¿A imagen y semejanza? #cuento #ficción

Querido Dios. Qué digo querido: amado Diosito. Qué digo amado Diosito: adorado, omnipresente, idolatrado, omnipotente Diosesón:

Te doy gracias por el orgasmo nuestro de cada día. Estoy acostada en mi cama, la cabeza recargada en la almohada, las piernas abiertas, el abdomen en estado de incredulidad por lo que dos dedos pueden provocar en el cuerpo, desde la parte baja del vientre hasta todas sus esquinas, bordes y extremos.

Lo que siento es asombro. Qué sabio y maravilloso eres, ¡oh, rey de los Cielos!, que nos hiciste seres con capacidad de abstracción y potencia imaginativa, la misma que formó en mi mente la imagen de esas dos chicas besándose la lengua, los dientes, las puntas de los pezones, que hicieron gloriosa esta mañana.

Gracias por los recuerdos disfrazados de fantasías. Ruega por los hombres que me han penetrado, por las veces que los besos me han hecho adicta a los clímax. Te doy gracias por las inmensas posibilidades del sexo, por los labios, la vulva, las tetas, las corvas.

Si los seres humanos estamos hechos a tu imagen y semejanza, y me colocaste en la entrepierna el único órgano con la función de experimentar placer, entonces no dudo que todos estos años las personas hayamos vivido en el engaño y tú eres una mujer.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos, Amén.

Gesta carmesí #cuento #ficción

Una no se convierte en leyenda sentada en la sala de la casa con una taza de té de tila en las manos. Una se convierte en leyenda con ampollas en los pies, con los dedos curtidos por las texturas del fuego; por el rango, entre terrible y sublime, de las imágenes que penetran por los ojos.

La mancha rojo intenso en las sábanas blancas por sí sola no hubiera significado nada, sin esa forma confeccionada por los pequeños coágulos que expulsó su vagina durante las horas de sueño. Sintió la masa viscosa en la entrepierna antes de hacerse consciente de que había despertado. Agarró una orilla de las telas de diferentes grosores que la cubrían, con el sentimiento de fastidio previo a saber lo que encontraría: nada odiaba más que manchar algo o ensuciarse con su menstruación.

No, sí había algo que odiaba más: tener la menstruación justo los días del año en que tradicionalmente más había cogido, la exposición de libros y vergas, mínimo una por día, que esperaba con ansias durante todo el año y que éste, por culpa de los caprichos de su endometrio, no podría disfrutar.

Entró en la regadera. Abrió las piernas. Dobló las rodillas hacia afuera. Miró el chorro de sangre que la gravedad atraía hacia el mármol del piso y el agua diluía, no sin antes crear, otra vez, asientos como los que se hacen al fondo de una taza de café turco. Disfrutó la imagen de la tinta roja trazando augurios en sus piernas.

Dobló el codo de la mano derecha y dirigió el dedo corazón hacia la vulva. Avanzó despacio hacia adentro de su cuerpo, provocando que otro coágulo cayera de golpe sobre el suelo y se quedara colgado entre las rejillas de la coladera. La sangre escurría cada vez más abundante. Utilizó el índice y el anular de la mano izquierda para separar los labios mientras su dedo medio acariciaba de forma vertical el clítoris y la mano derecha continuaba con su juego de meter y sacar. Apretaba y soltaba. Apretar. Soltar. Apretar. Apretar. Soltar. Hasta que la matriz se convirtió en suelo debajo de desfile militar, en plantas de los pies a punto del calambre. Gimió fuerte. Nada le gustaba más que un orgasmo.

No. Sí había algo que le gustaba más que un orgasmo: seducir al próximo hombre que se lo provocaría en la materia, la energía o la imaginación. Ese pensamiento le recordó su sensualidad tullida. Suspiró.

A pesar de la abundancia que expulsaba su cuerpo, decidió ponerse un mini vestido negro casi transparente, ideal para provocar pensamientos pecaminosos, suyos y de otros. Se trepó en unos tacones negros y salió hacia el pasillo. Balanceaba la cadera al ritmo de la música que siempre sonaba en una de las dimensiones de su mente y la mantenía con el tempo armonizado a los latidos del aire, y en sintonía con los ejemplares del sexo opuesto, siempre dispuestos a satisfacer sus deseos una vez que eran elegidos.

Le calentaba saber la expectativa que el balanceo del vestido sobre las nalgas causaba en las miradas de quienes se topaban con sus piernas casi encueradas. Los días que no debía utilizar calzones salía desnuda debajo de la ropa y de tanto en tanto, cuando el espécimen que tenía enfrente le generaba algún interés, “accidentalmente” se movía de forma tal que dejaba ver su condición de mujer dispuesta a desvestirse ante el mejor postor.

Su primera escala era la sala donde se presentaría el libro del escritor que en la adolescencia le había cambiado la vida, haciéndola ver que existían más caminos, además de los que sus padres le habían enseñado, y no estaban relacionados con enamorarse del hombre perfecto, casarse entre tules y flores y cuidar de los hijos y del esposo hasta la muerte. Instrucciones que ella aparentemente había seguido al pie de la letra cuando decidió convertirse en alguien que bien podría ser el personaje de una de las novelas que tanto le llamaban la atención.

El autor del libro era un hombre grande, nacido poco más de dos décadas antes que ella. Vestía una playera gris, entallada, que testificaba las horas en el gimnasio y un interés en el cuerpo que a ella le resultaba importante; en los últimos años, y después de haberse cogido a una buena cantidad de hombres mayores de sesenta, aprendió que el cuerpo cobra el sedentarismo de la juventud justo después de las seis décadas, así que los músculos del buen escritor presagiaban una polla dura, y el tema de sus novelas dejaba adivinar una experiencia muy sexual y muy decadente.

Se sentó en la primera fila, con las rodillas bien juntas. Ella sabía que los autores se fijan en el público en su presentación unos segundos después de colocarse en su sitio, cuando el cerebro detecta el momento de relajarse y fluir, por eso ella esperó el instante perfecto para levantar la pierna derecha y con un movimiento parecido a la “Verónica” del torero, colocarla encima de la izquierda y dejar a la vista parte de la nalga.

El plan fue un éxito. El movimiento provocó la atención del autor y el consiguiente interés que tuvo en ella durante toda la presentación, curiosidad que ella aprovechó para dejarse observar y para seducirlo en silencio con sonrisas, caricias en el cuello, guiños y otros gestos sutiles, como cuando se puso las palmas de las manos en el interior de los muslos y los abrió ligeramente.

Cuarenta y cinco minutos después, al terminar las palabras de editor, escritor invitado y autor, ella permaneció sentada en su sitio mientras él firmaba libros, platicaba y se tomaba fotos con la concurrencia.

Recuerda lo que siguió como si lo hubiera visto en una película y no como si fuera parte de su experiencia vital.

Él se le acercó, estiró el brazo y con mano firme la jaló para levantarla de la silla. La inercia la hizo aterrizar en sus brazos, lo que él aprovechó para tomarla de la cintura, cargarla y abrir sus labios con la punta de la lengua. La besó con las comisuras de la boca, con el pecho, con los brazos; ella lo rodeó con las piernas. Sin importarle la gente de alrededor, dejó que su cuerpo sintiera al fin la dureza de los músculos de los brazos, de la espalda. Abrió los ojos para registrar en su memoria la cara de él tan cerca de la suya. Encontró que él también tenía los ojos abiertos. Vio cómo en las arrugas varoniles se dibujó una sonrisa; ella también sonrió. Siguieron besándose con los labios en deleite, hasta que la editora que momentos antes lo presentaba como uno de los escritores más disciplinados, serios y talentosos de la industria le tocó el hombro con un dedo para que volteara. Él ni se inmutó.

La puso en el suelo, estiró el minivestido para esconderle la ropa interior y la agarró de la mano. En el pantalón de él se veía la erección descaradamente; conforme caminaban se iba haciendo más notoria, para beneplácito de ella y escándalo de las señoras de la alta sociedad de aquella ciudad tan conservadora y amante de las manifestaciones religiosas más exhaustivas, requisito necesario para mantener el honor y la pureza de sus habitantes, sobre todo de los más jóvenes.

Claro que las lentes de las cámaras de los teléfonos celulares no se hicieron esperar, y pronto más de una decena de personas comenzaron a grabar tan interesante suceso acaecido entre el escritor ex heroinómano y la mujer desconocida, que era arrastrada a cada vez mayor velocidad hacia la salida del recinto, dirigida al paso de cebra y luego a las puertas de cristal del hotel, en donde caminaron hacia el elevador del que él apretó el botón del 21.

Adentro la tomó de nuevo por la cintura para levantarla y continuar besándola, con cada vez más violencia, hasta que se abrieron las puertas y salieron de ahí, ella alrededor de él, que puso en evidencia una vez más su imponente fuerza cuando no le permitió poner los pies en el suelo. Llegaron a la habitación, él puso la llave, que ella ni se enteró cuándo sacó, en el sensor de la chapa, lo que les dio acceso a una recámara espaciosa, cuya cama recibía de lleno los rayos del sol y en la que ella encalló de golpe.

Él la miraba con esa cara inundada de testosterona que ponen los hombres cuando ya se les desconectó el cerebro de los pantalones. Ella pensó en advertirle que cuando le quitara las bragas saldría sangre a borbotones, pero prefirió no hacerlo; quería que a él no se le olvidara nunca la mujer junto a la que había convertido la habitación de un hotel gran turismo en algo parecido a un matadero de cerdos; deseaba sorprenderlo con la copiosidad de su menstruación.

Él agarró los dos extremos de las bragas y las jaló hacia los pies. Ella levantó la cadera y lanzó un gemido involuntario, le fascinaba ese preciso instante en que la tela se deslizaba hacia sus pies; era encantador mirar el gesto de hallazgo del compañero ocasional, ver cómo la lengua saboreaba lo que estaba a punto de comerlo.

Esta vez no le iba a suceder como en otras ocasiones en las que dejó sus deseos en fantasías; esta vez dejaría que la realidad sobrepasara a sus expectativas, con el sí habitando cada partícula de su cuerpo, desde las huellas dactilares hasta las puntas del pelo.

Abrió las piernas. En vez de brillar con la consabida lubricación que expulsan las mujeres cuando están excitadas, de la vulva se desprendió el líquido rojo intenso que salió de ella. Con un gesto veloz él estiró el dedo corazón y lo introdujo en la vagina. Ella levantó la cadera. Él siguió metiendo y sacando el dedo hasta que la sangre era un exceso; entonces acercó la boca y comenzó a succionar todo, los labios, la vulva…. Lamía como lobo hambriento, se atragantaba de sangre, la manzana de Adán se elevaba con frenesí. Ella no podía creer las sensaciones en su cuerpo, levantaba y bajaba la cadera, doblaba los dedos de los pies, le arañó la espalda. Tuvo un orgasmo al que siguieron dos más; todo en apenas unos minutos.

Lo miró. La sangre se escurría por los dientes, remarcaba las líneas de los labios. Ella le puso las manos en el pecho y empujó hasta dejarlo hincado. Se incorporó. Le mordió el labio, la barbilla, el cuello y fue bajando por el pecho, el ombligo, para trazar una línea hacia el nacimiento de la erección coronada con un glande del tamaño de una pelota de golf. Se metió la pelota en la boca, la hizo llegar hasta la garganta.

El hombre gigante se contorsionaba, le puso la mano en la cabeza. Arremetía con fuerza dentro de la boca de ella, que le encajó las uñas en las nalgas, lo que aumentó todavía más el deseo de penetrarla. Al notarlo, ella se le adelantó. Retiró la cabeza de la verga de él y lo empujó hacia el colchón. Se puso de pie. Le escurrieron de nuevo unas gotas densas desde el cuerpo, que cayeron estratégicamente en la punta del pito, que parecía un panecillo de Navidad, glaseado con el color rojo de la ropa del señor de los juguetes.

De un solo movimiento ella dobló las rodillas y se penetró hasta el fondo. Sentía la presión de la punta de él sobre el cuello del útero, cómo empujaba para llegar más adentro: dolor y gloria; gloria y dolor. Él jaló una almohada y se la puso debajo de las nalgas, con lo que pudo entrar todavía más profundo. Ella se inclinó para besarlo de nuevo, provocando que la base del pene le rozara el clítoris. Otro orgasmo. El cuarto del día.

Escritor consagrado y escritora novata desafiaron las leyes de la física y de la prudencia por horas. Él bebió la sangre de ella cual vampiro posmoderno; ella dejó que él calara todos sus orificios disponibles con los apéndices más extravagantes de su cuerpo: manzana de Adán, nariz, codos…

El mediodía se convirtió en atardecer; el atardecer en noche; la noche en amanecer de horizonte rojo y dolor de coxis y la certeza de que el sexo duro del pasado inmediato provocaría que no pudiera sentarse en varios días.

Salió de ahí mientras él todavía descansaba el sueño de los bien cogidos, para evitar el riesgo de que volviera a despertarse y en lugar de comer o tomar algo, decidiera volver a hacerla el plato principal del siguiente día.

Se miró al espejo del elevador mientras descendía. Piso 21… 20… 19… Sus pupilas chisporroteaban, hacían un contraste vampírico con el color casi transparente de su piel, algunos rastros de sangre y las ojeras color de rosa. Suspiró y se dirigió a sí misma en voz alta, antes de que en el tablero digital del elevador apareciera la letra “L”:

“Bueno, si no te conviertes en leyenda, por lo menos ya te cogiste a una.”

Cara o cruz #cuento #ficción

¿La fecha? Un día de principios de febrero. ¿La hora? 14:30 de la tarde. ¿El lugar? Uno de los rascacielos que bordean el hermoso Paseo de la Reforma, la avenida más emblemática de la Ciudad de México. ¿El motivo? Jugar con fuego. ¿Lo que sucedió? He aquí esta historia:

Dos días antes, el mensaje inesperado del personaje inimaginable: “Ya quiero que sea lunes”. Corazón acelerado, choque de adrenalina sin control.

La noche anterior: el insomnio. Recordar cómo se veía su rostro en versión carne y hueso. Las preguntas que resuenan tan fuerte en la cabeza que no dejan escuchar los pensamientos.

Unos minutos previos: apagar el auto con manos temblorosas. Mirarse en el espejo retrovisor con un gesto nuevo, uno de esos gestos que incitan a la aventura, a buscar lo desconocido. Poner un pie en el suelo y sentir la fuerza de los tacones sobre el concreto. Caminar erguido, sonrisa incontenible. Alisar el vestido, retocar los labios. Revisar en el teléfono móvil y encontrarse con la notificación correspondiente al: “Ya estoy aquí”.

Subir a la cima de la escalera eléctrica. Avanzar algunos pasos al encuentro lejano de miradas. El sonido de pasos acorta la distancia convertida en el vórtice que converge en el otro. Latidos como tambor en desfile militar. El entorno desaparece. Saludo. Beso en la mejilla del lado izquierdo, mano con los dedos abiertos en la espalda. Caminar del brazo por una calle conocida que de pronto muestra colores nuevos.

Llegar a la puerta del restaurante. Sentir todos los ojos encima. Gozar con cada poro el presente inmediato. Saborear el instante como si pudiera controlarse el tiempo.

Sentarse a la mesa en dos sillas contiguas. El “este es mi restaurante favorito” que rompe el pudor. Servilletas en las piernas. Botella de vino. Agua mineral de burbujas miniatura. Ostiones sobre una cama de hielo. Dejarse consentir por el deseo convertido en hombre. Choque de copas en un sonido casi imperceptible. Los labios apenas tocan el borde del cristal, la lengua danza con el sabor dulce que en segundos se convierte en ácido; el líquido se desliza por la garganta como listón de seda.

Seducir con las papilas gustativas, con la sonrisa que se abre para saborear el primer bocado: frescura de tacto suave con sabor a mar de Baja California y olor a sal de grano con trufa, lo más parecido a la gloria. Juguetear con las palabras y las pupilas, con las yemas de los dedos en la piel del antebrazo, pronunciar la consigna: “anótame en la lista de quienes quieren hacerte el amor”, provocar rubor, sorpresa, una sensación cercana a caminar sin alas.

Romper las reglas de etiqueta y cruzar tenedores para compartir el deleite de una elección acertada: combinación de textura rugosa y lisa con aroma a cilantro y origen de memorias. Crear la expectativa del encuentro que seguirá al levantarse de la mesa. Prometer un tal vez en el pastel de chocolate con frutos rojos. Repartir las gotas de la felicidad antes de dar una respuesta.

Salir del lugar con un ligero mareo, más por culpa de Cupido que del vino. Poner un beso en la comisura de los labios. Caminar por la acera otra vez del brazo. Detenerse en la esquina. El semáforo en rojo es la excusa perfecta. Echar una moneda al aire: cara será una despedida disfrazada de “hasta pronto”; y cruz, la invitación a continuar el juego, con la ropa en el suelo frente a un ventanal a 80 metros hacia el cielo.

Cruz.


Este cuento apareció publicado en la revista El Gourmet de México en febrero de 2016 y forma parte de mi libro Grab my pussy! Cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

Abecedario #cuentos S-Z #Minificciones

¿En qué momento?

Desde que le cedió el paso para entrar al estudio, el fotógrafo quiso poner cada una de sus manos en las nalgas de esa mujer de estatura baja, pero curvas pronunciadas. Se saludaron sin desviar la mirada uno del otro, mientras una corriente eléctrica recorría todo el espacio, provocando que ambos que quedaran en silencio por unos segundos.

-Puedes cambiarte en ese cuarto, te maquillas y peinas mientras me cuentas tu idea -dijo él, abriendo una puerta de metal con una ventanita en la parte superior.

Susana cargó su maleta y moviendo la cadera exageradamente, se metió en la habitación.

Era un lugar chico, tenía un tocador, una silla y una mesita baja. Encendió las luces del espejo y empezó a sacar sus vestidos. Quería unas fotografías elegantes, le recomendaron a Jacobo por su talento para encontrar el mejor ángulo de cualquier persona. Ella nunca se sintió especialmente guapa, pero estaba harta de estar soltera cuando la mayoría de sus amigas, hasta las que estaban feísimas de verdad, ya tenían marido, o estaban en vías de tenerlo.

Terminó de vestirse y, bolsa de cosméticos en mano, salió al encuentro del fotógrafo.

Rímel, blush y lipstick después, comenzó la sesión. Vaya que a ella le parecía sexy el hombre detrás de la cámara, tenía una manera de moverse tan sugerente, que de repente se sorprendió jadeando bajo el influjo de la lengua experta que besaba sus labios, y no precisamente los del rostro.

 

¡Sorpresa!

Hace muchos años, cuando sus amores eran estúpidamente dolorosos, Teresa guardó en un rincón del armario el sentimiento desenfrenado e inconmensurable que tenía hacia David, su prmer novio. Hoy, empacando cajas para mudarse a su nueva casa, tres días después de la boda y más de diez novios después, se lo encuentra: no tiene encima ni una mota de polvo. Lo mira durante varios segundos y toma una decisión.

Al siguiente día y por correo certificado, David recibirá un paquete misterioso en la puerta de su casa; abrirá la caja y un gemido lo golpeará en la boca del estómago.

 

Perdonar

Úrsula lloraba lágrimas que al chocar con cualquier cosa se convertían en corazones. Lo descubrió la tarde que su primer novio la cortó, a los 13 años, y desde entonces decidió que no volvería a amar nunca, porque así no lloraría de nuevo.

Muchos años después, cuando murió su padre, Úrsula inundó la casa con martillos negros que brotaban dolorosamente de sus ojos.

 

Alas

Verónica es valiente. Odia que la etiqueten de amazona o guerrera, o que la etiqueten con cualquier otra palabra. Monta a caballo, ama a los perros, tiene el universo escondido en las pupilas y es la mamá de una niña y un niño que viven entre la fantasía y el viento que baja de las montañas. Ella no lo sabe, pero fue elegida por los más antiguos dioses para sembrar la tierra de esperanza.

 

Fantaseando

Una cosquilla todo menos incómoda la despierta en la madrugada. Soñaba con ese hombre canoso de traje carísimo, cuando un conato de orgasmo la arranca de la ejecución fantasiosa de sus deseos. Es así como Wilma descubre, a los 16 años, que siente las mariposas en lugares más interesantes que el estómago.

 

Algo así como Blanca Nieves

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este mundo?”

-Es Nicole Kidman.

Entonces, Ximena recapitula:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este país?”

-Es Salma Hayek.

Intenta de nuevo:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta ciudad?”

-Es Anahí, la esposa del gobernador de Chiapas.

Un poco frustrada, pregunta otra vez:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta colonia?”

-Es Elia Rubio, la de la casa 24.

Con la esperanza un poco destrozada, vuelve a indagar:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de esta calle?”

-Es Estefanía López, la de la camioneta de atrás.

Decidida a no fallar, con media sonrisa en la boca cuestiona:

“Espejito, espejito, ¿quién es la mujer más hermosa de este automóvil?”

Pero mejor no espera la respuesta. Arranca de tajo el espejo retrovisor y lo estrella contra el pavimento.

 

Más que magia

Ylianna tiene afición por los laberintos. Camina en ellos, pero hace trampa porque de vez en cuando vuela y encuentra la salida. Es alquimista: capaz de convertir las lágrimas en sonrisas y sus palabras cambian la vida de las personas. También trae un costurero de primeros auxilios en la bolsa, con él remienda los baches del camino. Tiene un par de alas grandes en la espalda hechas de aire fresco que se llevan muy lejos a los espíritus bromistas y chocarreros.

 

Voyeur

La casa de Zoe es luminosa como ojos de mujer enamorada. Tiene un ventanal con vista al cielo y una jacaranda de flores traviesas, testigos de cómo su cuerpo tiembla con el recuerdo de ayer.

Él la mira desde el vértice de sus piernas, justo a esa hora del día en que el blanco brilla y el negro parece vacío. La saborea, busca en bordes y hendiduras provocar la marejada que le hará gritarle “te amo” mientras entierra las uñas en su pelo.

Intenta mantenerse en silencio para escuchar la danza de la lengua; provoca que el pubis se levante de la cama y succiona hasta que no puede contenerse y le empapa la sonrisa.

Despierta. El cierre abierto del pantalón y los dedos metidos en su ropa interior la delatan.

Está lista para continuar la fantasía cuando mira hacia la calle y el vecino aplaude desde su ventana. Cierra las cortinas, pero se arrepiente y vuelve a abrirlas: esta vez con una reverencia exagerada y besos al aire.


Cuentos publicados en el libro Con las alas grandes, en 2014.

Abecedario. Cuentos A-H #minificción

Leer: no para ser más cultos o parecer más inteligentes.

Leer para ser más humanos, o parecerlo.

MSI

 

Nadie sabe para quién trabaja

Por más que Aurora, de niña, amara los disfraces, su mamá no la dejaba usarlos; le parecían fantasías estúpidas. En las fiestas infantiles veía desfilar Cenicientas, bomberos, mariposas; lo más que podía hacer era pedir prestado un atuendo cuando su madre se iba, y no olvidarse de devolverlo unas cuantas horas antes de que la celebración terminara.

A los 22 años empezó a vestirse de policía, de enfermera, de mucama, claro, a escondidas; era adicta a saberse el centro de las miradas al caminar por la calle.

Un día su mamá tuvo un accidente, y murió. Cuando en la funeraria le pidieron que llevara una muda de ropa para vestirla, Aurora les entregó un vestido de princesa.

 

Tiempos mejores

Beatriz se mira en el espejo de la sala todas las noches. Con un plumón dibuja las nuevas arrugas sobre el cristal. A veces las marcas de su vida son trazos hacia arriba, como sonrisas; en ocasiones son líneas hacia abajo, o rectas, cuando termina la jornada sin emoción. Una mañana, mientras la luz del sol inunda la estancia, Beatriz se asoma al espejo. Lo que ve la deja atónita: es una obra de arte.

 

Obsesión Incendiaria

Carola tenía obsesión por las ollas. No le gustaba cocinar, pero las cacerolas, sartenes y comales le parecían utensilios de una belleza arrebatadora. Su favorita era la olla chifladora, le encantaba llenarla de agua, ponerla al fuego, esperar y al fin, escuchar el glorioso silbido de vapor. Su esposo la amenazó con irse si compraba una más, pero ella no pudo evitarlo y las escondió abajo de las camas de los niños, hasta que el mango de una parrilla la delató y el marido cumplió su promesa.

Carola, desesperada por la incomprensión del mundo hacia su mirada estética, encendió el horno y se metió dentro. Todos se enteraron cuando los bomberos determinaron la causa del incendio.

 

Una serie de eventos desafortunados

Damiana vivió siempre según el significado de su nombre, era salvaje, segura, dominante. Tal vez demasiado: no había hombre que no la deseara ni mujer que no sintiera por ella esos celos mortales que suelen sentir las mujeres y que en más de una ocasión se han podido constatar. Desde que tuvo uso de razón supo que sería modelo y que se convertiría en un icono de la belleza. Así fue durante más años de lo que cualquiera hubiera podido humanamente lograr. Hasta que un día el tacón roto provocó el tobillo doblado que dirigió al cuerpo hacia el ángulo equivocado del borde de la pasarela terminó con el encanto.

 

Fantasía inoportuna

El hijo le preguntó cómo meten a los niños en las mamás. Eunice guardó silencio unos segundos para pensar bien la respuesta, pero no contestó: se quedó distraída recordando el camino a su orgasmo de ayer.

 

Despertares Húmedos

Fabiola creía en los unicornios, en las sirenas y en los príncipes de sus libros infantiles. Cuando supo que eran seres imaginarios se puso muy triste. Ya de adulta, a pesar de sentirse defraudada, aprendió a vivir en la realidad. La otra noche soñó que se había convertido en sirena y su príncipe azul llegaba por ella para huir juntos cabalgando en un unicornio tornasol. Despertó. Al abrir los ojos se dio cuenta que el agua del mar todavía chorreaba por sus piernas.

 

Brillo

Genoveva perdió su trabajo, la abandonó el marido, metieron preso a su hijo, y de todas formas, estrena a diario un brillo en los ojos distinto: lo compra en infomerciales en las noches de insomnio.

 

Correr el riesgo

Sonrió al principio de la caída libre. El viento en las mejillas, en el cuello, rompiendo un poco los labios, las comisuras de la boca, provocando un dolor placentero. Por fin Helena había logrado el sueño de varias vidas; por fin sabía lo que piensan los pájaros en pleno vuelo. Nadie le dijo que las alas se usan bajo el propio riesgo. Y esa madrugada no se abrió su paracaídas.

 


*Estos cuentos forman parte del libro Con las alas grandes, que publiqué hace cuatro años con dos amigas-hermanas-cómplices: Ylianna Mercado y Fabiola Andrade.

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Ten cuidado con lo que deseas #cuento #ficción

“¡Aaaaaah! ¡Manueeeeeeelaaaaaaaaaa!”

Antes de descubrir en qué lugar iba a incorporarse, el Genio lanzó un grito entre orgásmico y furioso. Era la quinta vez en una semana que esa mujer le provocaba humillación pública. Se manifestó entre el humo que lo acompañaba cada vez que aparecía ante alguno de sus amos, y unas carcajadas agudas de quien se había convertido en su peor pesadilla: Manuela Portillo, hembra de belleza extraordinaria y clítoris alegre.

La primera vez que la vio se creyó afortunado: en sus 347 años de servicio como Genio de Lámpara Maravillosa no había visto jamás a una persona tan bella; pero de inmediato se dio cuenta que había sonreído demasiado pronto; al escuchar el primer deseo se supo perdido. De eso no había pasado tanto tiempo, pero para él parecía una eternidad.

–Hola, Gen, ¿cómo has estado?

Ahí estaba él: parado junto a un futón de rayas, con la entrepierna del pantalón morado de raso húmeda, y los ojos todavía un poco en blanco.

–Ya te dije que no hagas esto en horas hábiles, estaba dando una conferencia en el Congreso de Genios del Mundo Occidental, ¡y me hiciste eyacular frente a todos mis colegas!

–¿Y no te encanta? ¡A nadie puede molestarle un orgasmo a las cuatro de la tarde!

–¡A mí! ¡A mí me molesta! Bien sabes que a este pantalón todo se le nota.

–Eso te pasa por ridículo, por usar esa ropa horrenda y ese pantalón de hace mil años.

–Es mi ropa de trabajo, y estaba en un Congreso, al que, además, me hiciste abandonar.

Terminó de hablar y fue entonces que se hizo consciente del entorno. El aire tenía un ligero olor a sexo. Manuela estaba acostada en el futón, desnuda; se metía los dedos a la boca, uno por uno, y cada vez suspiraba con los ojos cerrados.

Conoció a Manuela un año antes; era nieta de su antigua dueña, quien le dejó la lámpara como única herencia. Cada vez que lo llamaba él volvía a rogarle lo mismo: su segundo deseo debía ser revertir el primero; hasta el placer más exquisito se vuelve hartazgo cuando es excesivo y a la fuerza.

–No, Gen, no quiero usar mi segundo deseo todavía. De todas formas ni siquiera sé dónde dejé tu lámpara.

–¿Qué? ¿Además la perdiste?

–Ya no la necesito…

–¿Sabes qué? Me voy. Tú sólo me haces perder el tiempo.

El Genio desapareció dejando el humo más denso y desagradable que tenía en su repertorio. Mientras viajaba en el vórtice de imágenes y sonidos regresó a su memoria el primer deseo de Manuela, y a pesar de lo mal que le caía, no pudo evitar la curva ascendente que se dibujó en las comisuras de sus labios: “Deseo… que cada vez que tenga un orgasmo, tú también tengas uno y vengas hasta donde yo esté”.

No hubiera podido imaginar que meses después peligraría su salud mental; creyó que al fin la vida le había hecho justicia y que su propio deseo sería realidad, cuando pronunció las palabras que serían su perdición: “¡Concedido!”


Este texto forma parte de mi libro Grab my pussy!, cuentos eróticos y algunos relatos de sexo explícito.

En defensa de la ficción

Hoy alzo la voz por todas aquellas historias inventadas que han caído bajo sospecha de realidad…

Hace unos años tuve una relación intensa y tormentosa con un poeta. A los pocos días de haber terminado con él, dolida y con las lágrimas siempre a punto de hacer su odiosa aparición, conocí a una mujer que por casualidad resultó ser la mejor amiga de una antigua pareja de mi ex.

La susodicha chismosa para hacerme sentir mejor preguntó, en el tono más serpentino que pudo: “¿Tú sabes que todos los textos que E escribe son anécdotas, no invenciones?” Tal afirmación me hizo sentir aliviada (tenía 25 años y todavía creía en la fidelidad): me había librado de un tipo promiscuo, que carecía de la imaginación necesaria para decirse escritor y, además, usaba a sus parejas como musas accidentales, aprovechándose de su circunstancia de artista de paladar hendido y voz sensual.

Tiempo después, metida en otra relación intensa y tormentosa con otro poeta, en algún momento me vi recibiendo una llamada de mi recién adquirido novio para preguntarme, con los celos y el enojo bailando salsa en su garganta, a quién le había escrito el poema que publiqué en Facebook. (En ese instante pensé en E y me sentí apenada retroactivamente por haberle creído a la metiche mejor amiga de la ex.)

Con toda la calma y la inocencia del mundo le expliqué que ese poema tenía escrito muchos años (léase, antes de conocerlo a él) y que no se lo había dedicado a nadie en particular. Le dije que, por si no lo recordaba, yo soy escritora y me dedico a crear textos de ficción; también le solicité que se relajara y no pensara de más cuando publicara algo, porque si no, corría el riesgo de volverse loco.

Para no hacer el cuento (sic) muy largo diré que una de las tantas razones por las que terminé con él fue precisamente esa: empecé a postear poemas y frases con miedo, por temor a que él malinterpretara y termináramos en una discusión interminable, él acusándome y yo defendiéndome por ser quien soy.

Soy escritora de ficción, lo que quiere decir que vivo para inventar historias para el entretenimiento, placer y provocación del lector. Ya sea en lágrimas, risas o furia, mi trabajo es entrometerme en los sentimientos, sensaciones y reacciones de quien posa sus ojos en mis letras.

En ocasiones el génesis de mis ficciones es resultado de mi estado de escuchadora sin remedio de conversaciones ajenas; otras veces un olor, una visión, texturas, son lo que detona esa serie de palabras ordenadas de una manera única dentro de la infinita combinación de letras que existen en todos los idiomas; también pasa que de los sucesos impactantes de mi experiencia tomo semillas que germinan en invenciones, como injertos de dos tipos de flores que dan como resultado especies exóticas y maravillosas, lo que me hace saber que hay poemas que también son orquídeas o cuentos bonsái.

Por eso hoy, además de huir despavorida de los intentos amorosos de los poetas, vivo una cruzada en defensa de la ficción, de la libertad de crear con todos los marcos de referencia posibles sin que el artista tenga que preocuparse por lastimar novias (o novios) celosos ni herir susceptibilidades. Y para que los lectores dejen de pensar que los protagonistas de nuestras novelas somos nosotros.

Hoy alzo la voz por todas aquellas historias inventadas que han caído bajo sospecha de realidad; el porcentaje de vivencias personales incluidas en cada narración o verso es decisión del autor.

El escritor tiene derecho a escribir sin dedicatoria, con libertad.

 

 

P.D. Ningún poeta fue lastimado en la redacción de este texto.

Hombre de fuego -tres poemas-

Él es mi hombre de olas e historias

guardián de mis noches

desde su insomnio.

Sus dedos largos

toman posesión de mi espalda

trazan poemas entre sus lunares

y abrevan al fondo de mi vientre.

 

Mi hombre de lumbre en las pupilas

me mira y calcina sus ausencias

ilumina mi lecho con mareas de antaño

y calienta el aire por donde paso.

 

Este hombre de recuerdos

es el dueño de mis más nuevas humedades

me toca con sabiduría de años

y susurra promesas en mis sueños.

 

De los ojos de mi hombre de hogueras

aprendo más de mil formas

de invocar al fuego.

 

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Esta noche

regresarás a tu cama

donde estuvimos juntos

apenas hace unas horas.

Encontrarás mis cabellos en tu almohada

el olor de mi sexo impregnado en las sábanas.

 

Intentarás dormir creyendo que tienes el control

que soy una entre las demás

que podrás olvidarme y continuar tu vida cotidiana.

 

Pero ahí acostado

en la oscuridad

aparecerán mis ojos en tu mente

mi voz danzará en el aire

rebotará en las paredes

se meterá entre las páginas de tus libros

escucharás mis respuestas

y sentirás mis piernas abrazándote la espalda.

 

Sabes que si te duermes

quizá me confundas con un sueño.

 

Esta noche no quieres despertar.

 

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Soy puta. Puta entre las putas. Porque no quise quedarme. Porque decidí abandonar esa sonrisa mentirosa. Porque me robé las llaves del cofre donde escondiste mis alas. Soy la peor puta. La más puta entre las putas. Porque dejé de regalarte mi sexo. Porque a cambio de gritos no se dan orgasmos, sino despedidas. Hoy me autoproclamo la más puta de entre todas las putas. Y elevo mi putez como bandera. Que ondee en el viento para que la vean bien quienes opinan. Quienes inventan estrados en mi alcoba, en mis espejos, en mis poemas, y se visten de jueces para arreglarme la vida sin permiso. No me importa que me llames puta. Soy la puta que te dejó.

 

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Textos: Mónica Soto Icaza

Fotografía: Érik Marváz

De madrugada los espíritus se escurren en el espacio entre los edificios…

Las madrugadas son horas de trance, de escribir esas palabras que se forman debajo de la epidermis y se esconden cobardes en el día para no ser escuchadas o leídas ni por quien desea pronunciarlas. Las madrugadas. Con sus silencios intermitentes, sus luces que confunden billetes de doscientos pesos con papeles de veinte; las madrugadas, con los pensamientos de insomnio convertidos en humo denso flotando por los cubos de ventilación de los edificios e invadiendo sin pudor el sueño de los inocentes para sembrar ideas en ocasiones incómodas en quienes luchan por la felicidad. Madrugadas, con sus líneas de luz horizontales, con sus promesas rotas y palabras rimbombantes sin sentido.

Esta madrugada despierto donde deberías estar tú dormido. Esta madrugada de vida falsa, de este tiempo en el que soy alguien más viviendo adentro de mí, usurpando las horas de alguien a quien seguramente no conozco y no volveré a ver jamás. Esta madrugada tu cama me expuso las fibras de tus sueños. Esta madrugada sin amor, donde el enamoramiento engaña las tripas que hambrientas se retuercen sólo por eliminar las protuberancias que pueden acabar con la adoración que me tienes. Esta madrugada que descarnada y cruel me muestra la verdadera cara del desamor que siento por mí al ser orquídea en ramillete de claveles rojos de puesto de esquina. Esta madrugada que sangra en mis dedos y se escurre sobre el teclado para escribir una perorata de las razones por las que está bien quedarme, amarte por sobre todas las cosas y todas las personas, aun conociendo el riesgo de volver a quedar vacía.

Quise hacer cantos a la vida, pero a final de cuentas sólo somos estrofas en una sinfonía sin musicalidad ni orden que lanza disonancias al universo para perpetuar el caos y así mantenernos ocultos a los dioses que rescatan las almas de la falsedad justo antes de que salga el sol.