es amo y señor de la cotidianidad.


*Este texto fue publicado originalmente en mi columna Por una vida sexy de la revista Vértigo Político.

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